El instante (Final)

Louis Aragon

 

 

A menudo me he preguntado si las incendiarias que cada verano levantan tanto revuelo en Maures y en las Landas no estarían cortadas por el mismo patrón que las más decididas de estas viajeras a las que habría querido interrogar, sin conseguirlo. Un día agarré por el brazo a una de ellas, pero fue tal la expresión de horror y de desesperación que entenebreció sus pupilas que mi mano se abrió, y ya no había nadie: este año he leído varias veces en los periódicos que se había detenido a una joven —siempre se trataba de una joven, siempre—, sorprendida mientras avivaba el fuego cerca de Dax o de la Garde–Freinet. Y al parecer esta joven no había tenido ninguna dificultad en reconocer que había sido ella misma la que había encendido esa hoguera tan hermosa, tan saltarina, ella misma, ella misma, y los gendarmes le preguntaban por qué. Porque —decían los periódicos— he querido hacer lo mismo que una amiga mía, a la que el año pasado condenaron por haber pegado fuego —los periódicos decían dado— a unos bosques de pinos y de alcornoques, según el humor y la ocasión, o a graneros, a granjas, a falta de algo mejor a montones de heno. Por qué, preguntaban los gendarmes, y ella sonreía. Los hermosos incendios llameaban en aquella sonrisa. Memoria, y la joven convenía en que cada vez, cada vez, el pecho agitado, se había sentido embargada por un placer extraordinario viendo propagarse y aumentar las llamas, y la prisa de la gente corriendo en todas direcciones, y los bomberos. Oh, cómo le gustaban los bomberos. La joven. Pinos o alcornoques. Basta haber sufrido una tentación cualquiera, lo que se dice sufrido, para comprender todas las tentaciones. Una joven.

No es que tenga predilección por la virginidad. Al contrario. En la virginidad hay una ignorancia que me horroriza, una tontería rayana en la obscenidad: apartad, por favor, estas imágenes insoportables. En una palabra: no siento ninguna vocación por el oficio de desvirgador. Y sin embargo, cuando se entregan a los juegos terribles que a veces ellas se permiten al borde de un abismo histérico, las vírgenes son las únicas capaces de algunos incendios inexpiables que valen por todas las puestas de sol. Cómo saben besar, ellas, para las que el amor posee los encantos de una lengua extranjera. Quién no se ha ensuciado la ropa en habitaciones cuya puerta se deja por prudencia abierta para no despertar la curiosidad de una madre, quién no se ha sentido desfallecer en el interior de un taxi, o en el portal de una casa, junto a la escalera, quién no se ha atragantado a mitad de una frase cuando una manita se ha posado sobre la bragueta y ha pasado suavemente sobre este bulto que ella se explica a su manera, no, ese no sabe lo que hay de enloquecedor en la virginidad de las jóvenes, y la locura que puede suponer si el placer les llega antes que al hombre, un placer como jamás ningún hombre volverá a dárselo, un placer como un incendio.

Una joven. Nada se oponía a que encontrase a una joven en un metro, o en cualquier otro transporte público, como curiosamente se dice. El caso es que no me ha ocurrido ni una sola vez. No soy el tipo de hombre que gusta a las jovencitas. No me parezco a Guynemer ni a Rodolfo Valentino. Qué le vamos a hacer. Digamos que no sé distinguir a una tonta de una hipócrita, y necesito siempre un mínimo de provocación para interesarme. Pienso que las jóvenes están hechas para los aventureros. Una cierta clase de bailarín, pianista o soldado; gente que siente una cierta atracción por el atraco y bastante por la exhibición, amadores de sangre, amantes hechos para una violencia breve en la que el hombre se duerme después del polvo, sin pensar en recuperar lo que está sobradamente poseído por haberlo estado ya una vez, la primera. No obstante, si yo tuviese el poder de disponer del mundo, no habría olvidado, aunque sólo fuese un día, llevar a una jovencita a cascármela en el metro con su aparato de música, por ejemplo. Entre otras. Luego me habría gustado deslizar en su dedo un anillo, o un brazalete bajo su manga, para que conservase durante toda su vida el recuerdo de un hombre cuyo sexo habría sentido hincharse, y tal vez escaparse el licor entre los botones de la bragueta, manchando su vestido, de una manera desconcertante y bastante abominable para alguien que no esté acostumbrado. Este anillo, este brazalete, diría ella más tarde al predestinado de las postales y de los claros de luna que la hubiese interrogado, es un regalo de alguien que no recuerdo, que apenas conocí, tal vez le debiese algún favor a mi padre o algo por el estilo, oh, no es uno de esos recuerdos entrañables, pero es bonito, ¿verdad?, y sobre todo me queda bien. Ya veo, dice el novio tradicional. Una joven.

