Crónica de pueblo

Herta Müller

 

 

Desde que en el pueblo sólo quedan once alumnos y cuatro maestros, que en su conjunto integran la llamada escuela primaria, el maestro de educación física enseña también agronomía. Desde entonces, en las clases de agronomía se practica el salto de longitud sobre una poza de arena siempre húmeda y lo que se conoce como el juego de las naciones, en verano con pelotas auténticas y en invierno con bolas de nieve. En este juego los alumnos se agrupan por países. El que recibe un pelotazo debe retirarse tras la línea de tiro, y, como está muerto, ha de seguir mirando hasta que todos los demás jugadores de su país hayan sido liquidados, o, como se dice en el pueblo, hayan caído por la patria. El maestro de educación física suele tener problemas a la hora de agrupar a los alumnos. Por eso, al terminar cada clase se anota a qué país ha pertenecido cada alumno. El que en la clase anterior pudo ser alemán, deberá ser ruso en la clase siguiente, y el que en la clase anterior fue ruso, podrá ser alemán en la siguiente. A veces el maestro no consigue convencer a un número suficiente de alumnos de que sean rusos. Cuando ya no sabe qué hacer, les dice: sois todos alemanes y basta. Y como en este caso los alumnos no entienden por qué habrían de combatir, son agrupados en sajones y suabos.

En verano, los alumnos también tienen tinta roja, y tras caer abatidos a tiros, se pintan manchas coloradas en la piel y en la camisa.

El maestro de educación física, es decir el director de la escuela, que además enseña música y alemán, también se hizo cargo hace unos días de las clases de historia, pues aquel juego es igualmente idóneo para la clase de historia.

Junto a la escuela queda el parvulario, donde los niños cantan canciones y recitan poemas. En las canciones se habla de excursiones y cacerías, y en los poemas, de amor a la madre y a la patria. A veces, la maestra del parvulario, que aún es muy joven —lo que en el pueblo se llama una mozuela— y toca muy bien el acordeón, enseña a los niños canciones de moda en las que aparecen palabras inglesas como darling y love. Resulta que a veces los chiquillos pellizcan a sus compañeras debajo de la falda o las miran por la angosta rendija de la puerta del retrete, algo que la maestra llama una vergüenza. Como esto suele ocurrir de vez en cuando, en el parvulario también se celebran reuniones de padres de familia, que en el pueblo se llaman diálogos con la maestra. En ellas, la maestra da a los padres una serie de indicaciones —que en el pueblo se llaman consejos— sobre cómo castigar a sus hijos. El castigo más recomendado y que se adapta a cuaquier falta, es el arresto domiciliario. Durante una o dos semanas se le prohíbe al niño salir a la calle cuando vuelve a casa del parvulario.

Junto al parvulario está la plaza del mercado. En ella se compraban y vendían hace años ovejas, cabras, vacas y caballos. Ahora vienen una vez al año, en primavera, unos cuantos hombres embozados de los pueblos vecinos y traen en sus carros cajas de madera con lechones. Los lechones sólo se venden y compran por parejas. Los precios no dependen tanto del peso como de la raza, que en el pueblo se llama calidad. Los compradores traen consigo a algún vecino o pariente y examinan la constitución del cochinillo, que en el pueblo se llama físico: si tiene patas, orejas, hocicos o cerdas largas o cortas, o si tiene la cola enroscada o estirada. Si no quiere venderlos a mitad de precio, el vendedor tendrá que encerrar de nuevo en su caja de madera aquellos lechones con manchas negras o distinto color de ojos, que en el pueblo se llaman lechones de mal agüero.

Además de cerdos, los aldeanos crían también conejos, abejas y aves de corral. Las aves de corral y los conejos se llaman ganado menor en los periódicos, y la gente que cría aves de corral y conejos son los llamados criadores de ganado menor.

