Fernando Savater recupera su novela homenaje a Stevenson, El dialecto de la vida, en M.A.R. Editor

Miguel Ángel de Rus

Foto-Vera Kukharava




El escritor donostiarra Fernando Savater recupera su novela El dialecto de la vida, un homenaje a Stevenson y un recorrido por la Escocia de los castillos en ruinas, los paisajes neblinosos y los tugurios de los bebedores de güisqui. La novela aparece en la colección de narrativa de M.A.R. Editor.

Savater entrecruza en El dialecto de la vida tres propuestas. Lo que comienza siendo una novela de viajes, con la persecución periodística de las huellas de Robert Louis Stevenson, se engarza con las reflexiones sobre el fracaso de la relación amorosa del protagonista con una mujer, y con la naciente y equívoca amistad entre el hombre maduro y el joven fotógrafo que le acompaña. El escenario es Escocia, pero no la Escocia turística de los catálogos, sino la neblinosa, la de los pantanos, los castillos derruidos en lugares casi inalcanzables, los viejos bebedores de whisky que soportan un último trago acodados en la barra. Alan, el maduro protagonista, indaga en sus recuerdos el modo de recobrar el amor de su mujer, pero la vitalidad del joven David, su inestabilidad e inmadurez, su continua fascinación ante todo cuanto hay a su alrededor, harán cambiar los planes de Alan y le llevarán a descubrir facetas de su propia personalidad que le sorprenderán e inquietarán.

Brumas, alcohol, la memoria y sus deformaciones, jóvenes de aspecto seductor, reflexiones sobre la creación literaria, la impotencia de la filosofía ante la realidad, las calles de las obras de Stevenson, de los criminales de aquel tiempo, entrecruzándose con la vida de los protagonistas, Alan y David, son el caldo en el que se cuece una novela de intriga, de viajes y de amor, una novela, incluso, iniciática para el David que descubre el mundo de mano del hombre. Los destellos de humor de Savater son guiños al lector, oasis —o tabernas— en el camino, para llegar al punto final, al punto en el que acaban todas las historias.

Fernando Savater nació en San Sebastián, en 1947, donde vive y pasea todos los días por la playa de la concha, Escritor, profesor de Filosofía durante más de 30 años, ha escrito más de 50 libros. Traducido a más de veinte idiomas. Su última obra publicada ha sido La peor parte. Entre su obra destacan las novelas El dialecto de la vida (M.A.R. Editor), Caronte aguardaEl jardín de las dudasDiario de JobLa hermandad de la buena suerte o el libro de relatos Episodios pasionales. Entre sus ensayos cabe mencionar: Contra las patrias, La tarea del héroe, El contenido de la felicidad, Ética para Amador, Política para Amador, El mito nacionalista, El valor de educar, Perdonen las molestias: crónica de una batalla sin armas contra las armas, El gran fraude: sobre terrorismo, nacionalismo y ¿progresismo? y Voltaire contra los fanáticos, entre otros. En su obra teatral destacan títulos como El último desembarco o Vente a Sinapia.  Es autor de Mira por dónde. Autobiografía razonada.

Declaraciones de Savater sobre la obra

¿Qué hay de verdad en la novela El dialecto de la vida?

“El dialecto de la vida no es una novela autobiográfica, no se puede decir que sean cosas que le hayan pasado exactamente a Fernando Savater, pero es cierto que hay trozos de vida, incluso de mi vida. He viajado mucho por Escocia y al escribir El dialecto de la vida me inspiraron dos viajes, en concreto, que hice allí. Uno de ellos lo hice con mi mujer, Sara, para el programa de televisión Lugares con genio; fue un viaje posterior al comienzo de la escritura de la novela. Aquellos programas fueron interesantes, porque se unía a un escritor con su entorno; el Buenos Aires de Borges, la Lisboa de Pessoa, el Chile de Neruda, la Praga de Kafka, la Escocia de Stevenson… Algunas de las cosas que cuento en la novela las vivimos allí. No es la Escocia de las guías turísticas; mi Escocia es la Escocia de Stevenson. Hay sitios turísticos, como el lago Ness. Pero en esa época yo era un apasionado de Stevenson, sigo siéndolo hoy en día; de su vida, de su obra, me hubiera gustado encontrarme con él. A mí siempre me han inspirado otros escritores, porque la gran aventura de mi vida es leer, y he vivido las aventuras que he leído a otros autores. Yo he viajado y he vivido con la lectura de La Isla del tesoro, con Sherlock Holmes, o cuando leí a Ciorán. Esas fueron mis verdaderas aventuras. Creo que leí La Isla del Tesoro con 6 ó 7 años, fui un niño precoz. Mi mente juvenil se extasió en el mar infinito, surcado por una goleta de nombre español y tripulación de bucaneros de todos los mares, que inventó un escritor escocés al que debo algunos sueños. Me marcó una versión en disco con voces de locutores famosos como Teófilo Martínez. Tanto me marcó esa versión, que en mi libro La infancia recuperada, al hablar de La isla del Tesoro, menciono una frase que no está en la novela”.