He visto arder bosques. No sólo en el cine. En las montañas. Jamás los bosques tienen tanto aspecto de cabelleras como cuando arden. Ni las montañas tanto aspecto de senos vírgenes excitados. He visto a hombres correr con cubos de agua ridículos para intentar apagar la sensualidad salvaje de las montañas. He visto traer a gente chillando cuyo rostro estaba negro y cuya piel saltaba a jirones sanguinolentos. He visto en la noche el resplandor de estas luminarias criminales, la desesperación y el terror de las víctimas en fuga; por la mañana, a pesar de las noticias, la enorme humareda que sube más alta que ayer. He oído hablar a la gente en los pequeños cafés, en las plazas. He seguido las miradas que se clavaban con aire de recriminación en pacíficos fumadores. He escuchado renacer viejos mitos a cada repetición de la periódica calamidad. He sentido pasar por los corazones el atavismo antiguo de las masacres. Se señalaba con el dedo a los vagabundos, a los gitanos. He visto arder bosques: comprendo que sea un placer de jovencita. Oh bordados, bordados, ¿cuántos bosques arden pacientemente en el círculo de vuestros tambores?

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Los novelistas cuentan amablemente horrorosas historias con desenlace. Encantadores novelistas, señoras, y respecto al romero sus florecillas azules recuerdan al hilo para cortar la mantequilla, ni más ni menos. No es culpa suya si a pesar de lo que se esmeran, su manía parece una estupidez, es decir la voluntad de novela. Una vez lanzado, comprendéis, no es posible ocuparse de otra cosa, hay que seguir el tema. Por eso precisamente leo novelas, para ver al novelista seguir su tema: ¿me permite caminar a su lado puesto que vamos en la misma dirección? Viejo asqueroso. Es usted muy amable, ¿pero por qué correr de esta manera, querida niña? Pero bueno, qué jeta, ¿por quién me toma ese gilipollas? Siempre me ha gustado la jeta de un gilipollas cuando una joven le pega bronca. Pero supongamos que no le pegue bronca, entonces en lugar de una gilipollez se obtiene una novela, es decir un libro en el que un mismo personaje lleva un mismo nombre, o no se lo cambia sin avisar, resulta en todo momento reconocible para el lector menos perspicaz o para el lector que posee claras ideas literarias, según la clase de novela que sea, tiene unos mismos sentimientos, o no cambia de sentimientos como de camisa, es decir sin que se haga notar, no sale del libro, no conoce a personas inútiles, sólo caga por el bien de una idea general, me parece que habría que decir de la primera a la última página, aunque esta reflexión llega demasiado tarde, ¡y si sólo fuera eso! Pero la novela consiste en peripecia; delicioso zarcillo bajo la hoja de la vid, suave pelusilla, dije, cedilla, y todo absolutamente coherente, caballero, puede morder, auténtico. Hay algo verdaderamente enternecedor en la peripecia, esta piedra aportada al edificio, esta cucharada para papá, y acabarás por fuerza comiéndote la sopa. Si los novelistas fuesen los amos se levantarían estatuas a la peripecia. Y si se escuchase a las peripecias, se levantaría un monumento a la petición de principios. ¿A la petición de? Perfectamente, las peripecias agradecidas. Hay que encontrar cualquier pretexto para hacer hablar a un novelista sobre los libretos de ópera. Entonces se despacha a gusto: increíble, cómo se puede, la Edad Media, y salir de aquí a continuar su novela. Nadie os impide decirle que si encuentra una buena historia, tal vez podría ponérsele música. Nadie os impide canturrear Manon, Butterfly o algún otro ñigui–ñigui que os dé una elevada idea de la actividad humana. Cómo se resume una historia, y la necesidad de las historias, he aquí un buen tema de bachillerato donde la mejor nota seguramente se la llevará el más idiota, y eso compensa. No hay justicia, hostia.

