Limpiar al Cowboy

Marcelo Filzmoser

 

 

 

Cae la tarde. El relámpago de una soldadora eléctrica ilumina la caja de un flete y dibuja un semicírculo azul sobre la vereda. Pablo llega a la esquina, espera que doble un taxi y cruza. El taxista pasa lento, mirándolo desde el fondo de la butaca. Él cambia de mano el portafolios y apura el paso. Quiere llegar antes de las siete.

***

No va a ser fácil salir de esta. Cayó el gordo y ellos piensan que fue por su culpa. Tienen razón. ¿Qué otra le quedaba? Lo fajaron toda la noche, hasta lo amenazaron con meterle corriente si no hablaba. La única salida ahora es irse a Paraguay. En cuanto baje el sol sale a meter caño, también mañana y pasado hasta juntar la guita. Si todo anda bien, como mucho en una semana se ve cruzando la frontera. Mientras tanto tiene que aguantar. Levanta de la mesa la pistola. Por segunda vez saca el cargador y revisa las balas. En la cajonera tiene más. Se para y las va a buscar. Con el final de un cigarrillo enciende otro. En la heladera sólo queda medio cartón de vino y una banana.

***

Mal trabajo. El tema de las comisiones es un engaño. Para sacar algo a fin de mes hay que conseguir un mínimo de dos clientes por día y eso es imposible sin auto. A pie apenas si saca algo más que para pagar el alquiler, ni soñar con comprarse un coche, ni siquiera en cuotas. Piensa en Nacho y en la posibilidad de trabajar en el banco. Todo el día sentado bajo techo con aire acondicionado y encima rodeado de compañeras.

***

— ¡Y debe estar abajo de la cama!¿Dónde va a estar ese infeliz? A ver… piensen un poco…

—…

—¡Aguantando en lo de Viale! La puta que los parió, esto lo tendría que hacer El lagarto, ustedes son dos pelotudos.

Los gritos del vicario del gordo se escuchan en toda la villa.

—Soooolo. Me dejaron solo.

El vicario se llama Sales. Desde que cayó el gordo todos dependen de él, justo de él que lo último que quería era quedar al frente, aunque fuese por una hora. Encima, la gente de confianza se desparramó por el interior ni bien la caída. Lo único que consiguió para cumplir con el encargo son esos dos pibes que tiene parados enfrente, casi escondidos abajo de las gorras.

—¡Si se les llega a escapar, a mí el gordo me corta los huevos! ¡Imagínense nomás lo que les va a pasar a ustedes!

***

Trabajar con mujeres facilita las cosas, piensa Pablo mientras lee en una casa la altura de la calle. En cambio él, caminando por toda la ciudad con ese saco y el portafolios. Los otros vendedores, cuando se reúnen en la oficina para tomar los llamados antes de salir, cuentan cada tanto alguna historia llena de mentiras y exageraciones. Y sin embargo a él, le pasó una vez que una mujer lo miró con ojos brillantes, profundos, durante toda su explicación. Sonreía y se subía las calzas cada cinco minutos mientras lo escuchaba hablar. Pablo empezó a equivocarse, las letras se le tropezaban en la boca y los ojos volvían una y otra vez a la entrepierna. Eso fue todo. No supo cómo seguir, terminó de hablar, la saludó con un beso en la mejilla y se fue.

***

Tiene que esperar. Antes de las ocho ni siquiera le conviene asomarse. Después es otra cosa, están los que vuelven del trabajo, los taxistas. Prende otro cigarrillo sin contar cuántos le quedan. En la cocina tiene más. Él se lo había dicho al gordo, Ugarte nos caga. Pero el gordo había dejado de escucharlo. Desde que cayó López él mandaba y se creía intocable. Además el gordo se quedaba en el boliche mientras él se jugaba las bolas en la calle. Tira la ceniza al piso y al instante se diluye en una capa de mugre. A Ugarte se le notó que lo habían apretado de arriba. Fue el primero que empezó a darle. Lo pateó en el estómago para hacerse ver delante del comisario. El otro hijo de mil putas se reía. Sentado. Fumando. Dejaba que lo fajen entre dos, entre tres. Ni los ganchos le habían sacado. Al final abrió el cajón y sacó los cables.

***

Los pibes suben al Fiat que les dio Sales. Se conocen de la villa aunque nunca hicieron nada juntos. Que no apareciera El lagarto les dio la posibilidad de hacerse ver. Atrás de los vidrios polarizados empieza a llenarse de humo. El olor de la pasta impregna el tapizado, el pelo, la ropa y los ojos de los pibes. Con el humo y de a poco les va entrando el coraje.

***

Antes de tocar el timbre Pablo mira la hora. Las siete. La casa parece descuidada y adentro está oscuro. No iba a ser la primera vez que lo hicieran ir para nada. La gente se olvida. Ese es el problema de la venta telefónica. En el momento, para sacarse a la vendedora de encima, dicen a todo que sí, o dan cualquier dirección. Después ni la puerta abren. Toca el timbre y espera.

***

Acostado en el piso mira por abajo de la puerta. Atrás de la reja, en la vereda, hay un hombre. Un sólo tipo y disfrazado de evangelista. No podían pensar que iba a ser tan fácil. Seguro había cuatro o cinco más esperando con ametralladoras. Lo conocían bien, si se lo querían cargar no le iban a dar ni media oportunidad. Sabían que podía disparar con dos pistolas a la vez, él era El Cowboy, todavía lo debían seguir llamando así. Hay que limpiar al Cowboy, debían haber dicho. El muy mierda nos cagó y lo vendió al gordo. Eso también. Pero esta vez tiene una sola. La otra la perdió al caer. Seguro que Ugarte se la había guardado como trofeo. No le iba a servir de nada, ni siquiera iba a llegar a usarla. El gordo desde adentro lo iba a hacer cagar a él también. El gordo seguía mandando.

***

Pablo vuelve a tocar. El sonido de la chicharra eléctrica llega claro hasta la vereda.

***

Tocá tranquilo que ya te abro, piensa desde el suelo. Pero no. Ese pibe parado ahí afuera es un boludo. Nadie que quisiera matarlo iba a estar tocando el timbre y esperando a que abriera. Un golpe de suerte. Veinte, treinta mangos que le caían del cielo. Abrir la puerta y mostrar el fierro un minuto.

***

Por la esquina dobla un Fiat blanco con los vidrios polarizados. Adentro de la casa prenden una luz y se escucha un grito de ¡ya va! Pablo se arregla el saco. Un hombre despeinado y con un cigarrillo en la boca se acerca a la reja apuntando con un manojo de llaves. Le sonríe. Mientras chillan las bisagras Pablo extiende la mano para saludarlo. A sus espaldas escucha frenar un auto. Siente el ruido de las puertas y las pisadas apuradas. El hombre que lo está recibiendo se va para atrás, grita algo con la cara desencajada y empieza a disparar.

 

 

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