La protesta social: por una revolución permanente (I)

Carlos E. Luján Andrade








Las sociedades actuales tienen como una de sus características principales la persistente lucha por la consolidación de la democracia dentro de las instituciones estatales. Es así que diversas manifestaciones sociales parten del supuesto orden democrático como bastión ideal para establecer ciertas reglas y parámetros que permitirán al hombre limitar su voluntad de manera justa. La idea de que la democracia es la mejor forma de administrar el Estado está afianzada dentro del imaginario político de la mayoría de pueblos del mundo, por lo que cualquier acción que la sociedad se vea motivada a realizar, debe respetar las directrices que la democracia nos da. Eso les dará legitimidad. Los cambios que ha sufrido la sociedad a través del tiempo no han dado la posibilidad de observar las repercusiones que ha traído la idea de querer afianzar los valores cívicos que hemos perseguido de acuerdo a la época en el que se desarrollaron. Es decir, se ha luchado por un sistema democrático, pero las consecuencias no han sido las planificadas en un primer momento sino de diversa índole. Observar tales resultados nos puede dar un ejemplo de lo que se consiguió y de lo que no pasó de ser un simple hecho coyuntural.

Los cambios sociales han sido originados casi siempre por revoluciones sociales y culturales, en las que la protesta social ha estado presente como el generador de una serie de críticas de los sectores marginales hacia las medidas represivas de la autoridad. Estas protestas nacen como la consecuencia del desborde social causado por el cambio o permanencia de las estructuras en las que se sostiene su sociedad. Estos cambios sociales drásticos o resistencia férrea a no hacerlos afectan negativamente a los sectores que antes poseían una perspectiva social y cultural esperanzada en un nuevo rumbo más provisorio.

Actualmente, el siglo veinte es considerado como la época en la que las protestas sociales tuvieron mayor auge y resonancia en las altas esferas del poder. Esto fue así por la incoherencia e incompatibilidad entre la idea de democracia y la forma con la cuál esta se implementaba en los gobiernos: la idea de mito que venía de la revolución liberal. La libertad, la democracia y la paz eran relativizadas por una burguesía que sacrificaba estos ideales por mantener un sistema que ya se presentaba intolerable para el pueblo que comenzaba a tomar conciencia de los derechos inalienables que se le habían atribuido. El deseo por corresponder a este mito hizo que se sentenciara a muerte a los rezagos de la feudalidad y del absolutismo que aún existía en Europa central. Las masas obtenían mediante la protesta cambios políticos drásticos. Se puede citar la cruzada feminista a inicios del siglo veinte que sirvió como modelo para sus futuros movimientos. También lo vimos en el amotinamiento del ejército francés en 1917 debido a los abusos que cometían contra ellos sus superiores, y aunque si bien se reprimió, marcó el comienzo de un sentimiento de rencor del hombre de la calle hacia sus políticos. La protesta pacífica que Ghandi realizó para conseguir la liberación del pueblo indio de la dominación inglesa creó un importante antecedente antibélico de protesta social. A la vez, se puede recordar la huelga de la Guardia Civil ocurrida en el Perú en el año de 1975 en la que tuvo como consecuencia el cambio dramático de la política peruana.

También, las protestas sociales del siglo pasado han tenido una característica central, esta consiste en que siempre surgen en respuesta a las políticas sociales que los gobiernos han emprendido para encarar los problemas que se han hecho presentes en cada coyuntura. Los temas que han movido a las protestas sociales han tenido como espacio de acción las transformaciones estructurales generales. Un hecho actual motiva la remoción de todo un sistema añejo. Estas transformaciones han sido características desde que la modernidad hizo aparición en la sociedad. De acuerdo al autor S. N. Eisentadt, las orientaciones que tuvieron estos movimientos de protesta fueron: “Los intentos de transformar los centros sociales y políticos de reciente aparición, sus símbolos y la estructura social más amplia, y se enfocaron en la difusión de temas que trataban principalmente los problemas de orden social”.[1] Estas orientaciones buscaban los principios del orden y de la justicia social en el nuevo sistema establecido, así como la identificación de los viejos principios sociales en las renovadas políticas producto de disposiciones aplicadas en las sociedades modernas. Identificar uno y otro era la consigna. Las protestas también se centraron en la posibilidad de alcanzar una expresión plena para la creatividad humana y cultural, para la dignidad personal y la relación interpersonal real dentro de las nuevas estructuras especializadas. Se buscó con esto el no perder la relación directa de la identificación de su actuar (laboral) y su ser en la sociedad con el marco social circundante.

