El sistema operativo de la sociedad

Carlos E. Luján Andrade






Al conversar con diferentes individuos sobre temas controversiales, uno se puede percatar de una cuestión que sobrepasa los asuntos personales, una que es de otra índole, que roza y rasguña lo que metafóricamente llamaremos programación. Aquellos sistemas operativos con los que las máquinas son instruidas para que operen en su vida útil. En los que por algún motivo no encontramos compatibilidad de criterios que nos permitan ser entendidos a cabalidad. Una diferencia argumentativa tan radical con otras personas como si estuviéramos hablando con alguien que domina un lenguaje lejano y desconocido.

A inicios de los noventas tuve una computadora con la que exploré las posibilidades de la programación. Si bien mis padres compraron una Sinclair ZX81 en los ochentas, nunca comprendí del todo su lenguaje QBasic. Así que la AT281 fue la máquina a la que le tuve que escudriñar sus secretos entre las limitaciones del presupuesto y la tecnología de ese entonces. Aprendí que no todo lo que aparecía en la revista PC World, del que era fanático coleccionista, se podía hacer en una computadora de dicho modelo: pantalla con tarjeta de vídeo Hércules, pocos MHz de velocidad, sin disco duro y con reducida memoria RAM hacían prácticamente imposible estar a la vanguardia tecnológica. Con astucia pude seguirle el paso hasta que se popularizó el Windows en todo su esplendor y el lenguaje DOS cayó en desuso.

En ese periodo que habrá durado unos tres años hasta que finalmente cambié de computadora, aprendí algo de la interacción entre hombre y máquina. Que así se tenga la voluntad de querer instalar un programa a un computador que no reúna las condiciones para que este pueda correrlo, será imposible que se obtenga una respuesta satisfactoria. Se intentará diseccionar, adaptar o simular el programa pero si la computadora no está en la capacidad de procesar lo enviado, simplemente lo rechazará y en el mejor de los casos, la ralentizará.

Hay factores a considerar. El primero es sobre si esa limitación es por el software, si es un asunto de programación; o segundo, uno más grave, si es un tema de hardware, es decir, si ya es el equipo en sí. A veces uno tiene que ver con el otro. La máquina soportará un tipo de programa limitado, pero si se desea ejecutar uno más sofisticado, estaremos obligados a adquirir un hardware de mejor tecnología.

En líneas generales, si la computadora tiene limitaciones, un programa de avanzada jamás correrá en esta. Saldrá error de lectura o se colgará porque su procesador no podrá asimilar dicho programa. Y esa es la lección que he aprendido y es la premisa de este artículo. Si vemos la interacción humana como un intercambio de comandos entre uno y otro dispositivo como si estuviéramos en un mundo rodeado y dominado por máquinas lógicas, encontraríamos una imposibilidad de comunicación entre procesadores incompatibles.

Existen individuos a los que a pesar de fundamentarle con diligencia un argumento con conceptos claros, amplios y bien desarrollados, por alguna razón no lo llegan a procesar como es debido. Da la impresión que es como enviar una orden de diferentes tonalidades de color a una tarjeta de video monocromática o pedir que reconozca el Adobe Acrobat cuando no puede reconocer ni siquiera un Windows XP. En nuestro lenguaje emocional podemos calificarlo simplemente como necedad aunque en el fondo exista algo más que eso.

No se puede reprogramar a ciertas personas. Es infructuoso explicarles conceptos nuevos y tendencias modernas porque siempre saldrá error. Rechazarán dichas ideas como una vieja PC no puede leer un archivo de compleja programación. Esto se debe a que sus creencias pertenecen a una realidad que se aleja del presente. Sus conceptos que se aferran a lo que ha construido su personalidad no son compatibles con las nuevas perspectivas que la civilización va descubriendo con los años. Lo más sorprendente es que quizás esto no tenga que ver con la edad, sino con los paradigmas en los que ha construido las bases de sus pensamientos. Retirar esas bases ocasionaría que toda la infraestructura de creencias se venga abajo con todo y su personalidad. Reconstruir es casi volver a nacer.

A veces uno comprende que es cuestión de tiempo para que aquellas corrientes de pensamiento pasen al desuso porque no podrán procesar los eventos que se van presentando en un mundo dinámico. Sus soluciones a estos nuevos desafíos poco a poco irán cayendo en la ineficacia y los que vendrán entenderán que su tiempo de uso ha concluido. Y eso lo decretarán los nuevos dirigentes. Con nostalgia y sin rencor veremos que aquellas soluciones instaladas en individuos del pasado van dejando de ser efectivas a pesar de que en un momento gozaron la gloria de la eficacia. Los grandes símbolos del pasado son solo vestigios de loas dadas a dioses caídos.

Sin embargo, algunos se resisten a pasar al desuso. No se percatan de la nueva programación, no por convicción ni falta de voluntad, sino que los colores monocromáticos con que han rellenado los espacios de su realidad no resisten el arcoíris en alta definición de un paisaje renovado. Convencerlos de aquel panorama no es necesario. Con el tiempo se disiparán sus paradigmas como un templo de barro bajo el sol.

Con melancolía veremos las ideologías de estos individuos como viejos radioaficionados emitiendo su señal de onda corta ya poco reconocible, entre la interferencia y el balbuceo, alzando el volumen y en un rincón de un viejo sótano, esperando que el apagón tecnológico deje de darle espacio radioeléctrico a todas sus trasnochadas ideas.

Una consecuencia que también sufrirán nuestras actuales creencias. La llamada obsolescencia programada ideológica es una verdad que debemos comenzar a aceptar. No somos eternos y con nosotros se irá aquella programación que le dio sensatez a nuestra actual pero efímera existencia.

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