El refugio vulnerable

Carlos E. Luján Andrade





El individuo huye del peligro cuando sabe que nada de lo que posee en este instante lo protegerá. Recorre kilómetros en busca de un refugio capaz de tolerar lo inefable con tal de sobrevivir unos días más esperando sortear la calamidad. Toda especie sigue ese patrón, hasta en su evolución podemos observar que sus organismos han desarrollado defensas contra el peligro que lo acecha. La historia de la humanidad está marcada por el miedo a la extinción. Corremos de un lugar a otro buscando tierra fértil donde enterrar nuestras semillas que nos proporcionen el alimento capaz de proveernos de las proteínas necesarias. Sin embargo, qué hacer cuando este peligro no es devastador, cuando no se nos cae el mundo encima pero percibimos la existencia de un latente riesgo: el sutil miedo a la vulnerabilidad. Nuestro cuerpo está determinado biológicamente para descansar cada dieciséis horas, las ocho horas restantes debemos permanecer en reposo. Dormir es un comportamiento instintivo y a la vez reparador. La evolución de la especie jamás ha podido prescindir del sueño. Lo que hacemos con destreza pierde seguridad cuando nuestro cerebro falla debido a la falta de descanso. De esta forma buscamos en el mundo material donde reponer las energías perdidas.

Este preámbulo sirve para resaltar la necesidad de un espacio donde desconectarnos del mundo acechante y hostil. De buscar un albergue donde reposar y asegurarnos que despertaremos al día siguiente. La casa es aquello que nos garantizará dicho cometido. Sea cual sea, necesitamos de una para asegurar nuestra supervivencia. Y aunque a veces enturbiemos la idea que tenemos de ella, no debemos alejarnos de su porqué principal. Giovanni Papini escribió en su libro Exposición Personal: “La casa ha sido desde sus primeros orígenes, un instrumento para la salvación de la vida humana. Protección contra la rabia de los meteoros, contra el hambre de las fieras, contra el frío y el terror de las largas noches, contra los mortíferos estrellones del ecuador, contra la rapacidad de los ladrones, la crueldad de los invasores y los asesinos. La casa también, con sus aires idílicos, no es sino una de las tantas formas de nuestro miedo a la muerte.” Nuestras cuatro paredes son el refugio y la certeza de que la sociedad no nos verá como parias. Un individuo sin hogar es alguien desterrado, suelto a su suerte que merece las calamidades del mundo. Su falta del llamado instinto de supervivencia es el que los hace exponerse sobremanera a los riesgos de la intemperie y la villanía, por lo que ante los ojos del resto es alguien en quien desconfiar. No hay señal más cierta de la cordura de una sociedad que el deseo de sus ciudadanos de tener una casa para protegerse, de construir un espacio personal donde aislarse de los otros hombres considerados crueles.

