La balada de la cárcel de Reading

Oscar Wilde

 

 

In memoriam
C. T. W.*
Antiguo soldado de la Guardia Real a Caballo, murió en la cárcel de Su
Majestad de Reading, Berkshire, el 7 de Julio de 1896.
por C.33**
* Charles Thomas Wooldridge
** Oscar Wilde

 

 

I
YA no vestía su casaca escarlata,
porque rojos son la sangre y el vino
y sangre y vino había en sus manos
cuando lo sorprendieron con la muerta,
la pobre muerta a la que había amado
y a la que asesinó en su lecho.

Entre los reos caminaba
con un mísero uniforme gris
y una gorrilla en la cabeza;
parecía andar ligero y alegre,
pero nunca vi a un hombre que mirara
con tanta avidez la luz del día.

Nunca vi a un hombre que mirara
con ojos tan ávidos
ese pequeño toldo azul
al que los presos llaman cielo
y cada nube que pasaba
con sus velas de plata.

Yo, con otras almas en pena,
caminaba en otro corro
y me preguntaba si aquel hombre habría hecho
algo grande o algo pequeño,
cuando una voz susurró a mis espaldas:
«¡A ese tipo lo van a colgar!»

¡Santo Cristo!, hasta los muros de la cárcel
de pronto parecieron vacilar
y el cielo sobre mi cabeza se convirtió
en un casco de acero ardiente;
y, aunque yo también era un alma en pena,
mi pena no podía sentirla.

Sólo sabía qué idea obsesiva
apresuraba su paso, y por qué
miraba al día deslumbrante
con tan ávidos ojos;
aquel hombre había matado lo que amaba,
y por eso debía morir.

♦ ♦ ♦

Aunque todos los hombres matan lo que aman,
que lo oiga todo el mundo;
unos lo hacen con una mirada amarga,
otros con una palabra zalamera;
el cobarde lo hace con un beso,
¡el valiente con una espada!

Unos matan su amor cuando son jóvenes,
y otros cuando son viejos;
unos lo ahogan con manos de lujuria,
otros con manos de oro;
el más piadoso usa un cuchillo,
pues así el muerto se enfría antes.

Unos aman muy poco, otros demasiado,
algunos venden, y otros compran;
unos dan muerte con muchas lágrimas
y otros sin un suspiro:
pero aunque todos los hombres matan lo que aman,
no todos deben morir por ello.

No todo hombre muere de muerte infamante
en un día de negra vergüenza,
ni le echan un dogal al cuello,
ni una mortaja sobre el rostro,
ni cae con los pies por delante,
a través del suelo, en el vacío.

No todo hombre convive con hombres callados
que lo vigilan noche y día,
que lo vigilan cuando intenta llorar
y cuando intenta rezar,
que lo vigilan por miedo a que él mismo robe
su presa a la prisión.

No todo hombre despierta al alba y ve
aterradoras figuras en su celda,
al trémulo capellán con ornamentos blancos,
al alguacil sombríamente rígido,
y al director, de negro brillante,
con el rostro amarillo de la sentencia.

No todo hombre se levanta con lastimera prisa
para vestir sus ropas de condenado
mientras algún doctor de zafia lengua disfruta
y anota cada nueva crispación nerviosa,
manoseando un reloj cuyo débil tictac
suena lo mismo que horribles martillazos.

No todo hombre siente esa asquerosa sed
que le reseca a uno la garganta antes
de que el verdugo, con sus guantes de faena,
franquee la puerta acolchada
y le ate con tres correas de cuero
para que la garganta no vuelva a sentir sed.

No todo hombre inclina la cabeza
para escuchar el oficio de difuntos
ni, mientras la angustia de su alma
le dice que no está muerto,
pasa junto a su propio ataúd
camino del atroz tinglado.

No todo hombre mira hacia lo alto
a través de un tejadillo de cristal,
ni reza con labios de barro
para que cese su agonía,
ni siente en su mejilla estremecida
el beso de Caifás.

 

II
DURANTE seis semanas el guardia de corps
recorrió el patio
con su mísero uniforme gris;
llevaba en la cabeza su gorrilla
y parecía andar ligero y alegre,
pero nunca vi a un hombre que mirara
con tanta avidez la luz del día.

Nunca vi a un hombre que mirara
con ojos tan ávidos
ese pequeño toldo azul
al que los presos llaman cielo,
y cada nube vagabunda que arrastraba
sus enmarañados vellones.

