El concurso de las diosas

José Luis Barrera

 Autumn Sun, Three Goddesses (1906)-Frantisek Kupka

 

 

Mi mujer me abandonó aquella mañana luego de descubrir que tenía una amante, y esta, al enterarse de que los impedimentos para que estuviésemos juntos habían desaparecido, se largó con un tipo del gimnasio.

Decidí suicidarme. Antes, para conseguir un poco de valor, me embriagué en un bar de mala muerte.

Apenas podía mantenerme en pie cuando me sacaron y mientras daba tumbos camino a casa, un sujeto extraño se acercó. Iba desnudo, excepto por su calzado —unas sandalias aladas (?)— y una especie de bacinilla que llevaba sobre la cabeza.

—¡Mortal, debes venir conmigo! –me dijo–. Zeus te ha elegido para que seas el juez del concurso de las diosas.

—¿Qué es un Zeus?

—¡Silencio! ¡Obedece!

Me tomó del brazo y, de inmediato, nos “teletransportamos” a un palacio erigido sobre una montaña.

—¿Y bien? –dijo un anciano que me pareció demasiado musculoso para su edad.

—¡Aquí está, pero no creo que…!

—¡No he pedido tu opinión! ¡Que vengan las diosas!

Aparecieron tres mujeres bellísimas pero raras –una incluso tenía casco, escudo y lanza.

—Mortal –habló la del armamento vintage–, te ofrezco sabiduría y la capacidad de vencer a cualquier adversario en combate.

—Yo –intervino la segunda– te prometo poder: ¡Asia entera para que la gobiernes!

— Y yo –dijo la última con una sonrisa– te ofrezco el amor de la mujer más hermosa de la Tierra.

Pese a mi ebriedad, comprendí que lo que estaba en juego era importantísimo. Dirigiéndome a la última que habló, pregunté:

— ¿Es posible que sea más de una mujer y que yo escoja a las que quiera?

Ella se puso a reflexionar unos instantes. Asintió.

—¿Lo jura por lo más sagrado que existe?

—Por el río Estigia, ningún dios se atrevería a romper semejante juramento.

—Bien, entonces esta señora es la ganadora.

Ella se puso a dar brincos, al tiempo que sus contrincantes me contemplaban enfurecidas.

—Ahora quiero mi premio.

—Sí, sí, ¿cuántas y cuáles mujeres son las que te interesan?

—Las tres… o sea, ustedes.

Todos me miraron primero con sorpresa y después con una sonrisa sardónica, menos las aludidas y el anciano fornido que me había invitado, quien enrojeció de cólera y se puso a gritar improperios. Maldijo a un tal Paris, a mí, a las mujeres del concurso y a la «puta humanidad que desde hoy se calcinará en invierno y se congelará en verano»…

Publicado originalmente en la Rue Morgue

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