Vagón pico

María Staudenmann

 

 

Sus ojos apenas visibles disparan balines de pimienta. Usa la gorra bien calada en las orejas. Viste jean, campera deportiva, zapatillas blancas con franjas azules. Se llama Rodrigo pero él sólo sabe que es el Puly, y hace tiempo que olvidó por qué.

Se fuma un porro con Chapatín, el Mula y el Colo bajo la puerta que comunica los vagones 4 y 5. Son alrededor de las seis y media de una tarde de jueves.

El Colo ahoga su mata de pelo rojo con un gorro de lana y quiere ocultar los baches en sus mejillas con una barba intermitente. Escucha cumbia con los auriculares del MP3 enterrados en los oídos y sólo se mueve para estirar la mano, acomodarse el porro entre los labios y aspirar profundo. No habla.

Chapatín, fornido, ruidoso y dicharachero, no para de destilar anécdotas entre carcajadas estertóreas. El Puly y el Mula le hacen de público asintiendo con la cabeza, carraspeando risas y mascullando puteadas de aprobación.

El Mula es alto y oscuro. Usa jogging negro, remera con el logo de Viejas Locas, campera de jean y alpargatas. Se agacha y saca de la mochila una lata de cerveza de medio litro. La abre de un chasquido, con pericia. La chapita de aluminio sale volando y aterriza en medio del pasillo del vagón 5.

El Mula da un sorbo largo y sediento, se limpia la boca con la manga de la campera y le pasa la lata al Puly, quien a cambio le cede lo que queda del porro.

Chapatín se interrumpe y se queja con un improperio jocoso.

–Ehhh… qué queré´, si no pará´ de chamuyá´ vó´ –tercia el Mula, matando el porro y zanjando la cuestión.

A un metro de ellos cuatro, sentada en un asiento doble, una señora de canas violáceas, colonia de farmacia y blazer con hombreras mira para otro lado tratando de esquivar el vaho de marihuana que se apoderó del vagón cerrado. Una chica muy joven, rubia en las puntas y morocha en las raíces, se sujeta como puede de la manija del asiento que ocupa la señora. Carga a una nena de no más de dos años, moquienta y movediza.

Despatarrado en el piso bajo la barra de apoyo para discapacitados, un hombre gigantesco en un overol gris ronca a todo volumen haciendo vibrar los rulos negros que enmarcan su cara curtida. En un momento se atraganta, se despierta, mira en torno suyo sin entender dónde está, se acurruca contra la pared y vuelve a dormirse. Se alzan risas y sonrisas que liberan un poco la tensión y divierten el pensamiento de la sensación de asfixia que crece.

El tren llega a una estación y frena con brusquedad. Por centésimas de segundo, los cuerpos enlatados en el vagón 4 quedan inclinados hacia un lado sin que nada ni nadie pueda evitarlo. Algunos intentan mantener la línea recta vertical agarrándose con más fuerza de manijas y barandas o atajándose en hombros, pechos y bolsos vecinos. Pero es en vano y todos lo saben. Tras ese instante de inmovilidad oblicua, el tren se detiene definitivamente y los cuerpos son arrojados hacia el otro lado en montonera, como una troupe de payasos sin gracia. Hay colisiones, pisotones, codazos. Hay alguien que piensa, una vez más, que el maquinista lo hace a propósito y que se estaría riendo de ellos junto a su camarada, quien le estaría acercando un mate con gesto socarrón y luego le comentaría que, para él, Messi no merecía el Balón de Oro.

La nena moquienta, en brazos de su madre adolescente, es la única que percibe la comicidad del hecho y ríe alborozada. Mientras tanto, la madre intenta no mirar mal a la dueña del zapato de taco que prácticamente se incrustó en su pie izquierdo: ella no tuvo la culpa.

La señora de pelo violáceo toma una bocanada de aire fresco cuando las puertas del vagón se abren en la estación. Los que viajan parados tensan los músculos y se aferran a sus pertenencias, preparándose para acusar el golpe que se producirá un segundo después. Y se produce. Los pasajeros salientes y entrantes se trenzan en el combate cuerpo a cuerpo que se renueva con desesperante monotonía de lunes a viernes en hora pico. Son siete u ocho segundos de ferocidad en los que el ser humano deja fluir todo lo que tiene de ruin, de egoísta y de estúpido, que es mucho.

