El instante (I)

Louis Aragon

 

 

A la hora en que escribo, mientras se desmoronan los retratos del sueño y una inmensa muchedumbre mana de las casas como agua fría bajo un sol sin calor, mientras las avenidas parecen deslizarse hacia París con un movimiento inquieto de los hombros que todavía no se han readaptado a la asquerosa rutina del trabajo, cuando aún persiste una idea del silencio en el estrépito de los pasos apresurados sobre el asfalto, cuando el autobús para los amantes modernos sustituye a la golondrina precursora con un gemido profundo de chatarra, una vida singular se organiza alrededor de las bocas de metro. Diríase, aunque nos encontremos en pleno verano, que estas sombras sigilosas, estos hombres aún más tristes que los que corren precipitadamente a los estribos de los tranvías, esperan encontrar en la tierra el calor de la cama que abandonan, y de la que llevan todavía a rastras el dudoso fantasma deshecho. Una especie de confraternidad tácita reúne en este mismo tragaluz del tránsito a pequeños empleados, a obreros, a estudiantes, a seres inclasificables que se conocen de vista por haber esperado aquí cada amanecer la apertura de una reja y del primer pestillo de las profundidades. En estas aglomeraciones se confunden, o más bien, como en el crisol que no puede fundirlo brilla el diamante bajo la ceniza, en estas aglomeraciones se observan desconocidos que tal vez van en pos de una noche, noche inquietante que termina en Chardon–Lagache o en Grenville, contra toda verosimilitud, contra toda probabilidad. El atuendo nocturno, el mundo ajaezado del placer no se ve por aquí, es demasiado tarde, este barrio no posee la noche de sollozos ni de risas. Los habituales de la mañana miran con una cierta hostilidad a estos compañeros insólitos de los que sospechan que aprecian el amanecer, su frescura, la oblicuidad de las sombras y el pintoresquismo de los lecheros traqueteantes, amarillo y plata, entre un ruido de látigo y de injurias. Los vendedores de periódicos contando los fajos que se curvan sobre su antebrazo bajo el peso de una tinta oscura parecen ya atacados por una fiebre que van a contagiar. El pequeño grupo se apiña y se dispersa, el nerviosismo lleva a veces a alguna anciana a cruzar dos o tres veces sin motivo la calle, luego todos vuelven a las fauces de la tierra. Ahora que las verdes marquesinas que dieron el nombre de metro al estilo flamígero que marcó los primeros años de este siglo han sido reemplazadas por una barandilla de piedra blanca rematada por un mapa de París, el ruido de los trenes subterráneos llega más directamente a los oídos de los transeúntes, y los que esperan en este balcón moderno el momento de ser engullidos por el ogro permanecen atentos a los primeros borborigmos, meditando sobre el destino y la larga jornada que les aguarda.

