Sad but true

Marcelo Filzmoser

 

 

 

Ni bien llegó el Cordobés me preguntó si la había visto.

No… igual hoy no creo que venga

¿Venir?

Con el quilombo que se va a armar hay que ver si le da la cara para volver— le dije.

¿Estuviste fumando antes de entrar? ¿cómo carajo hacés? No se huele nada.

—No seas forro Córdoba, ni tabaco fumé esta mañana. ¿Vos la viste?

—¿A quién? —me preguntó.

—A Luciana ¿no me preguntaste si la había visto?

El cordobés se rió a carcajadas con esa boca gigante y esos dientes de cavernícola que lo distinguían desde el primer día de clases, hacía ya tres años.

—Yo te decía la revista. ¡Salió Metallica!

Era el 93, cursábamos el tercer año de perito mercantil en esa escuela con nombre de santo, que era la continuación de una primaria manejada por monjas. Vestíamos el peor uniforme de todo el barrio, mezcla de marrones y beige, con apodo incorporado: los cacas. Metallica venía a la Argentina y los cuatro o cinco que armábamos nuestro grupo no podíamos dejar de escuchar The Black Album. También conocíamos Masters of puppets y and justice for all, pero el musicalizador que alquilaba pieza en nuestro cerebro pasaba Nothing else Matters, The Unforgiven, Wherever I May Roam y Enter Sandman, muchas más veces que el resto de las canciones.

El Cordobés vivía con su abuela y en el colegio se sentaba conmigo. Los noventa empezaban a escupir su lava y él estaba más cerca de la boca del volcán que el resto de los que íbamos a esa división. El año anterior sus padres se habían separado. Una mañana se levantó y el padre no estaba. Dos días después su mamá le confesó la separación. Con el padre se siguieron viendo durante unas semanas y la relación parecía encaminarse hasta que decidió volver a Córdoba. En Buenos Aires no conseguía trabajo, había hecho pocos amigos y no le quedaba plata ni para pagar una pieza. El lunes siguiente el Cordobés estuvo hablando todo el día sobre Villa Dolores. Temperatura ideal por el microclima, paisaje único, lindas chicas, hasta me invitó a pasar las vacaciones de verano. Cuatro o cinco meses después su madre también viajó a Córdoba. Estaba arrepentida. Le perdonaba al padre su vagancia, sus vicios y hasta aquella infidelidad que no se había podido probar, con tal de que volviera.

El Cordobés arrancó tercero con el mismo uniforme del año anterior. Le quedaba chico y estaba gastado más que nada en los codos y en las rodillas. En invierno lo completaba con un buzo negro con capucha que se sacaba antes de entrar para que no lo siguieran amonestando. Hasta ese momento ninguno de sus padres había vuelto. Junto con Carlitos y Sánchez eran los más maltratados por el resto de la división. En ese sentido, la nuestra era una escuela muy abierta, teníamos pobres, putos y gordas.

Ese lunes se había confirmado mi sospecha. Luciana andaba con el más boludo de cuarto año. Estaba buenísima. Hacía poco yo había perdido una apuesta sobre si ese sábado me la levantaba. La piba me calentó a más no poder. Con los jeans calcados sobre ese culo impecable me jugueteó toda la noche. Le compré dos tragos, bailé a su alrededor como un androide de Star Wars, se me sentó en las rodillas todas las veces que quiso y cuando la fui a besar me corrió la cara. Tanto me dolían los huevos que no pude aguantar hasta llegar a mi casa y me tuve que terminar pajeando en el baño del boliche.

Ahora se decía que estaba embarazada. Eso dejaba a la vista lo infradotado del tipo. Si bien la mayoría de nosotros éramos vírgenes, hasta ese momento no sabía de nadie que no conociera la importancia de ponerse un forro o acabar afuera a tiempo. Sin contar con el sida, que era de lo único que hablaban los profesores cuando intentaban instruirnos sobre sexo.

—Entendés lo que te digo. Una entrevista completa, seguro que hablan del recital que van a dar acá.

