Buscar a los chicos

Marcelo Filzmoser

 

 

 

Mi hija me tiene harto. Con tal de ir a mover el culo por ahí es capaz de dejar que sus hijos vuelvan solos de la escuela. Pero no. Antes me llama y pide que camine estas ocho cuadras para irlos a buscar y llevárselos a su casa. Porque si los llevo a la mía ella después los tiene que pasar a buscar y no puede volver a las tres de la mañana. Se va a quedar estudiando en lo de una amiga, dice por teléfono y yo tengo que desearle suerte.

Si por lo menos fuera una mina despierta me importaría un carajo. Pero no. Es capaz de hacerme otro nieto, un bebé al que cambiarle los pañales. En realidad era de esperarse, la madre nunca fue una luz. Y menos mal que la agarró ese coche antes de que perdiera totalmente la razón. El médico ya había dicho que era irreversible, pero iba a tener que ser yo quien la llevara al geriátrico, bajo la mirada acusadora de toda una familia de hijos de puta que no valen ni la saliva que gastan en hablar mal de los otros.

Ah… me encanta prender un cigarrillo en plena calle. Parecería que a la gente le da bronca ver a un viejo fumar. Es como si les dijese en la cara lo cagones que son. Porque de cada tres tipos que no fuman, dos no lo hacen por miedo. Encima les paso yo fumando lo más campante. Me odian. Y lo más triste es que por mucho que no fumen o que se pongan tres forros cada vez que logran acostarse con alguien, se van a cagar muriendo igual. Pero no. Ahora todos quieren llegar a viejos. No tienen idea de lo que es. El ser humano no es reciclable. Llega un punto en que los remedios dejan de curar. Ni siquiera te distraen del hartazgo.

Encima son cuadras largas. Es increíble. En sus cuarenta y tres años no recuerdo una sola vez en que me sorprendiera con algo. Se casó por iglesia con un policía. Tuvo los dos hijos que estoy yendo a buscar. Se aburrió y lo empezó a engañar hasta que el tipo se hinchó las pelotas y le pegó un tiro a uno, que se la estaba montando en el asiento de atrás de su propio coche. Declararon intento de robo y ella usó eso para extorsionarlo hasta que se separaron. Ahora dice que estudia psicología.

Si yo siguiera en la editorial y alguien me trajese una historia así, lo haría arrestar. Es más, hasta sería capaz de sobornar al comisario para que pusiera en la misma celda a un par de matones que se violaran a esa persona hasta que el dolor de ojete le hiciera pensar algo original. Y sin embargo esa es su vida, que es también un poco la mía.

Por lo menos ya no falta tanto para que venga el frío. En invierno casi no salgo de mi departamento. Desde que murió Nilda me sobra la jubilación para pedir todo por teléfono, hasta las putas. Y ella que se arregle. Va a tener que conseguir alguno que tenga auto, o como mínimo que le alcance para pagar el bus escolar.

Mejor cruzo. Si no veo mal ese que viene ahí debe ser mi hermano. Pensar que ese tipo quería cambiar el mundo. De chicos todos tenían en claro que él iba a ser alguien y yo no. Tenían razón. Terminó siendo alguien, un hijo de puta que sacó presos toda su vida con tal de poderse costear años de turismo de cuarta que ahora son fotos y filmaciones. Un hombre de mundo, le gusta hacerse llamar. No sé qué hará a estas horas por la calle. Sin duda toma un riesgo. La medicina moderna a lo más que llegó fue a permitirle pasarse el día frente una pantalla, fingiendo una vida en las redes sociales.

Ya deben estar saliendo. Si no llego a horario después le cuentan a la madre y la tengo que aguantar con que soy un descuidado, que ya no es como antes, que está lleno de degenerados y los chicos ahí en la puerta. Mejor me apuro. Ya no puedo correr y sin embargo casi estoy corriendo. Todavía faltan dos cuadras. No quiero que me haga otro escándalo. Siempre termina llorando a los gritos y vuelve con eso de que yo de chiquita la tocaba. Pero era un juego. Un juego. La madre sabía que estábamos jugando, por eso no decía nada. Pero no. Viejo de mierda, me cagaste la vida. Viejo hijo de puta, te voy a denunciar. Como si yo le hubiera elegido el marido, la hubiera dejado embarazada, le hubiera hecho pesar esos diez kilos de más que bajó a fuerza de tomar pastillas que la terminaron de volver loca. Todo yo.

Uf, no doy más. El portero no sirve para nada, tiene que llamar nomás a la maestra. Se fueron. La puta ésta me dice que se cansaron de esperar. Ella también se divierte conmigo. Van por la otra cuadra. Ahora sí me pongo a correr como si tuviese cuarenta. Una de dos, o los alcanzo y me hago la víctima o me muero de una vez y me dejan de romper las pelotas.

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