La tregua Ibarborou

Miguel Ángel Silva

 

 

 

I

Verde, amarillo, verde, amarillo, verde, amarillo, verde, amarillo, verde, amarillo, verde…Luego de eso, vino el desmayo.

Las franjas de color de la toalla, colgada del barral, habían desfilado ante mis ojos segundos antes de que me precipitara sobre el piso del baño. Permanecí un breve lapso de tiempo inconsciente sobre las baldosas blancas. Nadie se percató de este suceso. Hace tiempo que vivo solo y las pocas personas que me conocen están lejos de suponer que yo padezco este tipo de trastorno. Hasta donde me fue posible lo he ocultado como una afección vergonzosa. Digo hasta donde me fue posible, porque existe una persona que estuvo al tanto de este peculiar acontecimiento. Pero no quiero adelantarme a los hechos sin antes mencionar cómo fue que conocí a Melisa —de ella se trata—y de qué manera desapareció de mi vida en forma inesperada.

Hacía dos meses que me había mudado a la casa en donde aún sigo viviendo. Los vecinos, los pocos vecinos que residen en la cuadra, me parecían tan lejanos e impersonales como los cuadros que había encontrado colgados en las paredes del living y del dormitorio. Había firmado el contrato de alquiler sin inspeccionar la vivienda ni por dentro ni por fuera. En la inmobiliaria solo me habían ofrecido un par de fotos, algo desenfocadas, que habían sido tomadas desde la calle y desde una esquina. Me había parecido agradable —paredes de ladrillo y tejas francesas esmaltadas de azul— y obvié la visita que, dicho sea de paso, nunca me la habían propuesto. Parecerán muy extrañas estas actitudes —tanto de un lado como del otro—, pero su ubicación era excelente para mis propósitos y por esa zona era la única vivienda que estaba en alquiler. Lo cierto es que cuando llegué para mudarme —esta vez sí con un empleado de la inmobiliaria— y abrí la puerta me encontré en medio del salón de Artús.

La luz tamizada que penetra por las opacas ventanas da animación y vida a todos los cuadros y grabados con que están adornadas las paredes. Los ciervos, con sus cornamentas monstruosas y otros animales fantásticos, te miran con ojos brillantes, aunque tú apenas los puedas distinguir, y conforme se va acentuando la oscuridad, tanto más siniestra te resultará la mesa de mármol que se halla en el centro.

Así describe Ernesto Hoffmann, en su cuento “El salón de Artús”, el decorado de una sala en Danzig, Alemania. No fue del todo cierto lo que encontré en la casa de Albo y Cernadas —no había ningún animal fantástico disecado—, pero sí es cierto que me encontré con una inconcebible mesada de mármol —que no estaba precisamente en la cocina— y muchos cuadros alineados simétricamente por todas las paredes. Creo que el agente inmobiliario tampoco esperaba encontrarse con dichos objetos tan poco usuales. Carraspeó un par de veces y yo lo tranquilicé demostrando una genuina felicidad por lo que estaba viendo. Traigo a colación lo de Hoffmann porque me considero un gran admirador de su obra en particular y del romanticismo alemán en general. De hecho, la tesis que presenté, un par de años atrás para graduarme en la Universidad, la llamé: “El Sturm und Drang y su influencia en la literatura latinoamericana”. Sturm und Drang. Tempestad y empuje; el movimiento romántico que sacudió la escena artística alemana, allá por la segunda mitad del siglo XVIII. Podría asegurar que eso es lo que siento en los desmayos que me asaltan de vez en cuando. Una visión huracanada de la realidad y una posterior caída hacia un abismo infinito, como si realmente alguien me empujara hacia el vacío.

A la casa, con sus cuadros algo decolorados y un par de grabados de dudoso gusto que nunca tuve intención de descolgar, me adapté fácilmente. A sus alrededores, no. Por ese motivo evitaba las salidas innecesarias y el contacto con los vecinos, excepto, claro está, con Melisa.

