La protesta social inteligente (Epílogo)

Carlos E. Luján Andrade

Una huelga de obreros en Vizcaya (1892)-Vicente Cutanda





“Tienen que leer, tienen que estudiar, investigar, porque no pueden transformar una realidad que no conocen”, alguna vez dijo el líder socialista peruano Alfonso Barrantes. Sus palabras son relevantes cuando los males sociales se vuelven más intolerables y se intenta descifrar desde dónde comenzar a desenredar la madeja. Para eso es precisa la claridad mental que nos conduzca a buscar unas condiciones de vida mejor. Sin embargo, las autoridades que serán los determinantes para hacer realidad estos cambios, buscarán la forma de adoptar medidas salomónicas que no afecten tanto el statu quo y tampoco deje las cosas como están. La lucha social adoptará medidas radicales para hacer de esa negociación un arrinconamiento a la autoridad que pueda equilibrar la capacidad coercitiva del Estado. Irse a los extremos en sus demandas les permitirá obtener lo que desean ya que los gobiernos buscarán el equilibro no sin antes pelear por reafirmar su autoridad. En esa disputa social entre la autoridad y la ciudadanía, se intentará “desenmascarar” el trasfondo del levantamiento social. Denunciando con vehemencia que esta se organiza con fines destructivos y lo que en realidad busca es deshacer el actual sistema para colocar otro del que no se tiene ninguna garantía. Para eso, se desmenuzará los argumentos de los protestantes indicando que sus demandas son incoherentes y desinformadas.

El inconveniente no estará en lo que los dirigentes de las protestas piensan, pues varios de ellos tienen una agenda clara con un discurso articulado, sino lo hallaremos en la mayoría de ciudadanos que siguen tales reclamos. Los más pensantes hablarán desde la indignación. En las recientes manifestaciones sociales se han visto diferentes grupos civiles que no tienen relación alguna con los partidos políticos, y en muchos casos, ni siquiera es la política lo que los une, más bien son comunidades físicas o virtuales de temas aparentemente distantes de la problemática nacional. Sin embargo, están conformadas por personas que se indignan por la falta de libertad, igualdad y honestidad en la sociedad. No obstante, sabemos que la indignación no es suficiente. Esta es el motor del cambio, más se puede hacer poco con ella. A veces es descorazonador no obtener respuestas claras en varios de los manifestantes. El problema de la masa desinformada es que pasada la vorágine de la protesta, nos deberemos enfrentar al siguiente paso que son las propuestas.

Como mencioné líneas arriba, los dirigentes tiene una agenda propia y una vez conseguida la negociación, estas propuestas deberán ser sustentadas. Si la masa no comprende la magnitud de tales cambios, no podrán aportar más y es así que pasados los años, los logros obtenidos con tanto sacrificio terminen transformándose en normas injustas.

Es por eso que la autoridad subestima a la masa desinformada, vuelven a la tesis de que mal guiada desencadena el caos y que podría ocasionar daños irreparables a la institucionalización de un país. El llamado “terruqueo” tiene una base traumática. Sendero Luminoso y el MRTA se nutrieron de esa capacidad de desinformar, escarbando resentimientos sociales muy arraigados en la idiosincrasia peruana para usarla como combustible de su causa. Es preciso aclarar que no se desea emparentar a toda protesta como un acto terrorista, sino que se expone para mostrar lo que la autoridad piensa de la desinformación y la distorsión de la realidad. Manifestarse por un cambio social con conocimiento de causa será un deber para liberarnos del tufillo calamitoso que los gobiernos intentan adjudicar a los que protestan. Es aquí donde el tema de la educación cobra relevancia ya que esta sirve como la que nos dará los criterios suficientes para ponderar las ideas propuestas. Si bien nos unen los principios en toda protesta, pero no la forma en las que los queremos hacer realidad.

El fortalecimiento de la educación es de vital importancia, aunque lamentablemente la peruana es de un nivel bajo. El origen de esta situación lo podemos encontrar cuando se intentó homogenizar y alfabetizar a los ciudadanos. Ese cambio la volvió facilista y perezosa. En los años cincuenta del siglo XX, se crearon las llamadas Grandes Unidades Escolares que con tres turnos se intentaba captar la mayor cantidad de estudiantes en desmedro de las horas de estudio y de la calidad. Con el tiempo, al transformarse la educación en un negocio, colegios y universidades se crearon con el simple objetivo de lucrar manipulando el concepto de formación personal por un sistema memorista de datos o de capacitadores para exámenes de admisión a las universidades. La desesperación por democratizar la educación en nuestro país ocasionó un gran daño a generaciones de ciudadanos. Luis Jaime Cisneros, un educador peruano, advertía de los riesgos de este tipo de formación, individuos que saldrán de sus escuelas inadaptados, con conceptos equivocados de lo que significa ser un ciudadano, más aún, nos recordaba que a principios del siglo XX, para un estudiante promedio era suficiente la educación elemental para llevar su vida con sabiduría. Ahora eso es imposible y no es un mal solo de nuestro país, sino generalizado. Robert Hughes, en su célebre libro La Cultura de la Queja, nos habla de la educación norteamericana:

