DIÁLOGOS EN LA TAZA: “La chola de acero”

Fernando Morote

Micaela Bastidas





No pueden hablar de mí sin mencionarlo a él. Cuando nos casamos yo era todavía una niña, antes de cumplir los 16, y José Gabriel, un hombre hecho y derecho. Siendo una autoridad en el pueblo, no le interesó que fuera analfabeta, bastarda y careciera de abolengo o propiedades. Lo colmé de felicidad regalándole tres hijos hermosos y valientes que, al crecer, ofrecieron también su sangre a la causa.

Mi adorado Chepe —así lo llamaba en las cartas que dictaba para él— se volvía loco jugueteando con mis trenzas mientras me hacía el amor. Su fortaleza de carácter y espíritu vigoroso hincó de rodillas e hizo llorar de miedo al conquistador español. En los libros de Historia él es la estrella de la película y yo apenas una actriz secundaria, pero era mi cerebro el que dirigía los negocios familiares y gestionaba los recursos necesarios para financiar y solventar la sublevación. Sin saber leer ni escribir, fui capaz de manejar la red de espías en favor del movimiento y controlar a los cuadros de combatientes rebeldes, manteniéndolos ocupados bajo estricta disciplina. Di órdenes muy claras de no profanar las iglesias o atacar a los curas: el castigo debía recaer en los malditos que nos explotaban; saquear sus haciendas e incendiar sus obrajes constituían meras demostraciones de justicia. La verdad es que Túpac Amaru no habría sido quien fue si no hubiera sido por mí.

Aunque rara vez pisé el campo de batalla, fui literalmente una hembra de armas tomar, una líder guerrera, con más cojones que muchos varones, organizando desde la retaguardia a las tropas, dándoles de comer, consiguiéndoles pertrechos para las campañas. En más de una ocasión, debido a mi osadía en estrategia bélica, tuve que putear a mi marido para que se pusiera las pilas. Mi impetuosidad e impaciencia acarrearon varios conflictos conyugales. No podía evitarlo: soy demasiado fuerte para esperar con los brazos cruzados.

¿Cómo han llegado a este nivel de sometimiento, mujeres peruanas, viendo mi ejemplo de altivez, de firmeza y de resolución? Entiendo que no existe en archivo suficiente documentación sobre mi vida para que conozcan mejor el tipo de agallas que me motivaban. En el Perú, la casta femenina ha sido siempre —estúpidamente— postergada, al punto que aun hoy ni si quiera pueden precisar si nací en Cuzco o en Abancay. Por encima de cualquier deficiencia oficial, me enorgullezco en proclamar que nadie fue capaz de convertirme en la chola de la casa, en la sirvienta, en la empleada doméstica, en la trabajadora del hogar.

Lavar platos, tender camas o coser la ropa no era mi vocación. Si alguien podía corregir a los Corregidores, que se jactaban de abusar y pervertir a los indios indefensos, era yo. Las atrocidades que cometieron conmigo, su ensañamiento brutal, fueron un signo del espanto y el pavor que les provocaba mi intervención en los asuntos políticos y militares de mi esposo. Ya que, al parecer, la majestuosidad de los Andes se había apoderado de mi personalidad, me consideraban una especie de sediciosa terrorista que amenazaba su seguridad y sus comodidades.

Tras emboscarme en un paraje recóndito, gracias a una jugosa recompensa ofrecida por mi captura, el Ejército Realista me acusó de traidora por haber perpetrado un crimen de lesa majestad contra la Corona. La mañana de mi ejecución, me obligaron a presenciar el asesinato de uno de mis pequeños. Pese al dolor jamás me quebré, ni pedí perdón o clamé piedad. En consecuencia, se vieron forzados a matarme a patadas en el suelo porque me resistía a morir. Los repelí de tal modo que no pudieron cortarme la lengua, sólo lograron hacerlo después de muerta, entonces me decapitaron y descuartizaron para exhibir mi cabeza y mis extremidades en plazas públicas a manera de escarmiento. Mis últimos restos fueron arrojados a la hoguera.

Nuestra ambiciosa revuelta iniciada en Tinta, incluso fallida, repercutió en el mundo e inspiró a los franceses, influenciándolos a lanzar su revolución, que volvió como un boomerang 30 años más tarde a Sudamérica para emprender las expediciones de Independencia y sacudirnos del yugo colonial.

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