Una hilera de ginkgo

Yasunari Kawabata

 

 

A uno de los lados del camino que subía la ladera había plantada una fila de gigantescos árboles ginkgo. A mitad de la cuesta un estrecho sendero de piedra se desviaba hacia abajo. La tercera casa era la de la familia Soeda.

De regreso del trabajo, en el atardecer del treinta de noviembre, Soeda se encontró en la entrada de la casa con las caras de su mujer y su hija.

—¿Se han dado cuenta de que la mitad de los ginkgo están completamente desnudos? —les preguntó. Con «ginkgo» Soeda se refería a la hilera de árboles del camino, pero evidentemente las solas palabras que acababa de usar no eran suficientes, así que añadió—: Yo lo advertí al salir esta mañana. ¡Quedé boquiabierto! Desde abajo del camino hasta las cercanías de la casa los ginkgo han perdido totalmente las hojas. Desde allí hasta la cumbre siguen todavía con su fronda repleta de hojas.

—No me he fijado —dijo la hija. A lo cual la madre añadió con los ojos: «¿Cómo así?».

—Me pregunto qué pudo haber pasado para que la mitad inferior de la hilera de árboles hubiera quedado pelada.

—No me había dado cuenta. ¿Vamos y echamos un vistazo? —dijo la hija invitando a la madre.

—No vayan ahora, que está oscuro. Además los pueden ver desde el segundo piso —dijo Soeda.

—Es cierto, ¿no? —asintió la madre—. Sin embargo, me deja pensando cómo es que no nos dimos cuenta si todos los días nos asomamos a mirar desde el segundo piso de la casa…

—¡Exacto! Debimos verlos pero no lo hicimos.

Mientras Soeda se cambiaba el traje de calle por una ropa de casa más cómoda, pensó que la emoción del descubrimiento de la mañana no había sido compartida de la misma manera por su esposa.

Esa mañana, después de bajar la cuesta Soeda había mirado hacia atrás sin ningún propósito y había quedado clavado en el piso. Los árboles ginkgo alineados en la parte de abajo de la colina estaban desnudos hasta la cima. Sin embargo, el grupo de la parte de arriba tenía un frondoso follaje amarillo. El sendero, que podía dominarse con la vista desde abajo hasta arriba, se recorría en dos minutos. La hilera no era larga. Percibir de repente con un solo vistazo el corte entre los árboles desnudos y el follaje amarillo produjo en Soeda una impresión inusitada. El ramaje desnudo de los árboles gigantescos había convertido en un telón de fondo la fronda de la parte superior de la colina sobre la cual se destacaba nítidamente. El telón de hojas amarillas, al tener delante esos árboles despojados de hojas, parecía ascender hacia lo alto del camino en capas sucesivas de un color cada vez más intenso. Tanto en los árboles desnudos como en los cubiertos de hojas era impresionante esa sensación de inmensidad que hace notables a los árboles ginkgo. Por un lado, la figura apretada de los árboles desnudos se levantaba hacia el cielo como abrazando los troncos con innumerables ramitas pequeñas. Por otro, el esplendor de los colores del otoño reunido en el volumen de capas de hojas espesas, al absorber la luz de la mañana, aquietaba la soledad del paisaje.

El grupo de árboles desnudos y el de follaje amarillo no se separaban tajantemente en dos a partir de un árbol definido en el camino. Pero la división podía verse bien clara hacia el centro de la colina. ¿Qué había sucedido en la mitad del sendero? También esto desconcertaba a Soeda.

Al ir y venir del trabajo Soeda cruzaba por debajo de la hilera de ginkgo. Días habían pasado desde que percibió el comienzo de la caída de las hojas de ese otoño. No obstante, ¿cuándo había quedado desnuda de follaje la mitad inferior del sendero? Soeda había pensado en volver hasta la casa para informar de este extraño cambio en los árboles a su esposa e hija.

Fue lo que dijo al volver por la tarde. Naturalmente ninguna de las dos lo había advertido.

—Es exactamente como dice papá. Lo he visto desde el segundo piso —dijo la hija bajando las escaleras.

—Fue lo que me imaginé. ¿Y viste la división?

