En los trenes también viaja la melancolía

Ricardo Vacca-Rodríguez

Gayle on the F train -Edward Hopper

 

A Alexandra, que un día desapareció.

Una tarde fría llegó a New York cruzando el Caribe. En sus venas transitaba el sol; en su aliento, el aire tibio que recorría los campos del Cibao. Vestía pantalón negro, lentes oscuros y una roja cicatriz en un pliegue de su corazón. Era bella como un beso secreto detrás de una ventana. Llegar a New York fue como si diera un salto al vacío. En un espejo de sangre, donde se reflejaba su tristeza, quedaron detenidos su pasado y las últimas tinieblas de su vida. Al llegar descubrió que en los trenes también viajaba la melancolía, y en los parques los indocumentados caminaban confundidos entre las palomas y la incertidumbre. Hubo días en que se despertaba sobresaltada, sin recordar en qué momento de su vida se encontraba, mientras la nieve caía indiferente sobre las azoteas de los rascacielos y el pecho de los mendigos.

Tenía en su voz el eco de los caracoles secuestrados por las olas. Era más bella que la sombra del olvido. Más bella aún que la ausencia deshojándose de amor en los cementerios. Cierto día de diciembre descubrió una forma diferente de suspirar, gotas de celeste rocío comenzaron a humedecerle el corazón. Un amante imposible, día a día, fue trazando una nueva geometría sobre su cuerpo. Sus labios, al caer la noche, se manchaban de besos y sus besos se mojaban de misterios y saliva. En cada cita sus risas deshojaban bellos cuadernos garabateados por niños ciegos. Ellos reinventaban la Isla de Manhattan cada amanecer y escribían las iniciales de sus nombres en la corteza del puente de Brooklyn. Sin embargo, ella continuaba siendo turbada por el murmullo de sus fantasmas mal enterrados.

Sus muertos hermosos la esperaban por las tardes detrás del horizonte, mientras ella compraba fruta en los supermercados. Cuando atravesaba la avenida Broadway, el viento del sur conservaba la forma de su cuerpo para escribir leyendas en las esquinas. Ella era apacible como los ojos vacíos del silencio, bella como el origen del beso, como las estrellas deslizándose por la violenta garganta del mar Caribe.

Su amor, de pronto, como una flor ingenua, dejo de crecer en la tierna humedad de su cuerpo. El sudor de las flores no cubrió más sus senos. Ella dinamitó sus besos y los condenó a mantenerse ajenos a toda razón de vida. En su apartamento, su amante guardaba en la mesita de noche su última máscara de asombro. Una corona de besos quedó colgada detrás de su puerta. Qué tremendo vacío en el viento de Manhattan, qué intensa ausencia en el pasamano de los trenes. Ella se marchó una mañana sin despedirse. Dejó su sombra enrollada bajo el sofá, un sueño aún no soñado reposando en el fondo de su vagina, esperando que la nieve de febrero cubriera la increíble descripción de la muerte que había diseñado para él.

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