Luego de los empujones, los apretujamientos y los cruces verbales iracundos, el recambio de pasajeros en el vagón 4 deja un saldo de una decena de personas magulladas; algunas en las piernas y en el torso, otras en la billetera que ya no está, y otras –mujeres siempre– en las nalgas palpadas con violencia.

Algunos de los que están ubicados junto a las puertas impiden que se cierren trancándolas con el cuerpo. Es un gesto de solidaridad hacia sus conciudadanos, que vienen padeciendo el olor a marihuana desde Once, olor que varias estaciones atrás se mezcló con el de humanidades cansadas, descomposturas infantiles y estómagos llenos de alcohol.

La gente suspira agradecida: prefieren el frío de agosto, el aire de afuera es una bendición.

Y comienzan los movimientos de reacomode. Las coquetas se tocan el pelo, los neoyuppies se enderezan el cuello de la camisa, y el resto sólo intenta ocupar lo más cómodamente posible los pocos centímetros cuadrados que les han tocado en suerte. El vagón se sume otra vez en esa espera agria que es el viaje.

Bajo la puerta que comunica los vagones 4 y 5 suena el aluminio de otra lata de cerveza, suena la llamita del encendedor. Un nuevo porro empieza a circular. El olor se intensifica y las puertas abiertas se tornan insuficientes.

El malestar vuelve a torturar los ánimos. Se levantan murmullos cobardes; nadie se atreve a protestar abiertamente. Hay algún semblante verde y varias carpetas y cuadernos abanicando furiosos. Hay resoplidos.

Y en muchas mentes bullen pensamientos acerca del futuro negro del país en manos de esta gente, la juventud perdida, el mundo desquiciado, el flagelo de la droga, el azote de la delincuencia sin control. Y con estos pensamientos, una tristeza hipócrita que no llega a hacer fuego y la cálida seguridad de saberse extranjero de la marginalidad y sus desgracias.

Una voz femenina se alza de pronto:

–Querido, por favor, si sos tan amable, ¿podés correrte un poquito para allá y cerrar la puerta?

La incomodidad y el desagravio pudieron más. Pero la mujer de las canas violetas no logra que lo cortés de sus palabras se traslade a su tono. El requerimiento suena altivo, calculado, como una estrategia de persuasión de un padre moderno a un hijo caprichoso.

“Los odia, los quiere ver muertos”, piensa alguien.

Sin embargo, la estrategia funciona. El Puly, a quien fue dirigido el pedido, pita una vez más, mira a la dama y se abstiene de putearla. Caminó todo el día pegando volantes de putas por todo el centro. Está cansado y ahora se siente ligero. No quiere discutir ni puede hacerlo. Se aclara la garganta sonoramente, separa las manos en gesto de resignación y contesta:

–No puedo doña, e´tá muy lleno e´to.

Vuelve a succionar la tuca y mira fijamente a la mujer. Sabe que no insistirá. Y tiene razón: ella dirige la mirada a la ventanilla, tan sucia que no deja ver el exterior, y trata de que su rostro no delate su ira. Por suerte el overol durmiente vuelve a gargajear un ronquido, atrayendo la atención de los ocupantes del vagón 4 otra vez hacia él. Algunas bocas ríen y hacen comentarios. El ambiente vuelve a relajarse un poco.

Hasta el Mula bromea al respecto:

–¡Son lo mejore´ pedo´ eso, loco! ¡Dormí´ como un bebito! Je je je…

El pasaje aguanta y aguanta y ruega y ruega que todo termine pronto. El Puly y sus amigos fuman y fuman y toman y toman y desean, tal vez, no tener que llegar a destino.

El Puly, el Mula, el Colo y Chapatín se bajan en Paso del Rey.

En cuanto el tren vuelve a arrancar, el vagón 4 se hunde en un suspiro. Enseguida, en muchas mentes afloran pensamientos acerca de qué hacer para la cena, qué lindo estuvo Martincito disfrazado de tigre, qué inventar para poder pagar la tarjeta, qué le dirá hoy Moria a Carmen en el Bailando.

 

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