Parte meteorológico de ayer

Helena Garrote Carmena

Jerónimo Álvarez (Madrid, 2000)

 

 

Me gustan las calles de mi ciudad en las sofocantes noches de verano. Gentes de todo tipo toman las plazas cuando cae el sol, y se arremolinan en los bares abiertos hasta la madrugada. El bullicio nocturno flota en el aire y se entremezcla con el calor pegajoso y la oscuridad, creando una especie de akelarre donde a veces suceden cosas curiosas.

Esa noche había quedado en una de esas plazas siempre concurridas por faltos de sueño o de ventilador. A escasos metros de llegar, me topé con un puesto callejero; uno de esos tenderetes donde la mercancía se expone directamente en el suelo. Los artículos que se ofrecen son un montón de trastos y cachivaches previsiblemente inservibles, rescatados de mejor no saber dónde; ropa anticuada y ajada, lámparas de latón, platos de loza desconchados, algún muñeco tuerto y libros amarillentos entre los que nunca faltan La isla del tesoro y Miguel Strogoff el correo del Zar.

En mitad de aquel batiburrillo algo llamó mi atención. Un estupendo retrato en blanco y negro, y a gran tamaño, emergía imponente de entre aquel naufragio casero. La obra, de lejos, respiraba calidad y me acerqué para verla mejor. El retratado era el cantautor, pintor, escultor y poeta Luis Eduardo Aute, fotografiado en plena madurez creativa.

El gordinflón sudoroso que vigilaba el “negocio” se percató de mi curiosidad y se apresuró a levantar el cuadro y ponérmelo en las manos. Cuando lo tuve delante, no pude evitar que vinieran a mi cabeza momentos de mi primera juventud.

Recordé el día que Paco “el melenas” me despidió en el portal, diciéndome que lo nuestro había terminado. Esa noche lloré hasta dolerme la barriga, mientras Aute ponía letra a mi desconsuelo desde la emisora nocturna. Y ahí estaba también, reivindicando libertad desde su vinilo, la tarde que en casa del “chino” planeamos ir a la manifestación a correr delante de “los grises”. Cuántas tardes de invierno supo describirme lo que era el amor, mientras yo lo intentaba con versos grandilocuentes, que siempre remataba con un adiós a la vida, o cuando dibujaba a mis ídolos del cine a carboncillo.

Nunca me falló Aute en esos años en los que necesitaba poner música y sentido a un mundo que me venía grande y no acertaba a comprender.

Mil años después, uno de los referentes que conformó en alguna medida quién soy ahora, yacía en la acera, en mitad de la noche. Un fuerte sentimiento de deuda se apoderó de mí. Pagué un precio ridículo, cargué el cuadro bajo el brazo y Luis Eduardo Aute y yo nos fuimos a tomar unas cervezas.

Mi abuela Justi siempre decía que de bien nacidos es ser agradecidos.

Presiento que tras la noche/ vendrá la noche más larga/ quiero que no me abandones/ amor mío/ al alba.”

Luis Eduardo Aute ( Al Alba -1975)

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