El piso

María Staudenmann

 

 

Creo que ahí vivía una amiga de mi abuela, pero no estoy segura. Sí estoy segura, no obstante, de que el piso quedaba en la zona residencial más paqueta de Caballito; en Centenera y Pedro Goyena, me atrevería a decir.

Lo raro es que ningún miembro de mi familia pudo precisar de qué amiga y de qué piso se trataba, y eso que describí y pregunté hasta el hartazgo.

En algún momento llegué a pensar que lo inventé.

Sé que yo tenía entre 4 y 6 años. Lo sé por lo interminable de los corredores y las puertas, que llegaban hasta el cielo. Recuerdo los íntimos claros de luz en los rincones, la solemnidad de iglesia, la discreción del sonido, el silencio que era pecado romper. Y la soledad. Una soledad pulcra. Una soledad con olor a apresto, a cera de parquet, a mármol inmaculado, a juego de té de plata. Una soledad enojada como un chico en penitencia que se muere por salir a jugar.

Alguien me llevó, probablemente mi abuela. Y alguien hizo la vista gorda cuando me escabullí del salón y me interné en aquel piso insondable como el universo.

Pronto me perdí. Era lo que quería.

Me recuerdo de pie frente a uno de los pasillos, maravillada y despavorida. Las cucharitas tintineando en los pocillos ya no se oían casi; tampoco la cháchara educada e hipócrita de las señoras sentadas en el salón ni el suave bamboleo de sus collares de perlas auténticas.

Me saqué las sandalias de charol y deseé que mi mamá no me hubiera almidonado el vestido. Quería estar cómoda. Quería besar, tocar, refregarme contra todo lo que allí había para que algo de eso se me metiera en el cuerpo. Quería que ese lugar fuera mío, o más bien, yo quería ser de ese lugar. Me fascinaba. Me sometía. Me esclavizaba con sus medias luces, sus fulgores, sus sombras. Y con esa tristeza inmensamente digna, una tristeza como las de las reinas tristes que reinan sin amante ni marido.

Corrí por los pasillos con desenfreno, resbalándome, perdiendo el equilibrio, dejándome caer. Cada caída era júbilo de astillas en mis zoquetes de hilo y manchas de cera fresca en mi vestido celeste.

Asalté sillones solitarios, algunas veces hundiéndome en los tapizados de niñas, pájaros y cántaros, otras sentándome muy erguida, imitando a las damas que tomaban el té en otra dimensión.

Saqueé un perchero de madera torneada abarrotado de sombreros de señora; con plumas, con moños, con encajes, con tules, con hojas artificiales. Me los probé uno a uno frente a un gran espejo ovalado y algo nublado por los años. Bailé y ensayé poses de actriz de cine mudo, tirando besos al aire, guiñando un ojo, levantando una ceja sugerente. El ramito de jazmines que mi mamá me había prendido sobre el corazón empezaba a desprender la dulzura añeja de lo marchito. Desprendí el ramito y lo tiré al piso.

Al doblar por uno de los pasillos, vi la figura de una nena de mi edad salir por una puerta lateral. Tenía un vestido blanco con pechera bordada en rosa pálido y un sombrerito haciendo juego. Empujaba un carrito de bebé y, al verme, arropó al niño con codicia y desapareció por otra puerta. A la distancia oí un llanto diminuto.

Olvidé que me hubiera gustado jugar un rato con esa nena y seguí saltando por el parquet reluciente como una liebre desatada. Todas las puertas, sin excepción, estaban cerradas. De a poco descubrí un patrón, un capricho arquitectónico en el laberinto: a un lado y al otro de los corredores, cada dos puertas, había nichos que robaban espacio a las habitaciones invisibles para crear pequeños ambientes íntimos como la sangre, singulares como las curvas de una huella dactilar, y absolutamente completos en sí mismos. En esos nichos, cada uno distinto de los otros, vi todas las cosas del mundo.

Vi vitrinas de madera lustrosa que exhibían toda clase de objetos: estatuillas de porcelana de Dresden, ánforas de plata esculpida, figuras de bronce, vajilla china bañada en oro, portavelas de hierro con dragones petrificados en su furia, muñecas victorianas de fijos ojos azules.

Vi un juego de ajedrez tallado en piedra sobre un damero de mármol blanco y negro. Las piezas negras eran demonios; las blancas, ángeles. El rey negro yacía muerto a un costado sin haberse jugado la partida.

Vi una biblioteca con volúmenes más viejos que el mundo; signos lingüísticos de idiomas extintos, imágenes de hombres y mujeres copulando de los modos más insólitos, y hasta una antigua colección de Las mil y una noches escrita en una lengua extraña.

Vi retratos de personas de aspecto aristocrático, vestidos ridículos y mirada granítica.

Vi un naipe boca arriba tirado en medio de uno de los pasillos. Era el as de copas.

Un resplandor anaranjado me guió hacia una ínfima capilla iluminada con velas, dominada por una imagen gigantesca de San Jorge, El Terror de los Demonios, montado en su corcel blanco. De rodillas frente al altar, la espalda penitente de una mujer con tacos altos rezaba lo que intuí era una Novena. Deslizándose entre sus dedos, las cuentas de su rosario de nácar y los delicados golpes que se infligía en el pecho apenas hacían crujir el jabot de su blusa.

Cuanto más me adentraba en las profundidades del piso, más frenética y más eufórica me sentía, una alegría tóxica que rayaba la locura. Rodé por el suelo riendo a los gritos, me restregué contra las paredes besando el empapelado beige, lloré de dicha sobre los pétalos amarillos desparramados junto a un jarrón de rosas.

En una de las innumerables salitas, me saqué la bombacha y me entregué a las redondeces macizas de un sillón. Primero la perplejidad, después el asombro, por último la asfixia del placer, desencadenada por algo que no entendía, que no entendería hasta mucho tiempo después, con vergüenza e indulgencia a partes iguales.

Aquello fue felicidad. Aquello fue libertad. Dos utopías que, hechas realidad, siempre desconciertan y a veces asustan.

Creo que me quedé dormida abrazada a una pata de aquel sillón, exhausta, hecha un guiñapo. Alguien habrá cargado en brazos a esa niña posesa y la habrá llevado a casa. Alguien la habrá hecho mujer. Alguien la habrá hecho añicos.

 

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