Con el estómago mal reconfortado por el café con aguardiente y el panecillo, salen de los bares próximos los últimos rezagados, y el paso cansino de los cabileños arrastrando barro, el peso de la caja de herramientas que durante un minuto se deja en el suelo, todo habla el lenguaje humano de la fatiga reencontrada con las ansias y las pituitas del despertar. La ropa arrugada, los párpados restregados, los cuerpos entumecidos por el reposo, los gestos torpes que todavía no se han adecuado a la apariencia de este mundo, diríase una infancia espantosa y sufrida, y todos los ojos están cubiertos por un vaho donde no estoy seguro de que pudiesen trazarse con el dedo las iniciales de una mujer amada. Bajo el cielo inexplicablemente ligero el hombre es muy pesado. Demasiado trastornado para seguir viviendo después del drama de sus sueños, demasiado descorazonado por este descenso en ascensor del amodorramiento a la luz asombrada, todavía no ve a las mujeres con las que se cruza en la acera, a las que esperan como él, a las que ya se retocan el peinado, a las que arrastran en los bancos matutinos las decepciones de una noche paseada arriba y abajo, el agotamiento de tantas sonrisas automáticas rebrotadas al ruido de cada hombre aparecido, el embotamiento de la desesperación. Apenas bajo los árboles ciudadanos cuyo pie está aprisionado en la rejilla repara él en las manchas grises de las faldas o en otros elementos familiares del decorado, las mondaduras, una alcantarilla, los periódicos que empiezan a caer de los dedos de los primeros lectores. Apenas sabe en qué instante se retira la cadena y la reja corre y chirría y se pliega sobre sí misma mientras la multitud se lanza escaleras abajo donde ya impacientes viajeros ocupan lateralmente los escalones, apenas sabe en qué instante sigue la corriente maquinalmente y llega a la taquilla, zarandeado, refunfuñando, y compra su billete de vuelta como una especie de seguro para seguir viviendo hasta la noche, apenas sabe cuándo recorre estos pasillos blancos, esas rampas de hierro, esas nuevas escaleras, hasta la puerta automática que se cierra en sus narices mientras el primer tren se abalanza y se vacía inmediatamente sobre el andén, apenas sabe cuándo se larga el tren cargado de racimos humanos entre los cuales ha visto pasar a vendedoras cargadas de frutas y verduras, apenas sabe, esperando por costumbre en el andén a la altura del segundo vagón delantero, debido a la correspondencia inminente, apenas sabe que es un hombre, y se sube la cintura del pantalón cuando con un estrépito que hace levantarse de los bancos verdes alineados a lo largo de las paredes a una muchedumbre atribulada de gente pálida el metro entra en la estación como alguien que supera su meta. Es entonces cuando se redescubre el sudor de la víspera, un poco rancio. Por encima de la multitud apretujada en los espacios que rodean los mezquinos asientos, algunas manos se agarran para no perder el equilibrio en las redes de los portaequipajes, y estos pájaros manchados por el trabajo cotidiano parecen decir adiós con toda su lasitud a algún puerto perdido donde ya los nuevos emigrantes se apiñan bajo los neones. La máquina se lleva entonces esas carretadas hécticas de pensamientos extraños, aquí cada uno deja de pertenecerse, y el traqueteo de la vía, los patinazos de las curvas, el Dubonnet… Dubonnet… de los muros, acompasan la domesticación universal, la mecanización de los hombres, la aceptación del mundo tal como es, tal como es: Barbés…

En las cámaras de tiniebla situadas al final de los vagones de segunda clase en los extremos del tren dormitan aparentemente los órganos negros de la bestia. ¿Por qué razón, y que no me vengan con cuentos quienes en los manuales Roret encontrarían la explicación de lo inexplicable, por qué razón, a veces, a esas cajas acuclilladas les da por echarse a reír a su manera? Una risa azul, extraña como la cerilla, una apoplejía fría, un aire de complicidad en los ojos de metal. Bien, ya estamos otra vez en las mismas. Aplastando su nariz contra el cristal por el que asoman estas descargas burlonas sólo algunos viajeros parecen apreciar esta pequeña diversión eléctrica en el aburrimiento del recorrido. No manifiestan ninguna inquietud. No imaginan la menor relación entre el espectáculo que ofrecen los vagones y estas muecas de las máquinas. Y las máquinas se lo pasan en grande con la broma, si es que puede hablarse de una broma, ya que, por misteriosas que sean las causas de una explosión de risa y lo que determina precisamente esta extraordinaria descarga en un momento dado, el chisporroteo brutal que desgarra de vez en cuando la oscuridad me recuerda otra clase de convulsión entre los vivos. Sólo hay una falsa consecuencia entre las dos partes de la frase precedente que la misma chispa hace parpadear. La oscuridad, como la piel de gato, ese paraguas de seda histérica, no aparta sus ojos con gafas de la gente macilenta de los vagones. Sigue crepitando. En sus polos fulguran pequeñas pinedas de luciérnagas. Un olor fresco como la muerte revela un placer del carbón, el ozono. El metro acaba de sentir bajo sus escamas las ladillas magnéticas del deseo inconsciente que poco a poco se apodera aquí o allá de un hombre, la proximidad de un vestido, y la inclinación sin ojos de una nuca cercana, y las rodillas rozadas traban conocimiento casi sin darse cuenta con otras rodillas. El metro sacude sus falsas llamas y gruñe. Ahora las bestias enjauladas se husmean un poco.

