DIÁLOGOS EN LA TAZA: “El enano perinola”

Fernando Morote

Nicolás de Pierola






No se rían. Estudié teología en el seminario de Santo Toribio, donde aprendí el arte de la manipulación a través de la prédica cristiana y perfeccioné la técnica de enfundarme el disfraz de oveja para ocultar la piel de lobo. Ni a mi confesor dominical, después de la misa, le participé que mi credo era la plata antes que la patria.

La silla de Palacio me sirvió como centro de operaciones para subordinar la seguridad e integridad de la nación a mis intereses privados y personales. Todo lo que hice con la banda bicolor cruzada al pecho fue pura pantalla; gestos de héroe sacrificado y abnegado, que tenían un firme propósito: ser elevado a la categoría de mejor presidente del Perú del siglo XIX.

Revisando mi carrera política, nadie podrá negar que fui un estupendo actor, oportunista y calculador, experto en materia de propaganda masiva. La audacia y la astucia, venenosas e insidiosas en mi caso, son cualidades relevantes. Por un tiempo logré engañarlos, pretendiendo dirigir los negocios sociales en beneficio de la mayoría. Bautizaron calles, plazas y colegios con mi nombre, produjeron noticieros celebrando mis supuestas hazañas, me colocaron en un pedestal de adoración multitudinaria. Lo divertido es que, tras el desastre y la vergüenza de mi primer mandato, me reeligieron jefe supremo del Estado. Cualquier movimiento en la dirección correcta, la empañé con mi carroña natural de saqueador consuetudinario.

Lustré las botas de los chilenos, regalé el guano a los franceses y metí oro en los bolsillos de los ingleses. El otorgamiento de consignaciones a favor de industrias y empresas locales quedó registrado en mis discursos de campaña, aunque nunca se convirtió en una decisión ejecutiva. La pomposa inauguración de bancos fue una de mis jugadas maestras; parecía impulsar la prosperidad económica cuando en el fondo lo único que buscaba era asegurar mi propia salud financiera.

He sido un estafador extraordinario. Cometí fraudes memorables. Brillé enviando armas a los pobres y desvalidos soldados apostados en la frontera sur durante la guerra del Pacífico. La prensa anunció con fuegos artificiales mi magnánima orden. Sin embargo, los defensores de nuestro suelo, al abrir las cajas, sólo encontraron algodón y papel. Del mismo modo negué al Coronel Cáceres el permiso para contraatacar al invasor, aprovechando su borrachera, y despacharlo a patadas de regreso a su casa, porque manteniendo vigente la opresión emergía yo en calidad de víctima frente a la comunidad extranjera.

Califiqué a mis opositores de tiranos y conspiradores, abonando el terreno para echar a los civiles de sus cargos en la administración pública, y remover a los militares de sus puestos de combate, a la vez que mi imagen crecía ante la ciudadanía con el rótulo de salvador de la democracia. Ese escritor de pacotilla, cuyos apellidos empiezan con las iniciales G y P, que para mí corresponden a Gran Puta en lugar de González Prada, me clavó una serie de apelativos injuriosos que mancharon de manera indeleble mi figura de Califa paternal.

¿Por qué vengo a ustedes, hermanos, con este cuento en el centenario de mi muerte? El transcurso de las décadas hace su trabajo, y los investigadores también. La gente, ya sea por obra del azar o del estudio comprometido, sale poco a poco de la ignorancia. Hoy en día un buen porcentaje de los peruanos sabe que en realidad soy el traidor más insigne en la historia del país; título no menor, considerando la enorme cantidad de mal nacidos que hemos gobernado —y esquilmado— a este noble pueblo.

Me pasé la vida engañándolos y ahora no puedo descansar en paz. La apestosa arrogancia que transpiro copiosamente desde la tumba me impide pedir clemencia. Además, he descubierto durante el sueño eterno la falacia del refrán “ladrón que roba a ladrón tiene 100 años de perdón”. La verdad es que merezco que me cuelguen de los huevos. Por lameculo y pendejo.

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