Sin embargo, es extraño cuando a pesar de tener bien internalizado aquel concepto protector de la casa, nos resistamos a permanecer en ella. También por instinto de supervivencia, el ser humano solo huye un instante, no siempre anda escapando del peligro. Solo lo hace cuando es inevitable y de difícil superación. Después de esconderse, la curiosidad por saber si el riesgo ya pasó lo hace salir de su resguardo y continuar con su existencia. Como dice Papini en la cita expuesta, la casa es nuestro reflejo del miedo a la muerte, pero ¿todo el tiempo le tememos? ¿Podemos mantenernos en ese estado de latencia permanentemente? ¿Nos podrían retener en un espacio cerrado estando en ascuas porque nos dicen que el peligro sigue ahí afuera? No olvidemos que la casa es el miedo al otro individuo, pero la ciudad es la que nos protege de aquello más poderoso e incontenible como es la naturaleza. Las urbes han sido instaladas en medio de un cosmos indomable para alejarnos de aquello que pueda destruirnos, pero a pesar de nuestros esfuerzos, no hemos podido huir de todo eso. Así que la ciudad también es vista como una protectora. Y aquí es justo hablar del tiempo presente y el virus que nos ataca. El refugio inicial fueron nuestras casas. En ellas permanecimos por muchas semanas intentando que este se desvaneciera y luego poder continuar con nuestras vidas. Al no suceder esto, las autoridades se han encontrado en una seria encrucijada al no poder mantener a las personas en confinamiento por largos periodos. La economía se detiene pero más seria es la cuestión mental. El ser humano reaccionará. El llamado miedo a la muerte es siempre individual, la reacción de la autoridad es usar los medios de comunicación para hacerla más cercana al ciudadano de forma colectiva mediante mensajes de protección y cuidado pero también de miedo. No obstante, este pavor no puede mantenerse en el tiempo. Llegará el momento en que los individuos aprenderán a convivir con ese temor. Sus casas ya no los protegerán del miedo al virus. Sino que permanecer en ella les generará nuevos fantasmas, distintas reacciones aparecerán ante la nueva experiencia de un confinamiento obligado. Ya no solo verá el temor a la muerte fuera de su casa, sino también dentro. El orden se quiebra y finalmente termina trastocando la psiquis. Ahora el peligro está en su interior que se asocia inmediatamente a su casa por lo que por el mismo instinto de supervivencia que lo hace huir hacia un refugio, los nuevos horrores generados por un confinamiento extendido lo hará salir de este. No todos podremos procesar aquello que se manifieste en el encierro, pues no sabemos en qué estado emocional y psicológico se estaba cuando nos presentaron a la reclusión como una alternativa de supervivencia. Los horrores cotidianos eran manejados con costumbres que ahora se ven impedidos de realizar a libre albedrío. Entonces, simples reacciones incómodas se pueden transformar en traumas desarrollándose neurosis escondidas. En los primeros hombres el peligro estaba en la lluvia torrencial o en los depredadores, en los tiempos modernos, este se encuentra en nuestra mente. Erik H. Erikson en su artículo sobre “El Soldado con Dolor de Cabeza”, nos describe así la neurosis de guerra:

“Hubo muchas neurosis de guerra de este tipo. Sus víctimas se encuentran en un estado constante de pánico potencial. Los ruidos fuertes o repentinos les hacen sentirse en peligro, o ciertos síntomas como las palpitaciones, olas de calor febril y dolores de cabeza que los atraviesan de pronto. En la misma medida, asimismo están indefensos ante sus emociones: un recuerdo, un pensamiento, una percepción o un sentimiento, cualquier cosa demasiado brusca o intensa pueden provocarles una ansiedad inmotivada y una rabia infantil. Por lo tanto, lo que estaba enfermo en esos hombres era su sistema de selección, es decir, la capacidad que poseemos para no prestar atención a los mil estímulos que percibimos en un momento dado, pero que podemos ignorar, en beneficio del objeto de nuestra concentración. Peor aún, esos hombres eran incapaces de dormir profundamente y de soñar como se debe. Durante noches interminables vagaban entre Scylla de ruidos molestos y el Caribdis de sueños angustiosos, que los arrancaban de los pocos momentos de sueño profundo que eran capaces de lograr. Durante el día se sentían incapaces de recordar una serie de cosas, se perdían o descubrían bruscamente y en medio de una conversación, que habían desfigurado involuntariamente las cosas. No podían confiar en los procesos característicos del funcionamiento del ego mediante el cual se organizan el tiempo y el espacio y se puede comprobar de verdad.”

En este ejemplo, vemos que la psiquis nos puede alterar la realidad si es que se desarrolla una neurosis debido a un hecho traumático. En el fondo, casi toda la humanidad de este tiempo está sometida a un encierro involuntario. Peor aún, de ser sentenciados por un mal que no hemos cometido (¿o sí?) La vulnerabilidad a la que estamos expuestos no puede ser protegida por nuestra casa, sino que ésta también se vuelve enemiga. Si no podemos huir de ella porque en el exterior también existe un peligro latente, qué le queda al individuo, ¿huir a las profundidades de su mente? Y qué pasará si en ella encuentra más peligros de lo que un virus le puede hacer a un organismo.

La casa nos protege el cuerpo, pero este es un organismo vivo que muta cuando las condiciones son adversas. Buscará subsistir a pesar de la mente. La locura es una forma de anticiparse a la muerte corporal. El peligro es vivir en una sociedad segura pero orate.

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