A esta hora el metro todavía no posee esa atmósfera que va cargándose a lo largo del día con la electricidad de los encuentros. Todavía ignora a las paseantes matinales que mientras hace sol van a perder al Bois el olor de sus maridos finalmente desaparecidos. A las jóvenes que preparan para el aire libre un perfume ya agobiante bajo estas bóvedas. A las busconas, a las huidizas. A las mil variedades de mujeres que adquieren el matiz de la hora, y el tono de su tiempo y de su ociosidad. Las del mediodía, que esperan un cambio en su suerte. Las de las dos, que quieren perder una parte del día. Las de las cinco, que acechan a los hombres muy jóvenes. Las de las seis y media, las cleptómanas de los grandes almacenes. Las de la noche, que quieren una cena a las ocho, un vestido a las diez, una picha a las once, no volver a casa a medianoche, y las del último metro que se entregarán a cualquiera con tal de que brillen sus ojos. No, cuando las estaciones están todavía húmedas de las infinitas filigranas dibujadas por las primeras regaderas, sólo el olor humano llena los vagones, impregnado en las ropas de telas ásperas, las medias sedosas, las lanas esponjosas, el calcetín. Y mientras estos hombres brutalmente arrancados del sueño recuperan en la inmovilidad relativa que sacude al tren la conciencia de sus cuerpos, repentinamente sienten a veces a su lado a mujeres a quienes la necesidad no ha sacado como a ellos de sus camas hacia estos coches, a mujeres que han premeditado largamente el viaje que ahora están haciendo, que lo han estado rumiando durante toda la noche, y a las que una ojera subraya en el ojo el toque provocador del maquillaje. Han esperado como las demás en las estaciones todavía cerradas. Mientras tanto elegían. El azar las ha favorecido distintamente y ahora, en este barullo apretujado, son arrojadas a un hombre como predestinadas, tiemblan, las audaces, se estremecen ante la esperanza purísima de despertar en los pantalones anónimos una tranca ya dispuesta a reanudar un sueño interrumpido.

¿De dónde vienen estas pajilleras que reproducen aquí el viejo mito de la aurora? Es tal la fuerza de las palabras escabrosas que tiempo atrás soñaba yo con esta amante de Céfiso porque tenía los dedos de rosa. Como un dichoso Céfiso, yo, invirtiendo la imagen, me explicaba los dedos a través de la aurora, al revés de los profesores, y más tarde he tenido ocasión de recordarlo ante algunas manos enrojecidas por la colada o la costura. ¿De dónde vienen, no es la primera vez que me lo pregunto, conteniendo una gran turbación disimulada? No es cierto que nada las diferencie de las demás mujeres, y yo, que jamás he sabido cómo ocupar esos terribles trayectos a través de París, he acabado por adivinarlas, ya que me gustaba esa clase de encuentros, y me sentía atraído por esas mujeres de una manera casi vertiginosa. No pertenecen a ninguna categoría social concreta, lo que poseen en común no tiene nada que ver con la audacia ni con el porte; tal vez sea la edad, ya que jamás he visto a una mujer muy joven o realmente vieja que se entregase a este ejercicio público. Están a punto de desmoronarse, ya están marcadas por una muerte peor que la muerte, son mujeres que ya saben, un poco antes que las demás, que no son más que una fachada. Y lo que uno toma por una piedra no es más que polvo en equilibrio, un soplo echaría abajo el edificio. Adoro a las mujeres en ese momento, nunca han ejercido sobre mí un poder parecido en el esplendor de su juventud, y ellas deben saberlo, pues es raro que estas paseantes conmovedoras de las que estoy hablando pasen por mi lado sin como mínimo vacilar. A veces la mano se ha vuelto un poco seca, algo inesperado, y esta senilidad local excita al hombre que ella aguarda. ¿Qué es lo que han oído decir de los hombres toda su vida? Probablemente nada que autorice esta valentía que tienen en el ataque, esta seguridad en la elección. A nadie han escuchado, y sin tener en cuenta la idea corriente de la vida, sin una palabra, han salido de su casa, donde imagino que duermen los niños, se han mirado fugazmente en un escaparate para asegurarse de que la catástrofe todavía no se ha producido, han cogido el metro, ¡y a trabajar! El gesto de sus dedos exploradores recorriendo los cuerpos hacia las braguetas dice tranquilamente no a todo lo que siempre las ha rodeado, dice no a todo un mundo de mentiras y de tonterías, dice no a la pureza pretendida, no al matrimonio, no al falso amor, no al dios que castiga, no a la policía, no a quien les hablará dentro de poco en los apartamentos con cortinas, no a la vejez que se acerca, no a lo que ellas mismas han podido creer, no a las viejas esperanzas y a los deseos futuros, no a lo que es azul bebé, tierno sueño, querida sonrisa.