Los caminos que optaron los sectores sociales para enfrentar las transformaciones que sobrevenían producto de la modernidad eran diferentes. Los cambios eran interpretados y asumidos por distintas visiones, entre ellas encontramos a la derecha, que se basa en grupos apegados al orden vigente, en la que los motivaba la sensación de ser desalojados de su posición en la sociedad y que plantean demandas en procura del mantenimiento o restauración de los valores existentes, y la izquierda, más radical, articulada para provocar un cambio de largo alcance en la estructura social, basada sobre principios básicos de distribución a favor de grupos o clases que se consideraban privados de una posición ventajosa o de un participación plena. Entre estos grupos se pueden encontrar las clases sociales, categorías ocupacionales, grupos regionales dentro de una determinada sociedad, o subgrupos nacionales o pueblos completos, especiales, dentro de un orden social y político amplio e internacional. Ambas opciones establecen diferentes percepciones sobre la manera de interrelacionarse. Por un lado, la derecha dice que esta solo se hará correctamente bajo condiciones ordenadas, relativamente estables y por otro lado, la izquierda afirma que la feliz interrelación humana se hará solo si se derroca al orden tradicional sustituyéndolo por uno nuevo.

Este ha sido el panorama que el siglo veinte ha dado a la lucha por obtener la realización de sus ideales democráticos, aunque cada sociedad ha optado por sus propias variantes. Pero las propuestas que están detrás de cualquier reivindicación social han debido estar sustentadas bajo ciertos principios primordiales, específicos y claros con respecto a la materia de su reclamo. Es conocido que las causas de las grandes revoluciones han sido la alteración total de las estructuras políticas opresoras e injustas, definiendo su objetivo simplemente en los principios de la Revolución Francesa: la libertad, igualdad y fraternidad. Los logros que se consiguieron después de este suceso no fueron tan auspiciosos. Esto nos da un claro ejemplo de lo que puede ocasionar si los movimientos sociales no son debidamente llevados, en la que tal vez su energía primera ha sido y aún es de primordial importancia, pero este fervor puede enceguecer y ocasionar que las aspiraciones ideales propias de cada grupo social caigan en la incoherencia. José Mariátegui nos da una visión clara de cómo es construida la idea de quienes llevan a cabo una protesta social, él nos dice: “…El impulso vital del hombre responde a todas las interrogantes de la vida antes que la investigación filosófica. El hombre iletrado no se preocupa de la relatividad de su mito. No le sería dable ni siquiera comprenderla. Pero generalmente encuentra, mejor que el literato y el filósofo, su propio camino. Puesto que debe actuar, actúa”. [2] Mariátegui nos dice que los hombres destinados a ejecutar mediante su acción, un cambio social, sucumben al relativismo, en donde: “… el relativismo no se conforma con el mismo negativo o infecundo resultado. Empieza por enseñar que la realidad es una ilusión; pero concluye por reconocer que la ilusión, es, a su vez, una realidad… se da cuenta de que los hombres tienen que creer en sus verdades absolutas, aunque nieguen que exista una. Los hombres han menester de certidumbre. ¿Qué importa que la certidumbre de los hombres de hoy no sea la certidumbre del mañana? Sin un mito los hombres no pueden vivir fecundamente…” [3] El mito del que habla José Carlos Mariátegui es la revolución social, que va cambiando de época en época. La fe que el hombre tiene en ella representa el deseo y anhelo de ser parte del progreso de la humanidad. Pero ese desenfrenado deseo, en muchas situaciones, los lleva a un caos político, económico y social.

