Jean Eyre (1943)

Miguel Ángel Silva

 

 

 

Observen a esta criatura. Es muy joven. Tiene la apariencia de una niña inocente. Nada denota la terrible deformidad de su terrible carácter. ¿Quién podría creer que el demonio ha encontrado en ella a la más ferviente de sus servidoras? Les advierto: pónganse en guardia contra ella. No sigan su ejemplo. Eviten su compañía. Exclúyanla de sus juegos. No conversen con ella. ¡Maestras! Vigílenla. Castiguen su cuerpo para salvar su alma porque es mi deber advertirles, y mi lengua se traba al decirlo, que esta niña, esta joven nacida en tierra cristiana no es mejor que los pequeños herejes que ofrecen sus oraciones a Brahma y se inclinan ante su imagen.

Esta secuencia es una de las primeras que aparecen en el film “Jane Eyre” de 1943, clásico indiscutible del cine de todos los tiempos y basado en otro clásico, también de todos los tiempos. No suena exagerado hablar de sus alcances temporales, tanto del libro como de la película. Tanto uno como el otro, son grandes obras que mediante el lenguaje escrito y el lenguaje visual, están dentro de lo mejor de la literatura y del cine.

La historia que escribió Charlotte Brönté —algunos dicen que es una autobiografía— sobre una niña criada en un orfanato, luego de haber sufrido los maltratos familiares a manos de una tía y un primo, es al día de hoy, además de ser considerado como una pieza clave de la literatura inglesa, una síntesis perfecta de lo que fue la educación en la época victoriana, en una Inglaterra en que el Metodismo —una corriente religiosa que nació dentro del Protestantismo— se aferraba, en ese entonces, a la creencia de que cuánto más mortificado era el cuerpo de los niños, más se enaltecía su espíritu y su buena conducta.

La novela “Jane Eyre” se publicó en 1847 con el seudónimo de Currel Bell —en esa época era mal visto que una mujer se dedicara a la escritura— y fue un éxito casi instantáneo. Superando en ventas, e incluso en crítica, a otro clásico de la literatura—lo fue con el correr del tiempo— como “Cumbres Borrascosas” de su hermana Emily y que, junto a la injustamente opacada “Agnes Grey” de Anne Brönté, formaron esa Sagrada Trinidad de la Literatura Universal que aún hoy sigue despertando admiración.

“Cumbres borrascosas” fue adaptada al cine en 1939 por William Wyler con Laurence Olivier como su atracción principal. Cuatro años después, le llegaba el turno a “Jane Eyre” de la mano de Robert Stevenson y con el multifacético Orson Welles en el papel de Edward Rochester. Ambos actores compusieron a dos personajes sumamente complejos e indescifrables. Olivier a Heathcliff en “Cumbres Borrascosas”, Welles a Rochester en “Jane Eyre”. Tanto Emily como Charlotte Brönté, habían dotado a sus personajes masculinos de una virulencia verbal que fue trasladada a la pantalla con gran eficacia por medio de sus guionistas. En el caso de la película de Wyler se recurrió nada menos que a John Huston —director y guionista de obras maestras como “El Halcón Maltés” y “El Tesoro de la Sierra Madre”— y en “Jane Eyre” a uno de los grandes novelistas de todos los tiempos: Aldous Huxley, el creador de la famosa distopía “Un Mundo Feliz” y el controversial ensayo “Las puertas de la Percepción”, entre otras.

El director de “Jane Eyre” —film que nos ocupa— fue ecléctico y diverso en su trayectoria fílmica. Incursionó en el drama, la aventura, el romance y la comedia. Pero quizás, su obra más conocida es “Mary Poppins” (1964), de la mano de Walt Disney y con quien colaboraría en forma asidua luego de ese enorme éxito. Sin embargo “Jane Eyre” sigue siendo la obra más oscura y siniestra de toda su filmografía. Quizás por efecto del inquietante guión de Huxley, quizás por el interés de Welles —no olvidemos que además de actor fue uno de los mejores directores de todos los tiempos— y que aquí tuvo estrecha colaboración con Stevenson en proponer para la historia ese aire sombrío que se cierne sobre toda la película.

Lo cierto es que “Jane Eyre” escapa sobremanera al género romántico para perfilarse como una película que se adecúa lisa y llanamente dentro del terror gótico, o quizás del romanticismo oscuro, porque nada hace suponer que el amor de sus protagonistas es almibarado y pletórico de felicidad, sino que, por el contrario, es un amor —como sucede en “Cumbres Borrascosas”— trágico, lleno de tropiezos, sanguíneo en su devoción, repleto de dudas y sinsabores y, si bien en el caso de “Jane Eyre”, tiene un final algo feliz, no deja de serlo en el aspecto más melodramático posible, esto es, como una suerte de expiación de de parte sus protagonistas.