Recuerdo la línea «Italia» en la primavera de los veinte. Volveré a ver siempre con la mayor nitidez a la mujer que encontré cerca de la estación Dupleix. Barrio militar. No tenía necesariamente el aspecto de una esposa de oficial. Con traje de chaqueta azul marino y un sombrerito gris, era una mujer bastante delgada, de ese rubio que tiene algo de polvo y de evanescente, como es frecuente en el norte de Francia. Todo lo que le quedaba de una gran frescura era en su rostro una boca pintada con un lápiz de labios demasiado oscuro sobre dientes muy puntiagudos. Toda su piel se encontraba en ese estado de fatiga en el que da la impresión de haber perdido el hábito de respirar, y de que desaparecería con los polvos si se lavase la cara. Los orificios de la nariz terriblemente acusados por dos largos pliegues hacia la barbilla, pero temblorosos y ligeramente enrojecidos. La boca algo torcida. Los cabellos denotando la peor batalla con la vejez, en el último minuto, una vez puesto el sombrero: ¿había que ocultarlos, o utilizarlos para atenuar esas arrugas y los insensatos pensamientos de las miradas? No estábamos cerca y yo me aproximé para ver las manos, una de las cuales estaba enguantada, con uno de esos guantes cogidos al azar del desorden de un cajón donde se mete todo porque ahora es completamente inútil. Había mucha gente y abandoné el asiento acechado por una viajera que al desplazarse me abocó contra la que yo espiaba. Había observado en ella una expresión estática y tranquila, pero al acercarme vi que todo su cuerpo temblaba, y la mano desnuda que me interesaba hacía ese gesto espantoso de los moribundos que retuercen la sábana cuando todo está perdido. Estaba preocupado por lo que ella podría decirse en aquel momento, y por los términos en los que se lo diría. Me gustaría penetrar esa intimidad en todas las mujeres: nada me embriagaría tanto como sorprender las groserías maquinales que deben decirse en las frases empleadas consigo mismas. ¿Cómo piensan en los hombres? El tipo de picha que una mujer determinada tiene delante suyo… Mi vecina se había ido acercando insensiblemente a mí como si quisiese responderme. Yo miraba a la gente de alrededor. Estaba como siempre perdida en sus sueños. Esta historia no es una historia. Sin lugar a dudas ella se había dado cuenta de que sin dejar de mirarla yo me la pelaba a través del bolsillo del pantalón. Su mano desnuda ascendía ligeramente a mi lado, sin llegar a tocarme. Es casi imposible decir que se apoyase, pero ya me cogía a través de la tela. En la masturbación hay un principio de avidez. Entonces me entran ganas de pedir, de obtener más, aunque sea imposible, y saboreo el placer que llega como una abominable devastación que jamás podrá repararse. Conservo de esa mano un recuerdo de violencia: hay que decir que dada mi posición, a mi vecina, con esa mano, no le era nada fácil meneármela. En esa falsa posición yo esperaba más bien un roce, iba a decir una caricia. Pues bien, nada de eso: la mano me había agarrado la polla con una fuerza sorprendente que denotaba un ejercicio extraño y habitual, una articulación forzada por la gimnasia, músculos desarrollados por una práctica singular. Puede parecer poco, pero esta visión que conservo de una mujer cuya ropa interior me imaginaba dramática sobre los pechos presumiblemente marchitos, de pie en un vagón de metro de segunda clase, una triste mañana sin color, está unida a un estremecimiento extraordinario que la agitó, la boca repentinamente abierta y los dientes de loba despegados, con una expresión de niña pequeña que se ha hecho daño, hasta el punto de que no comprendí cómo no había gritado en el preciso instante en que nos sumergimos bajo tierra en Sèvres–Lecourbe y Pasteur. Sólo gocé algo más tarde. Algo más profundamente.

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Con una insistencia recurrente que ha llegado a hacerse familiar, pienso en ese instante en que el ferrocarril metropolitano desaparece bajo la mirada del liceo Buffon en las tinieblas de una mujer que con un suspiro ahogado da la entrada a la vieja Tierra, la diosa Erda que aparece con tan desagradable estrépito en el último acto de El Oro del Rin. El diálogo es corto porque estos dos símbolos parecidos a las cartas de los amantes separados se cruzan. Una sale como un diablo de su caja, la otra regresa viva a la tumba de lo que se ha cumplido. Sólo he podido oír las fórmulas de cortesía: Pase usted, señora… De ningún modo, usted primero… Si cogéis el metro «Italia», viniendo de l’Étoile, en el primer vagón, a la altura de las penúltimas puertas, a la misma distancia aproximadamente de los asientos y de la puerta lateral que da al Instituto de Óptica, cerrad los ojos: tendréis la sensación de reconstruir un crimen. Me gusta pensar que el goce de la mujer está ligado cada vez a algún crimen. Como cuando el casual tintineo de un vaso provoca la muerte de un marinero en el mar. El espanto de la mujer cuando siente que va a correrse, cuando siente que es necesario que finalmente se rompa eso en ella, sus ojos asombrados, la palidez de su rostro. Nunca se sabe si esta vez podrá contener el horror que se pinta en sus rasgos, y más de una vez he llegado a captar en la cara de un testigo el reflejo violento de esta expresión sorprendida. En la línea «Norte–Sur», entre Saint–Lazare y Trinité, tuve la suerte de sorprender uno de estos efectos dobles, más raros que los eclipses de sol, y para los que habría que encontrar un equivalente moral con gafas negras en el terreno de la sangre fría.