La características de los grupos sociales es que cada uno tenga una interpretación propia de cómo desea ser partícipe de ese desarrollo. Las demandas y orientaciones de las protestas son diferentes de acuerdo a su posición particular de la situación que enfrentan. La desorganización se presenta como el principal obstáculo que les impide que sus demandas de protesta y de transformación pasen a constituir parte del proceso social en la que muchos grupos articulan las propuestas para ser parte de este proceso. La impetuosidad y el deseo inmediato de cambiar un hecho coyuntural hacen que la protesta solo desee satisfacer un sentimiento. La idea de quienes optan por realizar una protesta social, es simplemente expresar un desacuerdo generalizado y en ninguna circunstancia se opta por la implementación de una alternativa al problema que reclaman. La razón de su expresión es la del sentimiento que todas las vías que le da un sistema democrático le han sido denegadas. Es por eso que la protesta social no puede ser considerada como un elemento necesario para la consolidación de la democracia, ya que la protesta niega la existencia de los ideales democráticos en una sociedad. El peligro de toda protesta social es el tener éxito en conseguir su causa, las razones y justificaciones que se le den al desencadenamiento de este desborde social, no pueden ser considerados como elementos necesarios para la administración de un Estado porque la existencia de la protesta lleva consigo un espíritu de cambio. El gobierno que cede ante una exigencia masiva ocasionada por el pueblo sin reflexión previa está confirmando que los valores y principios en los que sostiene su autoridad son caducos y decadentes. Tampoco la represión de las protestas sociales no puede ser llevada a cabo mediante la violencia, porque esto haría que el sentimiento generador de esta inestabilidad crezca. Al contrario, una vez generadas, estas deben fluir para identificar el origen de la indignación colectiva más allá de los discursos incendiarios. Tan solo el observar que estas manifestaciones que expresan un reclamo al olvido y a la exclusión hacen saber a todos los ciudadanos que el sistema está a un paso del colapso. Las revoluciones sociales comenzaron cuando el pueblo consintió que la única forma de orientar por buen camino sus políticas fue el encarar sus ideas al sistema y la desventaja de este es que al ser estático no renueva los fundamentos de su existencia, en comparación con la desenfrenada ideología de los que buscan un cambio. Esto nos puede llevar a la conclusión que el pueblo, ahora ciudadanos, de tiempo en tiempo hacen el reclamo de que se les incluya en los cambios estructurales de su sociedad.

Podemos ver ahora que muchas sociedades, cuando se aleja la economía de la política, han ocasionado grandes desfases entre el desarrollo del Estado y el de sus ciudadanos, por lo que los reclamos se hacen cada vez más constantes y la única solución sería que si los ciudadanos viven en una creencia ideal del sistema en el que desean vivir, es preciso que las mismas estructuras de nuestras sociedades vivan en una permanente revolución. Las instituciones no deben ser de piedra sino de un material maleable que pueda ser moldeado sin necesidad de quebrarlo.

Una sociedad que mantenga sus bases en instituciones fosilizadas solo ocasionará ser un tapón ante la vorágine de los nuevos tiempos. Sin válvulas de escape ni permeabilidad a las nuevas demandas de los nuevos ciudadanos afectados por la tecnología y las renovadas formas de interrelación social, hará que estás fuerzas se contengan hasta explotar con demandas de inclusión en los objetivos de las instituciones que los comandan. Qué más absurdo es llamar democracia a un sistema donde un grupo no es incluido. En la protesta social se conjugan lo viejo olvidado y lo nuevo ignorado. Un sistema abierto al diálogo permitirá que el ciudadano fluya hacia el desarrollo sin resentimiento ni violencia. Mejor aún, formará a individuos que acepten que lo que ven y sienten no tiene que durar para siempre.


[1] S.N. Eisenstadt, Modernización, movimientos de protesta y cambio social (Buenos Aires: Amorrortu, 1968).
[2] José Carlos Mariátegui, Alma Matinal (Lima, Editora Amauta, 1970)
[3] Ibíd.

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