Melisa apareció una tarde-noche de primavera, en ese lapso de tiempo en que la superficie de las cosas está iluminada por un fulgor irreal. No es de día, tampoco es de noche, es la hora más ambigua —junto al alba— en que el tiempo parece dudar si seguir o detenerse. Si bien los atardeceres están tiznados de naranja, a la hora en que Melisa golpeó la puerta de mi casa, la vi cubierta por una luminosidad cenicienta. Su pelo chorreaba, su campera de jean estaba azul de agua y las carpetas y libros que traía bajo el brazo parecían rescatados de un naufragio. Esto era lo único que parecía querer proteger contra su pecho. Cuando quedamos frente a frente su cara se relajó de una manera increíble. “Me agarró la lluvia a dos cuadras de mi casa, no tengo paraguas y creo que perdí las llaves”, me descerrajó de golpe como una hilera de contratiempos. La dejé pasar y, con la vista clavada en el suelo, entró y se quedó parada como una estatua a unos pocos pasos del lado de adentro. Aferraba las carpetas con tanta fuerza que parecía temblar. De hecho, creo que sí lo hacía, de frío.

—Vení, pasá, te traigo una toalla para que te seques.

—Vivo acá cerca… a una cuadra —me informó elevando la voz a medida que me alejaba de ella. Un dato que encerraba el por qué había venido hasta mi puerta y por qué, de alguna manera, nada tenía que temer; vivíamos muy cerca el uno del otro.

Al volver le ofrecí la toalla y empezó a secar las tapas de las carpetas con urgencia. No parecía importarle otra cosa.

—Gracias, me llamo Melisa.

—Hola, te vi un par de veces caminando por la calle.

—Sí, sí, yo también te vi un par de veces —se sonrió—. Esta casa estuvo mucho tiempo vacía. Suerte que ahora estás vos, sino, no sé qué hubiera hecho.

—¿Y los demás?, debés conocer a alguien por acá —le pregunté sospechando que era tan reacia al intercambio social como yo.

—¿Qué? No, no, la verdad es que no me doy con nadie. En realidad no sé cómo me animé a molestarte.

—No es nada, con esta lluvia, yo hubiera hecho lo mismo.

Me miró con unos ojos enormes pero no emitió sonido alguno, apoyó las carpetas sobre la mesa de mármol —las manos todavía le temblaban— y, ahora sí, se empezó a refregar el pelo oscurecido por el agua. Fui hasta la ventana, me parecía estúpido estar mirando cómo intentaba ponerse presentable. Corrí la cortina de paño y miré hacia la calle. Seguía lloviendo, aunque un poco menos.

—Justo me agarró el chaparrón cuando venía caminando. Lo que no sé es cómo voy a entrar a mi casa.

—¿Vivís sola?

Titubeó un poco antes de responder, pero luego se repuso y me contestó con voz firme y segura.

—Sí, desde hace un año.

—Esperemos que pare un poco y te acompaño a ver qué podemos hacer.

—Seguro me olvidé las llaves en la casa de Verónica, o de Damián. No es la primera vez que me pasa.

No le pregunté quiénes eran aquellas personas que había nombrado, pero pareció como si al enunciarlas le hubiesen brindado un escudo protector; tampoco le pregunté qué había hecho esas otras veces, solo me enfoqué en las tapas de los libros que había dejado sobre la mesa. Me sorprendí al ver unos textos algo anacrónicos en alguien que no debería superar los treinta años, pero también me pareció absurdo pensar una cosa así. Yo mismo estaba releyendo el Werther de Goethe e iba y venía a los versos de Byron y Novalis, según mis estados de ánimo.

