“Los Inválidos” de Estefanía Farias Martínez: una pócima para combatir los trastornos literarios

Fernando Morote






Suele decirse, no sin razón, que el resentimiento es un veneno que alguien toma esperando que se muera el vecino. “Los Inválidos” (Ediciones Erradícame, 2020), el reciente libro de Estefanía Farias Martínez, es un encantador frasquito de cianuro, similar al que acabó con Joseph Goebbels y toda su prole a la caída del Tercer Reich.

Los motivos aquí son muy distintos y los destinatarios también, pese a no situarse tan alejados del ejercicio de la propaganda y la prensa. La letal receta, en este caso, va dirigida a editores, agentes, reseñistas y lectores, entre las abundantes figuras dedicadas al egocentrismo visceral a través del manoseo, en muchas ocasiones impune, de la literatura. Pero no porta una gota de rencor ni amargura sino un espeso caudal de humor e ingenio.

La obra está compuesta por un conjunto breve de apenas diez relatos, la mayoría hiper cortos, diseñados como una navaja bien afilada, y uno bastante extenso, colocado astutamente al centro de los demás, que sirve como aceitada bisagra para trasladarse de una sección a otra de la cámara de gas.

El denominador común en estas historias es el despiadado sarcasmo que brota de sus líneas. Son, sin duda alguna, la síntesis de múltiples experiencias vividas por escritores en sus lazos con el mundillo pseudo intelectual —oficial o alternativo— y sus inevitables satélites. Constituyen, a la vez, una demostración de despliegue creativo para leerse pulsando más el temperamento que el género de quien las cuenta.

El lenguaje es deliciosamente corrosivo, desnudando sin ápice de compasión, pero con una tremenda dosis de comprensión, la ignorancia y la estupidez, la arrogancia y el narcisismo de los protagonistas. Resulta claro que la destreza de Estefanía Farias Martínez en el manejo de la narración gana, con cada nueva entrega, en concisión y precisión.

La autora no peca de injusta. Así como hace añicos los aires de presunción y los delirios de grandeza de los personajes retratados, de igual modo se somete ella misma al juicio y escrutinio ajenos, planeando y ejecutando su propio asesinato, a manos de sus víctimas. Es un juego parejo donde no hay ganadores ni perdedores, en el que aflora la descripción honesta de un paisaje particular que, siendo real, con frecuencia luce como la alucinación espeluznante y absurda de un adicto a sustancias duras.

Sin embargo, sería un error concentrarse sólo en la superficie de los eventos expuestos. Debajo o detrás de ellos existe una mirada crítica, una observación acuciosa, a ese planeta raro que componen los sueños de miles de aspirantes a estrellas de las letras, cuyo día a día es una lucha encarnizada, empeñándose por pulir sus supuestas habilidades. Tristemente, no deja de ser cierto que el grueso del batallón es incapaz de aceptar el hecho irrefutable de que no han nacido para ello.

No se puede explicar la teoría de los colores a un ciego. Estefanía Farias Martínez, lejos de acongojarse por la desgracia, se mofa de ella. Lo cual implica un acto arriesgado: reírse de sí misma. A riesgo de sonar atrevido, ésta es una de sus cualidades especiales. El escritor que se toma demasiado en serio como individuo, está perdido. Por el contrario, aquél que prefiere tomar en serio su trabajo, se halla en mejor posición de ganar la batalla con las palabras. El estilo de Estefanía Farias Martínez se desplaza desprejuiciado dentro del segundo grupo.

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