A fuerza de escribir libros donde todo parece pasar como en la vida, se ha acabado por saber tomársela tan bien, a la vida, que hoy en día todo pasa como en las novelas. Y eso también compensa. Por qué entonces, lógica aplastante: para que en las novelas todo pase como en la vida, si en la vida todo pasa como en las novelas, en las novelas todo pasa como en las novelas. Supongo que captáis el razonamiento. Cabe esperar una humanidad tan intelectualizada por las lecturas de novelas que, yendo a trabajar, lea en un pequeño y elegante volumen todo lo que podría pasarle, y limite a eso la experiencia personal de lo novelesco. Remito su valoración a los hombres de Estado. Estas apreciaciones van acompañadas de migraña, pero los novelistas ya están acostumbrados, a la migraña. Psicología de las mujeres. Bovary. Y los geniales, turbadores descubrimientos relativos a la sexuhalidad. Muy bueno eso de la sexuhalidad para las peripecias. Siempre que contribuya al desarrollo general de la obra, a la construcción del todo; sin eso, decidme, ¿de qué serviría la sex, como la llamáis vosotros? ¡Oh, estamos muy lejos hoy en día de las novelas pastoriles! La novela es up to date, muy moderna, muy americana. El individuo aplastado, sin contemplaciones. El género abrumador. Difícil. Cruel. Es realmente un poco demasiado penoso, se dirá, dejando el libro terminado sobre la mesa. Hace pensar. Hay que decir que nos cambia. Hablaremos mucho tiempo del héroe de este libro, diciendo un… y su nombre, un Tartarín, una Yvette, un Charlus. Y los críticos agruparán estos nombres para el equilibrio de sus frases: «no es una Yvette que se comportaría como un Charlus, etc.». La gloria. Porque el novelista no se conforma con haber escrito novelas: quiere la gloria.