El decorado es siempre sensiblemente el mismo, aunque un indeterminado aire de lujo aséptico recuerde que la línea «Norte–Sur» sólo fue construida bastantes años después del comienzo del metro. La afluencia en estos barrios de la Rive Droite, donde los almacenes aparecen relucientes de saldos, se produce hacia la hora que precede al cierre del Printemps o de las Galeries. Una especie de pánico precipita a multitud de mujeres hacia esos bazares modernos en los que lo esencial de su encanto encuentra los elementos para renovarse. Dispuestas a equiparse para hombres que parecen arrastrar tras ellas, se han pasado todo el día yendo de aquí para allá y, perdidas en el gran dédalo de las ofertas, el opio de la elección las ha adormilado un poco. He aquí sin embargo que muy pronto tendrán que dejar de revolver entre retales y flores; sienten próximo el despertar, temen el timbre que transforma sus vidas y los almacenes, donde ya las vendedoras deben de mirar el reloj. Algo descompuestas por la prisa y la larga tarde de compras, no se atreven a entregarse al placer de recomponer sus rostros. En los vagones de la línea «Norte–Sur» donde están ahora, intentando cobrar una última pieza, repasan a hurtadillas el carmín sobre sus labios con ojos vagos, sombreados de dudas y de sueños. Sus perfumes se combinan mal entre sí, y de pie entre ellas recuerdo siempre aquellos extraños conciertos que oía de niño desde mi ventana, en Neully, durante la feria, cuando las canciones de varias norias se mezclaban con una ensordecedora melancolía. Pero ellas no me ven, me son más ajenas que nunca en estos túneles de la prisa, donde experimento el sentimiento de su femineidad como un ladrón que se felicita de la complicidad de una noche. Entonces reparo en otros hombres acechantes entre ellas: todo un mundo misterioso de hombres heterogéneos que vienen aquí cada día a respirar esta atmósfera en la que la sensualidad de una ciudad se descompone. Ignorándose unos a otros, se hacen la ilusión de ser los dueños de este inmenso rebaño variable donde, como las mujeres a las que eligen cuando agitan ellas sus manos blandas o nerviosas entre montañas de tafetán y de crêpe, se aprovechan de ilusiones y de obsesiones. Saborearán largamente la proximidad de una nalga, una mirada retenida entre mil como una fuga de paisaje en medio de las casas. Es así como se propaga una fiebre por estas venas subterráneas por las que corre el gentío enloquecido de las compradoras, y las veloces cajas amarillas y azules se llevan con él a los silenciosos cazadores furtivos que se la soban de una forma discreta, a la espera de una presa hipotética, algo con que matar el tiempo.

No es que esta hora sea propicia a las aventuras: la multitud, la agitación, el mismo reclutamiento de las mujeres, y hasta una especie de desaliento, de decepción que empieza a traslucirse a medida que se acerca la noche, incitando a estas mujeres a la languidez, al abandono de sí mismas, al inminente desfallecimiento, todo favorece al contrario los mil desenlaces para los que junto a ellas algunos lentamente se preparan. Pero estos hacen durar sus deseos, siendo como son aficionados a los que la experiencia lleva a ocupar antes de hora el puesto que se han fijado. Han venido un poco antes del momento crítico en el que estas mujeres caerán, se dejarán llevar por este vagabundeo nervioso que las pondrá enseguida a merced de los sobones. Las ven venir. Ya sabéis lo difícil que, en el salón de los burdeles, resulta para un hombre solo, por más curtido que esté en estas ceremonias maquinales, hacer durar realmente a su antojo el protocolo de la elección. Siempre alguna palabra, un gesto, acaba precipitando una resolución que tal vez no era la buena. Una falsa vergüenza, quién sabe. Aquí, en cambio, todo se presta a esas demoras que confirman a un hombre en su voluntad de placer.