No retorcía sus manos, como hacen
esos insensatos que pretenden
criar a la raptada esperanza
en la cueva de la negra desesperación;
él sólo miraba hacia el sol
y bebía el aire matinal.

No retorcía sus manos ni lloraba,
ni miraba de refilón, ni languidecía,
sino que bebía el aire como si creyera
que contenía algún calmante saludable;
¡bebía el sol a bocanadas
como si creyera que era vino!

Y yo y todas las almas en pena
que andábamos en el otro corro
olvidábamos si había hecho
algo grande o algo pequeño
y observábamos con triste mirada de asombro
al hombre que iban a colgar.

Pues era extraño verlo cruzar
con un paso tan ágil y alegre,
y era extraño verlo mirar
con tanta avidez la luz del día,
y era extraño pensar que él
tuviera tal deuda por pagar.

♦ ♦ ♦

Pues el roble y el olmo tienen hojas amables
que brotan en la primavera,
pero es macabro de ver el árbol de la horca
con su raíz mordida por la víbora
y, verde o seco, un hombre ha de morir
para que ese árbol dé su fruto.

Lo más elevado es esa sede de gracia
hacia la que tiende todo lo terrenal,
pero ¿quién querría estar con corbata de cáñamo
en lo alto de un patíbulo
y a través de un dogal de asesino
echar su última mirada al cielo?

Dulce es bailar al son de los violines
cuando el amor y la vida son hermosos;
bailar al son de flautas y laúdes
es delicado y exquisito,
¡pero no es agradable bailar en el aire
con ágiles pies!

Así, con ojos curiosos y enloquecedoras conjeturas,
lo observábamos día tras día
y cada uno de nosotros se preguntaba
si no acabaría de la misma manera,
pues nadie puede decir en qué rojo infierno
puede extraviarse su alma ciega.

Por fin el muerto dejó de pasear
entre los reos
y comprendí que estaba en la terrible
celda del banquillo negro
y que nunca volvería a ver su rostro
ni para bien ni para mal.

Como dos barcos condenados que se cruzan
en la tempestad, nuestros caminos se cruzaron,
pero ni hicimos señales, ni dijimos palabra,
nada teníamos que decir;
pues no fue nuestro encuentro en la noche sagrada,
sino en el día ignominioso.

A ambos nos rodeaba el muro de una cárcel,
los dos éramos proscritos;
el mundo nos había arrojado de su seno
y Dios de su providencia,
y el cepo de hierro que acecha al pecado
nos había hecho caer en su trampa.

 

III
EN el patio de los deudores las piedras son duras
y el rezumante muro es alto,
y allí era donde él tomaba el aire
bajo el cielo plomizo,
y a cada lado caminaba un guardián
por miedo a que aquel hombre muriese.

O, si no, se sentaba con quienes vigilaban
su angustia noche y día;
con quienes le vigilaban al levantarse a llorar
y al recogerse para rezar;
con quienes le vigilaban por temor a que él mismo
robara su presa al patíbulo.

El director aplicaba
el reglamento rigurosamente:
el doctor decía que la muerte
era sólo un hecho científico;
y dos veces al día le visitaba el capellán
y le dejaba un folleto.

Y dos veces al día se fumaba una pipa
y se bebía una jarra de cerveza;
su alma estaba resuelta y no tenía
resquicios para el miedo;
solía decir que le alegraba
que el día del verdugo estuviera próximo.

Pero por qué decía algo tan raro
ningún guardián osaba preguntarle:
pues a quien un destino de guardián
le es dado por tarea,
debe poner un cerrojo en sus labios
y convertir su rostro en una máscara.

Porque, si no, podría conmoverse y tratar
de confortar y consolar,
y ¿qué haría la piedad humana
encerrada en el cubil del asesino?
¿Qué palabra de gracia en tal lugar
podría socorrer al alma de un hermano?

Cabizbajos y vacilantes en torno al patio
desfilábamos en el cortejo de los locos.
No nos importaba: sabíamos que éramos
la brigada del mismísimo diablo,
y cráneos rapados y pies de plomo
componían una alegre mascarada.

Sacábamos hebras de sogas embreadas
con dedos embotados y sangrantes;
frotábamos puertas y fregábamos suelos,
y limpiábamos los barrotes relucientes;
y, fila a fila, enjabonábamos las tablas,
y hacíamos ruido con los cubos.