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Couronnes. No sin razón en el círculo de los bulevares exteriores una estación lleva este nombre cargado de diversas nostalgias. Evoca no tanto el emblema de las realezas decaídas bajo el empuje de la plebe salida de este barrio donde los bulevares son de una tristeza sin nombre, pese al bullicio sofocado de dos o tres pequeños burdeles cuyas buhardillas del primer piso, sobre una taberna de cristales esmerilados, dormitan desocupadas durante el día, no tanto esos trofeos dorados que un pueblo aquí arrinconado sólo ha sabido arrancar en provecho de las mil nuevas dinastías que se reparten el oeste de París, sus árboles, sus luces, no tanto estos abalorios de antaño que ya no son necesarios a quienes reinan en hermosos automóviles de ruedas blancas, como los símbolos de la muerte, cuyo parque se extiende muy cerca, en Père–Lachaise, a una distancia suficiente de las regiones felices a las que entristecería la proximidad de las tumbas de la gente rica, la fealdad imponente del mármol costosamente prodigado en medio de las barracas, de las casas baratas, de las fábricas, cuyo espectáculo ya es de por sí tan deprimente que, la verdad, un poco más, un poco menos… Los símbolos de la muerte. La sombra de la guerra civil se arrastra en los nombres de las estaciones de metro: Combat, Couronnes, palabras que no dicen nada a los niños que juegan en los Campos Elíseos, a las mujeres que bajan riéndose hacia la Cascade, palabras que para algunos hombres, algunas mujeres, algunos niños, representan con el recuerdo que se extingue de viejas tragedias el horrible airecillo frío cotidiano del amanecer, el tren cogido en una caverna o la salida entre la bruma fuera de esta caverna hormigueante, antes del trabajo absurdo, absurdo y corrosivo, que devora la vida, y por el que sin embargo se tiembla, debido a la dificultad que supondría encontrar otro igual, tan abyecto, tan mecánico, tan extenuante. Coronas, polvos de inmortales, piedades estúpidas, ofrendas sin ton ni son arrojadas al laberinto de los sepulcros donde se pudren codo con codo los oprimidos y sus amos, al amparo de la revolución futura, coronas en las que se lee por última vez en la frescura de las flores la inmunda superioridad de los cadáveres ricos, coronas, estupideces vegetales, noche, noche. Para mí, como sin duda para toda una generación que no ha olvidado una terrible portada del suplemento ilustrado del Petit Journal, donde se veía a una muchedumbre popular atropellarse en una escalera de metro y el mismo rojo servía para representar los cinturones de los que trabajaban en las vías, las corbatas, la sangre, para mí esta palabra, Couronnes, como un sollozo fúnebre, cubre el recuerdo teñido de discursos oficiales del accidente acaecido al día siguiente a la inauguración de la línea «Nation», en 1900 o quizás en 1901, al que debemos que la palabra «Salida» esté escrita con letras luminosas en las puertas del metro, que aquel día, entre tinieblas, un pueblo enloquecido buscó inútilmente. Los ingenieros no habían previsto las averías eléctricas. Se ejercitaron con un buen número de víctimas, perfeccionaron su sistema de iluminación a partir del primer accidente, meditaron sobre estos muertos, lo que se tradujo en la palabra «Salida» con letras de fuego, una especie de corona anónima, como recuerdo. Durante toda mi infancia soñé con esta catástrofe, cuyo clamor, a principios de siglo, ha llegado hasta mí a través de los terrores de las personas mayores, los comentarios domésticos, el eco de las interpelaciones. Cuántas veces me he imaginado atrapado en esa prensa mortal donde se aplastan tantos seres humanos súbitamente enemigos en una sombra súbita: «Afortunadamente», dice alguien, «sólo había obreros entre esos desgraciados». Lo recuerdo. Todavía no tenía cuatro años. Todo lo que se contaba: la orden lanzada al público de no moverse, de esperar en la oscuridad, la angustia, luego el irresistible instinto que empuja hacia la luz, el pánico, las carreras y los empujones, los muros contra los que chocan manos y cabezas al azar, el atropello en la escalera, los gritos, la asfixia, las mariposas negras en las gargantas de los más débiles, bajo el empuje violento en el pasillo, los crujidos de huesos muy cerca, y bruscamente un líquido pesado y caliente que cae no se sabe de dónde, de un grano del racimo humano, en las manos, los rostros, el silencio, y más gritos, terribles gritos. Los que siguieron la vía para llegar a otra estación, súbitamente achicharrados por el regreso de la corriente. Los que en los vagones, paralizados por el miedo, oían sin comprender los negros clamores. Los que lucharon largo rato para morirse en el momento en que volvió la luz. Los que murieron enseguida, pero que la muchedumbre apretujada arrastró entre sus filas enderezados como maniquíes y que cayeron los primeros en brazos de los bomberos. Las mujeres. Los locos. Los que no encontraron la fuerza de hablar. Los que repetían incansablemente la misma frase. Los que se quedaron quietos para ahorrar fuerzas y respirar el mayor tiempo posible. Coronas, coronas.

