Viaje en infinitivo

María Staudenmann

 

 

 

Salir. Aguantar la humedad sabiendo que ya se va. Subir a la autopista. Abrocharse el cinturón y abrir las ventanillas. Encender el estéreo bajito, tan bajito que no se identifica la canción, un murmullo de fondo que se mezcla con los rugidos de la ciudad en fuga.

Sortear el tránsito de hora pico de la gente que vuelve. Bajar de la autopista y agarrar la ruta. ¿Salen unos mates? Salen. Preparar el mate tratando de que no caiga yerba en el asiento. Resoplar con fastidio y sacudir la yerba del asiento al piso. ¿Con azúcar? No, amargo. Cebar el primer mate con mucho cuidado, sosteniendo el termo con pulso firme para no quemarse con el agua hirviendo. Tomar uno, dos, tres mates en silencio. Prender un cigarrillo cuando el termo se siente más liviano y manejable.

Cruzar el puente angosto que atraviesa el río y dar por comenzado en viaje.

Entrar en la zona rural de la provincia, en la llanura fértil. Sentir en los pulmones que el aire cambia, se expande, se aligera. Hacerse visera con la mano para protegerse del sol de frente, que ya comienza a ocultarse detrás del horizonte.

Cambiar la yerba. Adelantar uno, dos, tres camiones. Pasar pueblos y silos y vacas y campos sembrados mientras va cayendo la noche. Divisar las primeras estrellas. Sacar el brazo por la ventanilla y abandonarlo al viento, como una marioneta animada por un desquiciado. Ahuecar la mano y dirigir el frescor del ocaso a la cara. Dejarse despeinar. Sonreír con los ojos cerrados.

Estremecerse con el sacudón provocado por la 4 x 4 que acelera invadiendo la mano contraria. Rebasar un camión de ganado. Preguntarse si los manchones blanquecinos que levitan sobre la ruta pronostican niebla densa. Oler la fragancia del pasto húmedo de rocío. Dejarse aturdir por las chicharras. Guardar el equipo de mate. Ofrecer agua, fruta, galletitas.

Pasar La Rica, La Niña, La Dorita, La Sofía. Levantar la ventanilla dejando sólo una ranura estrecha. Oír el silbido del viento entrando por la ranura. Dilatar las pupilas cuando por fin muere el último resplandor del sol. Adelantar un camión con papas, un auto con bicicletas. Encandilarse con los faros de los que vienen de frente. Escuchar el impacto tenue de los insectos nocturnos contra el parabrisas. Pensar en poco. Ensanchar el espíritu con visiones fugaces de lo que pronto vendrá.

Marearse con las luces y las sombras que se deslizan, huidizas, por todos los rincones del auto. Llegar a una estación de servicio. Súper, lleno. Bajarse a estirar las piernas, ir al baño, tomar un café afuera del autoservicio. Contemplar el tránsito laborioso y lento de los cascarudos por el suelo y el aleteo errático de las polillas en torno a los faroles. Mirar al cielo y notar que la cualidad del ambiente comienza a cambiar. Ponerse un abrigo liviano. Subir al auto por la puerta del conductor. Ajustar los espejos retrovisores y el asiento. Encender el motor y seguir ruta hacia el sur.

Comer dos sánguches de pollo, tomate y queso con una sola mano. Surcar la noche profunda: campos, tranqueras, alambrados, más cielo, más estrellas, luna ausente. Pasar decenas de arcos de entrada a pueblos que pronto se olvidan. Querer conocerlos a todos y a cada uno. Imaginar pulperías, almacenes, huertas, casitas sin rejas con puertas iluminadas por una sola lamparita pelada, perros echados en veredas añejas de baldosas vencidas por los yuyos, caballos durmiendo de pie, agitando la cola despacio.

Concentrarse en los vaivenes de la ruta, que ahora sube y baja, sube y baja extraviando el pensamiento en la negrura, negrura de campo abierto ocasionalmente interrumpida con violencia por los faros de los autos y camiones de la mano opuesta. Echar una mirada muy rápida a las dos siluetas que duermen bajo buzos y camperas, una en el asiento del acompañante, otra estirada a lo largo del asiento de atrás.

Cambiar de provincia. En medio de la oscuridad percibir el verdor de la pampa, la simetría sin fin de las plantaciones, las primeras colinas tachonadas de vacas que duermen. Sentir la creciente aridez del aire en los ojos y la piel. Notar que el territorio acentúa sus ondulaciones y saberse más cerca. Pasar una ciudad grande y otra mediana. A la hora en que la noche se hace más noche que nunca, aquella en que las ranas croan, las chicharras arrecian y todo lo demás calla, detenerse a cargar nafta y ceder el volante. Ir al baño, tomar otro café, sacudirse el entumecimiento, frotarse los ojos cansados.

