Eugenia

Helena Garrote Carmena

La Fuensanta (1929)-Julio Romero de Torres




Eugenia vivía en el piso de abajo. Era andaluza, con acento muy marcado. Durante muchos años, había servido como cocinera en casa de unos señores muy importantes, en la parte rica de la ciudad. Como ya estaba jubilada, Eugenia se pasaba media vida en la puerta de su casa y la otra media en la ventana. Por las mañanas barría y fregaba el rellano, y aunque éste era pequeño, la tarea le ocupaba varias horas. Era normal escucharla charlar con el cartero, con el que traía el pan, o con cualquier vecino que subiese o bajase. Sin la voz de Eugenia resonando por el hueco de la escalera, nuestro portal no hubiera sido nuestro portal.

Su puerta siempre estaba entornada y cuando al mediodía los niños del bloque regresábamos del colegio, nos paraba y nos hacía entrar en su casa. Nos llevaba hasta la cocina, nos sentaba alrededor de la mesa y nos ponía un trozo de bizcocho con un vaso de refresco de naranja. Ella se quedaba de pie, mirando como comíamos. Recuerdo muy bien su casa; muy limpia y ordenada. Tenía un perro de porcelana que parecía de verdad, había tapetes de croché en los brazos de los sillones, dos jarrones chinos con flores de plástico, una foto en la pared de una pareja antigua, y muchos muñecos descansando ordenadamente en un amplio sofá.

Cuando por la tarde salíamos al patio a jugar, Eugenia ya estaba en la ventana. Parapetada por un gran macizo de hortensias la escuchábamos canturrear bajito y hablar sola. Luego se animaba y empezaba a regañarnos; decía que le llenábamos las sábanas de polvo. Siempre acababa insultándonos y llamándonos de todo. Si alguno de los chicos la contestaba, esperaba a tenerle cerca y le tiraba un cubo de agua.

Cuando llegaba mi madre, le contábamos que Eugenia nos había dado pan tostado por la mañana, y que por la tarde nos había insultado. Ella nos escuchaba pero siempre acababa quitándole importancia, que no le hiciéramos caso decía, que en el fondo no era mala mujer. Yo no entendía esa defensa y me enfadaba mucho, pero mi madre insistía: no hagáis caso…, no se lo tengáis en cuenta.

El día que murió Eugenia era domingo y estaba nevando. A todas las vecinas les dio mucha pena y bajaron a su casa a despedirla y a tomarse un café. Por primavera, llegaron nuevos vecinos. Vimos cómo sacaban a la calle los sillones, el sofá, los jarrones y una caja con todos los muñecos de Eugenia.

Mi madre era muy lista y sabía mucho de la vida cuando yo apenas comprendía nada. Hasta que no fui más mayor no entendí que, a veces, una pena puede ser tan grande que acabes hablando sola, o tirando cubos de agua por la ventana.

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