Cosíamos sacos, partíamos piedras,
hacíamos girar el polvoriento taladro,
chocábamos los platos y gritábamos himnos
y sudábamos en el molino,
pero en el corazón de cada uno
se agazapaba el terror.

Tan agazapado, que cada día
pasaba como una ola cargada de algas
y olvidábamos la amarga suerte
que espera al tonto y al bribón
hasta que, una vez, al volver del trabajo,
pasamos junto a una fosa abierta.

Con su bostezo el pardo agujero
reclamaba algo vivo;
el propio barro pedía sangre
al sediento patio de asfalto,
y supimos que, antes de la belleza de otro amanecer,
un preso sería colgado.

Entramos derechos, con el alma absorta
en muerte, terror y destino;
el verdugo con su maletín
pasó por lo oscuro arrastrando los pies
y yo temblé tanteando el camino
hacia mi tumba numerada.

♦ ♦ ♦

Aquella noche las desiertas galerías
estaban pobladas por formas de espanto
y, de arriba a abajo de la ciudad de hierro,
no se oía ni un paso furtivo
y, a través de los barrotes que ocultan las estrellas,
parecían atisbar rostros blancos.

Él descansaba como quien yace y sueña
en un gustoso prado;
los guardianes le guardaban mientras dormía
y no comprendían
cómo podía alguien dormir tan dulce sueño
con el verdugo tan a mano.

Pero no hay sueño cuando tienen que llorar
quienes nunca lloraron,
y así nosotros —el tonto, el farsante, el bribón—
hicimos aquella interminable vigilia
y, por cada cerebro, en manos del dolor,
reptaba el terror de otro.

¡Ay, es algo terrible
sentir la culpa ajena!
porque recta, a fondo, la espada del pecado
se hundió hasta su envenenada empuñadura,
y cual plomo candente fueron las lágrimas que vertimos
por la sangre que no habíamos derramado.

Los guardianes con calzados de fieltro
se acercaban a las puertas atrancadas
y se asomaban y veían con ojos de pasmo
figuras grises en el suelo,
y se preguntaban por qué se postraban a rezar
hombres que nunca antes rezaron.

Toda la noche rezamos postrados,
¡locos plañideros de un cadáver!
Las agitadas plumas de la medianoche
sacudían los penachos del coche fúnebre
y a vino agrio en una esponja
sabía el remordimiento.

♦ ♦ ♦

Cantó el gallo gris, cantó el gallo rojo,
pero el día nunca llegaba
y contrahechas formas del terror se agazapaban
en los rincones donde yacíamos;
y los espíritus malignos que deambulan de noche
parecían actuar ante nosotros.

Pasaban deslizándose, pasaban deprisa,
como viajeros por la niebla;
se burlaban de la luna en un rigodón
de delicado giro y meneo,
y con solemne paso y repulsiva gracia
acudían las visiones a la cita.

Haciendo muecas los veíamos pasar,
tenues sombras cogidas de la mano,
arriba, abajo, en una fuga fantasmal
bailaban una zarabanda
¡y los malditos grotescos trazaban arabescos
como el viento sobre la arena!

Con piruetas de marionetas
bailaban de puntillas,
mas con flautas de miedo llenaban los oídos
conduciendo su horrible mascarada
y cantaban a gritos y cantaban sin parar,
pues cantaban para despertar al muerto.

«¡Yuhu!» gritaban, «ancho es el mundo,
pero los pies con grilletes cojean,
y echar los dados una o dos veces
es un juego de caballeros,
mas nunca gana quien juega con el pecado
en la secreta casa de la vergüenza».

No eran seres de aire aquellos saltimbanquis
que brincaban con tanto gozo;
para aquellos cuyas vidas estaban encadenadas
y cuyos pies no podían andar libremente
¡ah, llagas de Cristo!, eran cosas vivas
y terribles de ver.

En corro, en corro, valsaban y giraban
unos dando vueltas en parejas sonrientes;
con el paso menudo de una mujer equívoca
subía otro las escaleras,
y con sutil sarcasmo y mirada halagüeña
nos ayudaban en nuestras plegarias.

El viento matinal empezó a gemir,
pero la noche persistía;
en su rueca gigante, el velo de las sombras
se corrió hasta que cada hebra estuvo devanada
y, mientras rezábamos, crecía nuestro miedo
a la justicia del sol.

