Violeta y yo

Lala González







“Gracias a la vida que me ha dado tanto
Me ha dado la risa y me ha dado el llanto
Así yo distingo dicha de quebranto
Los dos materiales que forman mi canto
Y el canto de ustedes que es mi mismo canto
Y el canto de todos que es mi propio canto
Gracias a la vida que me ha dado tanto”
Violeta Parra

Doy vueltas en esta noria a la que me empeño llamarle vida. Una constante diatriba entre sentir y ser, como si la una pudiese existir sin la otra o, ¿será que sí puedo ser sin sentir y viceversa? No puedo distinguir entre los ruidos y los colores, este desasosiego que llevo en cada grieta me causa letargo, entumecimiento de huesos y alma. Entonces abro mis ojos para vivir, respirar, escuchar… pero nada llega al tuétano.

Ayer mientras trataba de terminar el tapete amarillo y azul, me golpeó una nueva melancolía. Traté de maquillarla con más colores, pero entonces se le sumaban poco a poco todas las otras melancolías que he ido cosechando. Era como si por cada color que añadía al tapete, un latigazo de remembranzas marcara nuevamente mi piel, el cuero de mi alma. ¿Será que me he convertido en una desagradecida? ¿Será que por más que intento llenar este vacío en mi pecho, lo único que logro es más otredad? ¿Será acaso que no existen los colores que necesita mi vida o tal vez palabras para mis poemas o acordes para mis canciones? ¿Podría ser que el amor se me niega porque soy yerma? Y, ¿qué de esta sombra invisible en la que me he convertido luego de que se me arrancara parte del útero al apagárseme dos luceritos míos? Por otro lado, ¿habré de pasar al otro lado de la puerta sin que me conozca y reconozca esta Patria a la que amo hasta el llanto? Entonces no hay respuestas, sigo ondulando en esta retórica amarga. Pero  yo sigo viva, o por lo menos eso parece. 

La otra tarde salí de La carpa. Necesitaba comprar unas cuantas cosas y también necesitaba sentir el viento en la cara, por aquello de sentir la vida. ¡Hay tantas gentes ocultando su dolor! ¡Habemos tantos, muchos, tratando de embellecer la solitud en la que habitamos! No, no me quejo de lo que soy, me duele ver en quién me estoy convirtiendo. La amargura se me ha hecho camisa de fuerza, y lucho por deshacerme de ella o por lo menos soltarme un poco. Necesito respirar… o dejar de hacerlo, quizás.

De vuelta a La carpa, luego de haber conseguido todo y algunas otras cosas más, hacía un inventario de dichas y otro de quebrantos. Respiré por los ojos para evitar las nubes, mas aún así no pude evitar la lluvia. La lista de quebrantos por momentos sobrepasaba la de las dichas, en otros, el abrazo acogedor de las dichas lograba diluir por instantes el peso de los quebrantos. Sin embargo, seguía siendo dolor punzante en mi caja torácica, entonces decidí agradecer la lista de dichas, pensé que agradeciendo la asfixia sería menos palpable. Por un tiempo lo fue. Heme aquí, recolectando más melancolías y con el pecho inmerso en agonía, aún más inmerso. 

¡Entonces de qué vale seguirme obnubilando con tanta retórica si al fin y al cabo moriré invisible e invisibilizada! ¡De nada sirven mis intentos de hacerme huella presente en el hoy, pues tampoco seré palabra de un pasado en el futuro! Y no me harta el desamor, ese lo tengo muy bien agarrado por los cuernos, mas el saberme anónima después de darme toda, eso sí me desmembra. Pero tengo que dar gracias, por todo lo que me ha dado la vida. ¡Irónica vida esta la que llevo en el costal! 

Estoy cansada. Escribiré mi agradecimiento para ver si así logro respirar. 

“Gracias a la vida
que me ha dado tanto…”

Y luego de terminar esta canción, Violeta Parra, amargamente y a solas, lloró. Tres semanas más tarde, se pegó un tiro. 

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