Aquí, entre todas las demás prefiero la estación cálida, con sus tufillos, sus extenuantes ardores que contornean tan bien el ojo de las mujeres; aquí prefiero la estación cálida porque estas criptas permanecen frías y así, tras los rigores de la calle, se encuentra la atmósfera sosegada de las habitaciones donde, amparados por las persianas, los corsés finalmente se abren, y los ojos se cierran. O mejor: la frescura repentina de las iglesias, que tiene el don de ponérmela tiesa. Pero sobre todo porque en esta estación las mujeres están más desnudas, llevan vestidos más tentadores, más claros, más %os. Cuando veo algunas telas cuya suavidad mis manos aprecian por adelantado, siento a estas moverse, avanzar hacia las mujeres vestidas para mi propio placer, más atractivas, más tentadoras así vestidas que si se paseasen con los déshabillés que atraen a la clientela a las casas de putas. El fular, los satenes, la muselina de seda me seducen. Sé cómo se estremece un cuerpo bajo el terciopelo. Quiero variar la proximidad de una cadera en la que mis dedos distraídamente se posan. Lo que me separa de la piel, lo que resbala sobre ella, me proporciona un primer placer embriagador. Entre esta multitud apretujada me pego a mujeres cuyo atuendo me ha seducido de entrada. Me dirijo de este modo hacia esas verdaderas desconocidas que me turban a través de lo que les gusta, lo que ellas mismas han elegido para ser y arreglarse, expresión de su sensualidad oculta, efervescente en ese preciso instante en sus cabezas todavía trastornadas por los trajes vistos, los sombreros probados, la ropa interior acariciada con el secreto vislumbre de una cierta idea de robo. Invado a esas mujeres como ellas me invaden. Al principio la proximidad me basta, y cuando al final las toco es siempre insensiblemente. Un contacto anónimo, ocasional. Progresivo. A menudo un perfume que me llega de otra parte me aparta de mi primer objetivo, retrocedo entonces en mi lento avance, y es como algo que se muere, mientras toda mi atención se dirige hacia otra vecina. O bien todo lo que me rodea desaparece, y a través del sueño que persigo apenas conservo ese instinto que hace que sin darme cuenta disimule ante la curiosidad circundante lo que ahora debe de saber la mujer a la que ya acoso, aunque quizá pueda equivocarse, a la que sigo en sus movimientos imperceptibles, en las oscilaciones violentas del tren, y que quizá ya se retira, pero no, que se apoya en mí, o a lo mejor me equivoco, ¿quién podría decirlo?, que se impacienta, pero ¿es mi audacia o mi lentitud? Adoro este momento de incertidumbre, y este miedo que entrecorta la respiración y retiene o acelera un proceso que una mirada o una palabra suspendería terriblemente. Algunas veces, sea real o fingida, la inocencia de una mujer, la extraordinaria ignorancia aparente de lo que le estoy haciendo, me arranca bruscamente de mí mismo, y entonces, sin que esperara nada parecido, cuando a duras penas me sentía hombre, de una manera muy maquinal, he aquí que la turbación se apodera de mí de los pies a la garganta y ya no puedo retener nada, el semen se me escapa, y las sacudidas se estrellan en mi pantalón a cada espasmo, como si no fuese yo quien gozase, y efectivamente es algo en mí que no soy yo lo que entonces ha gozado. Estas sorpresas dejan una insatisfacción terrible, el horror de un desperdicio absurdo, del que es difícil apartarse; a veces advierte uno el asombro de la mujer, herida por una súbita frialdad. Ya que creo que ellas comprenden siempre.