¡Qué gran camaleón es la asociación de ideas! Fue una buena ocasión, entre los corazones sensibles, para recordar otra catástrofe, mucho más atractiva, eso sí, debido al decorado, a las víctimas: aún no se había olvidado el incendio del Bazar de la Caridad, y este incendio, anterior a mi nacimiento, creo, me lo imaginaba a mi manera con los elementos de las conversaciones oídas. No, el Bazar de la Caridad no era como esa historia de obreros aplastados en una estación de metro de un barrio bajo, no: aquí rezumaba lujo, filantropía, y no cabía duda de que todas las jóvenes decentes que se habían quemado mientras vendían o compraban bombones, abanicos, puntillas para los pobres se habían ido nada más quemarse derechas al paraíso. Lo que no deja de ser una alegría. Como esos angelitos vestidos de terciopelo con cuellos de Irlanda y zapatitos de charol con hebillas de plata que acompañaban a su mamá o a la hermana mayor; sus alas les habían elevado enseguida, mientras se achicharraban. Toda esa gente bien subió al cielo. Yo no sabía dónde podía haber estado metido ese Bazar providencial que fabricaba santos como quien respira. Me lo representaba en alguna parte de la zona del Bon Marché, Rué de Babylone, hacia la Embajada de China. A causa del Bon Marché, sin duda, cuyo nombre es ya tan filantrópico. La embajada era por lo distinguido. Y luego creo que lo esencial era una gran tapia impresionante en Rué de Babylone; mi familia conocía a una señora que se hallaba en el Bazar en el momento del incendio y que había escapado corriendo y saltando por encima de una tapia que tenía por lo menos tres metros de alto, tú la conoces, sabes que normalmente no sería capaz de saltar ni desde una silla, y ya ves, desde una tapia de tres metros de altura, ¡en esas ocasiones se adquiere una fuerza! Desde mi rincón, yo me imaginaba a la dama: corriendo con sus faldas, que entonces se llevaban muy largas, y varias enaguas que se levantaba con las dos manos, mientras se ven salir las llamas y el humo por todas partes y hay grupos con curas en el centro que encomiendan sus almas a Dios, gente que corre en todas direcciones, y banquillos volcados en el suelo, veladores, y pasteles que quedarán sin comerse, corriendo la dama como un caballo joven derecho al obstáculo, la gran tapia de tres metros, y una vez allí, sin soltar sus faldas, ¡aúpa!, dobla las rodillas, una idea irresistible, y sin saber cómo se eleva por los aires, como un globo con piernas, pasa por encima de la tapia y cae en la calle. No sabía lo que hacía. Nunca lo habría conseguido si se hubiese dicho: voy a saltar. ¿Y una vez en la calle? Dio gracias al Señor, por supuesto, y prometió un cirio a Nótre Dame des Victoires, o mejor dicho a otra Virgen, he olvidado su nombre, que tenía la ventaja de estar allí mismo, en alguna parte de la Rué de Sévres, al fondo de un claustro de religiosas, en una capilla tan concurrida como la pastelería Guerbois, compras enfrente, en casa de esa mujer de gran corazón, la buena Madame Boucicaut, convertida después en piedra en la plaza por razones que nada tienen que ver con el infortunio de las hijas de Loth. Una tapia de tres metros de altura. Debía ser un famoso cirio el que pagó a la santa Virgen por una tapia de tres metros de altura. Y la santa Virgen debió de quedar muy contenta, un cirio de tres metros de altura, no necesitó otro durante tres meses. No cabe duda de que, puestos a ser chic, este incendio era verdaderamente un acontecimiento chic. Hasta el punto de que después, para situar a la gente, se decía: Perdieron a un pariente en el incendio del Bazar, una hermana me parece, en fin, la madre creyó que iba a volverse loca. Enseguida se sabía con quién había que vérselas. Entre el mundo bienpensante, en fin, el hecho de haber estado allí llegó a constituir como una aristocracia. Igual que se dice tenía un abuelo en Fontenoy, u otra derrota de buen gusto. Toda clase de deliciosas leyendas rodeaban este incendio donde las llamas habían acabado por parecer rosas. ¡Cuántas ceremonias vinieron después! Exequias por aquí, exequias por allá, y la gran voz del órgano, y las oraciones fúnebres, una ocasión, creo, de hablar de los grandes de la tierra, y cómo todo pasa, un día rica, adulada, feliz, y al día siguiente polvo, polvo, pero lo que permanece es el perfume de la virtud, y en cuanto a los que quedan que imiten la piedad, la bondad, la generosidad de la desaparecida, todavía hay iglesias por construir en nuestro pobre país, ya me entendéis, y cuando pienso en todos los que mueren sin confesión, es para echarse a temblar.

Por lo que se refiere a morir sin confesión, es cierto que las víctimas de Couronnes no debieron de preocuparse mucho de su segunda vida, inmortal, a diferencia de esta. No debieron de recomendar su alma a esa santa Virgen que habita tan cerca de un buen pastelero. No debieron de lamentar echar a perder sus mejores trajes, ni consolarse con la idea de que así lucirían mejor sobre las angarillas. Debieron de pelearse mucho para salir, sin más palabras que los insultos. Oh, no era la flor y nata, qué le vamos a hacer. De más de uno no podría decirse que su desaparición constituyese una gran pérdida. Toda esa gente se habrá ido derecha al infierno. A menudo he soñado con los que van en zigzag. Ya sé que también se dice que en el Bazar hubo escenas lamentables; algunos hombres, y lo que es peor, algunos caballeros, habrían atropellado a las mujeres, pisoteado a los niños, pero eso son invenciones de los socialistas, y por otra parte, ¿dónde no hay una oveja negra? Hay gente a la que molesta una historia edificante. Enseguida se les ocurren atrocidades. En fin, nadie se las cree. Esas cosas pasan en los naufragios, pero eso es otra historia. En los barcos la gente está siempre más mezclada, no se sabe quién es quién. La tripulación, bien disciplinada por sus oficiales, se muestra generalmente heroica, y mantiene el orden, impide que se pierda la cabeza. El capitán, eso todo el mundo lo sabe, bajo ningún pretexto abandona el barco, el último a bordo, y generalmente prefiere hundirse con el buque, de pie, con los talones juntos, bajo la bandera. En cuanto a los pasajeros, evidentemente hay de todo, y hasta en la primera clase se cuela gente a la que no saludarías en tierra. Eso es lo que explica la frecuencia de esas escenas horribles en el momento del embarque en los botes salvavidas. Así, en el naufragio de La Bourgogne, había un boxeador turco muy conocido, un campeón, ya no recuerdo lo que hizo pero era horroroso. Imagínese: un boxeador, las mujeres, los niños, ¡menuda polca! Pues bien, ese hombre seguramente tenía una cabina de lujo, con lo que cuestan.

