La mochila como almohada

Marcelo Filzmoser

 

 

La calle de entrada había quedado atrás. El Paquí era pesado y si seguíamos era porque usaba la pierna sana para ayudarme. La otra colgaba. Vi la punta del pie arrastrando atrás y la nube de polvo que nos seguía. Me acordé de la canchita, cuando la tierra se secaba y la pelota desaparecía en el remolino de piernas.

Pasamos cerca de una ventana con vidrio. En el reflejo le espié la cara. Tenía los ojos abiertos pero vacíos. Apretaba los dientes y desde la cabeza le bajaban algunas gotas que terminaban cayendo al suelo desde la punta de la nariz. En el cuerpo la transpiración era peor, me estaba empapando. A medida que nos alejamos del ruido pude escuchar que hablaba bajito. Me pareció que rezaba pero también que tenía frío. Al rato dejó de ayudar.

Nos llevó una vida llegar a lo del Tajo. Tuve que parar varias veces, me apoyaba contra lo que podía, tomaba aire y seguía otro poco. En la casa no había nadie. Entramos. El Tajo dejaba siempre habilitado por si alguno de los pibes necesitábamos aguantar. Era un buen lugar. La policía pocas veces llegaba al medio de la villa.

Me faltaron fuerzas para llevarlo hasta la cama así que lo dejé en el piso, cerca mío. El Tajo, o algún otro que estuvo aguantando antes, había dejado la tele prendida. Miré la pierna. Ahora que estaba apoyada, la sangre se empezaba a juntar alrededor formando un charco con la tierra del piso. Me saqué la remera y se la até unos centímetros arriba de donde le habían dado. No sé en dónde vi, o quién me dijo alguna vez que había que hacer eso para que la sangre pare. El Paquí era mi primer herido de bala. Había visto sangre en la canchita, sobre todo cuando jugábamos por algo, pero esto era distinto. Era peor que cuando lo quebraron al Rodri y le quedó asomando una punta del hueso.

Me puse a buscar crédito en los teléfonos que traía en la mochila y encontré uno recién cargado. Lo llamé a Raúl. Dijo que el Tajo estaba en Paraguay pero si aguantaba hasta la noche teníamos cerca el hospitalito. De día no. La guardia te mandaba al frente con los ratis de la entrada. Recién a la noche entraba un médico piola, ya lo había ayudado antes, se podía confiar. Prendí un cigarrillo y le convidé otro al Paquí. No quiso. Tenía sed, le ardía la garganta. Busqué agua. Tomó casi sin respirar más de media botella. La volví a llenar y la metí en la heladera. Con voz renovada me preguntó por los demás. Lo último que alcancé a ver fue como disparaban sin mirar al montón de canas y patrulleros.

La tele, apuntando para el lado donde estaba la cama, recomendaba limpiar con un aerosol que sacaba el noventa y nueve por ciento de las bacterias. Pensé en el rancho donde me había criado y en las cosas que diría mi vieja si le caía con un tubo de esos para las bacterias. Me reí en silencio. Cada tanto unas voces centroamericanas interrumpían los comerciales para gritar amenazas, llorar o reprochar mentiras. Aproveché para hablarle a la Jesy. Le dije que tenía un partido, que no nos íbamos a poder ver hasta mañana. No le quise decir dónde jugábamos para que no insistiera con venir a vernos. Antes de cortar me pidió que le dedicara un gol.

Pregunté por la sed, si quería más agua. Dijo que no, que así estaba bien. La herida sangraba menos aunque la pierna se veía más hinchada. Traté de tranquilizarlo. Me puse a hablar de los partidos que habíamos jugado juntos. La vez que le íbamos ganando a los peruanos y se pudrió todo. Uno estaba pasado, sacó una punta y se me vino encima. El Paquí lo había parado en seco con una trompada que lo durmió. Los demás se calmaron y pudimos rajar. Nos salvó. A mí más que a ninguno porque yo era el más chico.

Lo miré de costado por si se me notaba el miedo y le volví a preguntar cómo se sentía. Bien. Iba a descansar hasta que llegara Raúl y nos llevara al hospital. Me tiré a su lado para estar cerca. Usamos mi mochila como almohada.

Me despertó el ruido que venía de afuera. En cuanto me moví el Paquí se apuró a callarme con una mirada gritona. Había anochecido y el televisor iluminaba de azul la cama del Tajo dejándonos a nosotros en la oscuridad. Por la ventana sin cortinas entraban luces intermitentes. Varias sombras se movían afuera. Una apoyó la linterna contra el vidrio de la casilla. Vimos la luz como una explosión amarilla y desganada. Duró unos segundos y se alejó. Pensé en Raúl. Sin levantarme del piso fui hasta la ventana para ver qué pasaba. Asomado apenas, pude ver tres milicos de gendarmería. Raúl estaba esposado en el piso y los milicos iban y venían por todos lados. Había otros y esperaban algo para entrar. Volví arrastrándome pegado al suelo hasta el hueco de oscuridad que dejaba el televisor y agarré el fierro. Conté cuatro balas. Nos miramos a los ojos por única vez en la vida. Los tenía brillantes y se alejaban de mí, de la casilla, de todo. Igual nos entendimos. No sé quien de los dos estaba más asustado. Él temblaba, pero podía ser por la herida. Lo corrí un poco hacia atrás para que apoyara la cabeza contra la pared y me quedé al lado, con el fierro en la mano sobre el pecho.

Afuera aumentaba el griterío y el revuelo. Daba la sensación de que no se decidían. Alguien que pasó cerca de la puerta puteó a un juez y por menos de un segundo pensé en un árbitro. Justo después empezó el terremoto. Lo que sea que esperaban había llegado. Afirmé los hombros contra la pared y acostado como estaba apunté al centro de la puerta.

Entraron por todos lados. Rompieron el vidrio y arrancaron una chapa medio podrida del techo. Disparé los cuatro tiros seguidos. No sé si di. Había mucho ruido, escuché explosiones que venían de todas partes pero no sentí nada.

Las linternas trajeron luz. Vi más sangre y el cuerpo del Paquí lleno de agujeros que chorreaban. Había botas alrededor. Sentí un crujido cerca de la oreja, me habían pisado el pelo. Arriba, donde antes estaba la chapa podrida, ahora se veía el cielo. Azul oscuro sin una estrella seguía siendo techo. Las botas también pisaban los vidrios rotos. El Tajo se iba a recontra calentar. Uno de los gendarmes me movió el cuerpo con un pie, parecía que pisaba una pelota antes de hacer un pase. Alguien encendió la luz y dejaron de encandilarnos con las linternas. Vi cómo lo movían al Paquí. Yo seguía sin sentir nada, ni siquiera en qué parte del cuerpo tenía apoyada la bota. Después nos dejaron en paz.

Traté de buscar la mirada brillosa que había visto antes. Los ojos seguían abiertos pero el brillo se había secado de golpe. Los labios apretados, la boca sellada, apenas una torcedura hacia arriba. Me gustó pensar que había estado sonriendo hasta el momento en que entraron. Desde la frente le bajaba una línea recta de sangre. Pensé en cargarlo y tratar de escapar pero me agarró un sueño pesado y empezó a fallarme la vista. Me acordé de mi vieja. Las botas seguían dando vueltas, rompiendo cosas. Sentí ganas de jugar, me faltaba meter el gol para la Jesy. Se llevaban el televisor del Tajo. Me pareció ver el arco, la pelota, la tierra seca. Los gendarmes, el hombre de blanco, la ambulancia.

 

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