Todos se quejan de la monotonía del placer, pero ¿qué quieren decir con ello? Lo que pasa es que sólo buscan el placer; en lugar de hacer del placer la sanción de una búsqueda que es lo que da forma y fuerza a una vida, lo consideran como lo único importante, y descuidan las vías por las que llega hasta ellos. Despreciable método, ridícula estupidez. Bajeza sobre todo. Así se explica que la mayoría de la gente haya convertido los asuntos del amor en charla de sobremesa. Todas las mujeres son iguales, dicen esos viajantes de comercio. Y toma, les pellizcan las nalgas. Habría mucho que decir de un cierto lenguaje desvergonzado, y de la actitud que legitima; esa costumbre de los franceses, por ejemplo, de hablar del coño llamándole culo, como si fuera más correcto y a la vez más despectivo. ¡Ah, el placer, esa palabra galvanizada, esa palabra débil, innoble palabra! «Le acompañaré a su casa con sumo placer», «Tendré un gran placer en serle útil», «Me ha causado un vivo placer saber que su esposa está mejor», «¡Oh, qué placer!». Detesto el uso que se hace de esta palabra, tanto en el sentido noble como en el uso vulgar. No hay nada elevado en el placer, y los que quieren sublimar su idea me encolerizan tanto como los que se complacen en él sin saber lo que hacen. O peor aún: fabrican un dios. No hay nada más repugnante. Pero estaba diciendo que el infinito no está en el placer, sino en lo que a veces lleva hasta él, y que bien puede no llevar. No sólo es infinita la variedad de las mujeres; ni siquiera una sola vez la aproximación del vértigo se anuncia por los mismos pensamientos. Y es que todo cambia en las condiciones, del vértigo. Es imposible que la identidad de tales condiciones, este milagro inútil y estúpido, se produzca dos veces en mi vida. ¿Habrá que explicarse y decir que el cambio es el mismo, con mil mujeres o con una? En una cama con la mujer adorada, o entre esta muchedumbre del metro, ¿acaso sé lo que va a producirse?, ¿y no tengo pese a todo ese mismo temblor? Tú eres para mí todas las mujeres, tú, para quien verdaderamente yo escribo esto y que simulas no saberlo, y que me reprochas mis preocupaciones lejanas, y la obstinación que pongo en describir a estas mujeres para ti extrañas, como si yo desease otra cosa que no fueses tú. ¿Acaso no siento esta embriaguez al acercarme a ti incluso en el sueño, de una forma siempre nueva, sin decirte nada, pero con un deseo tan fuerte de ti que tú no sabes lo que te pasa, tan lejana en ese instante del amor que no comprendes por qué de repente el deseo se apodera de ti, como un extraño monstruo bajado del cielo? A veces sin tocarte, ¿acaso no te espero como si jamás nos hubiésemos pertenecido, y acaso no obtengo una victoria cuando bruscamente te das la vuelta murmurando: Ah, canalla, me has poseído a pesar de todo?

Estaba hablando de cómo esos encuentros que sin embargo jamás he provocado transforman su teatro en una especie de bosque encantado, y pienso invariablemente en esa Brocelandia moderna de encantamientos perpetuos que antaño jalonaban el paso de aquellos hombres de hierro en la Bretaña del rey Arturo. ¿No se trata de liberar del Gigante Mundo, del dragón que la tiene prisionera en el rincón de un apartamento de fealdades y temores, a una mujer muy pura, a una mujer efímera que apenas durará el tiempo de un sollozo? Luego la buscaré inútilmente entre los árboles sin rostro que esperan de pie la estación de enlace o el instante de salir entre el viento y la lluvia al corazón del universo siniestro que bajo tierra no ha sido expoliado. Metamorfosis. La turbación se debe a nuestra ignorancia de las leyes que gobiernan las metamorfosis. Nunca se sabe si no se es el juguete del propio deseo, y si esta pasividad que interpreto como una aquiescencia no es el resultado de una distracción considerable. Lo que quiere una mujer, lo que espera de mí, ¿cómo puedo saberlo? Mis manos tampoco pueden apoderarse de la esfinge, el enigma es el deseo de la esfinge, y soy yo quien tengo que proponer las fatales preguntas. Lenguaje del tacto, alusiones de los cuerpos. El comportamiento de las mujeres varía como el cielo y como él es imprevisible, sólo se deja interpretar a través de signos dudosos, vuelo de pájaros, formas cambiantes de las nubes, situación de los astros: se diría que esa de ahí te busca, tanto se ha aproximado, tan cerca están sus dedos, tan jadeante es su respiración, pero luego es una losa, un muro. Y esa otra a la que no habías visto hasta ahora, ¡qué aire compungido y de reproche tiene al bajar! Y aquella otra… Y tantas que lo único que desean es la proximidad, y pensar. Pagaría cualquier cosa por saber lo que piensan. Las que quieren no ser tocadas. Las que prefieren que se les deje hacer. Las que quieren ser abordadas lentamente. Las que quieren estremecerse. Las que quieren rozarse. Las que no saben lo que quieren. Las expertas. Las novicias. Las que nunca entenderán cómo una vez en su vida permitieron tal cosa. Las desesperadas. Las locas. Todas las mujeres sin memoria, todas las mujeres sin mañana.