Debo decir que no sé muy bien cuál es el fundamento de esta ley, generalmente admitida sin discusión, que dice que en el momento de un naufragio se salve primero a las mujeres y a los niños, y que sea un crimen y una vergüenza para un hombre ser salvado antes que todas las mujeres y todos los niños. Aunque haya que alimentar el sentimentalismo corriente a base de viudas y de huérfanos, encuentro bastante curiosa esta manera de fabricarlos. No quiero insistir. Se podría intentar explicar a quienes se conmueven ante este tipo de argumento que un hombre es un capital social más considerable que un niño, que todavía no ha tropezado con la enfermedad, etcétera, pero creo que es absolutamente inútil apelar por una sola vez al sentido común cuando se trata de caballerosidad, y además, a ver: en un transatlántico, ¿quién viaja? Emigrantes, criados, marineros, en fin un montón de hombres que serían capaces de salvarse ellos solos dejando ahí a los pasajeros si no se hubiese establecido una sólida regla moral, que algunos querrían quebrantan La Bourgogne: ese naufragio no dejó de excitar las imaginaciones. De vez en cuando un gran naufragio rejuvenece algunas ideas. Basta pensar en el Titanic: ese encuentro en plena noche con un iceberg, los náufragos con trajes de noche, como para coger una pulmonía, y luego todo lo demás, pero a pesar de todo la humanidad no perdió nada a causa de un magnífico ejemplo de calma, de valor y de piedad dado por la orquesta, que como todo el mundo sabe siguió tocando hasta ser tragada por el mar, donde se ahogaron las últimas notas de un cántico, Más cerca de ti Dios mío, lo que permite pensar que estos músicos debían creer en Neptuno o no saber demasiado bien lo que se decían. Las catástrofes son necesarias: proporcionan a la conciencia humana la ocasión de rehabilitarse, y a algunos hombres la de pronunciar frases definitivas, que luego pueden servir. Sin embargo hay que reconocer que no todos los desastres son igualmente aprovechables, y que de mucha mejor ley son los que se abaten sobre la gente de la alta sociedad. Entiendo el gran ejemplo que puede extraerse cuando se ahogan algunos millonarios que un momento antes estaban fumando tranquilamente sus puros, algunas grandes damas que acaban en el fondo del mar por haber ido a buscar al camarote su joyero, sus diamantes semejantes a tantas estrellas que ahora vendrán a hablarles en su palacio profundo de las maravillas abandonadas en la tierra, eso lo entiendo. Pero qué interés, qué consuelo moral puede suponer el despachurramiento en una estación de metro de un centenar de obreros sin principios religiosos, sin situación mundana, vestidos de susto, cuyo nombre no recuerda nada, ni la historia de Francia, ni la gran industria, en fin, que sólo la idea de tener que hacerles un discurso pone los pelos de punta. Eso desde luego no lo entiendo. Y además esa ocurrencia de coger el metro. Es sano caminar por la mañana, para tomar el aire antes de trabajar.