No creo que haga falta explicar cómo pude abrir la puerta de su casa, simplemente quise contar este acontecimiento porque así fue la primera vez que intercambié unas palabras con Melisa y cómo, de una manera fortuita, entró en mi casa y adiviné su gusto por la Ilustración Francesa. Una mente racionalista, me dije en ese momento. En vez de alejarme de ella tuve deseos de acercarme. No sé qué actuó como piedra magnética, pero empezamos a frecuentarnos dos y hasta tres veces por semana, atraídos por la literatura y la filosofía.

Con tazas de café de por medio, ella se erigía sobre los pilares de la razón que yo trataba de derribarlas con la fuerza de la emoción. Varias veces había sido tal la vehemencia con que encarábamos nuestras discusiones, que a ella se le ponía la cara roja y a mí se me nublaba la vista. Si para ella el neoclasicismo había llegado para poner un poco de orden al caos de supersticiones y creencias místicas en el que había caído la civilización, a mí, por el contrario, me parecía un período arrogante y soberbio, destinado a desacreditar la fuerza arrolladora de la fantasía en pos de un conocimiento científico que todo lo analizaba, lo explicaba y, después de vaciarle toda la magia, dejaba sus despojos sumidos en la más aséptica de las realidades. Todo giraba en torno a fundamentos, principios, postulados, evidencias, testimonios…”El mármol insensible, gloria de los griegos, sepultando la madera viva de los mitos celtas”, grité con furia un día que me sentía invencible en cuanto a mis razonamientos.

Una tarde de lunes hablamos sobre la inspiración.

—No creo en el genio inspirador —me había reprochado—. Esa exaltación arrebatada que parece bendecir solo a los elegidos. Creo en el talento, en el sacrificio; aquel que con sangre sudor y lágrimas descubre la frase, el color o el tono perfecto para la creación artística.

—Precisamente, si el talento, como vos decís, le habla a los sentidos, para mí el genio es más importante porque, a través de él, el artista le habla al corazón y al alma —le había argumentado con cierto énfasis.

Otro día la encontré caminando junto a una de sus amigas y evitó saludarme. Me sonreí por sus arrebatos de franqueza que no le impedían hacerme saber sus estados de ánimo. De todos modos, siempre venía a verme para seguir discutiendo.

No voy a explicitar las innumerables conversaciones que tuvimos en esas tardes impetuosas aromadas de café. Lo que sí puedo decir es que antes de llegar a un punto álgido y sin retorno decidimos parar a tiempo. Convenimos en un empate. Y la que arbitró semejante contienda fue una declaración de principios de Juana de Ibarborou,

En Prosa y Verso, un librito que apareció de una manera inexplicable entre unos viejos cuadernos de secundaria —esos hechos misteriosos que Melisa se negaba a aceptar— leí con curiosidad el prefacio que fue el que pudo zanjar nuestras diferencias o, al menos, dejar de lado esas diatribas agotadoras que podrían haber terminado de la peor manera posible. Voy a transcribirlo porque me parece importante que supieran qué fue lo que desactivó nuestros cortocircuitos y, además, porque me parece una hermosa manera de exponer un proceso creativo.

Muchas veces me ha pasado tener en la cabeza, como una obsesión, un verso, escribirlo, e inmediatamente, sin ponerme a pensar ni a buscar nada, continuar la composición como si obedeciese a un dictado misterioso, o como si un ser intangible me guiase la mano. Estos, por regla general, no requieren correcciones ni pulimento. Y casi siempre son los mejores. En el otro caso, tras ese relámpago de las estrofas iniciales, viene luego el trabajo de forja, la lucha con la magnífica riqueza de la palabra, para que ésta entregue el brillante que precisamos para que el engarce toque la perfección, para que la sustancia sea tan sutil y tan pura, que debajo suyo se vea el correr de nuestra propia sangre, fulgurar nuestra alma, y resplandecer, aunque sea con un esplendor sellado, la luz misteriosa de la vida.

A partir de ese momento decidimos dejar de discutir. Convinimos en una especie de armisticio. El genio y el talento se daban la mano. La llamamos “La Tregua Ibarborou”.