La preparación de esta edición ha coincidido con el encierro en casa por la pandemia y el confinamiento.

“Yo soy muy de releer, y he pasado el cautiverio leyendo o más bien releyendo, volviendo a ver películas antiguas… Echaba de menos pasear por la playa de la Concha, pero por lo demás, mi vida es muy normal. Suelo estar encerrado leyendo y viendo películas, y es lo que he hecho. He vuelto a ver muchas películas del Oeste o de la Hammer. Ha sido en esta situación dramática cuando se ha comprobado el verdadero valor de la cultura. La mayoría de la gente ha buscado soluciones culturales en sus casas. Si a alguien le dejas encerrado tendrá que dedicarse a hacer cosas útiles: ver películas, leer un libro o escuchar música. Las personas que tienen hábitos culturales soportan el encierro mucho mejor que las otrasSi alguien no ha leído un libro en la vida el encierro le lleva a la locura. El que quiera ha aprendido en este cautiverio lo útil que es la cultura.

Sin embargo, los chicos jóvenes, tienen más acceso que nunca a la cultura, pero no parecen interesados.

Hay de todo. Los chicos se encuentran en una sociedad en la que le literatura, el teatro, el cine, tienen mucha competencia, y más fácil de entender, requiere menos esfuerzo. Ahora están distraídos con la televisión, el teléfono móvil, los juegos en la consola. Sin embargo, en mi infancia y adolescencia he leído muchísimo, iba al cine… La lectura no tenía competencia y es lo que nos hacía soñar.


Quizá esa desaparición de la cultura como alimento del espíritu es la que lleva al desprecio por la obra cultural, sea un libro, una película o una estatua, que recuerda nuestra realidad.

“Ahora estamos pasando una etapa iconoclasta, como tantas que ha habido en el pasado, en la que los menos educados y los peor educados intentan acabar con documentos de cultura, con obras culturales, para así purificarse de los testimonios del pasado, que les resultan desasosegantes. Como he escrito hace poco, Walter Benjamin dijo: ‘No hay documento de cultura que no lo sea, al tiempo, de barbarie’. El autor crea sobre los horrores de su época, se nutre de ellos y también los padece. Los monumentos entre los que vivimos, sin los cuales no hay ciudad, porque sólo habría tiendas, nos recuerdan un pasado que puede no gustarnos, pero como dijo Benjamin: ‘ser felices es saber aceptar lo que somos sin horror’. El pasado asusta a quienes no son capaces de gestionar el presente y esos intentos de censura no significa que pidan perdón a las víctimas, sino que amenazan a quienes les recuerdan el pasado. Los iconoclastas suelen tener miedo a su propia culpa.

Esa falta de cultura está dejando una España y un occidente poco habitable.

Vemos cómo se aprovechan del poder grupos radicales violentamente opuestos a la unidad territorial y cívica del país, grupos que se aprovechan de la economía de mercado pero la combaten, gente opuesta a la familia tradicional a la que quieren hacer desaparecer, cuya mínima base ideológica es considerar extrema derecha a los demás y eso imposibilita la concordia.

Una razón para leer El dialecto de la vida

“El lector podrá encontrarse una visión personal de Escocia y podrá encontrar huellas de Stevenson, que no es un impulsivo autor de libros juveniles, sino un artista que maneja con finura el oficio de las letras, y medita sobre las perplejidades de la estética y de la ética. Es un homenaje, pero al mismo tiempo un libro de aventuras que nos lleva a conocer y a amar aquellos lugares que están más allá de nuestro propio territorio. Y esa visión cosmopolita siempre nos engrandece. Creo que debemos educar a los jóvenes en el concepto de ciudadanía para lograr una sociedad más plural, basada en el reconocimiento de méritos y no en la adscripción obligatoria a una comunidad, a un grupo, a un territorio”.

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