Retomar el camino cebando mate. ¿Azúcar? Sí. Subir el volumen del estéreo e intercambiar algunos comentarios. Bajar la ventanilla, encender un cigarrillo y volverse hacia la noche que corre a un costado. Cortar el mate y la charla. Maravillarse con las estrellas incontables y su brillo. Terminar el cigarrillo. Cambiar de posición; relajar el cuerpo, tirar la cabeza para atrás. Sumergir la conciencia en el suave rebotar sin pausa de los neumáticos contra el asfalto. Olvidar. Dormir.

Despertar con un sol que nace a las espaldas. Pestañearle al alba en medio de un desierto de polvo, vegetación acorazada y ráfagas de viento sin agua. Avistar pájaros de alas gigantescas, montones de rocas peladas, dunas cubiertas de arbustos espinosos. Y arriba, y al lado, y alrededor, el cielo impoluto del amanecer.

Salvar el desierto esquivando pozos a velocidad reducida. Callar y oír las densidades de un silencio omnipresente.

Bajar la ventanilla al máximo, quitarse el abrigo, cambiar la yerba fría del mate. Atravesar un puente que sobrevuela las aguas de un embalse y dejar atrás el desierto. Llegar al valle de un río generoso a cuyas márgenes se extienden kilómetros y kilómetros de quintas y chacras y estancias sembradas con árboles frutales. Preguntarse una vez más si aquellos serán duraznos o peras o manzanas. Parar en uno de los puestitos a la vera de la ruta para comprar ciruelas frescas.

Hacer un alto en una estación de servicio. Cargar agua caliente por dos monedas, lavarse la cara y arreglarse el pelo, desayunar café con medialunas.

Volver al volante. Meterse en el tráfico matutino de la ciudad capital donde todo comienza: semáforos, motos, autos, camiones, peatones, gente que va a trabajar. Dejar atrás la ciudad y zambullirse en un nuevo paraje desértico. Tomar curvas y contracurvas, subir y bajar. Allá lejos, muy lejos aún en el horizonte, montañas azulinas de contornos suaves y difusos, como el telón de fondo de un teatro infantil. Acá cerca, acá nomás, la ruta serpenteante que se dilata más allá del parabrisas y los vehículos que la recorren como autitos de juguete. Más allá, donde el trazo se pierde, el espejismo tembloroso del sol en el asfalto.

Sentir el rigor del sol cenital sobre piernas, brazos, mejillas. Comenzar a leer nombres mapuches de pueblos, comederos y hospedajes. Vislumbrar retazos de diques y ríos, manchones de álamos y pinos. Esperar el paisaje que depara cada nuevo recodo del camino.

Llegar, por fin, a poblados distintos, cortados por arroyos y arroyitos. A espejos de agua turquesa. A elevaciones abruptas, coronadas por picos rocosos. Al cielo intenso, al viento seco y constante. Sacar los sánguches que quedan, destapar una gaseosa, cantar imitando la voz que sale del estéreo. Empezar a soñar.

Estancarse atrás de un micro de turistas. Conquistar siete kilómetros de curvas imposibles. Llegar a un pueblito de curiosas piedras desnudas y hacer una nueva parada: tomar mucha agua, luchar contra el cansancio, sufrir el calor álgido de pasado el mediodía. Comprar uno o dos señuelos de pesca.

Reemprender la marcha con el alma en vilo. Amar con locura los embalses inmensos, los poblados encajados en los valles, las casitas solitarias que de tanto en tanto aparecen a la orilla del camino, los primeros cúmulos de maitenes y cipreses. Al otro lado de un puente largo y ventoso, cerros verdosos, tiernos y mullidos como ositos de peluche.

Girar y girar. Subir y girar. Tragar saliva para destaparse los oídos. Sacar medio cuerpo por la ventanilla y dejarse azotar por el viento andino. Cruzarse con kayaks y lanchas y cuatriciclos y bicicletas que viajan en tráiler. Ver remolinos de tierra al costado de la ruta. Apagar el estéreo para escuchar lo importante: afuera, alrededor, y adentro, en lo hondo.

Pasar carteles que alertan: hielo sobre calzada en temporada invernal, guanacos en la ruta, peligro de desprendimiento de rocas. Divisar arroyos y senderos y huellas que se pierden entre los pinos, montaña arriba. Dejarse atrapar por el embrujo brillante del río más hermoso del mundo. Seguir un rumbo caprichoso.

Y de repente, a la vuelta de un recodo, desplegada, desenvuelta, revelada, la maravilla. Allí toda, todita para mí.

 

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