Esa misma tarde, antes de irse, me dijo con ironía.

—Ya que no te gusta el mármol, tendrías que cambiar esta mesa. ¿No es demasiado “fría e impersonal” para tu gusto?

—Bueno, es también con el que se construyen las lápidas —le contesté—. Nada más ajeno a la lógica y la razón que la visión romántica de un cementerio; ese lugar plagado de espíritus y voces del más allá.

—Nada más ajeno a la fantasía de creer que después de la muerte hay algo, al menos algo que se pueda comprobar —ironizó con desdén.

Iba a decir algo más, pero Melisa volvió, me puso la mano en la boca y me susurró.

—Acordate de “La Tregua Ibarborou”.

Le aparté la mano con brusquedad y le sonreí nervioso.

—No te conviene seguir…

—A vos no te conviene…

Cerró la puerta con cierto ímpetu. Eran las nueve de la noche, una hora después, a las diez, me desmayé por primera vez.

 

II

Luego de ese primer desmayo, me asusté. No por haber despertado tirado en medio de la cocina sino por lo que recordaba antes de caer: imágenes girando a gran velocidad, lo cual era muy extraño porque yo permanecía inmóvil. La visión de la cocina había empezado a girar ante mis ojos como un torbellino y luego fue desacelerándose de a poco (heladera, mesada, lavarropas, heladera, mesada, lavarropas, heladera…) y se detuvo en mí, como si me estuviese viendo desde afuera de mi propio cuerpo; el famoso dopplegänger de las leyendas nórdicas. Me veía parado mirándome y tratando de avanzar hacia donde me encontraba yo mismo como observador. Luego de eso, caía a un precipicio sin fondo. Eso imaginaba. El fondo, en ese primer desmayo, había sido el suelo de la cocina. Obviamente no le conté nada a Melisa, no quería preocuparla, aunque debo admitir que en los siguientes encuentros empezó a observarme con curiosidad, como si tratara de adivinar algo que yo, a pesar de examinarme en el espejo por horas, no alcanzaba a descubrir. Su mirada se hizo más detallada, más inquisidora. Hubo momentos en que, sin darme cuenta, me daba vuelta de golpe para preguntarle algo y la encontraba mirándome fijo. Se hacía la distraída y entonces bajaba la vista y seguía leyendo, escribiendo o lo que sea que estuviera haciendo en ese momento.

Así pasaron alrededor de tres semanas. Yo estaba terminando un ensayo sobra la obra de Hölderin y Melisa se preparaba para los exámenes de la Facultad. Por suerte no nos veíamos con tanta frecuencia —creo que lo había decidido ella— porque si así hubiera sido, habría visto cómo me desmoronaba sobre la mesa de mármol en un segundo e inexplicable desmayo que me produjo un corte en el mentón y una contusión en la cabeza. Lo que no dejaba de llamarme la atención era la manera en que ocurría: comenzaba con un giro enloquecido en el que veía toda la habitación dando vueltas y vueltas y vueltas hasta que se frenaba y, como si fuese una cámara de cine que yo mismo manejaba, se detenía enfrente de mí. Me veía a mí mismo parado y estático, incrédulo, tratando de levantar los brazos como un sonámbulo e ir a mi propio encuentro. Lograba verme desde una perspectiva externa y no podía hacer nada para evitarlo. Mi cara paralizada —como las bestias del salón de Artús— me miraba con ojos vidriosos, luego de eso, venía la pérdida del conocimiento, el corte de energía, el apagón y la caída.