Aparte de cerdos y ganado menor, la gente del pueblo tiene también perros y gatos a los que, como se cruzan entre sí hace ya decenios, resulta imposible distinguir unos de otros. Los gatos son aún más peligrosos que los perros; se cruzan, lo que en el pueblo se llama aparearse, incluso con los conejos. El hombre más viejo del pueblo, que ha sobrevivido a dos guerras mundiales y a muchas otras cosas y personas, tenía un gran gato rojo. Su coneja trajo al mundo —lo que en el pueblo se llama parir— tres veces seguidas conejitos con manchas rojas y grises que maullaban y que el veterano ahogaba puntualmente. A la tercera vez, el viejo ahorcó a su gato. Después de eso, la coneja trajo dos veces al mundo conejitos atigrados, y tras la segunda vez el vecino ahorcó a su gato atigrado. La última vez, la coneja tuvo crías de pelo largo y crespo, pues un gato de la calleja vecina o del pueblo vecino, que es producto del cruce de un perro con un gato del pueblo, tiene ese tipo de pelaje. No sabiendo entonces qué hacer, el hombre más viejo del pueblo mató a su coneja y la enterró, pues no quiso probar su carne al no haber tenido ella hacía años otra cosa que gatos en la barriga. Todo el pueblo sabe que el viejo llegó a comer carne de gato en Italia, cuando era prisionero de guerra. Lo cual no significa, ni mucho menos, dice él mismo, que tenga que soportar la desvergüenza de su coneja, porque una aldea suaba no está, gracias a Dios, en Italia, aunque a veces él tenga la impresión de que igual podría estar en Cerdeña. La gente del pueblo, sin embargo, atribuye esa impresión a la arterioesclerosis del viejo, y dice que ya está un poco chocho.

Junto a la plaza del mercado queda el Consejo del pueblo, que los habitantes denominan casa consistorial. El edificio del Consejo del pueblo es una combinación de casa de labranza con iglesia de pueblo. De la casa de labranza tiene la galería abierta y bordeada por una barandilla sostenida por largueros, las ventanitas semioscuras, las persianas marrones, las paredes pintadas de rosa y el zócalo pintado de verde. De la iglesia de pueblo tiene los cuatro escalones en la entrada, el arco sobre el portón, la doble puerta de madera ciega con la rejilla, el silencio en las habitaciones y las lechuzas y los murciélagos, que en el pueblo se llaman sabandijas, en el desván.

El alcalde, que en el país se llama juez, celebra sus reuniones en la casa consistorial. Entre los presentes hay fumadores que fuman ausentes, no fumadores que no fuman y dormitan, alcohólicos, que en el pueblo se llaman borrachines y ponen sus botellas bajo las sillas, y no alcohólicos y no fumadores que son débiles mentales —lo que en el pueblo se llama gente decente— y fingen escuchar aunque estén pensando en cosas totalmente distintas, si es que son capaces de pensar.

También los forasteros que nos visitan se dan su vuelta por el Consejo del pueblo, pues en caso de urgencia van al patio interior y orinan, lo que en el pueblo se llama hacer aguas. El retrete, situado en el patio interior del Consejo del pueblo, es un retrete público, ya que no tiene puerta ni techo. Pese a todas las similitudes entre el Consejo del pueblo y la iglesia, ningún forastero ha ido nunca a la iglesia creyendo que era el Consejo del pueblo, pues la iglesia es reconocible por su cruz y el Consejo del pueblo por su cuadro de honor, que en el pueblo se llama armario de honor. En el armario de honor cuelgan periódicos que, cuando se ponen totalmente amarillentos e ilegibles, son sustituidos por otros.

Junto al Consejo del pueblo se encuentra la peluquería, que en el pueblo se llama barbería. En la barbería hay una silla colocada ante un espejo, una estufa de carbón en una esquina, y un banco de madera pegado a la pared, en el que los clientes, que en el pueblo se llaman candidatos al rape, se sientan y dormitan, o, como se dice en el pueblo, esperan.

Entre los candidatos al rape no hay ninguno que supere los cien años. Además de afeitarse, todos se hacen cortar el pelo, incluso los que ya no tienen. Después de cada afeitada, el peluquero, que en el pueblo se llama barbero, afila su navaja en una correa de cuero que oscila y empieza a zumbar, y fricciona con perfume la cara de los clientes más jóvenes, los que tienen menos de setenta, mientras que a los mayores les pasa alcohol, pues no está bien visto —o como se dice en el pueblo, no se estila— que un señor mayor huela a perfume, lo que en el pueblo se llama apestar a perfume.

Junto a la peluquería, y frente al Consejo del pueblo, se ha instalado una gran pista de hormigón, que en el pueblo se llama plaza de la fiesta mayor. Sobre esa pista de hormigón bailan las parejas durante la fiesta mayor.

Desde que el pueblo se ha ido reduciendo debido a que la gente emigra, como mínimo, a la ciudad, las fiestas mayores son cada vez más grandes y los trajes regionales cada vez más solemnes, al punto de que los periódicos no pueden por menos de describir pormenorizadamente la fiesta mayor de cada pueblo, que en los periódicos se llama, si no localidad, al menos sí municipio. Como la fiesta mayor de cada pueblo se celebra en un domingo distinto, todas las parejas de un pueblo van, antes o después de su propia fiesta mayor —que en el pueblo se llama verbena—, a la fiesta mayor del pueblo vecino, lo que en el pueblo se llama hacer tercio. Pero como en el Banato todos los pueblos son pueblos vecinos, en todas las fiestas mayores participan las mismas parejas, los mismos espectadores y la misma banda de música. La juventud de todo el Banato acaba conociéndose gracias a esas fiestas mayores, y a veces hasta se llega al matrimonio entre gente de pueblos distintos, siempre que los padres se dejen convencer de que los novios, pese a no ser del mismo pueblo, son, no obstante, alemanes.

Junto a la peluquería queda la cooperativa de consumo, que en el pueblo se llama tienda y, en una superficie de cinco metros cuadrados, ofrece ollas, pañuelos de cabeza, mermelada, sal, barragán, pantuflas y una pila de libros de los primeros años sesenta. La vendedora es diabética y, sin duda, del pueblo vecino, porque allí hay una pastelería y existe el nombre Franziska.

En nuestro pueblo las mujeres se llaman Magdalena —Leni para los lugareños—o Theresia, es decir, Resi. Los hombres de nuestro pueblo se llaman Matthias —Matz para los lugareños— o Johann, es decir, Hans. Los apellidos de nuestro pueblo son nombres de oficios —Schuster, Schneider, Wagner— y de animales: Wolf, Bar, Fuchs. Aparte de estos apellidos hay en nuestro pueblo otros dos —Schauder y Stumper— que nadie sabe de dónde proceden. Algunos de los denominados lingüistas del Banato han demostrado en sus investigaciones —llamadas investigaciones lingüísticas—, que estos apellidos surgieron de la deformación de otros apellidos. Pero en el pueblo hay también sobrenombres, o como les llaman aquí, apodos: «pastel en bote» y «cenaaoscuras», por ejemplo.

Junto a la cooperativa de consumo está la Casa de la cultura. Cuando llueve, la fiesta mayor se celebra en su interior; y los matrimonios se celebran en la Casa de la cultura llueva, truene o haga buen tiempo. La Casa de la cultura también tiene cuatro escalones, una sólida puerta de madera ciega con rejilla, un portón de entrada con arcos, unas ventanitas oscuras con persianas marrones, y sabandijas en el desván. En un pequeño espacio oscuro donde antes estaba el proyector de películas se ha instalado ahora —desde que ya nadie va al cine y, en cambio, los matrimonios son cada vez más frecuentes— una gran cocina, que en el pueblo se llama cocina económica, con una enorme caldera incorporada. Desde que sustituyeron el antiguo entarimado por un parqué, hasta los invitados más viejos bailan de nuevo polka, y ya no valses o foxtrot, en los matrimonios.

Junto a la Casa de la cultura está el correo. El correo tiene dos empleados: el cartero, que en el pueblo se llama estafetero, y la telefonista, que en el pueblo se llama cartera y es la mujer del cartero. Como muy raras veces tiene que ocuparse del teléfono, la cartera sella la correspondencia que llega, y, por la tarde, cuando se ha vaciado el buzón, también la que sale. La cartera conoce todas las cartas por dentro y por fuera y está al tanto de los pensamientos más secretos de la gente del pueblo.

Junto al correo queda el puesto de policía. El oficial, que en el pueblo se llama «el azul», entra de vez en cuando en un pequeño espacio —que en el pueblo se llama despacho y en el que hay un escritorio vacío y una silla—, se dirige a la ventana, la abre y ventila el cuarto hasta que acaba de fumar su cigarrillo extranjero. Luego la cierra, cuelga de nuevo el candado en la puerta y se encamina al correo. Allí se pasa horas charlando con la cartera detrás del pupitre.

El pueblo tiene tres callejas laterales, más conocidas como las callejas de atrás, pues una queda detrás de la escuela y termina en la Cooperativa de producción agrícola (cpa), la segunda está detrás de la Cooperativa de consumo y termina en la Granja estatal, y la tercera queda detrás del correo y termina frente al cementerio.

Las callejas laterales son hileras de casas. Las casas de esas hileras están todas pintadas de color rosado y tienen el mismo zócalo verde y las mismas persianas marrones. Sólo se diferencian entre sí por la numeración. Muy temprano, cuando aún está clareando, se oye en las callejas laterales el cacareo de las gallinas y los graznidos y silbidos de los gansos. Cuando ya es de día fuera, día claro y con sol, como se dice en el pueblo, el cacareo y los graznidos y silbidos son dominados por las voces de las mujeres, que en el pueblo se llaman amas de casa y conversan por sobre vallas y huertos, lo que en el pueblo se llama cotillear. Los huertos están siempre bien escardados y desyerbados, o, como se dice en el pueblo, bien cuidados.

Las casas del pueblo son limpias. Las amas de casa limpian, friegan, barren y cepillan el día entero, lo que en el pueblo se llama ser casero y económico. Los sábados cuelgan en las vallas sus alfombras persas, que en el pueblo se llaman las persas y son del tamaño de medio patio. Allí son batidas, cepilladas y peinadas antes de volver al cuarto de estar, que en el pueblo se llama recibimiento. En el recibimiento hay muebles barnizados y oscuros de madera de cerezo o tilo, chapados de nogal o palo de rosa.

Sobre los muebles hay chucherías que en el pueblo se llaman bibelots y representan animales muy diversos, desde escarabajos y mariposas hasta caballos. Muy apreciados son los leones, las jirafas, los elefantes y los osos polares, animales que no existen en la región del Banato —que en los periódicos se llama provincia del Banato, y en el pueblo, el interior del país—, pero que viven en otros países, o, como dicen los lugareños: en el extranjero.

El hombre más viejo del pueblo sueña hace años con ir al extranjero, que en el pueblo se llama occidente, a visitar a un viejo amigo de su época de prisionero de guerra, y poder ver allí un león de verdad.

En las ventanas cuelgan cortinas de nylon blancas que en el pueblo se llaman cortinas de encaje. Muchas amas de casa se hacen traer esas cortinas de encaje por parientes que viven en el extranjero, y compensan el hermoso regalo con algunos kilos de salchicha hecha en casa, o con una pierna de jamón ahumado. Las cortinas ya lo valen, dicen, pues como los cuartos no están habitados, o, según dicen en el pueblo, están bien cuidados, les quedan para sus hijos y sus nietos, que en el pueblo se llaman los hijos de los hijos.

Las casas tienen un patio dividido en dos partes, que en el pueblo se llaman patio de entrada y patio interior. En el patio de entrada, bajo los altísimos emparrados de uvas y entre los rosales podados, acechan los llamativos enanos de jardín y las grandes ranas verdes, que en el pueblo se llaman ranas de jardín. En el patio interior están las aves de corral y los oscuros y humeantes chamizos en los que se cocina, se come, se lava, se plancha y se duerme, y que en el pueblo reciben el nombre de cocina de verano. Según los menús que hayan previsto para su semana, la gente del pueblo la divide en días de carne y días de harina. Todos comen con grasa, sal y pimienta. Pero cuando el médico rural les prohíbe la grasa, la sal y la pimienta, comen sin grasa, sal ni pimienta, y dicen, mientras comen, que la salud está por encima de todo y que la vida pierde su encanto cuando no se puede comer de todo, y añaden: «El buen yantar, las penas hace olvidar».

Tras las callejas laterales quedan los campos de la cpa y de la Granja estatal. Son campos grandes y llanos. Las plantas soportan la helada en invierno, lo que en el pueblo se llama congelarse, la humedad en primavera, lo que se denomina podrirse, y el calor extremo en verano, lo que se conoce como agostarse. Y el otoño, la época de la cosecha, que en los periódicos se llama campaña de la cosecha, es una temporada de lluvias que los periódicos dan por concluida en octubre, pero que en el pueblo se prolonga hasta diciembre. Los profundos agujeros que en invierno se ven por los campos no son los surcos del arado, sino las pisadas de los campesinos, que al cosechar se hunden en la tierra hasta por encima de sus botas. Algunos campesinos dicen que después de la estatización, que en el pueblo se llama expropiación, no ha vuelto a haber una cosecha de verdad. Después de la expropiación, dicen los campesinos, hasta el mejor terreno no vale ya nada, y el hombre más viejo del pueblo afirma que existe una gran diferencia entre el suelo del huerto y el del campo, tan grande como si, al parecer, no hubiera sido nunca el mismo suelo.

El terreno que rodea al pueblo es de la cpa y de la Granja estatal. El de la cpa está detrás de la primera calleja de atrás, y el de la Granja estatal, detrás de la segunda calleja de atrás.

Integran la cpa un presidente, que es hermano del alcalde, cuatro ingenieros —uno de los cuales es responsable de la mala hierba, otro, de las siete vacas y los once cerdos, otro, de las tres hectáreas de pepinillos y las dos hectáreas de tomates, y el cuarto, de los tres tractores—, y siete campesinos de la cpa, todos por encima de los cincuenta, que en el pueblo son llamados socios y tratados de «chicos» y «chicas» por los ingenieros. En las sesiones, los ingenieros achacan las malas cosechas y las deudas de la cpa al suelo, que es demasiado arenoso para los cereales y no es lo suficientemente arenoso para la verdura. El suelo es bueno para los cardos y las correhuelas, que asfixian los cereales y la verdura, llamados cultivos por los ingenieros. El ingeniero responsable de la mala hierba dice que el suelo de la cpa es demasiado ácido y pegajoso.

La Granja estatal está integrada por un presidente, llamado director en el pueblo, que es cuñado del alcalde y hermano del presidente de la cpa, por cinco ingenieros —uno de los cuales es responsable de las nueve vacas y los quince cerdos, otro, de las seis hectáreas de zanahorias, otro, de las diez hectáreas de patatas, otro de los cereales, y otro, del huerto de árboles frutales, que en el pueblo se llama vivero—, y por cien operarios que viven en los gallineros abandonados de la Granja estatal. Los ingenieros achacan las malas cosechas de la Granja estatal al suelo, que es demasiado salado para los cereales y no es lo suficientemente salado para la verdura y los árboles frutales. Bueno es el suelo para la amapola común y los acianos, que brillan multicolores en el campo y, como dicen los ingenieros, brillan también muchísimo en las fotos. Gracias al brillante colorido de las amapolas y los acianos, el ingeniero que estaba antes a cargo de la mala hierba obtuvo —o ganó, como dicen en el pueblo— el año pasado el primer premio con una foto a color en una exposición de la amistad organizada en Craiova por fotógrafos rumanos y búlgaros. El premio consistía en un viaje a Italia. A raíz de ese viaje, el brigadier pasó a ser el nuevo responsable de la mala hierba: es primo del alcalde, del presidente de la cpa y del director de la Granja estatal.

