DIÁLOGOS EN LA TAZA: “La gordita cachetona”

Fernando Morote

Clorinda Matto de Turner

 

 

 

 

 

 

No hicieron ninguna referencia a mi anatomía rolliza, ni a mis mofletes inflados, ni a mis gafas de institutriz villana. Se fueron directo a la vena. Soltaron rumores de que yo era mucho más que la discípula predilecta de Ricardo Palma, que me entendía con Avelino Cáceres, que era una hacendada rica que explotaba a los indios, que cambié mi verdadero nombre por acomplejada, que aproveché las circunstancias de la Guerra del Pacífico para sacar mi tajada.

Dijeron tantas cosas inexactas de mí que me convirtieron en una caricatura. Quemaron mi imprenta y me expulsaron del país. Si no me mataron fue gracias a la intervención de mis hermanos y trabajadoras que me salvaron de las llamas. ¿Y todo por qué? Porque los sacerdotes, los políticos y los escritores de mi época no aguantaban que tuviera más temple y agallas que ellos, machos retrógrados, temerosos de mi intelecto y de mi actitud independiente, que consideraban una amenaza permanente.

Les ardía la sangre comprobar que no se me caía el calzón ante los poderosos. Desenmascaré a los curas lujuriosos que preñaban a niñas indefensas, simplemente porque el celibato los transformaba en auténticos monstruos. Me enfrenté a los gobernadores que malversaban su autoridad para llenarse los bolsillos de plata. Ataqué la desmedida avaricia de los comerciantes que exprimían a los campesinos hasta deshumanizarlos. Ninguno de los autores de mi tiempo se atrevió si quiera a tratar estos temas que yo denuncié en mis obras.

Llegué al escenario literario peruano, exaltando a los indígenas y al universo andino, tres décadas antes que José María Arguedas y Ciro Alegría, a quienes atribuyen el inicio del movimiento. Me fajé para que las compañeras escritoras fueran reconocidas y respetadas como cualquier otro profesional. Mi principal interés era que su voz, dulce y potente a la vez, fuera escuchada con atención y admiración, y peleé porque fueran autosuficientes, sin subordinarse a sus maridos o sus padres. No en vano me casé a los 19 años, despercudida de prejuicios sexuales y sexistas, con mi amor inglés Joe, aunque preferí no tener hijos para dedicar mi instinto materno a instruirme y formarme como artista y empresaria.

¿Qué hice para lograrlo? Asistí y organicé veladas culturales donde intercambiábamos ideas, pensamientos y experiencias con narradores nacionales y extranjeros. Colaboré con artículos e inauguré columnas en periódicos. Dirigí revistas en las que publicaba mis novelas por entregas semanales. Viajé por el mundo dando conferencias en ciudades como Buenos Aires, Nueva York, Madrid. Doné parte de mis bienes apoyando el esfuerzo bélico y presté mi casa para convertirla en hospital durante la invasión chilena. Más tarde abogué por la institucionalización del Quechua como idioma oficial, medio siglo adelantada a la llegada del General Velasco con el mismo discurso. También propulsé el establecimiento de los derechos de autor, de imprenta y de opinión. Promoví la inversión foránea, ya que la experiencia ganada junto a mi esposo en el negocio de la lana en el Cuzco me enseñó que la circulación del capital era esencial para el desarrollo del país, especialmente en las áreas más agrestes y olvidadas. Me opuse firmemente a la discriminación femenina, afirmando que el talento y el coraje de las mujeres estaba a idéntico nivel que el de los hombres, cuando no lo superaba con amplitud.

Por esos motivos, la sociedad en su conjunto me veía como un obstáculo que debía eliminar. Hasta la iglesia me excomulgó por editar libros supuestamente sacrílegos. Era obvio que no estaban preparados para aceptar y convivir con una hembra de mi carácter.

Se lo perdieron, aves sin nido.

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