Decidí ir al médico. Al principio estuve algo reacio a hacerlo. No sabía cómo explicar lo que me estaba sucediendo, pero Melisa, indirectamente, inclinó la balanza para el lado de la ciencia médica. Digo indirectamente porque un día, luego de varios días sin vernos, golpeó la puerta de mi casa. Cuando la abrí me miró de arriba a abajo y me rodeó con sus brazos delgados. Me abrazó con fuerza y se largó a llorar. Luego me soltó de golpe, como arrepintiéndose y, atropellando unas palabras con otras, me dijo que la perdonara pero no lo había podido evitar, que al verme “así” no pudo reprimirse y fue tal la angustia que la invadió que la única manera que tuvo para exteriorizarla había sido ésa: sujetarme como si estuviera condenado y llorar como una Magdalena. Por eso decidí ir al médico. Melisa había intuido que algo no andaba bien. Mi aspecto —tal vez mi cara, quizás mis ojos— parecían delatarme.

Los estudios clínicos no encontraron nada anormal. Presión, azúcares, lípidos, colesterol, pulso, todo estaba dentro de los parámetros normales en una persona de treinta y seis años.

Pasó un mes y los resultados de los electroencefalogramas y alguna que otra radiografía y tomografía que me habían recetado volvieron a darme buenas noticias. No había nada que me indicase que iba a morirme pronto. Me aconsejaron un psiquiatra —que descarté por completo— y unas dosis de tranquilizantes que compré por puro acto reflejo y luego tiré en el cesto de basura.

Seguí con mi vida. De hecho los desmayos no eran tan frecuentes. Como ella había dejado de venir a conversar conmigo, salvo un par de extrañas visitas que me habían desconcertado un poco, me tomé el atrevimiento de organizar una cena e invitarla como en los viejos tiempos. Realicé los preparativos por mi cuenta y me puse a acondicionar la casa. Nada radical, simplemente eliminar el polvo acumulado en los cuadros, ordenar las ropas y los libros desparramados, esparcir un poco de perfume en los sillones y pensar en qué iba a consistir la cena. El momento llegó de una manera asombrosa.

Como dos almas solitarias, la noche de un sábado nos encontró comiendo empanadas y bebiendo un vino tinto que me costó lo que había podido obtener con la venta de uno de los cuadros que había encontrado en la casa. No fue mucho, pero me sentía feliz de haberme aprovechado de ello. Ninguno de los dos era afín a los clichés de una velada romántica. Su racionalismo estaba a años luz de las fantasías alucinadas de una Madame Bovary y yo de romántico tenía solo el gusto por la estética oscura que aparecía en las páginas de mis lecturas. Pero algo ocurrió esa noche. Es algo digno de destacar porque en su momento no lo había podido comprender en su real dimensión. Cuando ocurrió aquel encuentro, después de tanto tiempo sin habernos visto, me llamó la atención el desprecio que tuvimos por la palabra, por la cercanía e incluso por la riqueza de nuestras discusiones; simplemente practicamos unos movimientos totalmente automáticos, un ritual sin ningún tipo de afectación emocional o de interés. Esa noche le insistí en que se quedase a dormir y ella, lejos de oponerse, accedió de una manera pasiva y distante. A partir de eso todo se volvió confuso. Después de la invitación y sin decirnos nada nos levantamos de la mesa y fuimos caminando hacia el dormitorio. Quedamos enfrentados con la cama a un costado como si ella misma nos estuviera ofreciendo una perversa incitación. Nos fuimos acercando a tientas, con recelo. Su figura de pie era una incógnita, un conjunto de nubes de tormenta que cambiaban de forma continua. Me fui aproximando hacia ella. Temblaba con una luz interior. Levanté los brazos para abrazarla y, acto seguido, sucedió lo impredecible: se desconectó mi energía y me desmayé.

Cuando desperté me encontré tirado en la cama, boca abajo y envuelto en una penumbra llena de malos presagios. Me fui incorporando de a poco, estiré el brazo a lo largo de las sábanas buscando algo que no sabía qué era. Me sentía confundido y desorientado con respecto al tiempo y el espacio. Siempre me ocurre no darme cuenta en qué lugar me encuentro cuando recobro el conocimiento y cómo llego hasta ése lugar. Sabía que algo tenía que localizar; algo o alguien. Hasta que con la punta de los dedos lo hice: me topé con una textura elástica y fría. Recién en ese momento supe que era Melisa. Me levanté espantado y empecé a recordar la visión fugaz que había desfilado ante mis ojos antes de desmayarme.

