Su sinfonía

Miguel Rubio Artiaga

 

 

Construyó un puente
de enormes tambores
que al cruzarlo
iban cambiando
las diferentes
notas musicales
según marcaran los pasos.
Un martillear rápido
si lo cruzaban niños
jugando, corriendo,
entre salto y salto.
El grave sonar
lento y continuo
de los bueyes
arrastrando carros.
Un acariciar sonoro
de timbales tímidos,
casi inaudibles,
el pasar insinuante
de las vírgenes sílfides.
La cambiante sinfonía
recorriendo el valle,
como jugando a los ecos
del sonido de la lluvia.
Los desfiles militares
se hacían sobre el puente
y sus pasos marciales,
junto a sus trompas
y propios tambores,
sus cantos de victorias
parecían pasodobles.
El trovador errante
que siguiendo
el ritmo de sus pasos
cantaba las trovas
de sus perdidos amores.
El paso de los rebaños
con su fondo de balidos
y el pastor con su flauta,
el ladrido de los perros
queriendo poner orden.
Una partitura
que jamás fue escrita
porque no admitía batutas
en su natural devenir
sin notas decididas.
Los tambores,
semejaban truenos
con el galopar de caballos,
la brida suelta
y las espuelas hincadas
por los jinetes
en los costados.
Por la noche el silencio,
los tambores quedan callados
y apenas se oye el taconeo
de unos pasos solitarios.

 

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