—Está oscureciendo pero me di cuenta. Voy a ir hasta el sendero a mirar —dijo la hija y salió al camino. La esposa de Soeda, que estaba bebiendo una taza del té que había preparado para su marido, no hizo ninguna señal de levantarse.

—¡No vas a salir ahora, Yuko! Mañana por la mañana lo puedes ver. Aunque es casi seguro que durante la noche todos los árboles hasta la punta del cerro van a quedar pelados.

—Pero no hay viento.

—¿Y es que acaso en estos tres o cuatro días pasados sopló el viento?

Había lloviznado pero el viento no había soplado.

El sendero de la colina subía aproximadamente de este a oeste. Soeda imaginó un fuerte viento del este e intentó pensar si eso podía explicar la pérdida de hojas de sólo la hilera de abajo de los ginkgo. Esa hipótesis era dudosa. Soeda carecía de conocimientos para resolver el fenómeno natural de una colina que se dividía entre árboles sin hojas y árboles con hojas, de un grupo que parecía haber sido plantado al mismo tiempo hacía muchísimos años. Ensayó entonces varias posibilidades en voz alta teniendo a su esposa como interlocutora…

—Puesto que el sendero va de este a oeste todos los árboles deben recibir en promedio la misma cantidad de luz solar… Sin embargo, se puede suponer que exista una ínfima diferencia entre el modo de dar el sol en la mañana y en la tarde… O, aunque en la casa no se ha sentido soplar el viento, ¿cuál puede ser el efecto del viento del este, y cuál el del oeste?

Nada de lo que decía tenía fundamento. No obstante Soeda simuló con los ojos cerrados varias configuraciones del terreno de los alrededores de la colina. Aunque en realidad llevaba tanto tiempo en esa región que podría describir la topografía sin necesidad de cerrar los ojos. No se le ocurrió, sin embargo, qué relación podía tener todo esto con la caída de las hojas de un árbol.

—De todos modos, creo que las hojas del ginkgo deben tener propensión a caerse según ciertos cambios, ¿no es así?

Al oír hablar a su esposo de esa manera, Ikuko pensó que estaba de muy buen humor y que era una buena oportunidad para traer a colación su propia historia.

—Hoy tengo que contarte una cosa desagradable. Pasó algo que me dejó admirada de lo buena que es Yuko. Tal vez está mostrando lo mejor de ella porque está a punto de casarse. Pero ahora cuando regrese no te vayas a enfadar con ella, por favor —le advirtió a su esposo.

Había sucedido esa tarde mientras Yuko estaba sola porque Ikuko había salido a hacer compras en compañía de la sirvienta.

Yuko había sacado una silla a un lugar soleado en el corredor y estaba tejiendo un suéter cuando oyó la voz de una mujer que le decía:

—Niña, afuera tengo unos cosméticos y jabón, también una excelente lana. ¿No quisiera comprar algo?

Yuko se alarmó por la rapidez con que la tuvo enfrente. La cerca natural de sasanga que venía desde el portón estaba en flor y había una puertecita al lado de la entrada, pero fuese porque había quedado abierta o porque por no ser alta la había podido abrir, lo cierto es que la mujer se había metido de repente en el jardín. Yuko se sintió más tranquila cuando vio que la muchacha cargaba un bebé en las espaldas. La cara quemada por el sol estaba un poco hinchada pero tenía el pelo muy bien arreglado. Era gordita y pequeña. Se había aplicado una gruesa capa de un pintalabios de color discreto y la cara redonda sonreía juvenilmente. En la mano llevaba un pañolón más bien grande. No poseía ninguna de las características intimidantes de los vendedores importunos pero Yuko, nerviosa, le dio una respuesta brusca:

—Aquí ya tenemos lana. No necesitamos más.

—Pienso que la lana que yo le traigo es mejor que ésa.

La mujer caminó sobre las piedras del sendero y se quedó de pie sobre la piedra que usaban en casa para quitarse los zapatos. Desde allí miró la lana que estaba usando Yuko y la apretó con la mano. Luego, sin decir nada se volvió hacia el jardín.

—¡Qué jardín tan bonito!, ¿verdad? Me gustaría poder vivir tranquilamente en una casa como ésta.