El viento gimiente rondó peregrino
en torno al lloroso muro de la cárcel
hasta que, como una rueda giratoria de acero,
oímos arrastrarse a los minutos.
¡Oh viento gimiente!, ¿qué hemos hecho
para tener tal senescal?

Por fin vi los barrotes hechos sombra,
como una celosía forjada en plomo,
moverse por la pared encalada
frente a mi lecho de tres tablas
y supe que en algún sitio en el mundo
el alba terrible de Dios era roja.

A las seis en punto limpiamos las celdas,
a las siete, todo quedó en silencio,
pero el susurro y el batir de un ala inmensa
parecían llenar la cárcel,
pues el señor de la muerte con helado aliento
había entrado para matar.

No pasó entre pompas de púrpura
ni cabalgando un corcel de blanca luna.
Tres metros de soga y una tabla corredera
era cuanto necesitaba la horca,
así que el heraldo con traje de vergüenza
llegó a realizar su acción secreta.

Éramos como hombres que por un pantano
de inmunda oscuridad avanzan tanteando;
no nos atrevíamos a susurrar una oración
ni a dar suelta a nuestra angustia;
algo había muerto en cada uno de nosotros
y lo que había muerto era la esperanza.

Porque la feroz justicia del hombre
sigue su curso y no admite desvíos;
da muerte al débil, da muerte al fuerte,
tiene un paso mortal:
¡Con talón de hierro mata al fuerte,
la monstruosa parricida!

Esperábamos el toque de las ocho
—todas las lenguas resecas por la sed—
pues el toque de las ocho es el toque del destino
que convierte en maldito a un hombre
y el destino emplea un nudo corredizo
para el mejor de los hombres y para el peor.

No teníamos otra cosa que hacer
sino esperar la señal que había de llegar;
por eso, como piedras en un valle solitario,
seguíamos sentados inmóviles y silenciosos,
¡pero los corazones de todos latían graves y rápidos
como un loco golpeando un tambor!

Con repentina conmoción el reloj de la cárcel
batió el aire trémulo
y de toda la prisión se elevó un gemido
de impotente desesperación,
como el grito que alarmados cortejos oyen
de algún leproso en su cubil.

E igual que vemos las cosas más terribles
en el cristal de un sueño,
vimos la ensebada soga de cáñamo
colgando de la negruzca viga
y escuchamos la oración que el dogal del verdugo
estranguló en un gemido.

Y todo el dolor que le impulsó
a dar aquel grito tan amargo,
y los feroces remordimientos y los sudores de sangre,
nadie los comprendió mejor que yo:
pues quien vive más de una vida
más de una muerte ha de morir.

 

IV
NO se celebran oficios el día
en que se ahorca a un hombre:
el corazón del capellán está demasiado asqueado
o su rostro está demasiado lívido
o hay algo escrito en sus ojos
que nadie debe ver.

Así que nos tuvieron encerrados casi hasta mediodía
y entonces sonó la campana
y los guardias con sus tintineantes llaves
abrieron todas las celdas a la espera
y bajamos pesadamente la escalera de hierro
cada uno desde su infierno particular.

Salimos al dulce aire de Dios,
pero no como de costumbre,
pues el rostro de un hombre estaba blanco de miedo
y el de otro estaba gris
y nunca he visto a hombres tristes que miraran
con tanta avidez la luz del día.

Nunca vi a hombres tristes que miraran
con ojos tan ávidos
ese pequeño toldo azul
al que los presos llaman cielo,
y cada nube que pasaba
en tan extraña libertad.

Pero había entre nosotros algunos
que caminaban con la cabeza abatida
y sabían que, de haber tenido cada cual su merecido,
habrían tenido que morir en su lugar;
pues aquél sólo había matado algo vivo,
mientras que ellos habían matado a los muertos.

Pues quien peca por segunda vez
despierta al dolor a un alma muerta
y la arranca de su sucio sudario
y la hace volver a sangrar,
¡y la hace sangrar goterones de sangre,
y la hace sangrar en vano!

♦ ♦ ♦

Cual monos o payasos, en ridículo atuendo
salpicado de flechas curvas,
dimos vueltas y vueltas en silencio
al resbaladizo patio asfaltado;
dimos vueltas y vueltas en silencio
y nadie dijo una palabra.

