Y ASÍ SE CUENTA LA HISTORIA: “Pancracio y la otra”

Ítalo Costa Gómez







No se podría decir que Susanita era de mi círculo más cercano, sin embargo, le tenía cariño por ser la hermana de una de mis maestras de baile a la que estimo mucho y por la que siento infinito respeto. Si bien no era precisamente como el personaje de Mafalda, Susanita era una chica muy dulce y tenía un enamorado igual de tierno. Ambos usaban lentes y parecían estar hechos el uno para el otro. Ahí me quedó más que claro lo de “líbrame de las aguas mansas, que de las bravas me libro yo”.

Cuenta la historia que cruzo con la famosa Susanita en un centro comercial. Linda estaba con su vestido floreado. Parecía sacada de una revista de los 60’s. Estaba atrapada en el tiempo y eso me hacía sentirle más cariño.

– Ítalito, ¡No puedo creerlo!, ¿Cómo estás? Te he encontrado en un momento preciso.

– ¡¡Susanita querida!! Qué linda estás. Cuéntamelo todo.

– Me caso con Pancracio en noviembre. Mi hermana dice que no vas a ir ni pagado. – encantadora, muerta de risa.

Tenía razón. Al matri no iba a balas, pero me alegraba muchísimo la idea de que ellos unieran sus vidas. Eran tan bonitos. Era un cuento que tenía que tener bonito final. La felicité, nos abrazamos y todo lindo. Dije que haría todo lo posible para ir a la ceremonia – mentira piadosa – y le dejé mis coordenadas para que me haga llegar el parte.

Pasaron las semanas y me había prácticamente olvidado del hecho hasta que un viernes por la noche paseaba con mis amigos por las calles de Berlín en Miraflores buscando un huarique bonito y seguro para bailar la noche como Dios manda.

De pronto veo entrar a uno de esos antros a Pancracio. Sí, al novio de Susanita. Se le notaba bien movidito. Ya estaba recontra avanzado en tragos, bien mamao de todas maneras. No hubiera tenido nada de malo excepto que estaba de la mano con una rubia de aquellas que ni por joder era Susanita.

[Susana, Susana, Subsana tus errores, porque el sol está cayendo, pero el dólar viene subiendoooo… Tu marido no será muy buenmozo pero con otra se está haciendo el gasfiterooooo]

El pavo estaba ebrio, de la mano con otra y entrando a un pub a vista y paciencia del mundo entero. No lo podía creer. ¿Qué podía hacer?, ¿Y si era su despedida de soltero?, ¿Si abría la boca y le arruinaba la boda a Susanita?, ¿Si hablaba con él y le hacía el pare? Todo se me pasaba por la mente en esos segundos. Ni siquiera era mi amigo como para tener la autoridad moral de poder decirle algo.

Decidí entrar al pub al que él se metió. Me senté en la barra con los chicos y ubiqué la mesa de Pancracio. Había demasiada gente como para que él notara mi presencia. Por nuestro lado solo nos tomamos una jarra de cerveza entre cuatro. Se acabó en dos patadas. Les dije a mis amigas que pidieran la cuenta, que nos vayamos a otro lado.

Al momento de irnos pasé por la mesa de Pancracio y lo saludé con concha, pana y elegancia.

– ¡Qué chiquito es el mundo, Pancracio!. Hola. ¿Cómo está Susanita? El otro día la vi muy bonita, como siempre.

La rubia ni se inmutó. El nerd – ni tan nerd – me miró como si yo fuera San Judas calato y no me respondió el saludo, solo se puso absolutamente rojo y me dibujó una media sonrisa.

Me he volteado, pelos al viento, con cara de orto y me largué de ahí. Sé que sonará feo, pero decidí no decirle nada a Susanita. Sentía que no debía cargarme ese muerto a cuestas. Al menos quedó tranquila mi conciencia de que el pavo estaba seguro que yo lo había visto y que el peligro estaba latente.

Se casaron. Por supuesto no asomé mis narices por la boda. De esto han pasado casi ya tres años. Viajan por aquí y por allá y veo las fotos de Susanita llena de felicidad y espero que así sea su vida realmente. Quiero pensar que la ruquis fue el último polvorete de su vida pasada.

Hice ojos ciegos y oídos sordos a mi conciencia con tal de no apagarle la vela a una linda chica y también porque me corría el riesgo de que no me crea y terminar yo como la bruja mala y envidiosa del cuento.

¡Mírenlo al huevas tristes de Pancracio! Algún día nos volveremos a ver por esas calles pendencieras y espero que esa vez sea sin la rubia.

Caras vemos, pendejos no sabemos.

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