—No le voy a comprar nada, pero si quiere descargar al bebé y descansar un poco…

—¿No molesto? —preguntó. Y dejando el pañolón sobre el piso del corredor se bajó sin vacilar al bebé de las espaldas—. ¡Discúlpeme! Lo tiene todo tan bien arreglado.

Yuko percibió el olor de los pañales.

—Cuando se camina con un bebé a las espaldas resulta difícil encontrar un lugar para amamantarlo, ¿verdad? ¡Qué linda niña! ¿Cuánto tiene? —preguntó Yuko dirigiéndole una mirada desde la silla.

—Once meses. Como dice el proverbio, «Los hijos propios nunca son carga», ¿verdad? Pero cuando hay que caminar llevándolos todo el día a las espaldas se convierten en un equipaje pesado.

La muchacha levantó el borde del suéter, se desabotonó hacia un lado la camisa interior y le dio el pecho a la bebé. Sus senos eran ligeramente azulados y estaban repletos de leche. Parecía que la leche fluía abundantemente porque la bebé se ahogaba de vez en cuando. Del borde de los labios le escurría un hilillo blanco. Yuko se acercó y le limpió el labio con la punta del índice. Enternecida con el movimiento que hacía la garganta de la bebé cada vez que chupaba la leche, no prestó atención a los senos hinchados de la muchacha que le colmaban la vista. La muchacha tampoco estaba para nada cohibida.

—¿Tendría algún inconveniente en que también le cambiara los pañales aquí? —preguntó la muchacha—. Es que hay muy pocas casas con gente acogedora.

Yuko estuvo contemplando lo que hizo la muchacha y cuando hubo terminado tomó a la bebé en sus brazos. Al tocar la piel suave de la niña las manos y dedos se le llenaron de amor. Durante un rato fue incapaz de deshacerse de ella.

—No hay ningún niño en su casa, ¿verdad? —dijo la muchacha.

—Así es.

—¿Es usted la única?

—Tengo un hermano mayor.

—¡Qué agradable debe ser vivir aquí!, ¿no es así? Hasta una persona como yo se siente a gusto —dijo la muchacha contemplando el jardín.

Yuko estuvo a punto de preguntar sobre el padre de la bebé pero pensó que hubiese sido impropio.

La muchacha caminó siguiendo el sendero de piedras hasta el borde de la cerca y mirando la sasanga como si aspirara el olor de las flores.

—¡Cómo han florecido! ¿Verdad?

¿Qué estará sintiendo al mirar la sasanga?, pensó Yuko, y la figura gruesa y pequeña que tenía la muchacha de espaldas la hizo sentirse apesadumbrada.

Yuko entró a la sala con la bebé en los brazos y volvió con el monedero que compartía con su madre, al que llamaban la «alcancía de cocina».

—¿Qué clase de lana tiene?

—Señorita, fue suficiente haberme permitido descansar —dijo la muchacha mientras desataba el pañolón. No había sino dos madejas. Una azul. La otra rosada pálida. Yuko compró la rosada.

La bebé mientras tanto daba vueltas gateando por el corredor dando gritos ininteligibles.

—¡Está contenta! Se pone feliz cuando se la deja suelta en un sitio grande.

Yuko preguntó si la bebé ya podía masticar galletas, se puso de pie y se metió dentro de la casa. Regresó enseguida. La muchacha estaba acomodando a la bebé en su espalda, preparándose para partir. Aceptó el paquetito de galletas envuelto en papel y dijo:

—Señorita, gracias. Siempre camino de casa en casa pero casi nunca se ve una cara bondadosa —ocultó las mejillas que se habían puesto un poco coloradas—. Hasta luego, señorita. Si llego a tener alguna cosa buena le prometo que se la traigo.

Yuko se despidió de la muchacha y dejando la lana que acababa de comprar sobre las rodillas, se puso a acariciarla mientras recordaba el contacto de la piel de la bebé. Después volvió los ojos hacia el seto de sasanga. Se había acostumbrado a verlo todos los días. Era como si no se hubiese dado cuenta de que estaba en plena floración. Había tantas flores que parecía un evento extraordinario. A pesar de esto Yuko pensó una vez más en la muchacha: ¿Con qué sentimiento se había acercado a mirar la sasanga? A pesar de la manera modesta como iba vestida, la lana rosada que descansaba sobre sus rodillas estaba sin lugar a dudas sin estrenar.