En cada giro alrededor de mí mismo —esta vez yo era el centro de atracción y no el dormitorio— aparecía una escena escalofriante. Mi cabeza, no encuentro otra manera de explicarlo, parecía haber flotado alrededor de la habitación enfocándose en mí y en Melisa que estaba al lado mío. Vi que mis brazos se levantaban formando un ángulo recto con la alfombra y mis manos se apoyaban sobre su cuello. Ella aparentaba aceptarlo con resignación, o al menos eso me parecía porque no trataba de zafarse de mi presión. Mis manos se cerraban más y más sobre su garganta hasta que con horror vi como la levanté en el aire y la arrojé sobre la cama. Ahogué un grito de negación al recordarme a mí mismo cometiendo tamaña atrocidad.

Rodeé la cama todavía algo embotado, me arrodillé enfrente a ella y le aparté el pelo desmañado de la cara. A pesar de la oscuridad, sus pupilas parecían iluminarme con un aire cristalizado, quebradizo, sin vida. Me levanté de golpe y corrí hasta el living sin saber qué hacer. Empecé a juntar sus cosas en un estado total de desesperación, como si quisiese borrar cualquier huella de su presencia. En el intento por guardar sus papeles y carpetas en la mochila, que siempre traía colgada de su brazo, cayó un sobre. Lo levanté y quedé paralizado, estaba dirigido a mí. Lo desgarré, lo desplegué, lo leí y quedé helado, casi como la había sentido al tocarla hacía unos momentos. La carta decía lo siguiente:

Ezequiel, creo que ha llegado el momento de dejar de vernos. Perdoname que no me haya animado a decírtelo en persona cuando estuve en el umbral de tu casa y solamente me haya salido un llanto estúpido que todavía me avergüenza. Esta carta es producto de esa vergüenza, de no poder enfrentarte. La escribí por si acaso. Bueno, algún día la leerás y espero que sea pronto. Has cambiado mucho desde que te conocí. Tu obsesión por mis tiempos y por tratar de cambiar mis creencias no hizo más que nublarte la vista y creo que será mejor que cada uno siga por su lado. Por mi parte decidí mudarme a la casa de Verónica, aunque no sé si hago bien en hacerlo. No quiero que te sientas abandonado al contártelo y que eso precipitara las cosas, no sé si entendés a qué me refiero. Aunque sí tendrás presente lo que ocurrió esa noche. No fue una buena idea haber llegado hasta ese extremo. Si bien habíamos decidido que nuestras discusiones terminaran en un empate salomónico, creo que de ahí en más las cosas empeoraron. A partir de esa tregua ya no había motivos para hablar de nada, solo de discursos cada vez más vacíos. Percibía que cada vez te ponías más violento y opresivo. Al no exponer más nuestras diferencias quedamos a merced de sugerencias, y en esto me incluyo, incómodas. Las palabras se convirtieron en conductas. No sé por qué te digo todo esto y no me fui sin más, pero es que me agradaba tu compañía y creí que lo nuestro podría haber sido el germen de una linda amistad. Vos pretendías otra cosa y creo que es bueno que sepas que yo lo sabía. No hacía falta que me lo demostraras explícitamente, lo percibía en tus ojos. No digo que me podrías haber hecho daño al rechazarte pero nos equivocamos los dos al seguir como si todo estuviera controlado. Había mucha tensión y empecé a sentir un poco de miedo. Vos no vas a cambiar, yo tampoco y, en el medio, se estaba formando una grieta que hubiera devorado a alguno de los dos. No quería que fuera yo la que cayese por ella; puro instinto de supervivencia. No puedo manejarme en la vida sin evaluar todas las cosas, sin razonarlas, sin verle la lógica. No veía en nuestra relación más que una compañía que siempre parecía a punto de estallar. Tus enfoques al principio me resultaban curiosos, luego, creo, se me presentaron como una advertencia. No es bueno vivir en un mundo que se mueve solo por el instinto. No conmigo. Te deseo lo mejor y cuidate.

