“La poesía es el arte de vivir por encima de la hipocresía”, entrevista a Fernando Morote

Adriana Santa Cruz

 

 

Fernando Morote es un escritor peruano, cuyo primer libro fue Poesía Metal-Mecánica, “un conjunto de sentencias cínicas”, según el propio autor. También escribió dos novelas Los quehaceres de un zángano y Polvos ilegales, agarres malditos; y los libros de relatos Brindis, bromas y bramidos, La cocina del Infierno y Melodías en la orquídea. Fernando, además, fue ganador del II Premio Internacional Sexto Continente de Relato Erótico (2010) y finalista del VII Premio Internacional Vivendia-Villiers de Relato (2012). Asimismo, colabora con el periódico Irreverentes de Madrid donde publica cuentos y escribe artículos culturales.

Ediciones Erradícame reeditó su libro de poemas, en cuyo prólogo Eduardo Rada nos adelanta “el velorio de la poesía y también su renacimiento”. Para conocer un poco más acerca de este libro y de su relación con el dadaísmo, entrevistamos a Fernando.

 

Las vanguardias surgieron en un contexto especial, ¿qué similitudes encuentras con la época en la que compusiste tus poemas?

A mediados de los años 80, el Perú era un país social, económica y moralmente devastado. El terrorismo, la hiperinflación y el desgobierno habían sembrado una sensación generalizada de desamparo, desesperanza y escepticismo. En ese tiempo, además, en lo personal vivía atravesado por un consumo despiadado de drogas que me llevó a perder por completo el rumbo que ya venía desviándose mucho antes. En ese trance, no recuerdo bajo qué circunstancias, tomé contacto con la obra que desarrollaron los dadaístas a inicios del siglo XX. Descubrí que el ambiente en que ellos se desenvolvieron en Europa después de la Primera Guerra Mundial era muy similar al panorama que me rodeaba. Entonces, el absurdo cobró sentido. Y Poesía Metal-Mecánica surgió como respuesta a la observación de esa realidad. Hay en esos textos breves, que no son poemas, sino más bien un conjunto de sentencias cínicas, una intención de derribarlo todo, pero no con el ánimo de corromper sino de reconstruir o, en todo caso, de replantearlo sobre bases menos tradicionales.

 

¿Qué recursos vanguardistas influyeron más en tu escritura, en especial del dadaísmo?

Lo que más me inspiró de los dadaístas fue su actitud iconoclasta e inteligente frente a la vida. La libertad con que componían y exponían sus trabajos era un resultado directo de ella. Comprendí que las reglas deben desafiarse. La experimentación es imprescindible para refrescar el espíritu. Los moldes convencionales deben ser sometidos a la creatividad. La función es más importante que la forma. El efecto que produce un texto en el lector tiene más relevancia que la forma como se escribe ese texto, aunque no se puede negar que, de la forma como se escribe el texto, depende el efecto que causará en el lector.

 

Se nota en tu libro una metapoesía, una poesía que se define a sí misma, ¿cómo defines la poesía a partir de tu propia creación?

La poesía está presente prácticamente en cada actividad humana. Lo triste es que suele asociarse sólo a ciertos temas, a ciertas palabras, a ciertas formas. Debido a esa limitada visión de la vida, es fácil caer en el fango de lo monótono, de lo vacío, de lo aburrido. Pienso que la poesía es el arte de vivir por encima de la hipocresía.

 

¿Qué relación existe entre el humor y la ironía, y la desacralización de ciertos temas como el amor o el arte y la aparición de otros más prosaicos?

No considero que en literatura haya temas sacros. En todo caso no debería haberlos. Poesía Metal-Mecánica, precisamente, trata de rebatir esa abominable tendencia. El humor es el recurso más eficaz para hablar en serio sobre asuntos que merecen atención de alta prioridad; la solemnidad, la pomposidad, la rigidez desvirtúan la esencia de las cosas. La ironía es el vehículo que echa a andar esa maquinaria.

 

Dice Fernando acerca del amor: “El amor produce los mismos efectos / que el alcohol; / vuelve estúpidos a los que no tienen cabeza”; y acerca de la poesía: “¡Ah, la poesía! / Detesto la solemnidad de la poesía.  / Los poetas no son artistas. / Los poetas son unos infelices”.

 

En esa desacralización del arte, ¿qué papel juegan los clásicos de la poesía?

Los clásicos de la poesía son los primeros en no sacralizar ningún tema. Esa es una perversión propia de algunos lectores ingenuos y de muchos críticos con ínfulas intelectuales. Los clásicos, como en cualquier disciplina artística, son el ejemplo por seguir; la fuente de aprendizaje que ofrece referencias sólidas para la construcción de la obra individual.

 

¿Cuáles son las constantes que permanecen después en tu narrativa?

Siempre cito a George Bernanos: “Si no vienes a perturbar, ¿a qué vienes?”. Esa ha sido desde el principio, y sigue siendo, la premisa que guía todo lo que escribo, no tanto en los contenidos, sino especialmente en el lenguaje y la estructura que empleo. Es persistente el deseo de buscar siempre nuevas aproximaciones a las historias que cuento. Necesito jugar con las formas para evitar el tedio. Escribir es ya de por sí un trabajo duro, por lo tanto, es preciso encontrar un grado de estímulo en el proceso.

 

En lo personal, ¿qué te llevó a afincarte en Nueva York?

El ciclo de vivir en Perú terminó cuando el negocio al que me dedicaba dejó de rendir frutos. El cambio de aire me trajo a esta ciudad que, tras un período de adaptación, me motivó a escribir La cocina del infierno, publicada en 2015.

 

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