Lo interesante de esta adaptación de “Jane Eyre”—se hicieron trece versiones, ocho películas (dos de ellas mudas) y tres miniseries— es que Aldous Huxley como guionista le dotó de un clima netamente terrorífico. La advertencia del director del Instituto Lowood, transcripta al principio del artículo, en el orfanato en donde la pobre Jane pasaría diez años de su vida, es sencillamente comparable a la de un Juicio de la Inquisición y muy parecido al que sufre Juana de Arco en la película “La Pasión de Juana de Arco” de Carl Theodor Dryer de 1928. Y es curioso también que Huxley, años después, haya escrito un ensayo sobre los juicios de la Inquisición francesa sobre el resonado caso de las monjas ursulinas en el convento de Loudun. El ensayo se llama “Los demonios de Loudun” (1952) y es una obra algo extraña dentro de su carrera literaria. Es claro que había mucha curiosidad por parte de Huxley sobre el tema demoníaco y en Jane Eyre se hizo más que evidente. Y si bien Charlotte Bronté escribió una historia oscura y tenebrosa, el diálogo entre Rochester y Jane es pura invención del guionista.

Algunos ejemplos: cuando Rochester le dice a Jane que tiene intención de casarse —por lo que ella se tendría que ir de la mansión, dejar de cuidar a la pequeña Adele y buscarse un nuevo trabajo— se produce un dialogo sarcástico, pero también inquietante.

Adela debe ir a un colegio y usted debe irse al diablo ¿no? —dice Edward.
Espero que no, señor—contesta Jane—. A no ser que el diablo conteste a mi anuncio.

O, sobre el final, asistimos a esta suerte de ultimátum.

Di “Edward, me casaré contigo” —le grita Edward a Jane aferrándola de los brazos
Edward, me casaré contigo —responde una atribulada Jane, casi al borde del desmayo.

Esto no tiene nada de trascendente, a no ser que nos parezca normal que luego de esta declaración de amor dicha a los gritos, el cielo se oscurezca, se formaran grandes nubes de tormenta y un rayo caiga sobre un árbol seco que estaba al lado de los protagonistas.

Gótico puro, como los escenarios interiores, repletos de escaleras, pasadizos, galerías, altillos, todos iluminados por la temblorosa luz de las velas. O los espacios abiertos, con dramáticos e infinitos cielos nublados, páramos desangelados, vientos huracanados…escenarios que muchas veces son tomados por la cámara en contrapicado, es decir desde un ángulo de visión que va de abajo hacia arriba, lo que le confiere a los personajes una sensación de que las inclemencias del tiempo pueden acabar con ellos en cualquier momento. Si bien los personajes parecen tener mayor importancia para los espectadores, el cielo oscuro que pende sobre ellos, los vuelven insignificantes y vulnerables. Estos experimentos estéticos fueron obra del director de fotografía, George Barnes —Oscar a la Mejor Fotografía en Blanco y Negro por “Rebeca” (1940) de Hitchcock y a la Mejor Fotografía en Color por “El espectáculo más grande del Mundo” (1952) de Cecil B. de Mille—, artífice de esa genialidad del cine de ciencia ficción Clase B como “La Guerra de los Mundos” (1953) de Byron Haskin. Curiosamente, el mismísimo Orson Welles, había realizado en 1938 una interpretación radiofónica del libro “La guerra de los mundos” de H. G. Welles que causó un impacto tal en la audiencia —muchos creyeron en la veracidad de que una invasión marciana estaba asolando las ciudades de los Estados Unidos y el mundo entero— que produjo pánico y algunos intentos de suicidio.

Nada se podría decir del genial Orson Welles que ya no se haya dicho. El personaje de Edward Rochester le vino como anillo al dedo para demostrar su histrionismo e impronta teatral —el otro fue sin duda alguna la personificación de Charles Foster Kane en “El Ciudadano” (1941), también dirigida por él— junto a otra de las grandes actrices del cine de oro de Hollywood: Joan Fontaine, quién obtuvo un Oscar por “Sospecha” (1941) de Alfred Hitchcock y hermana de nada menos que Olivia de Havilland, a quien se considera que realizó la mejor actuación femenina de toda la historia del cine en “La Heredera” (1949) de William Wyler.

Joan Fontaine, uno de los rostros más icónicos del cine, tuvo una larga trayectoria en el cine y en la televisión, con memorables actuaciones cinematográficas en “Rebeca” y “Sospecha” de Hitchcock, “Mujeres” (1939) de George Cukor, “Otelo” (1952) de Orson Welles y “Más allá de la duda” (1956) de Fritz Lang, entre otras.

“Jane Eyre” como pieza cinematográfica es una de las más tormentosas e inquietantes historias de amor del cine de Hollywood. Un clima sobrecogedor envuelve a toda la película con climas tenebrosos y claustrofóbicos. Si bien no deja de ser un romance, está jalonada de tantos tópicos góticos y del mejor cine de terror que clasificarla dentro del género romántico sería despojarla de su complejidad visual y de contenido. La música majestuosa y llena de arrebatos que presagian desenlaces imprevistos —obra del monumental B. Herrmann— es otro de sus grandes logros.

Y hasta podemos decir que es una obra que tiene el mérito de haberle dado la oportunidad a una niña, no acreditada en los títulos del film, que hace el papel de Helen, una pupila en Lowood, que se hace amiga de la joven Jane y que muere mientras duerme a su lado en una escena por demás desgarradora. Me refiero a una jovencísima Elizabeth Taylor que aparece solo unos pocos minutos en el film con su rostro tan particular y enigmático. En definitiva, “Cumbres Borrascosas” junto a “Jane Eyre” se consagran como un imborrable díptico que hace honor a la monumental obra de las hermanas Brönté a través del mejor cine de todos los tiempos.

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