Y ASÍ SE CUENTA LA HISTORIA: “La mía es más grande”

Ítalo Costa Gómez







Hay una tradición desde siempre en esta casa en referencia a cuando se compra algo nuevo. Llámese una tele, un frigobar, un cuadro bonito y cosas así. Reciclamos. Solemos llevar la novedad al cuarto principal (que es de mi mamá) – o a la sala comedor – y el objeto reemplazado pasa a mi habitación o al cuarto de visitas y el que estaba en mi cuarto se dona; se regala a alguien que pueda necesitarlo. Sobre todo si esa compu, radio o lo que fuera está en muy buen estado, solo que hemos adquirido, en base a esfuerzo y ahorro, uno un poquito más moderno y eso es todo.

[Eso de acá va para acá. Lo de acá va para allá y lo de allá va para más allá. Acá nada se desperdicia. Como programa de cocina ponte. Todo se usa, hasta la cáscara]

Hace poco pasó con un plasma. Habíamos comprado uno un poquito más grande entre los dos. El que ya estaba era algo más pequeño y pasó con todo y rack a mi cuarto y el que ahí había ya no tenía cabida. Era cuestión de traspasarlo.

Juancito nos ayuda siempre con las mudanzas de forma implacable y es un muchachito maravilloso. Muy honesto y cuidadoso con nosotros. Siempre que algo se malogra o que necesitamos que alguien con más fuerza venga y lo cargue, él mismo es. Siempre está con una sonrisa y presto a ayudar. No recuerdo bien cómo llegó a trabajar con nosotros, pero se volvió indispensable. Decidimos regalarle la tele a él, pero el destino nos tenía una pequeña sorpresa sorpresiva que casi nos ataca de nervios.

Cuenta la historia que llamamos al dichoso Juancito para que instale el rack en el cuarto de mi madre y moviera todo lo que hubiera que mover ya que es bien sabido que mi sangre azul no me permite destacarme en los trabajos duros o en los quehaceres del hogar. Mi compadre en cambio en dos simples y sencillas patadas lo había arreglado todo.
Le vino la buena nueva.

– Juancito… esa tele que vas a bajar si te gusta te la puedes llevar. Acá ya no la necesitamos. Con cariño, cholito.

Se puso contento y nosotros más felices que él. Estábamos pasando una tarde realmente linda. Mi mamá y yo lo dejamos trabajar y bajamos a hacer nuestras cosas cuando en eso se escucha un sonido estrepitoso.

[PLAAAAAAAAMMMMM. PUUUUUUUUUMMMMMMMMM. CRASHHHHHHHHHHHHHH]

La puta madre. Hemos subido horrorizados pensando que el bueno de Juan se había sacado la chochoca. Cuando entramos a mi cuarto lo vimos pálido. Estaba bajando la escalera y, efectivamente, dio un mal paso. Sin embargo, no se golpeó – gracias a Dios -, pero el televisor (el que iba a ser suyo) se le escapó de las manos y la pantalla se hizo trizas al igual que nuestro corazón.

– Ay, Juancito. Me muero de la pena. ¡Tu televisión!, ¿y ahora? No puedo, qué penaaaaaa. – les juro que me quería morir ahí parado.

Él es bien tranquilo. Con una serenidad que ni maestro de yoga nos dijo:

– No pasó nada, joven. Usted también quédese tranquila, señora. Qué bueno que no fue la nueva porque ahí sí me sentiría muy mal y se la tendría que pagar. No se preocupen por nada. Yo voy a limpiar. Ya cuando se compren otra nueva me regalan ésta.

No fue suficiente. Daba sentimiento la situación. Al vernos tan apenados y casi comprometidos con él nos quiso calmar los nervios con una frase que terminó por hacernos llorar más, pero de risa.

– En serio no se sientan mal porque yo tengo una en mi casa. Es más, la mía es más grande. Mi tele es más grandota.

Nos cagó. Nos hemos mirado y sin poder contener las carcajadas nos hemos puesto a limpiar todo entre los tres. No sabemos si el muchacho estaba diciendo la verdad o solo nos quería animar un poco. La cosa es que se fue con una propina generosa, un televisor quiñado inservible y dejándonos una frase para el recuerdo y una historia qué contar.

Ni Guty Carrera lo hubiera dicho mejor. ¿Cómo les quedó el ojo?, ¿Les doy el número de Juancito?

[Eres grande, Juan. Literalmente hablando].

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