“Cuando el ánimo de los sesenta contra el elitismo entró en la enseñanza americana, trajo consigo una enorme y cínica tolerancia de la ignorancia del estudiante, racionalizada como una muestra de consideración hacia la “expresión personal” y la “autoestima”. En lugar de “angustiar” a los chicos pidiéndoles que leyeran más o que pensaran mejor, cosa que podría haber perjudicado sus frágiles personalidades al tomar contacto con las exigencias del nivel universitario, las escuelas optaron por reducirles las lecturas obligatorias, reduciendo automáticamente su dominio del lenguaje. Faltos de experiencia en el análisis lógico, mal preparados para desarrollar y construir argumentos formales sobre los temas, poco habituados a buscar información en los textos, los estudiantes se atrincheraron en la única posición que podían llamar propia: sus sentimientos ante las cosas. Cuando los sentimientos y las actitudes son las referencias principales del argumento, atacar cualquier posición es automáticamente un insulto al que la expone, o incluso un ataque a lo que considera sus “derechos”; cada argumentum se convierte en ad hominem, acercándose a la condición de hostigamiento, cuando no de violación: “Me siento muy amenazado por su rechazo ante mi opinión sobre [marque una]: el falocentrismo / la diosa madre / el tratado de Viena / el módulo de elasticidad de Young”.

Una educación crítica y tolerante evitará que se despierte “una resurrección de la horda primitiva” como decía Freud. Así no caeremos en la falta de control de la llamada inteligencia emocional, la desinformación o la incapacidad de informarse. Esa discapacidad puede llevar a las personas a portarse como una manada, a desviar su comportamiento más allá de su propio interés. Y terminaremos en seres humanos que no puedan contener la ira que se genera como lo describe Canetti, hablando de la muta de guerra, en donde se intentará acabar con la mayor cantidad de enemigos. El comportamiento primitivo, que nos lleva a la violencia injustificada, es producto de una confusión de los valores, de la comprensión del otro como parte de una sociedad donde los demás tienen iguales derechos que uno. Entonces, la capacidad de los individuos por explicar su inconformidad se la dejan en manos de dirigentes y líderes políticos que manipulan a su antojo la realidad. Ellos se convierten en intérpretes de la ira de la masa. La falta de educación nos incapacitará de poseer un sentido común que nos convenga, autodestruyéndonos porque lo conveniente para un grupo no lo es para todos ya que es evidente que la sociedad está compuesta por diferentes realidades y si se busca una solución homogénea para intereses heterogéneos, entonces no se hallará el bienestar general. Tal vez se consiga algún resultado luego de una protesta pero la solución habrá quedado en manos de quién se arrogó el derecho de interpretar los deseos de la masa y ante eso, con el devenir del tiempo, nuevas inconformidades aparecerán, nuevos dirigentes interpretaran esas inconformidades y el ciclo continuará.

Es relevante educar a los individuos y no para domesticarlos, sino para que desarrollen el sentido común particular, dándole herramientas para interpretar su propia disconformidad y en la medida de lo posible puedan reclamar algo claro luego de un análisis de quién se es y qué se quiere. La protesta es un derecho legítimo, pero se debe intentar estructurarla como si se buscara un préstamo bancario: analizando tanto los costos y los beneficios. Sería preciso que evaluemos nuestros intereses particulares antes de unirnos a la masa, ver qué se gana y qué se pierde al intentar quebrar el orden social, al querer estar por encima del Estado de derecho. Y aunque suene contraproducente nos convertiremos en unos ciudadanos responsables y que por lo tanto, si se nos juzga por algo, se sabrá a consciencia la naturaleza de nuestro reclamo. Así será más difícil que se deslegitime la voz de la masa.

Luego de la protesta, viene la calma. El espíritu revolucionario debe reposar para que se busquen acuerdos y abordar los problemas sociales. Es preciso decir que los revolucionarios son necesarios. La historia nos lo ha demostrado siempre. De no ser así, no estaríamos sentados donde estamos. Ver uno de estos individuos es un hecho extraordinario porque aparecen como la explosión de un volcán. Lo vemos cuando la coyuntura lo permite. Sin embargo, la revolución como los revolucionarios son solo eso: una explosión, una energía que se va disipando con el tiempo, destruye lo existente para allanar el paso de lo que vendrá. Un bulldozer arrasa lo edificado, pero este no puede construir ciudades ni reformar sociedades. Al final, siempre será un bulldozer, siempre destruirá. Se necesitarán otras máquinas, otros hombres para ocupar ese espacio vacío que una revolución ha generado. Un revolucionario que no sabe dejar de serlo terminará siendo una caricatura de su propia causa.

Quienes quebrarán el armazón que ha creado la injusticia social, deberán escuchar a la masa informada para construir alternativas reales y coherentes que abarquen las demandas de los ciudadanos. Y aun así, el poder político no soltará su razón. Buscará en los vacíos de la masa una forma de perpetuar los vicios que llevaron a la crisis. Mientras más informados estemos de la realidad que criticamos, menos oportunidad tendrán de sorprendernos. La protesta social inteligente transformará una revolución en un sistema social justo.

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