Sensaciones

Francisco José Segovia Ramos

 

 

 

 

Entré en el cine en la última sesión. Había pocas personas en la sala. Me senté. Al poco rato una mano me tocó el brazo. Vi a mi lado a una espléndida mujer, que me observaba retadora. Quise hablarle, pero me pidió silencio. Después, acercando su boca a mi oído me dijo –mientras tocaba mi sexo por encima del pantalón – que cerrara los ojos y disfrutara. Excitado, asentí con la cabeza. Cerré los ojos y la dejé hacer. Así, tras un ligero roce sobre mis rodillas, noté cómo desabrochaba el pantalón, y su mano agarraba mi sexo y lo acariciaba. Seguí sin abrir los ojos, fiel a mi promesa. Sentí la humedad de una boca, caliente y húmeda, que empezó a lamerme. El placer fue creciendo, hasta culminar en un orgasmo fantástico. Relajado, abrí los ojos. Pero allí, al lado mío, no estaba la bella e insinuante mujer, sino un hombre de unos cuarenta años, que me contemplaba con una sonrisa. Se levantó, sin decir nada, y se alejó, hasta llegar junto a la mujer del principio, que lo esperaba en la salida. Luego, se fueron. Me consolé porque sueños y locuras, muchas veces, son indistinguibles.

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