A mí me gustaban muchas bandas pero estaba más ocupado con los cumpleaños de quince y los boliches. Recién ese año empecé a ir a recitales. Íbamos a ver a Los Piojos al Italclub de Ramos y al año siguiente me esperaba Huracán con Los Redondos.  Mauro, así se llamaba el Cordobés, se moría por ir a ver a Metallica y esperaba de un momento a otro un milagro que le consiguiera la entrada. Mientras tanto, lidiaba con la realidad.

—Podemos ir a medias. Primero la leés vos y después me la pasás. Capaz que hablan de algún disco nuevo o de los temas que van a tocar…

—No sé, después vemos.

Miré por la ventana que daba a la otra división, justo enfrente de la nuestra cruzando el pulmón del edificio. Vi el desorden típico de todas las mañanas al entrar. El banco de Luciana estaba vacío pero no era el único.

—Se va a agotar. Por qué no la compramos hoy. Mañana te doy la mitad.

Los lunes teníamos gimnasia en el campo de deportes a donde se llegaba en colectivo después de comer un pancho o un pebete de jamón y queso.

—Traje lo justo para ir a gimnasia, mañana vemos.

Mañana era un día lejano también para mí, pero incluía la posibilidad de que Luciana volviera y desmintiese la historia del embarazo.

El Cordobés tuvo que dejar de insistir porque entró Veríssimo, el profesor de Doctrina Social de la Iglesia. Increíble ¿no? Ese era nomás su apellido. A este pobre cristiano le habían hecho afeitar la barba. Padecía de acné y con su cara llena de granos se paraba adelante nuestro como si estuviese desnudo. No me enteré hasta mucho después de que lo habían hecho porque la barba, como el pelo largo, eran rasgos subversivos que podían confundir a los alumnos.

Como con la profesora de Educación Cívica, con Veríssimo me la pasaba discutiendo. Ese lunes su presencia fue una bendición. Nadie mejor para descargarme. La madre de una novia que ya no tenía me había prestado un libro que para ese entonces seguía leyendo. Era La historia de las religiones de Ambrogio Donini. Ningún otro día hubiese sido mejor para usarlo.

—¿Por qué no nos habla de los rollos del Mar Muerto?

¿Qué pasó con los Evangelios Apócrifos que descartaron los compiladores de la Biblia?

—Habría que hablar de los evangelios de Tomás que no tiene nada que ver con el Santo que le da nombre a esta escuela.

Lo volví loco. De la mitad de las cosas que nombré apenas si sabía algo más que el título, pero así y todo Veríssimo se enrolló en explicaciones improvisadas que aburrieron a la división. Empezaron las burlas, primero entre nosotros hasta que terminaron en él. El Cordobés también se había ensañado y se lo escuchaba gritar por sobre el resto.

—No lo hagan calentar que se le van a reventar los granos.

Veríssimo se frotaba la pera lampiña obedeciendo a una costumbre que ya no tenía sentido. Aguantó hasta donde pudo y después de llamarme nazi, debido a una asociación directa que hizo entre el origen de mi apellido y mis planteos, me sacó del aula. Salí confundido frente a un curso que celebraba mis ocurrencias al grito de nazi, nazi, nazi.

Una vez afuera me senté en la escalera que subía del patio y que quedaba a cuatro pasos de la puerta de nuestra división. Luciana estaba embarazada y nadie podía asegurar que volviese a clases. Lloré hasta que sonó el timbre del recreo y me escapé al baño para lavarme la cara. Más tarde me llamaron para firmar por lo que había pasado en la clase. Ni siquiera pregunté cuántas amonestaciones eran.

Durante el tiempo que estuve afuera del aula el Cordobés me robó la plata que tenía en la cartuchera para ir a gimnasia. Me di cuenta al salir. Volví caminando a casa con la cabeza a todo volumen I´m your eyes when you must steal  I´m your paint when you can´t feel  You know it´s sad but true.

Al llegar dije que no habíamos tenido clase porque el profesor estaba enfermo. Subí a mi pieza. Las suelas de las zapatillas chillaron un par de veces sobre los escalones de granito que mi mamá había lustrado esa mañana. Pasé por al lado del equipo de música, lo miré pero seguí de largo sin encenderlo y me tiré en la cama.

 

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