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Cuando los viajeros fatigados por una larga jornada se apretujan en un vagón muy lleno arrojan sobre los asientos una mirada escrutadora, dónde se bajará ese tipo siniestro, a ese vejestorio no debe de quedarle mucho, etc., para acechar el primer sitio vacío y abalanzarse sobre él antes que esa señora pálida que parece estar a punto de caerse. Pero acaba de entrar una mujer llevando en brazos a un encantador bebé cuya cabeza es todavía demasiado pesada para sus pies, este querubín mata a su mamá y hay un momento de emoción muy pura entre la concurrencia. Entonces, a menos que al prolongarse la situación una mujer se levante arrojando sobre los viajeros que leen desesperadamente su periódico vespertino una mirada de desprecio y de indignación, se ve a un hombre joven asaltado por un prurito de galantería levantarse en redondo para hacer paso al bulto y quitarse el sombrero en medio de un prolongado murmullo de aprobación. A partir de ese momento las nalgas de los viajeros sentados aprecian los asientos con un frote transversal. Donde hay una mujer embarazada todo el mundo le mira amablemente la barriga, ella se ruboriza, se siente terriblemente humillada, no debería haber salido. Los viejos, los enfermos, especialmente después de la guerra… a este propósito la administración ha hecho poner unos números en un puñado de asientos que están siempre a disposición de los mutilados provistos de un certificado que demuestre que fue en el campo de honor donde perdieron la cabeza, y que si son ciegos no es a causa de la sífilis.

Esta moral del metro no deja de presentar una cierta analogía con la de los naufragios. Y a propósito, en los naufragios los hombres enteros ¿deben ceder su lugar a los mutilados? No creo que el problema se haya planteado, pero ciertamente sí, y los patituertos desaparecen ante los sin–piernas, y los sin–piernas ante los hombres–tronco, por supuesto.

Me entran ganas de desarrollar una imagen del naufragio cotidiano, en el que el metro juegue un papel importante, que ponga en su sitio las ideas de catástrofe y de educación, conjuntamente. Disponemos de un pequeño hangar de generalidades. Cabe observar que toda esa gente traqueteada cree ir a lo suyo. Lee con horror en los periódicos historias de carnicerías. A veces sueña en la Edad Media, en las inquisiciones, en las guerras. Van a lo suyo. Cogen el metro. Nada más natural. Pero el caso es que allí dentro apesta. Tal vez sea cómodo, pero apesta.

Pienso en las noches, cuando los vagones están vacíos, en las líneas que circulan por la superficie en pleno invierno, en el frío dentro del metro, en la espera sobre las estaciones heladas. Pienso en la suciedad del suelo, donde yacen en los charcos las hojas pisoteadas de los periódicos hechos jirones. Pienso en las interminables colas en las escaleras de Châtelet, en las horas de afluencia, cuando el revisor sólo deja pasar al público a bocanadas. Pienso en las disputas de los viajeros a los que el gentío impide bajarse. Pienso en los que escriben sobre sus rodillas, en los que miran incesantemente la hora en su reloj, con terror, en los que leen con avidez, en los que miran leer a los otros, en los que ya creían haber llegado y vuelven a subir mascullando al vagón, en aquellos a los que se les ha pasado la estación, en los que ya no pueden más y se duermen. Los sueños del metro. Una vez vi a un hombre cuyo sueño inquietaba a sus vecinos: le habían zarandeado, en la estación siguiente lo bajaron, lo acostaron cuan largo era en el andén, se arremolinaron a su alrededor, el tren volvió a arrancar. Dos o tres veces, también en los finales de recorrido, Maillot, Orléans, algunos durmientes que no querían volver en sí: un poco de baba en la boca, el labio torcido, la nariz que silba. Nunca he oído hablar de crisis de epilepsia en el metro, sería muy bonito. He visto una boda en el metro: resultaba extraño a causa de las flores de azahar. He visto, en el andén de Etienne–Marcel, a un artista que se había sentado ante un caballete para pintar. He visto pasar a gente en camisón durante una alarma de Gothas. He visto al ejército y a la policía durante las huelgas. He visto máscaras en carnaval. He visto a las patéticas modistillas. He visto a los reclutas borrachos, con un enorme 69 en la gorra, ensayándose con la corneta a tocar la diana. Nunca he encontrado a los carteristas por los que el metro es periódicamente célebre. A menudo he pensado cómo sería un paseo por estos túneles después de la hora del cierre, una noche en el metro. ¿Creéis que el metro estará frecuentado?

Preferiría encontrar fantasmas: si los túneles, las escaleras, las estaciones estuvieran absolutamente vacías, me daría un cierto vértigo. No me gustaría recorrer a pie los túneles que atraviesan el Sena. La estación más terrible de todo París es sin duda la de la Cité. Además tiene una salida al patio de la Jefatura de policía.

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