Pasó un buen rato antes de que Yuko echara de menos el monedero. No estaba en ningún sitio del corredor. Buscó cuidadosamente en el armario de la sala al que había ido a buscar las galletas pero no estaba en ninguno de los cajones. Tampoco se había caído en el jardín.

Ésta fue la historia que Ikuko le contó a Soeda.

—Yuko no cree que lo haya robado —dijo—. Dice que tal vez la niña tomó el monedero cuando estaba gateando en el piso del corredor. La mamá no se dio cuenta de que la bebé lo había recogido y se fue así con ella alzada. Si es así, el monedero debió haberse soltado de la mano de la niña y estará en alguna parte del camino. No pudo haberlo llevado por mucho tiempo. Yuko dice que estuvo buscando hacia arriba y hacia abajo a lo largo de todo el camino.

Soeda comprendió, por el modo en que Ikuko contó las cosas, que el monedero no había aparecido.

—Yuko dice que si la bebé lo botó al lado del camino con seguridad alguien lo recogió.

—¿Y no desconfía de la muchacha?

—¡Claro que debió sospechar!, pero no quiere ser desconfiada. Dice que no puede imaginársela como una persona capaz de hacer algo malo. Está segura de que si la muchacha metió el monedero en el pañolón sin darse cuenta cuando estaba alistando las cosas, regresará para devolverlo. Aparentemente no tuvo un instante de sosiego hasta que yo volví a la casa, pensando todo el tiempo que en cualquier momento la muchacha iba a regresar agitada. Y cuando vio que no volvía, fue cuando decidió que la bebé había cogido y botado el monedero.

Como se le había advertido que no fuera a regañar a Yuko, Soeda no dio ningún parecer precipitado sobre el robo. Según Yuko, no se trataba de un robo sino de la acción no deliberada de un bebé. También Soeda se tranquilizó porque la idea de un bebé que recogía y botaba un monedero estaba ingeniosamente concebida.

—¿Cuánto dinero había?

—Después de pagar la lana, tal vez como unos dos mil seiscientos o dos mil setecientos yenes.

Soeda recordó una ocasión, cuando comenzaron a circular los billetes de cinco mil yenes, en la que al bajarse de un taxi en una noche oscura entregó por equivocación un billete de cinco mil en vez de uno de mil. Soeda no tenía ninguna razón para sospechar que el conductor le había dado las vueltas correspondientes a un billete de mil sabiendo que se trataba de uno de cinco mil. Esa vez Soeda se había inclinado a pensar que así como él no se había dado cuenta de nada tampoco lo había hecho el conductor.

Entonces Soeda le había contado a Ikuko la historia de los cinco mil yenes. Ahora, sin embargo, no mencionó nada de ella.

—Yuko no tiene experiencia de robos, ¿verdad?

—Cuando hablas de robos te refieres a que le hayan quitado algo, ¿no es así? —precisó Ikuko—. Déjame ver… Algo de Yuko, ¿verdad?… No me acuerdo. Creo que no tiene esa experiencia.

Se oyeron los pasos apresurados de Yuko que llegaba.

—Ya estoy de regreso —dijo entrando a la sala—. La cosa no es tan exacta como dijo papá pero es bien extraña.

—¿En qué no es exacta?

—No puede ponerse tan tajantemente una división en el centro de la cuesta como límite entre los árboles desnudos y los que tienen hojas. Por un lado, entre los de abajo hay algunos con hojas. Por otro lado, entre los de arriba también hay árboles que han perdido muchas hojas.

—¿Lo verificaste uno por uno?

—Sí. Hay luna y se ven algunas estrellas —dijo Yuko, y con la vista puesta en la cara de Soeda añadió—: Papá, ¿ya oíste lo del monedero?

—Ya me lo contaron.

—Lo siento mucho —dijo. Esta disculpa de Yuko dejó por un momento a Soeda sin palabras. Mientras tanto Yuko continuó—: Hoy debí haber recorrido dos veces la cuesta. Por la tarde estuve buscando el monedero mirando únicamente hacia abajo. Por la noche mirando únicamente hacia arriba y pude ver hasta la luna.

