¿Por qué Mario Vargas Llosa no fue un escritor residual?(Apuntes de la comarca literaria latinoamericana)

Carlos E. Luján Andrade






Cuando el escritor peruano Mario Vargas Llosa, premio Nobel de Literatura 2010, fue distinguido como Hijo Adoptivo de la ciudad de Madrid, en su discurso pronunciado en dicha ceremonia dijo lo siguiente: “sin España, sin sus editores, sin sus críticos, sin sus lectores no hubiera sido el escritor que he llegado a ser… Aquí decidí que iba a trabajar en sitios que me permitieran concentrar el mayor número posible de horas en la literatura. No podía ser escritor de domingos y feriados, como en el Perú, porque no hubiera sido escritor, como mucho ahora sería un aficionado… y nunca podré olvidar que aquí fue donde vi, por primera vez, un libro mío con mi nombre impreso en su portada en letras de molde…”. Igualmente frases similares les dedica a Francia en su discurso de aceptación del Premio Nobel de Literatura. Estas palabras no deben  pasar desapercibidas porque ellas contienen una verdad que se ha ido arrastrando desde hace varios años en los países latinoamericanos: la imposibilidad de dedicarse a esta actividad de manera profesional y a la vez destacada a nivel internacional debido a la falta de exclusividad de tiempo. Esto podría ser explicado con conjeturas de índole social, económica o histórica. Tarea compleja debido a que son pocos los ejemplos que se pueden obtener de personas que hayan tenido la oportunidad de dedicarse exclusivamente a la literatura y que les haya permitido destacar, ya que la primera cualidad que se debe tener es el talento y el saber usarlo.

Sin embargo, a pesar de eso, no es necesario que muchas personas se dediquen a las tareas intelectuales para que una sociedad se desarrolle. Pero sí que esas pocas sean producto de un proceso de selección donde los más capaces vayan quedando en la cúspide de la pirámide; es así que los más capacitados lleguen a ser quienes disfruten de la posibilidad de consagrarse de por vida a la especialización y así contribuir con el desarrollo de su actividad. Continuando con lo dicho por Vargas Llosa, se puede inferir la disconformidad con la sociedad peruana, donde entre líneas parece afirmar que: “si hubiera sido por el Perú, sería un escritor mediocre, felizmente me vine a España donde sí pudieron reconocer mi talento”. Y no está del todo equivocado. Por años hemos visto que lo que aflora con visos de destacar entre la mediocridad social es arrancado de raíz debido a la nula meritocracia y el miedo al desvelamiento de la medianía. No se da facilidades para el crecimiento intelectual sino más bien trabas. El exceso de conocimiento y capacitación causa desconfianza y rechazo porque esta simboliza el cristal reflector de la mediocridad de quienes detentan algún poder. Y producto de ese orden social (o desorden)  es que se permite que los que no poseen méritos sean los beneficiados de los privilegios de la especialización, pues se excluyen a quienes no pertenezcan al círculo de amantes del statu quo. Un innovador remece al sistema, el ingenio renueva y el conocimiento descubre la ignorancia y eso es lo que se pretende impedir.

No es extraño que intelectuales y científicos de nacionalidad peruana que destacan en el extranjero deban su éxito a esfuerzos personales y en el mejor de los casos, a beneficios que instituciones o estados foráneos le han permitido gozar. El renacer del orgullo nacional peruano no se debe a que la propia sociedad desde sus propios cimientos se haya revalorado, sino a que en el exterior se ha reconocido su esfuerzo cultural e intelectual aunque esta haya sido ignorada por los peruanos mismos por bastante tiempo. Y, ¿qué impide como sociedad ver estos méritos?, ¿qué impidió darle a Vargas Llosa la posibilidad de destacarse exclusivamente como novelista?, ¿qué ha impedido admirar desde dentro del propio país la cultura, cocina, literatura, etc.? Más aún, es significativo que la sociedad peruana haya observado la obtención del Premio del Nobel de Literatura como un logro  personal del escritor. Cosa impensable si hubiera sido otorgado a un español, ya que sus ciudadanos son conscientes que su sistema educativo y social es el que impulsa a sus representantes de la cultura a ubicarse en el podio de las letras universales.