Dimos vueltas y vueltas en silencio
y por todos los cerebros en blanco
el recuerdo de cosas terribles
cruzó como un terrible viento,
y el horror caminaba airado ante cada hombre,
y el terror se arrastraba tras él.

♦ ♦ ♦

Los guardias se pavoneaban arriba y abajo
y custodiaban su rebaño de bestias;
sus uniformes estaban impecables
y vestían sus galas de domingo,
pero sabíamos el trabajo que habían hecho
por la cal viva de sus botas.

Pues donde se abría una ancha fosa,
no había ya fosa ninguna:
sólo un trecho de arena y barro
junto al horrible muro de la cárcel
y un montoncito de ardiente cal
para que aquel hombre tuviera su sudario.

Pues tiene un sudario, ese desdichado,
del que pocos hombres pueden alardear:
¡muy hondo bajo el patio de una cárcel,
desnudo para mayor afrenta,
yace, con grillos en los pies,
envuelto en una sábana de fuego!

Y todo el tiempo la ardiente cal
devora la carne y los huesos,
devora de noche el hueso quebradizo
y de día la tierna carne,
devora la carne y el hueso por turnos,
pero en todo momento devora el corazón.

♦ ♦ ♦

Durante tres largos años no sembrarán
allí, ni plantarán;
durante tres largos años ese lugar maldito
seguirá estéril y desnudo
y contemplará el perplejo cielo
con irreprochable mirada.

Piensan que el corazón de un asesino pudriría
cualquier semilla que sembraran.
¡No es cierto! La buena tierra de Dios
es más bondadosa de lo que creen los hombres
y la rosa roja florecería más roja,
y más blanca la rosa blanca.

¡De su boca brotaría una rosa muy, muy roja!
¡De su corazón una rosa blanca!
Pues ¿quién puede decir de qué extraño modo
revela Cristo su voluntad,
si el seco cayado del peregrino
floreció a la vista del gran papa?

Mas ni la rosa blanca como la leche ni la roja
pueden florecer en el aire de la cárcel;
cascotes, guijarros y pedernales
es lo que nos dan allí:
pues ya se sabe que las flores curan
la desesperación del hombre común.

De modo que ni la rosa roja como el vino ni la blanca
caerán nunca pétalo a pétalo
sobre ese trecho de arena y barro que está
junto al horrible muro de la cárcel
para contarles a los hombres que andan por el patio
que el hijo de Dios murió por todos.

Pero aunque el horrible muro de la cárcel
lo rodea aún por todas partes
y aunque un espíritu no pueda vagar de noche
cuando está atado con grilletes,
y aunque un espíritu sólo pueda llorar
si yace en suelo tan impío,

él está en paz —ese desdichado—,
en paz o pronto lo estará:
ya no hay nada que lo enfurezca,
ni pasará el terror al mediodía,
pues la oscura tierra en que yace
no tiene ni sol ni luna.

Lo ahorcaron como se ahorca a un animal:
no hubo siquiera un toque de campana,
un réquiem que habría podido llevar
consuelo a su alma asustada,
sino que se lo llevaron a toda prisa
y lo escondieron en un hoyo.

Los guardias lo despojaron de sus ropas
y lo entregaron a las moscas,
se burlaron de su garganta hinchada y cárdena
y de sus ojos fijos y saltones,
y con grandes risotadas arrumbaron el sudario
en que yace el condenado.

El capellán no se arrodilló para rezar
en su deshonrada tumba,
ni la señaló con la bendita cruz
que Cristo dio a los pecadores,
—y aquel hombre era uno de aquéllos
por cuya salvación bajó Cristo a la tierra.

Aunque todo está bien; sólo ha traspasado
el límite prefijado de la vida
y ajenas lágrimas llenarán para él
la urna de la piedad, hace tiempo rota,
pues quienes le lloren serán los parias,
y los parias siempre lloran.

 

V
YO no sé si las leyes son justas
o si las leyes son injustas;
todo lo que sabemos los que estamos en la cárcel
es que el muro es sólido
y que cada día es como un año,
un año de días muy largos.

Pero sí sé esto: que toda ley
que los hombres han hecho para el hombre,
desde que el primer hombre quitó la vida a su hermano
y dio comienzo este triste mundo,
no hace más que rechazar el grano y retener la paja
con un perverso cedazo.