Ahora ya no puedo recordar el rostro ni el cuerpo de la que tenía contra mí aquella vez, en la línea «Norte–Sur», dirección Saint–Lazare. Lo único que sé de ella es que entre aquella muchedumbre compacta, esa masa oscilante de viajeros a los que los vaivenes del tren inclinaban de golpe, ella se dejaba hacer como privada de razón y de sentimientos. Como si nos hallásemos en un desierto de verdad, donde la sola presencia de un hombre hubiese sido para ella tan sorprendente y tan terrorífica que ni siquiera se le habría ocurrido moverse o resistir un instante. Decía que me hallaba contra ella, por detrás, pegado, y mi aliento agitaba suavemente los cabellos de su nuca. Mis piernas se adherían a la curva de las suyas, mis manos habían acariciado largamente sus muslos, ella no había retirado su mano izquierda cuando durante un instante, furtivamente, yo se la había estrechado. Sentía contra mí la dulce presión de sus nalgas a través de un tejido muy fino y sedoso cuyos pliegues ocasionales también me interesaban. Yo controlaba atentamente los movimientos de mis rodillas. Las flexionaba un poco para que mi picha, comprimida por el pantalón, encontrase, mientras seguía aumentando de tamaño, un lecho entre las nalgas contraídas por el miedo, un lecho vertical donde las sacudidas del tren bastasen para meneármela. Veía mal el rostro de esta mujer, de lado. En él no leía más que miedo. ¿Pero qué miedo? ¿Al escándalo o a lo que iba a pasar? Ella se mordía el labio inferior. De repente tuve una necesidad irreprimible de control. Quise conocer el pensamiento de esta mujer, deslicé mi mano derecha entre sus muslos. Maravilla del vello adivinado bajo la tela, asombro del culo apretado. ¿Esta mujer era, pues, de piedra?

No conozco nada tan hermoso, nada que me procure hasta ese extremo una sensación de fuerza, como la vulva cuando se la alcanza por detrás. Mis dedos no podían llevarse a engaño. Sentía los labios hinchados, y de repente la mujer, como para afianzarse sobre sus pies, separó los muslos. Sentí los labios ceder, abrirse. Tan húmedos que empapaban el vestido. Tres o cuatro veces, las nalgas subieron y bajaron a lo largo de mi picha. Pensé de repente en la gente de alrededor. Nadie, no, nadie prestaba atención a nuestra urgencia. Caras grises, y aburridas. Posturas de espera. Mis ojos recayeron en dos ojos que miraban, que nos miraban, a ella y a mí. Esos ojos golpeados por la vida, esos ojos subrayados más por la fatiga de las largas jornadas que por el maquillaje, esos ojos llenos de historias desconocidas, esos ojos que por un rato aún, todavía, amaban el amor. Eran los ojos de una mujer sentada bastante lejos y separada de nosotros por una multitud ciega, de una mujer que desde tan abajo no podía adivinar lo que nos llevábamos entre manos, sólo podía ver nuestras cabezas zarandeadas por la marcha del tren y por el desorden del inminente placer. Esos ojos no se apartaban de nosotros y de pronto sentí una especie de necesidad de responderles. Eran unos ojos inmensos, tristes, y como sin reposo. ¿Sabían? Parpadeaban un poco para responderme. Se dirigían hacia mi vecina, a la que sentía estremecerse profundamente. No preguntaban. Sin duda sabían. Los movimientos de la mujer se hicieron más rápidos, con ese carácter extrañamente constreñido que impone el miedo a traicionarse. Bruscamente vi dilatarse esas pupilas fijas en mí, como si un abismo se hubiese abierto bajo el asiento. Acababan de advertir en el rostro de la mujer a la que yo me apretaba el primer espasmo del goce. Sólo a través de esos ojos supe lo que acababa de producirse, y me corrí al mismo tiempo que la mujer sentada, y me pregunto qué aspecto debía ser el mío entonces, cuando la mujer aquella ocultó bruscamente entre las manos sus ojos destrozados por el placer. Transcurrió un tiempo infinito hasta la estación siguiente, como un gran silencio inmóvil, y ya no pensé en nada más. Al entrar en la estación, las luces exteriores, la curva del andén, los reflejos sobre los azulejos blancos, un remolino violento al abrirse las puertas arrojó fuera a la mujer cuyos ojos no había logrado ver; el asalto de los nuevos viajeros extendía un velo entre mi persona y esos ojos que ya no veía. Me quedé solo, sin conocer la verdad de esta historia sin intriga, en la que para mí todo es dramático como la huida inquietante del verano.

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(Continuará…)

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