EL ODIO DE LOS DIOSES: IV. El hombre al que llamaban pato

Juan Patricio Lombera







Especialmente crueles fueron los dioses con este periodista y aventurero británico, descendiente de ilustre familia pacifistas. Su tía era amiga personal de Gandhi. Tras terminar sus estudios en economía en Oxford, viajó a Estados Unidos, país que recorrió a dedo de este a oeste, para de ahí zarpar a Japón donde se reuniría con su tía. Tras una estancia de unos meses, decidió hacer una visita fugaz a Shanghai que se prolongaría durante años. Quizá en aquel entonces pensaba dar la vuelta al mundo. Nunca lo sabremos. El caso es que en Shanghai se enteró de las masacres cometidas por el ejército japonés e incluso habría sido testigo de las barbaridades de este ejército en la entonces capital Nanjing, donde los japoneses mataron hasta 300000 ciudadanos chinos en un breve periodo de 6 semanas. Incluso hubo algunos soldados que apostaron sobre cuál de ellos conseguiría matar primero a 50 chinos con Katana. Como no pudieron determinar al vencedor subieron la apuesta a 100, y así sucesivamente, hasta que uno de los dos habría alcanzado la cifra de 1000 decapitaciones.

Este aventurero británico se comprometió con la resistencia china y empezó su labor contrabandeando comida y medicina para los comunistas con su amiga Kathleen Hall; enfermera neozelandesa. Posteriormente, se dirigió a la provincia de Shaanxi donde conoció al general Rongzheng. Trabajó como secretario de relaciones internacionales con el organizador de cooperativas industriales y, a partir de esas experiencias, escribió su único libro “Veo una nueva China”. Sin embargo, nuestro protagonista no se hizo famoso por sus gestas de guerrero, ni por su obra literaria. Sobresalió por su capacidad organizativa y habilidad para conseguir recursos de la nada. Fue nombrado responsable del cuidado y mejora de un orfanato chino en pésimas condiciones en Huangshi. Un error en su carta de presentación hizo creer a los alumnos que se apellidaba Ho Ke; es decir Pato. Así sería llamado a partir de entonces. Con la ayuda de Hall y el también neozelandés Rewi Alley, pidiendo prestamos a las cooperativas y a la propia ciudad para comprar semillas, consiguió mejorar sustancialmente el colegio. Los réditos se pagarían con las cosechas. En poco tiempo, consiguió que el orfanato fuese autosuficiente en material alimentaria. También consiguió cambiar los harapos de sus alumnos por ropa nueva y desinfectar las instalaciones. Incluso instaló un generador para aportar luz en las noches y creó una cancha de basketball para el esparcimiento de los chicos. Consiguió que unos muchachos hostiles a su presencia al inicio, se convirtieran en sus fieles colaboradores. Su tiempo se pasaba entre las clases y diversas gestiones de mantenimiento y cuidado. Había creado un paraíso en medio de un mundo de horror. Sin embargo, la guerra también llegó a su puerta. Deseoso de más soldados, el ejército del Kuomintang quiso hacer una leva entre los alumnos a la que se opuso, siendo encarcelado brevemente. Supo, a partir de entonces que ya no podría proteger a sus alumnos si permanecía en Huangshi y por eso emprendió su más ambicioso proyecto; trasladar el colegio a Shandan, a orillas del desierto del Gobi. Un lugar alejado sin ningún interés estratégico a donde no llegarían ni los nacionalistas, ni los comunistas, ni tampoco los japoneses. El problema era que el punto elegido se encontraba a 1100 kilómetros y deberían afrontar el viaje en pleno invierno. Sin embargo, el no se arredró. Desmanteló todo lo que pudiera ser útil en el nuevo colegio, cargó numerosas acémilas con comida y se lanzó a su última gran aventura. Dividió en dos al grupo. Los primeros salieron en noviembre y los segundos en enero. A pie y en camionetas rentadas, consiguieron recorrer la distancia en 4 meses, atravesando montañas nevadas y toda clase de obstáculos naturales y humanos. Para entonces, Ho Ke ya era toda una celebridad en el medio rural chino, que le facilitó todo tipo de ayudas para instalarse en el nuevo entorno. Su hazaña es conocida como “la gran marcha a pequeña escala”.

Tanta gloria no podía dejar de despertar la envidia de los dioses. Dos meses después de su arribo, jugando una partida de baloncesto, Ho Ke sufrió una ligera herida que derivó en una infección de tétanos. Dos de sus alumnos se trasladaron a la ciudad más cercana donde conseguir la medicina, pero todos los esfuerzos fueron en balde. Murió a los 30 años de edad, pero salvó la vida de 60 niños que mantuvieron el colegio y las enseñanza de Ho Ke.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios .