El loco de la frontera

Estefanía Farias Martínez

The Potato Eaters (1885)-Vincent Van Gogh

 

 

Cada mañana Henk iba al colegio renegando. En cuanto giraba la esquina, y quedaba fuera de la vista de su madre, empezaba a correr camino del canal. Allí le esperaba su bote, y se pasaba las horas remando y pescando. Su profesora, la señorita Hummel, tenía la pésima costumbre de presentarse en su casa y dar parte de sus ausencias. Aparecía los viernes a mediodía, al acabar las clases. Se quedaba a almorzar con ellos. Le regañaba antes, durante, mientras mordía la fruta del postre y al roer la galletita del café. Cuando ella estiraba la mano para coger otra, él cerraba la lata distraídamente. Su madre, Hanna, escuchaba a la señorita Hummel con las orejas rojas por la rabia, muy avergonzada del deficiente comportamiento de su único hijo. Las niñas, como eran dos, tenían más libertades, una podía fracasar. Su madre también había sido profesora. Ahora se dedicaba a vender seguros, era más lucrativo y gratificante que enseñar a zopencos. “En esta zona no hay demasiadas mentes despiertas”, decía. Henk estaba convencido de que el frío mataba las neuronas y por eso se volvían todos estúpidos. Su argumento no conseguía hacer desistir a su madre de convertirle en lo que se pudiera. Sus aspiraciones habían caído en picado. Su padre, Willem Van Rensburg, era maestro albañil, y a pesar de que su oficio le permitía mantener a su mujer y sus hijos sin pasar penurias, no tenía intención de que Henk siguiera sus pasos, quería que estudiara, incluso que fuera a la Universidad. Ellos vivían en Losser, justo en la frontera con Alemania. Willem era de Exel y llegó al pueblo unos años antes de casarse con Hanna, formaba parte de la cuadrilla que remodelaría la iglesia. El trabajo se prolongó y le surgieron nuevos encargos, así que se quedó. Hanna era de Losser y allí estaba toda su familia: los MeekenKamp y los Althof. Eran más de la mitad de los habitantes de la zona. Los hombres, casi todos granjeros o cazadores de alimañas, y las mujeres, maestras, enfermeras o esposas de granjero. Sin embargo, Henk aspiraba a enrolarse en un barco de vela y recorrer el mundo. Dejar atrás el olor a estiércol, a argamasa y a piel curtida. Para estudiar no valía, por mucho que su padre quisiera. Cuando iban a casa de la abuela Althof ella se reía al oírle discutir con su hija. Siempre insistía en que se parecía demasiado a su abuelo en lo cabezón.

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Henk sabía muy poco del abuelo Henk. Se murió antes de que él naciera, nunca lo llegó a conocer. En el pueblo le llamaban “El loco de la frontera” y se reían de él. Los Meekencamp, la familia de la abuela Althof, eran los peores, sólo hablaban de él para decir algo malo. La abuela Althof se ponía muy triste cuando se lo mencionaban, lo mismo le pasaba a su tía Katherina, siempre estuvo muy apegada a él, las dos le echaban mucho de menos. Su tía Toos y Hanna, su madre, eran las favoritas de la abuela Meekencamp hasta que se murió y ella no podía ni verle, tampoco se llevaban muy bien con su padre, pero eran muy reservadas. De manera que el frente femenino de la familia era un bastión inconquistable. En cuanto a sus tíos, Casper, el hermano pequeño de su madre, era el más charlatán. Aunque cuando se trataba de su padre la primera frase era la última, “Estaba pirado el viejo y se lo hizo pasar muy mal a mi madre, eso decían los abuelos…”. Luego se distraía porque le fallaba un poco la memoria. Había tenido un accidente a los diecisiete, se cayó de un tractor y se dio en la cabeza con una roca. El abuelo Henk estaba intentando apartarla del camino para que pudiera pasar el tractor. Debió ser un golpe muy fuerte porque le quedaron secuelas. Justo después del accidente pensaron que se moría, tardó en despertar unos días y luego, en apenas un par de meses, estaba recuperado. El médico les dijo que el chico era todo un ejemplar, se había curado solo y eso que se le abrió la cabeza y se le veían los sesos. Eso le contó el propio Casper a Henk. Sus otros tíos, los gemelos Albertus y Marteen, los hermanos mayores, cuando bebían más de la cuenta se apartaban de los demás y se iban juntos al establo. Henk les seguía y les espiaba, allí les había oído hablar del abuelo con orgullo, lo notaba en el tono de las voces aunque no solía entender lo que decían, no se acercaba demasiado para evitar que le descubrieran. Y en un momento se ponían muy tristes y se callaban, luego se quedaban en silencio un buen rato. Alguien de la casa salía a buscarles y ellos abandonaban el establo andando muy despacio. Henk sabía que sólo a través de ellos conocería el secreto del abuelo.

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Albertus no se casó, permaneció en la casa familiar ayudando a su padre con la granja. Cuando éste murió se quedó con ella sin que ninguno de los hermanos se quejara. Marteen y Casper trabajaban para Albertus en la granja, era un buen patrón, estricto pero razonable. Marteen era el capataz, se encargaba de la cosecha y gobernaba a los peones con diplomacia. Casper cuidaba de los animales y ejercía de matarife con una destreza innata. Lo suyo era el manejo del cuchillo, atravesar el corazón de corderos y cerdos incrustándoles la hoja a la altura de la clavícula, metiéndola y sacándola de golpe, la sangre le salpicaba entero, el animal luchaba un poco, pero no duraba demasiado. Sin embargo, sentía aversión por las aves. Siempre fue la especialidad de su madre. Silvia Althof tenía unas manos fuertes y precisas, su técnica depurada retorciendo el cuello de pollos y pavos y arrancándoles la cabeza de un solo tirón causaba verdadera admiración en sus hijos. Los tres hermanos tenían una magnífica relación a pesar de las discusiones en las que se enzarzaban continuamente. La abuela Althof seguía viviendo en la casa familiar, cuidando de su hijo mayor. Desde que Henk cumplió los diez años, con la excusa de aprender sobre animales, plantas, o sobre el manejo de la granja, pasaba tardes enteras allí con sus tíos. En verano ayudaba a Casper con los animales y en invierno regaba el campo con Albertus, lo convertían en una pista de patinaje sobre hielo. Sus primos y muchos de los niños del pueblo, acompañados de sus padres, acudían en cuanto se corría la voz. Henk era muy paciente y meticuloso. Se fue ganando la confianza de Albertus y Marteen poco a poco.

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Fue Marteen el que convenció a su madre y a sus hermanos de que la constancia de Henk merecía una recompensa, el niño no había cejado en su empeño de conocer la historia de su abuelo durante más de dos años. Por eso cuando Henk cumplió los doce le hicieron un regalo. Le entregaron una caja de madera rústica llena de cartas, algunas en inglés y otras en holandés, venían de lejos y las últimas estaban fechadas poco después de la muerte del abuelo. Allí había cientos de ellas. Aunque estaban ordenadas cronológicamente, Henk elegía un remitente y buscaba todas sus cartas. La más antigua era de Joseph Manheim. Al parecer era amigo de su abuelo, había trabajado para él durante mucho tiempo. Insistía en eso y repetía una y otra vez lo agradecido que le estaba, lo mucho que le debía. Le decía que los niños echaban de menos a Albertus y a Marteen, era normal, se habían criado casi como hermanos, todos nacieron en la granja. Le contaba que Grietje estaba mejor de los pulmones, ya no tosía tanto. Henk supuso que era la mujer de Joseph. Al parecer el viaje hasta Frisia fue más difícil de lo que esperaban, pero gracias a Dios llegaron bien, y embarcaron en un pesquero en dirección a Inglaterra. Hicieron la travesía escondidos en la bodega, fue angustiante, aunque tuvieron más suerte que otros. Un chico de Zwolle, muy nervioso, que viajaba con ellos y no dijo una palabra hasta verse en alta mar, le contó que a sus vecinos los mataron en el propio barco porque el que les ayudaba les vendió a los nazis. Aquello era como una lotería. Henk sabía que los alemanes habían invadido Holanda durante la guerra, lo había estudiado en el colegio ese año. Los Manheim debían ser judíos, por eso tuvieron que escaparse, pero ¿qué tenía que ver eso con su abuelo? En la segunda carta supo que muchos de los que viajaron con ellos se fueron a Estados Unidos, pero tuvieron problemas para entrar porque se establecieron cupos. Ellos se quedaron en Londres. Escribían dos veces al año. Joseph tenía tres hijos, Aaron, Abraham y Betje, que nació en Inglaterra. Para presentarle a la recién nacida le mandaron una foto de la familia al completo en el jardín de la casa. Luego llegaron otras fotos, vio crecer a los hijos, envejecer a los padres. Cuando Joseph murió, Aaron se lo contó al abuelo, pero no dejó de escribirle. En todas las cartas del padre y del hijo le daban las gracias. La última era el pésame de la familia Manheim a la familia Althof por la muerte del abuelo. Y como aquella historia, encontró otras muchas en las cartas que leyó aquel verano y su curiosidad se hizo más y más grande.

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Octubre era el mes de los cumpleaños, la abuela Althof había nacido el 5, el hijo mayor de Toos el 8 y los gemelos Marteen y Albertus el 15, por eso hacían una sola fiesta el primer sábado entre las tres fechas. Toda la familia acudía, llegaban a reunirse hasta cien personas. Preparaban varias carpas por si llovía; lo habitual en aquella época del año. La celebración empezaba poco antes del almuerzo y acababa al amanecer del día siguiente. La mayoría se quedaban a pasar la noche en la casa. Se repartían por todas las habitaciones, dormían en el suelo o en los sofás porque no quedaban camas. Las colchonetas prestadas por vecinos y amigos eran para los niños. Les reunían a todos en el despacho de Albertus, era un cuarto amplio con mucho espacio disponible. Henk intentaba ser el último en acostarse para evitar la complicada maniobra de esquivar cabezas, manos y pies camino del baño en mitad de la noche, aunque al salir al pasillo tenía que mantenerse muy atento, sobre todo si encontraba en su recorrido a algunos de sus tíos porque al girarse bruscamente podían derribarle de un manotazo. A la luz del día, el espectáculo de los cuerpos amontonados, cubiertos con mantas, le recordaba a un centro de refugiados de los que veía por la tele. La primera vez que se quedó a dormir fue a los seis años, flanqueado por sus hermanas, ocupaban los tres una de las colchonetas más apartadas de la puerta. Salir era imposible, pero él se despertó el primero y daba vueltas y se sentía perdido porque no reconocía el sitio. En ese momento entró la abuela Althof, observaba a los niños allí arrebujados, porque hacía mucho frío aquel invierno, y se la oía hipar. Sus tres hijas la rodeaban. La tía Toos la abrazó. “Qué recuerdos”, repetía la abuela. “No pienses en eso mamá”, le decía su madre, “te sienta mal”.

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Henk había oído a su madre que los Meekencamp y los Althof no se llevaban bien desde antes de que se casaran sus padres, no les gustaba el abuelo, y después de la guerra, durante un tiempo, la cosa fue incluso a peor. Mientras él estuvo vivo sólo una de las hermanas de la abuela Althof acudía a aquella casa. Todo cambió tras la muerte del abuelo. Silvia Althof propuso a su hijo mayor, Albertus, que organizara una fiesta para reunirlos a todos, como una ofrenda de paz, era una familia muy grande y quería verlos juntos antes de morirse. Albertus no se pudo negar y así empezó la tradición, la abuela tenía una salud de hierro y ya habían pasado quince años de aquello. En esa primera fiesta hubo ausencias, pero en la siguiente sí que se reunieron los Meenkencamp y los Althof al completo, y la casa se llenó de gente. Siguieron peleándose porque Albertus no soportaba a muchos de sus primos, en especial a Koos Heijnen, decía que era un pedante, un avaro y un mal educado, era el millonario de la familia, tenía una empresa de inversiones y vivía en Düsseldorf. A Hanna, su madre, le parecía un hombre brillante y siempre le recomendaba que aprendiera de él. A Henk tampoco le gustaba, sólo aparecía por allí una vez al año, para la fiesta, y Albertus odiaba sus bromas.

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En la fiesta de aquel año Henk ya se veía muy mayor como para acostarse a la misma hora que el resto de los niños, así que aprovechó un descuido de la abuela Althof y se escabulló. Salió al patio trasero y, guiándose por la risa estentórea de Albertus, localizó a los gemelos en el establo. Había empezado a llover con demasiada fuerza para permanecer bajo las carpas. Albertus y Marteen estaban rodeados de primos y amigos, no había mujeres, ellas se habían refugiado en la casa. Las botellas de vino, vacías y llenas, se apilaban en dos montones junto a la entrada. La sección de fumadores era un paraguas cerrado en la esquina, a disposición de quien lo necesitara. Henk intentaba no ser visto para que no le mandaran dentro. Aún no era lo bastante alto como para alcanzar alguna de las ventanas laterales del establo, así que a empujones arrastró una de las cajas vacías de vino y se subió encima, desde allí escuchaba y se mantenía resguardado por la oscuridad. El tejadillo evitaba que se empapara. Aunque debía tener cuidado con los fumadores, sobre todo con Marteen que salía cada quince minutos. Albertus no fumaba, sólo puros en las fiestas, uno al empezarla y otro al terminarla. Cuando él encendía ese último puro significaba que no quedaba ni comida ni bebida y todos se iban dispersando y metiéndose en la casa.

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Henk encontró una rendija entre las tablas, lo suficientemente ancha para poder ver lo que pasaba dentro del establo. Le resultaba difícil seguir alguna de las conversaciones porque hablaban y se reían todos a la vez. De pronto se hizo el silencio, Koos se había quitado la camisa y se tambaleaba y hacía muecas, agitando una botella vacía sobre su cabeza. Albertus parecía furioso, Casper se acercó a Koos y le pidió que parara. Koos, que así, semidesnudo, era idéntico a un mafioso ruso, muy blanco, con la cabeza grande y afeitada y una tripa prominente pero sólida, capaz de derribar a un hombre de un solo golpe, soltó la botella y agarró la cabeza de Casper con las dos manos, aplastándole su melena rizada. “¡¡Veis cómo tengo razón!!”, gritaba, “¡¡Por eso es idiota, por culpa de su padre!!”. Casper tenía la cabeza un poco más pequeña que sus hermanos y sus primos, pero de eso no tenía la culpa el abuelo. Casper había nacido en el 45, poco antes del final de la guerra y su madre no pudo alimentarse adecuadamente durante el embarazo. Henk había oído hablar a la abuela Althof de lo mal que lo pasaron durante “el invierno del hambre”, de cómo aquel verano los nazis les quitaron todas las provisiones que guardaban y después vino aquel frío tan intenso, muy pronto, en noviembre, y las cosechas se arruinaron, la gente no tenía nada para comer, sacaban de la tierra los bulbos de los tulipanes, las raíces de las plantas, cualquier cosa les servía. Muchos holandeses murieron aquel invierno de inanición y los que eran niños entonces, al hacerse mayores, desarrollaron enfermedades. Como la diabetes de Marteen o la debilidad en los pulmones de la tía Toos. Sin embargo, Casper siempre estuvo muy sano y era muy listo, además era el más alto de todos los primos, si no hubiera sido por las secuelas del accidente, no tendría problemas de atención. Marteen no pudo contener más a Albertus y éste se abalanzó sobre Koos y rodaron por la paja que cubría el suelo del establo, se lanzaron golpes con la mano abierta y con el puño cerrado. Nadie se atrevió a intervenir en la pelea, el establo se fue vaciando hasta que sólo quedaron allí Marteen y Casper, y los dos colosos enroscados como serpientes, mordiéndose y arañándose cuando ya no les quedaban fuerzas para golpearse. Henk había tenido que saltar de la caja que le servía de puesto de vigía y esconderse entre los arbustos. Desde allí sólo oía gruñidos que venían del interior y se fueron haciendo cada vez menos audibles. Después de un rato vio salir a Koos renegando, las voces de los tres hermanos se escuchaban como un murmullo. Se moría de curiosidad por saber de qué estaban hablando, pero tenía que volver al cuarto de los niños, la abuela Althof estaba a punto de hacer la ronda porque las luces de la casa se apagaban. Esperó a que Koos entrara en la casa y luego lo hizo él.

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Henk pasó la noche despertándose a ratos, a través de la ventana del fondo veía la luz del establo encendida, sus tíos seguían allí. En cuanto amaneció se levantó, debían ser las cinco, pero ya había movimiento. La abuela Althof y algunas de las tías estaban en la cocina preparando el desayuno para todos, bandejas y bandejas de panqueques, tablas de quesos, patés, embutidos, mucho café y zumos, para los niños leche con chocolate. Se asomó, pero no llegó a entrar. Se fue a duchar antes de que empezara el barullo y las colas frente a los dos baños grandes de la casa. La tía Toos y su madre estaban en el jardín preparando las mesas que se habían usado para la fiesta. Eran demasiados para desayunar en la casa. Él se ofreció a ayudar, pero le echaron, así que aprovechó para acercarse al establo. Los tres hermanos dormían aún, sobre las balas de paja. La cara amoratada de Albertus le iba a traer problemas con la abuela Althof, era muy estricta para esas cosas. Su madre le había contado que desde que los tíos eran niños los castigaba durante meses cuando llegaban a casa maltrechos, sobre todo Albertus, que era muy peleón. Sin embargo, el abuelo Henk lo primero que hacía era preguntar si habían ganado la pelea. Él también había sido bastante pendenciero de jovencito, pero recibía más que daba, por eso se enorgullecía de Albertus, que las ganaba casi todas. El abuelo Henk era más de usar el cerebro antes que los puños. Henk había visto fotos de él y no se parecía en nada a los hijos, ellos habían sacado el físico de los Meekencamp, incluso las chicas, cuerpo, brazos y piernas de oso. Los Althof eran más delgados y esbeltos, de rasgos marcados y más morenos de piel. Henk temió despertar a sus tíos y salió de puntillas del establo. Al volver al jardín encontró a la abuela Althof riñendo a Koos. Él tenía la cara más amoratada aún que Albertus. Ella, que era casi tan alta y fuerte como él, le daba manotazos en el cuello y él, avergonzado, bajaba la cabeza y balbuceaba. La abuela Althof era la matriarca de los Meekencamp y Koos la respetaba como si fuera su propia madre y odiaba al abuelo Henk por el mismo motivo. Desde pequeño había oído historias sobre el inconsciente y desconsiderado tío Henk y la pobre tía Silvia, las penurias que le hizo pasar. Por eso le irritaba profundamente que Albertus y Marteen se vanagloriaran de las hazañas de su padre.

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El enfado de la abuela Althof con Albertus duró semanas, ni le hablaba. Él hacía lo imposible por contentar a su madre, pero era inútil. Era una mujer muy terca. Henk no volvió a saber de ellos hasta Navidades, para entonces todo se había calmado. Él había seguido leyendo las cartas, una historia y otra y otra. Su propia madre, que desconocía muchas de ellas, terminaba llorando al traducirle algunas. Ella no le había hablado mucho del abuelo, aunque sí le contó que tenía un sentido del humor que sacaba de quicio a la gente, sobretodo a la familia de la abuela porque no le entendían, eso lo habían heredado los gemelos, en realidad según ella si mezclabas la personalidad de los dos tenías al abuelo. La lectura de las cartas reavivó recuerdos de aquella época en su madre. Le explicó que era muy pequeña, no tendría más de seis años, y sólo le venían a la cabeza detalles, pero ante la insistencia de Henk le fue contando lo poco que recordaba: la gente amontonada en el suelo de las habitaciones; lo desagradable que era tener que usar las cortinas como mantas en invierno, porque eran ásperas; el olor acre que quedaba impregnado por toda la casa, porque no se podían abrir las ventanas; el dormir entre niños desconocidos de cara tostada y ojos temblorosos; el tener que aguantar la respiración cuando se les pedía que estuvieran callados; el dolor de estómago y las náuseas, y el caldo de piel de patata que sabía a tierra; su madre rezando de rodillas en un rincón del salón frente a una vela y una foto del abuelo Henk; y su padre saliendo cada noche cuando todos estaban dormidos, bajando las escaleras como si un dedo se deslizara por el teclado de un piano, y volviendo casi de madrugada, subiéndolas como si le remolcaran con una grúa.

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El 25 Henk cenó en casa, con sus padres y sus hermanas, y como todos los años el 26 fueron a casa de Albertus a pasar el día. La abuela Althof daba una cena de Navidad a media tarde para sus hijos y sus nietos, y su madre y las tías iban a ayudarla a prepararlo todo. Hacía meses que Henk no había visto a sus tíos y aquella era la oportunidad que estaba esperando. Marteen, cuando le dio las cartas, prometió responder a sus preguntas y ya se las había leído todas. Sin embargo, le resultó imposible quedarse a solas con él. En aquella cena los niños eran los protagonistas y la abuela los quería a su alrededor, a él le regaló un sapo de cerámica gigante para el jardín y a su padre un cerdo, su madre se reía mientras pensaba qué hacer con la muñeca de tamaño natural que la abuela había conseguido para ella en un rastrillo. Como la abuela solía hacer visitas sorpresa no podían dejar los regalos en el garaje ni subirlos al altillo, tenía que estar bien visibles, al menos durante un tiempo. La abuela Althof estaba tan contenta ese día que Henk pensó por qué no preguntarle a ella directamente. Sabía que tenía que hacerlo con cuidado, así que cuando la encontró sola en la cocina se acercó a ella pidiéndole que le contara cosas del abuelo y de por qué aquella gente le escribió esas cartas. Ella le hizo sentarse en una de las sillas de la cocina, puso en la mesa un platito con oliebollen de manzana cubiertos de azúcar glass, cada uno cogió uno y, entre mordisco y mordisco, ella se puso a hablar como si estuviera sola.

―Henk era muy buena persona, el hombre más generoso que he conocido en mi vida. Por eso me casé con él, sabía que sería un buen padre, un marido estupendo. La guerra cambió a todos, menos a Henk. Joseph le necesitaba y no se lo pensó, le dieron igual los nazis, mis hermanos, mis padres, mi cobardía. Él era más valiente que todos nosotros juntos. Era tan idealista que daba miedo. Desde que llegaron los alemanes al pueblo, cada vez que salía por las noches creía que no volvería a casa. No te puedes imaginar lo que recé. Cuando escuchaba sus pasos en la escalera me metía en la cama y me hacía la dormida, no quería que se preocupara, tenía suficientes cosas en las que pensar. Durante esos años Henk llevaba la granja solo, aunque Albertus, Marteen y Katharina le ayudaban, eran como tú, pero era otra época, estaban en edad de trabajar y eran muy responsables. Tenían que cuidar de mucha gente, no sólo de mí y de sus hermanas. Lo pasamos mal, fue duro. Tu abuelo lloraba cuando nadie le veía, se desesperaba porque a veces no le quedaban fuerzas y los chicos también acababan agotados. Cuando se murió yo lo sentía andar por la casa, recorrer las habitaciones por las noches, asegurándose de que todos estaban en sus cuartos. Ya sé que no quedaba más que Albertus en la casa y ya no era un niño, pero los recuerdos a veces se mezclan con los sueños. ¿Has visto la foto que tengo de él en mi cuarto? Le hablo todas las noches, le cuento cómo están sus hijos, lo mayores que están sus nietos. Esas cartas eran muy importantes para él, le gustaba saber de sus amigos. Lo de Joseph le dolió mucho, eran casi de la misma edad y fue el primero en dejarnos. Él decía que sería el siguiente, pero no, todavía perdió a muchos antes de irse. Tú no hagas caso si alguien te dice que tu abuelo estaba loco, no le conocían, no sabían lo cuerdo que estaba.

La abuela Althof sonreía, pero se la veía muy triste y Henk no sabía qué hacer. Entonces ella dejó de hablar y se levantó, le ofreció otro oliebollen y, dándole la espalda, se puso a preparar café para sus invitados. Poco después la tía Toos entró en la cocina buscando a su madre y mandó a Henk al jardín. Él salió corriendo, temía que le riñeran por hacer llorar a la abuela.

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Cuando estaban acercándose las vacaciones de febrero, Henk convenció a su madre de que les dejara ir a los tres, a sus hermanas y a él, a pasar unos días a casa de Albertus, las niñas le harían compañía a la abuela Althof y él podría ayudar a los tíos, a su edad ellos ayudaban a su padre. La idea no le gustó demasiado a su madre, pero a la abuela le encantó y el primer día de vacaciones les estaba esperando en la puerta de la casa con una fuente enorme de olliebollen de manzana, los favoritos de Henk. Aunque los planes de la abuela poco tenían que ver con el descanso y la diversión. Ya que sus nietos estaban allí decidió limpiar los altillos, les tuvo tres días trabajando sin parar, sacando cosas que ya no se utilizaban, ropa, libros, juguetes de cuando sus hijos eran pequeños, y seleccionando lo que estaba en buenas condiciones para el mercadillo de primavera. Normalmente lo hacía sola, tardaba mucho más y le dolían todos los huesos por pasar horas de rodillas preparando las cajas. Henk y sus hermanas habían llegado en el momento perfecto. Al cuarto día les liberó, a las chicas empezó a darles clases de cocina y a Henk le dejó irse al campo con sus tíos. Ese día Albertus se había ido con Casper a Enschede a buscar unas piezas para el tractor, las habían encargado hacía más de una semana y por fin habían llegado. Además, ya que iban a la ciudad, harían la compra de víveres y piensos para todo el mes. Marteen estaba dando de comer a los cerdos cuando Henk le encontró. Tardaría toda la mañana en alimentar a los animales de la granja, así que se quedó a ayudarle y a la hora del almuerzo convenció a su tío de que comieran en el jardín, hacía frío pero al sol se estaba bien. La abuela Althof estaría entretenida con las niñas y ellos podrían estar solos y hablar, Henk llevaba semanas esperando para tener esa conversación con él. Marteen estuvo de acuerdo y la abuela les preparó un par de bocadillos. Su tío sacó de la nevera una cerveza para él y un zumo de manzana para Henk y fueron a sentarse en el banco de la mesa de picnic que Casper construyó como regalo de Navidad para su madre.

Henk comía atragantándose y sin apartar la vista de la boca de su tío, a Marteen no le gustaba hablar durante las comidas, así que estuvieron en silencio hasta que dieron cuenta del almuerzo. Sólo entonces Henk sacó de la chaqueta la primera carta de Joseph Manheim, la que contenía más información aunque no explicaba nada. Al ver la carta su tío soltó una carcajada y bebió un trago largo de cerveza. Él también estaba esperando a que Henk empezara con sus preguntas, pero Henk no preguntó nada, sólo le pidió que le contara la historia de aquel hombre, sabía que era la más importante.

Marteen se encendió un cigarrillo, le dio otro trago a su cerveza y empezó a hablar:

―Joseph Manheim era parte de la granja, como los establos, los campos, la casa, como mi padre y antes el suyo. Los peones iban y venían por temporadas, pero Joseph vivía con su familia en aquella cabaña. ¿La ves? La que está a la entrada del bosque, lo que queda de ella. Mi padre le regaló ese trozo de tierra. Joseph era un hombre silencioso, no le gustaba hablar mucho. En eso se parecía a tu abuelo, se podían pasar horas fumando juntos sin decir una palabra. Eran muy buenos amigos, se conocían bien y se comprendían mejor, eso decía mi padre. Joseph me contó que llegó a la granja como peón, y mi abuelo no quería contratarle porque le veía enclenque, sin embargo, mi padre convenció al suyo de que pusieran a prueba a Joseph y se llevaron una sorpresa. Con lo esmirriado que era qué fuerza tenía, era capaz de hacer el trabajo de dos peones él solo. Al final se quedó y con los años de peón pasó a capataz. Fue entonces cuando se casó con la señora Manheim, Gretje, y construyó la cabaña. Mis padres se habían casado poco antes y mi abuelo ya había muerto, así que la granja pasó a ser de mi padre y Joseph era su mano derecha. Luego nacimos Albertus y yo y los Manheim tuvieron a Aaron. Gretje empezó a ayudar a tu abuela con la casa y la cocina, tu tía Katharina nació dos años después, casi la misma semana que su hijo Abraham. Y luego vinieron tu madre y Toos, entre Gretje y tu abuela tenían mucho trabajo con tanto niño, además de la casa y de dar de comer a los peones, pero se las arreglaban. Gretje era preciosa, tenía unos ojos negros enormes, y era muy cariñosa. A tu edad estaba loco por ella. Éramos más jóvenes que tú cuando Albertus y yo empezamos a ayudar en la granja, Aaron también, Joseph nos tomó como aprendices, nos encargaba tareas ligeras para que nos fuéramos acostumbrando a trabajar la tierra, a cuidar a los animales, pero entonces llegaron los alemanes, se llevaron a los peones y dieron orden de entregar a los judíos.

―¿Joseph era alemán?

―No, era holandés. A los alemanes les daba igual, perseguían a los judíos en todas partes. En esta zona había muy pocos. Yo sabía que no celebraban las mismas fiestas que nosotros, pero los protestantes tampoco. Tú sabes que en Holanda casi no hubo guerra, los fuegos artificiales que se veían por la ventana de la buhardilla no duraron nada, en cinco días se rindieron y la reina se fue. Un día los alemanes estaban ya por todo el país, aquí llegaron antes porque estamos cerca de la frontera, detrás de la granja la tienes. Allí construyeron una torre de vigilancia, siempre había dos soldados y tenían una ametralladora y un foco que estaba encendido toda la noche, la luz se movía continuamente. Y pusieron alambre de espino, pero por fuera de la finca. Tu abuelo se enfadó muchísimo cuando la reina nos dejó abandonados, cuando se emborrachaba decía pestes de ella, de los ministros, de todos. Eres demasiado niño para escuchar lo que decía de los alemanes. Tu abuela se moría de miedo y Joseph pensó que lo mejor era que él y su familia se fueran para no crearle problemas a tu abuelo. Él sabía que nunca le iba a entregar. Pero mi padre era más cabezón que Joseph y se negó. De la granja no saldrían hasta que no encontraran una manera segura de sacarles del país. Preparó el sótano de la casa con todas las comodidades posibles y les escondió allí. Nosotros tuvimos que empezar a trabajar en la granja en serio, ya no teníamos a Joseph ni a los peones. Los nazis se llevaron a Alemania a todos los hombres de más de catorce años, sólo dejaron a algunos granjeros, a los niños, las mujeres y los viejos.

―¿Se los llevaron a la guerra?

―No, a trabajar en sus fábricas. Albertus y yo nos libramos porque éramos demasiado jóvenes, pero muchos de los chicos del pueblo se tuvieron que ir y sus padres también. Nosotros tuvimos suerte porque teníamos la granja, a los nazis les hacía falta comida, por eso no se llevaron a tu abuelo, nos matábamos a trabajar y luego venían a llevarse la cosecha y los animales. Cómo dolían las manos en invierno y el calor te aplastaba en verano. La pobre Katharina lloraba por el frío, le sangraban las manos, tardaron mucho en salirle los callos. Nos esforzábamos todo lo que podíamos, pero éramos niños y no teníamos la fuerza de un hombre, así que tu abuelo era quien hacía la mayor parte del trabajo. Veía a sus hijos destrozados, él mismo estaba agotado y cuando llegaban los nazis a llevarse gran parte de la cosecha y a muchos de los animales no podía quejarse, así evitaba que entraran a la casa. Al abuelo se lo comía la rabia. Tu abuela siempre con el corazón en un puño, Gretje adelgazó un montón por los nervios y tosía cada vez más, Joseph parecía más pequeño de lo que era y los chicos Manheim se encogían como ratones cada vez que oían voces en el exterior de la casa. Joseph mandó recados a todos sus amigos judíos y unos meses después empezaron a llegar respuestas. Una noche apareció en la granja una pareja con un bebé, dos chicas solas y un anciano, con ellos venía un hombre muy alto, con el cuello largo y la nariz torcida, como aplastada, parecía que se la hubieran hundido en la cara de un puñetazo, él era el encargado de organizar el viaje a Frisia. Estuvo explicándoles cómo harían para salir de Holanda. Mordía las palabras al hablar y sólo entendí que se los llevarían al norte y desde allí en barcos pesqueros a Inglaterra. La parte más difícil era llegar a Frisia, les podían parar en el camino y todo se acababa. Por eso desde la noche que Joseph se fue hasta que le llegó la primera noticia tu abuelo no dormía, sólo daba vueltas por la casa. Ese hombre alto fue el que nos contó que las cosas habían ido bien. Después de Joseph siguieron viniendo familias, hombres o mujeres solos, buscando un refugio y mi padre los recibía a todos. Esos son los de las otras cartas. Llegó un momento que había tanta gente en la casa que no cabían en el sótano y la abuela los acomodaba en las habitaciones por las noches, de día tenían que quedarse encerrados abajo, a los niños se los subía con ella. Aquello duró desde que llegaron los alemanes hasta que se fueron, el último año fue el más duro por el hambre, nos quitaron todo y éramos muchas bocas que alimentar y era invierno, no había nada en el campo. ¿Nunca te ha dolido el estomago por hambre, verdad? Es como si encogiera, como si te clavaran agujas, te dan ganas de vomitar y no tienes nada dentro, pero si hay que trabajar eso no importa. Piensas que te vas a morir o que se te van a morir los demás. Tu abuela estaba embarazada de Casper y la pobre casi no tenía tripa y después sólo tenía huesos y tripa.

―¿Los alemanes nunca sospecharon que aquí había gente escondida? ¿Nunca registraron la granja?

―No, mi padre sabía lo que tenía que hacer para que no asomaran por aquí. Además vivimos lejos del pueblo, no teníamos vecinos, nadie sabía lo que pasaba en esta granja. En el pueblo empezaron a llamarle “El loco de la frontera”, se lo pusieron los nazis, pero gracias a eso jamás vinieron más que a robarnos la comida. Si hubieran encontrado a los judíos nos hubieran fusilado a todos, eso decía mi madre. Ella no tenía nada en contra de esa gente, pero le daban mucho miedo los alemanes. Mi padre les odiaba, a veces creo que se divertía desafiándoles.

Albertus apareció de la nada.

―Claro que sí, peleaba contra esos cabrones con el cerebro. Tu abuelo era muy listo, Henk. Otro día seguís, Marteen ya tengo las piezas del tractor, se acabó la juerga, a trabajar y tú vete a ver a la abuela que te está buscando.

Los gemelos se fueron al garaje y Henk corrió hacia la casa.

.

Henk Althof nació granjero, sólo sabía del campo, los animales, las cosechas, lo único que le preocupaba era sacar adelante la granja, a su familia, alimentarles y darles el mejor futuro posible. No era una vida fácil, había años buenos y otros realmente malos, y Joseph siempre le acompañó en todas, sudó y sufrió como él, el vínculo entre ellos era más fuerte que con sus propios hermanos. Por eso cuando los alemanes dieron orden de entregar a los judíos no se le pasó por la cabeza otra cosa que esconder a Joseph y a su familia. Luego vinieron los otros. Henk no era ningún héroe, no lo había sido nunca, pero defendía a los suyos a su manera. Mientras duró la ocupación, cada noche, en invierno y en verano, se acercaba a la frontera con una antorcha encendida en la mano, se aseguraba de que el foco de la torre le iluminara, entonces se desnudaba y empezaba a bambolearse como si estuviera borracho, blandiendo la antorcha, saltaba, gesticulaba, atraía la atención de los soldados y empezaba a gritar:

―¡¡Malditos cabrones!! ¡¿Queréis judíos?! ¡¡Yo tengo la casa llena!! ¡¡Venid a buscarlos!! ¡¡Los cazaréis como a ratas!! ―Bailaba agitando la antorcha y no paraba de gritar―. ¡¡Se me amontonan!! ¡¡Están por todas partes!! ¡¡Venga, cabrones!! ¡¡Id a por ellos!! ―. Y durante más de una hora seguía insultando y provocando a los soldados de la torre.

Ellos se reían de él, alguno pensó en pegarle un tiro en la cabeza para que se callara, pero no merecía la pena malgastar munición con “El loco de la frontera”. Y Henk volvía a casa cada noche respirando profundamente porque había ganado un día más.

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