Soeda esbozó una sonrisa.

—Por la tarde pensé que habían caído muchas hojas pero no advertí que las ramas de encima de mi cabeza estaban desnudas.

—Me pregunto si esto es algo que ya había sucedido, que la hilera de abajo del camino pierda las hojas primero —preguntó Soeda, a lo cual Yuko sólo dio un suspiro y ladeó la cabeza.

Los Soeda habían vivido largos años al lado de la hilera de ginkgo pero ninguno de los tres podía recordar si eso sucedía todos los otoños.

—¡Qué poco confiables somos! —musitó Soeda.

—Vamos a fijarnos más el año entrante —dijo Ikuko. Luego recordó que en el otoño del año entrante Yuko no iba a estar en casa y se sintió triste—. ¿Por qué no le escribimos a Shin’ichi en Kioto y se lo preguntamos? Hace montañismo y además le gustan las plantas. Con seguridad él sí se ha dado cuenta.

—Mañana podría tomarle unas fotos a los árboles —dijo Yuko.

Al día siguiente Ikuko acompañó a Soeda hasta el pie de la colina para tener una vista completa de los árboles. Yuko también fue con ellos. Adelantándose tomó varias fotografías de los árboles en las que aparecían sus dos padres. Fue un acontecimiento extraordinario. Tres días más tarde durante la noche sopló un viento de invierno. Había llegado diciembre. Soeda e Ikuko oyeron el sonido del viento desde la cama y comentaron que probablemente al otro día por la mañana también los ginkgo de arriba habrían perdido la mayor parte del follaje.

—El jardín de la casa estará lleno de hojas —dijo Ikuko—. Es algo que recuerdo muy bien cada año porque me obliga a barrerlas.

El ruido de los árboles sacudidos por el viento debía venir de la hilera de ginkgo. Pero parecía como si también hubiera un débil sonido, el de las hojas caídas de los ginkgo que bailaban en el tejado de la casa.

—Afortunadamente Yuko tomó las fotografías, ¿no? Cuando Shin’ichi regrese para las vacaciones de invierno se las mostramos. Porque él también dice no haberse dado cuenta de nada.

Soeda comprendió que al oír el ruido del viento Ikuko había recordado a su hijo. Esa mañana había llegado la respuesta de Shin’ichi a su carta. En ella había escrito que no sabía nada sobre hojas que se fueran cayendo por etapas en las hileras de ginkgo. Las últimas hojas de los ginkgo, las de la mitad desnuda y las de la mitad con follaje, que Soeda había considerado como su descubrimiento, estaban siendo esparcidas por el violento vendaval de la noche. Soeda sintió el frío en la espalda. Como había dicho Ikuko, tendrían que explicárselo a Shin’ichi por medio de fotografías.

Shin’ichi se había marchado a la Universidad de Kioto contra la voluntad de su familia. Soeda todavía no entendía por qué razón había rechazado las innumerables universidades de Tokio. Shin’ichi se había aferrado a la idea de que le gustaba el viejo Japón de Kioto y Nara, y de que el tiempo en la universidad era la única oportunidad de verlo en toda su vida.

Mientras Soeda divagaba en medio del vendaval sobre si la razón había sido que quería desprenderse de la familia, recordó una de las peculiaridades de Ikuko. Cuando la fruta de otoño aparece exhibida abundantemente en las tiendas, Ikuko las compra según el color. Le gusta el de las manzanas rojas, por ejemplo, y odia el de las mandarinas. Sin embargo también come mandarinas y no se deja llevar por gustos y disgustos cuando las ve en pocas cantidades durante las estaciones en que no abundan en las fruterías. Pero siente un ligero temor y no compra nada cuando en las verdulerías se amontonan los pepinos. Hay ocasiones en que muestra una obsesión insoportable por la limpieza. Soeda no podía olvidar lo sucedido hacía ya más de quince años. Soeda se había cortado las uñas de los pies sobre un periódico e Ikuko se disgustó terriblemente cuando recogió después una uña caída en el piso. Soeda también se alteró.