También esto sé —y qué bueno sería
que todo el mundo lo supiera—:
que cada cárcel que el hombre construye
está construida con ladrillos de infamia
y cercada con rejas para que Cristo no vea
cómo mutilan los hombres a sus hermanos.

Con rejas emborronan la amable luna
y ciegan el benéfico sol,
y hacen bien en ocultar su infierno,
¡porque en él se hacen cosas
que ni el hijo de Dios ni el hijo del hombre
deben ver jamas!

♦ ♦ ♦

Las más viles acciones, cual yerbas venenosas,
florecen bien en el aire de la cárcel;
sólo lo que en el hombre hay de bueno
se agosta y marchita allí;
la pálida angustia guarda la pesada puerta
y el carcelero es la desesperación.

Pues matan de hambre al chiquillo asustado
hasta que llora de noche y de día,
y azotan al débil y flagelan al tonto,
y se mofan del viejo y canoso,
y algunos enloquecen, y todos se vuelven peores,
y nadie puede decir ni una palabra.

Cada estrecha celda en que habitamos
es una infecta y oscura letrina
y el fétido aliento de la muerte viviente
asfixia nuestras enrejadas mirillas
y todo, salvo la lujuria, es triturado hasta hacerlo polvo
en esta máquina de la humanidad.

El agua salobre que bebemos
brota con un limo nauseabundo,
y el amargo pan que pesan en balanzas
está lleno de cal y yeso,
y el sueño no quiere acostarse, sino que camina
con ojos desorbitados y va dando las horas a gritos.

♦ ♦ ♦

Pero aunque la flaca hambre y la fresca sed
luchan como el áspid con la víbora,
poco nos preocupa el rancho de la cárcel,
pues lo que hiela y mata de golpe
es que cada piedra que levantamos de día
se convierte de noche en nuestro corazón.

Con la medianoche siempre en el corazón
y luz crepuscular en la celda
damos vueltas al manubrio o desgarramos sogas,
cada cual en su infierno particular,
y el silencio es mucho más terrible
que el sonido de una campana hendida.

Y nunca se acerca una voz humana
a decir una palabra amable,
y el ojo que atisba a través de la puerta
es despiadado y duro,
y, olvidados por todos, nos pudrimos y pudrimos,
deshechos en cuerpo y alma.

Y así herrumbramos la férrea cadena de la vida,
envilecidos y solos;
y hay hombres que juran, y hay hombres que lloran,
y hay hombres que no emiten un gemido,
pero las leyes eternas de Dios son bondadosas
y parten el corazón de piedra.

Y cada corazón humano que se rompe
en una celda o en el patio de la cárcel
es como aquel cofre roto que dio
su tesoro al Señor
y llenó la impura casa del leproso
con la esencia del más costoso nardo.

¡Ah, felices aquellos cuyos corazones pueden romperse
y conquistar la paz del perdón!
¿De qué otra forma podría el hombre realizar su plan
y purificar su alma de pecado?
¿Cómo, sino a través de un corazón roto,
puede entrar en ella Cristo nuestro Señor?

♦ ♦ ♦

Y aquél de la garganta hinchada y cárdena
y de los ojos fijos y saltones
aguarda las santas manos que condujeron
a un ladrón al paraíso;
y un corazón roto y contrito
no lo despreciará al Señor.

El hombre de rojo que lee la ley
le dio tres semanas de vida,
tres cortas semanas en que curar
su alma de la lucha de su alma
y purificar de toda mancha de sangre
la mano que empuñó el cuchillo.

Y con lágrimas de sangre purificó su mano,
la mano que empuñó el acero,
pues sólo la sangre puede enjugar la sangre
y sólo las lágrimas pueden sanar,
y la mancha carmesí que fue de Caín
se transformó en el sello níveo de Cristo.

 

VI
EN la cárcel de Reading, junto a la ciudad de Reading,
hay una tumba infamante
y en ella yace un desdichado
devorado por dientes de fuego,
yace en un ardiente sudario
y su tumba no tiene nombre.

Y allí, hasta que Cristo llame a los muertos,
dejadle yacer en silencio;
no hay por qué derramar lágrimas necias
ni exhalar sonoros suspiros:
aquel hombre había matado lo que amaba
y por eso tuvo que morir.

Y todos los hombres matan lo que aman,
que lo oiga todo el mundo,
unos lo hacen con una mirada amarga,
otros con una palabra zalamera;
el cobarde lo hace con un beso,
¡el valiente con una espada!

 

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