Si deseamos responder dichas preguntas también es necesario plantear otras: ¿A quién le estamos dando el mérito?, ¿quiénes gozan de esos beneficios negados a los talentosos? Tal vez no sea pertinente generalizar, pero si el agua es salada es porque por más azúcar que le eches y sigue siendo salobre, se debe a un exceso de sal, representando lo salino como lo mediocre.

Para saberlo tenemos que considerar una nueva estructura social con las nuevas reglas impuestas, pues evidentemente nadie permanecerá conforme e inactivo ante un panorama como el presente. Los más optimistas dirán que en el caso de la literatura se dan  más oportunidades a escritores noveles, lamentablemente eso no es del todo cierto. El que existan más editoriales no garantiza que estas publiquen libros de calidad. Ya que la reacción tampoco es producto de un nacimiento de un espíritu meritocrático, sino más bien nace por una compulsión por imponer su propio círculo de medianería ya que de otros han sido excluidos.

Queda como interrogante sobre la calidad de los miembros de los comités editoriales que seleccionan las obras a publicar, más aún, la situación se torna alarmante cuando nos enteramos que la única manera de que un libro salga a la luz es que sea financiado por uno mismo. Es decir, que el propio escritor tenga que invertir para poder llegar a ver su trabajo publicado siendo el único filtro entre un borrador y una librería el propio ego del autor. Esto nos lleva a deducir que posiblemente las estanterías de algunas librerías se abarroten de libros de dudosa calidad, con temas superfluos, con pobreza de léxico, prosa inclasificable y aficionada.

La salvación editorial independiente peruana o latinoamericana proviene de ese contingente de escritores amateur o de domingos (aunque hay honrosas excepciones sobre todo de los que tienen más oficio); esos que Vargas Llosa evitó ser por irse a España. Esto también es producto por la falta de exigencia del público que se tiene como objetivo, uno más atento a la apariencia que al contenido, incapaces de determinar con su propio criterio el trabajo de valor si es que este no tiene todos los reflectores de la prensa encima. La escasa educación, el pobre criterio estético, conceptual y una serie de factores sociales son los causantes de que estas soluciones editoriales no tengan más alternativa que complacer a este tipo de lector. Pues no pueden determinar con propio criterio lo que realmente tiene valor cultural o intelectual, confundiendo lo farandulesco con lo relevante. Así, el ambiente donde los escritores e intelectuales se deben desenvolver estaría enrarecido con el tufo a una compulsión por la notoriedad, dejando de lado la seriedad y la profesionalización de su actividad. La desesperación por parecer más que llegar a ser, toma por asalto las letras. En esta vorágine mediática donde todos corren hacia el haz de luz que se pasea por el escenario, degenera el concepto último de la literatura o el pensamiento.

Se busca temas polémicos, hechos sórdidos, coyunturales, elementales o espectaculares para que el foco de atención se pose sobre ellos, perdiendo la objetividad y la brújula, optando por darle importancia a lo no importante. Y esto ayuda al objetivo de parecer antes que ser. Nuestros literatos de domingos buscan ser reconocidos en vez de merecerlo, y una vez que los medios o su entorno social los reconocen como tal se conforman con ser lo suficiente atractivos para que el público los siga tomando en cuenta. Como vemos, dicha actitud lleva a que la medianería sea moneda corriente. Se puede consagrar a un escritor que tenga pocos méritos literarios pero abundantes mediáticos. Unos círculos detentan la hegemonía de los medios de comunicación que despotrican o ignoran contra los que no son de su clan, pero que engrandecen aquello que se parece a ellos. Podríamos decir que es un problema ético más que nada.
Este es el entorno con el que un escritor debe batallar. Cómo puede un profesional de nivel desenvolverse en este manto de mediocridad que cubre la literatura peruana y quizás latinoamericana. La poca autocrítica nos impide exigirnos en nuestro análisis debido a que estamos atados a este mundo de las apariencias, no hay frase más clara para graficarlo como el dicho que nos dice que en el país de los ciegos el tuerto es rey.