—¿Por qué ese alboroto? ¡Como si fuera sucia una parte que se ha separado del cuerpo de una persona! Besas espontáneamente. Pero encontrarías repugnante si te pidieran intercambiar saliva con otro, así ése fuera tu amante —había dicho. El ejemplo fue pésimo pero dos meses después Ikuko todavía no se había desprendido de él y Soeda no sabía qué hacer.

¿No sería que su hijo Shin’ichi había heredado este aspecto de su carácter? Shin’ichi también era testarudo pero Soeda no creía que le tuviera miedo a los arrumes de pepinos. Yuko, la hija, era todo lo contrario. De repente le vino el recuerdo de una escena de Yuko que no tenía ninguna conexión con lo que estaba pensando. Era una imagen de Yuko cuando estaba comenzando el bachillerato. Estaba dibujando con una amiga y habían interrumpido el dibujo. Las dos se habían puesto a pintarse mutuamente las uñas de ambas manos con las témperas rojas.

Soeda intentó detallar la imagen de Yuko y olvidó el sonido del viento.

—¿En qué estás pensando? ¡Así no te vas a dormir! —le dijo Ikuko.

—Y tú, ¿en qué estabas pensando?

—En la señora que cuida la pensión de Shin’ichi en Kioto.

Soeda había escuchado esa historia al regreso del viaje que Ikuko había hecho el año anterior con el pretexto de ver Kioto porque se moría de ganas de ver a Shin’ichi.

Soeda recordaba lo que había contado Ikuko. Cuando tenía siete años la señora fue a depositar los huesos de su abuelo en la tumba de la familia. Su madre por alguna razón le dijo: «Puesto que te vas a casar en otra familia no te van a enterrar en esta tumba». La niña sintió en lo hondo una tristeza muy grande. Pero ahora parecía que sí la iban a enterrar en esa tumba del campo. Eso la hacía reír a carcajadas.

Esa señora era diez años más joven que Ikuko. Su marido había muerto en la guerra y no habían tenido hijos. Regresó a la casa de sus padres después de seis o siete años y se volvió a casar en una familia que tenía tres hijos. Le encantaban los niños y los dos hombres se encariñaron pronto con ella. Llegaron hasta pelearse por quién se acostaba a su lado. En cambio la mayor, una niña de once años, era muy complicada. Una vez, cuando intentaba abrir, a solicitud de su marido, un armario viejo que había en una pieza que no se usaba, la niña la golpeó violentamente por detrás en las caderas.

«¡No lo abras! ¡No lo hagas! Este armario era de mi mamá. Mi mamá me dijo que me lo regalaba todo. No se te ocurra tocarlo», le dijo la niña al borde de estallar en lágrimas.

La madrastra se esforzó en llevarse bien con ella pero terminó yéndose de la casa. Ahora ha arrendado en Kioto una casa con cinco habitaciones que subarrienda a estudiantes.

El hecho de que Ikuko no hubiera podido dormir y se hubiera dedicado a pensar en la señora de la pensión sugirió algo a Soeda: que las consideraciones de su mujer habían comenzado con su hijo y habían terminado en su propia condición de mujer y en la de su hija.

—No debe estar venteando así en Kioto esta noche —le dijo.

—Es verdad —respondió Ikuko. Luego, como cambiando de ánimo, agregó—: Mañana por la mañana deberíamos ir los tres a ver qué pasó con las hojas de los ginkgo.

—Yo creo que se cayeron todas.

A la mañana siguiente salieron los tres, como había dicho Ikuko, a contemplar la hilera de ginkgo. El viento invernal de la noche había convertido la avenida de árboles en un lastimoso espectáculo. En la parte de arriba todavía quedaban algunas hojas, y estaban tan dispersas que parecían heladas. Aquí y allá había troncos desnudos que habían perdido completamente el follaje, mezclados con árboles que todavía conservaban algunas hojas. La extraña división que Soeda había descubierto ya no estaba. La procesión de árboles desnudos de abajo había lucido espléndida cuando tenía de fondo la fila de árboles con follaje. Aun en los árboles desnudos de abajo quedaban algunas hojas dispersas, tan pocas que hubieran podido contarse. Soeda advirtió que las hojas amarillas temblaban como mariposas que se hubieran posado en las ramas.

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