Melisa

Cuando dejé de leer la carta me dieron náuseas. Corrí al baño y me abalancé sobre el inodoro sin resultado alguno. ¿A qué clase de sugerencias se refería? ¿A qué conductas? Estaba desconcertado. No podía creer que ella hubiera estado asustada de mí, pero, ¿podría haber sido verdad lo que vi antes de desmayarme? ¿Había enloquecido y la estrangulé en mi propio dormitorio y sin ninguna razón? Eso explicaría su temor.

Salí del baño y corrí enloquecido hacia la habitación. Encendí la luz. Enceguecido por el resplandor no la vi por ningún lado. La busqué por todas partes. Su cuerpo no estaba allí. Nunca lo había estado. La cama estaba intacta y vacía. Recién en ese momento caí en la cuenta de que el reencuentro había sido una ilusión. Las copas de vino, las empanadas, la música, las carpetas —eran mis carpetas— los libros —eran mis libros— la mochila de lana tejida, su cuello amoratado, sus ojos vidriosos, su cuerpo frío como el marfil… Lo único real era lo que todavía sujetaba en la mano: una carta que me había escrito y que seguramente había introducido en una de mis carpetas de trabajo sin que me diese cuenta; esa misma carpeta que aún tenía en la mano pensando que era de ella, pero, ¿quién va un sábado a la noche a una cena con carpetas de la facultad?

Miré con angustia la puerta de entrada. En ese lugar la había visto abalanzarse sobre mí y llorar desconsolada porque vino a despedirse y no se había atrevido a decírmelo. Recuerdo que al día siguiente volvió algo más seria y cauta y que la había hecho pasar —no sabía que ésa iba a ser la última vez— y que fui a buscarle un vaso de agua para aclararle la voz, me dijo que le dolía la garganta. Supongo que esa habrá sido la ocasión en que deslizó la carta subrepticiamente entre mis papeles.

Pasaron más de tres meses desde este episodio que acabo de contar. No puedo reponerme a su ausencia. Sigue apareciéndome antes de cada desmayo y siempre trato de sujetarla aferrando con pasión —y algo de resentimiento — su cuello tierno y estilizado.

Quizás algún día logre expulsarla definitivamente de mi mente y pueda seguir con mi rutina. Una vida tranquila, la que vengo buscando desesperadamente desde hace mucho tiempo.

Me recuesto en el sillón y disfruto una vez más de la lectura de los “Himnos de la noche”. De fondo suena “Ondina” y la recuerdo a Melisa como si fuera la verdadera heroína de la ópera de Hoffmann; aquella representación de la razón que conocí por primera vez bajo una glacial lluvia de primavera. No, no va a ser fácil eliminarla de mis pensamientos. Preferiría no hacerlo. Al menos de esa manera, la puedo seguir viendo antes del vértigo, antes del desmayo, antes de desbarrancarme hacia el abismo.

 

III

Con el paso del tiempo, la mesa de mármol dejó paso a una de roble albar. Es el único lugar en donde me siento todas las tardes a esperarla. Los desmayos son impredecibles, así que tengo que estar preparado. Y cuando sucede sé que va a estar al lado mío para dejarse arrastrar a mi oscuridad. De esa manera no me siento tan solo.

En el centro y dentro de un cofre de caoba resguardo, del polvo y de las telarañas que empezaron a invadir todos los rincones de la casa, un mechón de su pelo. Aunque no recuerdo cómo pude conseguirlo, cada tanto lo humedezco para evocarla tal como la vi por primera vez: temblorosa y empapada con agua de lluvia.

 

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