La imagen que se proyecta de la realidad local no es ajena a quienes se sienten partícipes de ella. Cierto sector literario e intelectual afirma que el estilo de vida que lleva un individuo dedicado a las ideas y las letras afincado en un país tercermundista ejerce esta actividad de manera “residual”. Es decir que con lo que les sobra de tiempo mayoritariamente dedicado a su trabajo alimentario, como también dice Vargas Llosa, es que se especializan y producen; y de no emigrar corren el riesgo de permanecer en ese estado residual. Lo que se puede deducir de esto es el nacimiento del prejuicio de que todo lo foráneo tiene calidad, y que si bien existen motivos considerables para afirmarlo, no es por las causas que se justifican, como la idea de que nuestra cultura y sociedad es inferior. Sino que la misma mezquindad intelectual y el arribismo literario es el que alimenta esos prejuicios en primera instancia.

¿Qué motiva a los diversos sectores a poner trabas al desarrollo literario y de las ideas? Aquí podemos volver a mencionar el sectarismo, pues así como se siente la necesidad de diferenciarse del resto, se quiere institucionalizar los requisitos del éxito literario. Reconociendo a autores que llevan el mismo camino que los ya reconocidos trazaron, sin considerar si el resultado de ello lleva a un producto de valor cultural. La angurria por el reconocimiento los lleva a poner zancadillas a lo que fértilmente puede surgir de diferente manera.

En el libro “Liderazgo Centrado en Principios” de Stephen Covey, se expone la idea de que existen dos tipos de pensamiento que tienen los individuos ante una situación del éxito ajeno: el pensamiento de escasez y el pensamiento en abundancia; el primero es el generador de la envidia, los celos y el resentimiento. Ve al éxito como un bien único que solamente uno solo lo puede alcanzar y una vez que este ha sido obtenido, para los demás simplemente ya no queda otra opción que la mediocridad. En el caso del segundo tipo de pensamiento hallamos que ante una situación similar, lo que se genera es la ansiedad, el deseo de obtener aquello que el otro ha logrado. Es la inspiración que motiva también a dar lo mejor de uno para también tener éxito, pues lo ve como algo abundante, que cualquiera lo puede alcanzar si también se lo propone.  Obviamente, el primer pensamiento es moneda corriente en la mediocridad, inculcado en aquellas personas que no confían en sus capacidades y es así que prefieren no darle la más mínima ventaja a quienes se encuentran en otra senda.

Lo que impera desde hace muchos años es ese pensamiento en escasez, donde la neurosis por no tener el reconocimiento social nos hace ser mezquinos con el prójimo. Los elogios no faltan en los círculos medianeros, pero fuera de ellos  lo común es la desconfianza.

No debemos olvidar que esa mezquindad está unida a conceptos de clase y etnia, y que si bien son ideas casi sin sustento real comparados con otras sociedades donde estos problemas son manifiestos, aquí se intenta forzarlos recurriendo a ellos para justificar sus actos.

La sociedad forjada en base a los méritos nos es ajena, no hay expresión más clara que la dicha por el premio nobel. Algo anda mal en la valoración de nuestra sociedad y hombres de cultura. La autocrítica debe de ser más exigente si deseamos idolatrar o admirar a nuestros referentes culturales. No lo hagamos porque otros, desde muy lejos, lo señalen como tal, sino busquemos los principios, estética, fundamento y contenido local que nosotros mismos hallamos generado para poder exigirnos con criterios saludables para la cultura. Sería otra la historia si a Mario Vargas Llosa, en sus años de juventud, una editorial peruana hubiera apostado por él, si los lectores peruanos hubieran elegido por voluntad propia como el máximo referente de las letras peruanas, pero esto no resultó así. Sino España fue quién le dio todo, en cambio en el Perú hasta se le intentó quitar la nacionalidad, se le difamó por muchos años y hasta el canal del Estado ignoró en su transmisión su discurso de aceptación del premio Nobel. ¡Cuánta mediocridad se muestra en ese gesto! La lección dada luego de su discurso de aceptación del Nobel es la gratitud y afecto hacia todas las personas que lo hicieron escritor, porque no solo el reconocimiento de tu país es importante sino también el amor que este te da. Si no comenzamos a apostar por nuestro propio criterio para valorar las cosas con seriedad y generosidad simplemente tendremos como ahora, a varios intelectuales y escritores que solo sirven para decorar las mesas de cocktail, pero que no representan el sentir real de nuestra compleja sociedad, mientras que los de valor se pierden en un execrable anonimato.

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