CIEN VELAS PARA BUKOWSKI

Pedro A. Curto






“…tengo dos opciones, permanecer en la oficina de correos y volverme loco… o quedarme fuera y jugar a ser escritor y morirme de hambre. He decidido morir de hambre.”
Charles Bukowski

En un conocido programa de citas televisivo, una mujer le pregunta a su ocasional pareja si él es más de la luz de Neruda o de la parte oscura de Bukowski. Dejando aparte la luminosidad nerudiana, ¿cuál es la “oscuridad” bukowskiana? Pueden ser versos como: “Siempre hay una mujer/que te salva de otra/y mientras esa mujer te salva/se prepara/a destruirte.” O cuando su alter ego Henry Chinaski dice en un relato: “Hospitales, cárceles y putas: Estas son las universidades de la vida. Yo he alcanzado numerosos grados. Llámenme señor.” Y otras muchas, en poemas, relatos y declaraciones públicas, que de producirse en la actualidad gobernada por lo “políticamente correcto”, supondría su linchamiento. Con el dominio hoy de una literatura complaciente, de mero entretenimiento, este alcohólico con la cara demacrada por problemas de acné y el propio alcohol, vistiendo con aspecto de homeless, sigue siendo un personaje extraño, un autor atípico, surgido de los márgenes: “Me encuentro bien entre marginados porque soy un marginado. No me gustan las leyes, ni morales, religiones o reglas. No me gusta ser modelado por la sociedad.” Nacido en un 16 de agosto de 1920, casualmente en Alemania, pero siendo Los Ángeles donde siempre vivirá, conoció la miseria del crack del 29 y unos maltratos maternos reflejados en algunos de sus versos: “masticaba con un estilo de perro/sus orejas se movían/yo estaba listo para las brutales palizas que me daba.” Es el Bukowski que recorrerá empleos como lavaplatos, aparcacoches, mozo de almacén y fundamentalmente, empleado de correos, experiencia que narrará en su novela Cartero, que hoy podría ser un reflejo de lo que es el mundo laboral del precariado. Y como sus dioses particulares, mujeres, alcohol y caballos, que también recorren buena parte de su obra. Porque él hace literatura partiendo de su propia piel, de cada una de sus cicatrices, de cada una de sus arrugas, de cada una de sus borracheras, pues como él mismo explicó, necesitaba de la ebriedad para crear. Y si algo imprescindible en un escritor es tener mirada, cosmovisión propia, la de Bukowski es de un desarraigo profundo: “Si barriesen de la tierra a toda la humanidad, no se perdería nada.” Es un cuestionador de todo, excepto de una literatura que le permite disparar contra la multitud, contra los poderes, incluido el literario, sin matar a nadie, ni tener que ir a la cárcel. Para ello emplea un humor de cementerio, de perdedor radical, que sin embargo no tiene conciencia de esa clase, sino todo lo contrario. Así, quien es un destructor del sueño americano, termina por encontrarlo, se convierte en un mito underground, se codea con el éxito, aunque ese reconocimiento se produzca más en Europa, que en la propia Norteamérica. Nace el personaje Bukowski, ese que arma escándalos, que va borracho a platos televisivos, que se fotografía una y otra vez bebiendo o con botellas. En eso sí, podría ser de una tremenda modernidad. Y si Borges dijo que a veces se cansaba de ser Borges, Bukowski nunca se cansa de Bukowski y disfruta viendo a Henry Chinaski reflejado en el espejo. Un orgullo lógico de quien ha empujado una obra desde los márgenes, ajeno a capillas y estamentos literarios. Si bien se le hayan señalado como un miembro tardío de la generación beat, él siempre se consideró ajeno a todo grupo, una voz singular, aún con una obra desigual. Pero a quien se refiere, como escritor oscuro, una mujer (el hombre ni lo conocía), en un programa de citas televisivo. “En general/ las mujeres son muy cálidas/me recuerdan a una tostada/ con la manteca derretida”, que diría Henry Chinaski, aunque también, alguna cosa más dura.

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