Detrás de la tercera calleja de atrás queda el cementerio. Tiene un cerco de ciruelos silvestres y una maciza puerta de hierro negra. Al final del camino principal se alza la capilla, que es una copia en miniatura de la iglesia del pueblo y parece una cocina de verano algo más alta.

La capilla fue construida —o, como se dice en el pueblo, donada— antes de la Primera Guerra Mundial por el entonces carnicero del pueblo, quien tras sobrevivir a la guerra, viajó a Roma y vio al Papa, que en el pueblo es llamado el Santo Padre. Su mujer, que pese a ser costurera era conocida en el pueblo como la «carnicera», murió pocos días después de que acabaran la capilla y fue enterrada —o, como se dice en el pueblo, sepultada— en la cripta familiar, debajo de la capilla.

Aparte de gusanos y de topos, que los hay en todo el cementerio, debajo de la capilla hay también serpientes. El asco que le producen esas serpientes ha mantenido vivo al carnicero hasta ahora, convirtiéndolo en el hombre más viejo del pueblo.

Excepto la carnicera, todos los muertos yacen —o, como se dice en el pueblo, reposan— en tumbas. Los muertos del pueblo comieron y bebieron todos hasta morir, o, como dicen los lugareños, se mataron trabajando. La excepción la constituyen los héroes, que se supone murieron combatiendo. Suicidas no hay en el pueblo, pues todos los habitantes tienen un sólido sentido común que no pierden ni al llegar a viejos.

Para demostrar que no murieron en vano —o, como se dice en el pueblo, que encontraron una muerte heroica, pues sin duda se supone que la buscaron—, los héroes, que en el pueblo se llaman caídos, son enterrados dos veces en el mismo cementerio: una vez en la tumba de sus respectivas familias, y otra bajo la cruz de los héroes. En realidad yacen en una fosa común de algún lugar desconocido, o, como se dice en el pueblo, se quedaron en el campo del honor. Los caídos suelen tener obeliscos blancos o grises sobre sus túmulos. Los muertos que hace unos años tenían campo sobre sus cabezas, tienen ahora unas cruces de mármol blanco. Sus jornaleros, que en el pueblo se llamaban peones, tienen sobre sus calaveras unas cruces de hojalata, y las criadas solteras que morían jóvenes y que en el pueblo se llamaban sirvientas, unas cruces de madera barnizadas de negro. Y así, cuando un muerto recibe sepultura, se puede ver en el cementerio si sus antepasados, que en el pueblo se llaman bisabuelos, fueron amos o siervos.

La cruz más grande es la cruz de los héroes. Es más alta que la capilla. En ella figuran los nombres de todos los héroes de todos los frentes y de todas las guerras, incluso los de los desaparecidos, que en el pueblo se llaman deportados.

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Cierro tras de mí la puerta negra del cementerio. Detrás del cementerio queda la pradera, que en el pueblo se llama el prado comunal. En el prado comunal hay unos cuantos árboles dispersos.

Trepo a un árbol que se yergue en la linde del prado, pero que podría estar perfectamente en el centro del pueblo, si es que no lo está. Me agarro firmemente a una de sus ramas con ambas manos y miro la iglesia del pueblo vecino, en cuya escalinata exterior una mariquita se limpia el ala derecha sobre el tercer peldaño.

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