ANÍBAL, EL EXITOSO

María Staudenmann

 

 

El tipo que estaba sentado al lado mío en el tren me hizo acordar a Aníbal. Es fascinante cómo, de repente, uno se acuerda de personas cuya existencia había borrado por completo de su memoria inmediata. Claro que la naturaleza es sabia y el cerebro sabe lo que hace, porque acordarme de Aníbal todos los días hubiera sido completamente inútil: hace más de diez años que no lo veo.

Sin duda me acordé de él porque el tipo del tren usaba boina y lucía un bronceado facial de solarium. Igual que Aníbal.

Fuimos compañeros en varias materias del primer año de la licenciatura. Aníbal era un payaso asumido; mi grupito de amigos de la facultad solía hacerle bromas cariñosas por la cama solar, por la boina, por el bigotito (no puede negarse que un chico de veintitantos que usa bigote es, al menos, peculiar), y por la forma de caminar, como si se llevara el mundo por delante y no le importara lo que pensasen de él.

Aníbal aceptaba gustoso el papel de payaso y lo desempeñaba a la perfección. Era un personaje pintoresco y bohemio que gravitaba en torno a nuestro grupo: no pertenecía ni dejaba de pertenecer a él, y todas las conversaciones incluían al menos una alusión a las excentricidades de Aníbal. Era, por decirlo de alguna manera, nuestra mascota; una mascota vistosa y vivaz que amenizaba nuestros encuentros cuando se dejaba caer por el buffet de la universidad.

Caminaba como si se llevara el mundo por delante, y a decir verdad, todo parecía indicar que se lo pondría de sombrero pronto, si no había empezado aun: era un alumno excepcional. Sin esfuerzos aparentes, aprobaba parciales y finales con un aplomo a prueba de nervios y un buen humor envidiable. Aprobaba con 9, con 10. Tenía un talento innato para la oratoria. Sabía convencer a otros de lo que estaba diciendo aunque estuviera diciendo pavadas, cosas sin consistencia. Sabía adular a los profesores sin que éstos se dieran cuenta de que estaban siendo manipulados. Con ellos, adoptaba un aire de falsa formalidad combinado con cierto dejo irónico e irrespetuoso. Viéndolo en acción, encantaba e intimidaba a partes iguales. Lo aprobaban en un abrir y cerrar de ojos.

Pero Aníbal actuaba sólo porque le gustaba actuar, interpretar, jugar con su personalidad. No porque lo necesitara: realmente era brillante. Su memoria era increíble; estudiaba intensamente un día antes de cada examen y salía con laureles. Sus participaciones en clase eran o bien objeto de largos y fructíferos debates o bien una síntesis perfecta de los conceptos vertidos en tal o cual texto. Tenía una propensión al pensamiento abstracto impresionante: cuando no habíamos entendido de qué corno estaba hablando tal autor cuando dijo tal cosa, él nos lo explicada con una claridad admirable, y no sólo eso: también nos ofrecía ejemplos palpables y relacionaba el tema en cuestión con otros temas de la materia o con la actualidad misma. Además era genial tenerlo como compañero de equipo en un trabajo práctico, porque si bien casi nunca se presentaba a las reuniones, cuando se dignaba hacerlo enderezaba el rumbo y aclaraba las metas del trabajo con sólo un par de comentarios.

En definitiva, Aníbal iba rumbo al éxito; sería un profesional excelente, de esos que hacen la diferencia. Las empresas se batirían a duelo por tenerlo entre sus huestes. La universidad entera lo sabía, por eso gozaba de una beca: provenía de una familia empobrecida durante la funesta década de los 90. Muchos hermanos, poca instrucción, poco trabajo.

Mientras las puertas del tren se abrían en mi estación y yo echaba una última ojeada al tipo que, sentado, miraba para afuera, rememoré, no sin cierto pudor (¿culpa?) las dos o tres veces que Aníbal me había invitado “a tomar algo un sábado de estos”, invitaciones que en su momento rechacé. No porque no disfrutase de su compañía ni porque no me interesase como hombre, sino porque en aquel momento estaba embobada con otro compañero, Leo, el líder del grupo, el que encabezaba las burlas amistosas hacia Aníbal. Probablemente hoy no rechazaría sus propuestas.

No recuerdo cuándo fue exactamente la última vez que lo vi; sólo sé que cuando volví a acordarme de él, yo ya estaba cursando el segundo año de la carrera. Le pregunté por él a Leo, que por entonces era mi novio, y me respondió que creía que ahora estaba cursando a la noche porque había empezado a trabajar en el área administrativa de no sé qué cadena de electrodomésticos. Pensé en las necesidades urgentes de la familia de Aníbal y me alegré de que hubiese conseguido empleo. También me alegré de que siguiese estudiando; habría sido una verdadera picardía que hubiera abandonado. La sociedad tenía que contar con más gente como él.

Cuando salí de la estación y enfilé para mi casa, ya era noche cerrada y el cielo encapotado despedía una llovizna microscópica, invasiva. Pensé en Aníbal y en el hombre que estaba sentado junto a mí en el tren. Las similitudes entre los dos sin duda eran solamente físicas. Si bien ambos tendrían aproximadamente la misma edad, promediando la treintena, el tipo del tren viajaba en tren, mientras que Aníbal se movería en un auto último modelo; mientras el del tren llevaba una boina un poco descolorida, Aníbal habría dejado de lado la boina y vestiría trajes de primera calidad; mientras el del tren parecía mediocre y venido a menos, Aníbal estaría en la cúspide de su desarrollo profesional.

¿Qué será de la vida de Aníbal, más allá de mis especulaciones fantasiosas?, me pregunté a tres cuadras de mi casa. Y me prometí buscarlo en internet para mandarle un mail o pegarle un llamado, invitarlo a “tomar algo uno de estos sábados” y, de paso, ver si a través suyo podría hacerme de algún contacto útil. Si tan sólo pudiera recordar su apellido… Pérez… no, Pereira… ¿con i latina o con i griega?… ¿o Peralta?

–Shhhh… calladita. La cartera, dale, dale, la cartera.

La ráfaga de palabras inestables susurradas a mi oído me hizo tropezar y caer. Algún día me tenía que pasar, atiné a pensar; algún día alguien tenía que darse cuenta de lo estricto de mi rutina y lo descuidado de mis desplazamientos. Desde el piso de baldosas flojas, vi que el hombre me apuntaba con un filo rústico, una especie de cutter casero, mientras disparaba miradas nerviosas alrededor, los ojos medio tapados por una gorrita de lana, la mandíbula y la boca ocultas por el cuello de su polera negra. En ese momento el semáforo de la esquina estaba abierto y los autos aceleraban ciegos e indiferentes.

Siempre tuve la costumbre de amarrarme la cartera a un brazo dándole varias vueltas alrededor con la manija. O sea que para darle la cartera primero tenía que desasirme de ella. Pero la sorpresa me paralizó y no pude ni siquiera empezar a hacerlo. Por un segundo sólo me quedé ahí tirada, mirándolo. El ladrón se impacientó. Murmurando insultos acercó el cuchillo a mi cara y comenzó a tironear de la cartera, amenazando arrancarme el brazo de cuajo.

–Dale, pelotuda, si no te querés morir dame la cartera ya, dale, ya, ya.

–Perá, perá que me la desato, perá…

Pero él seguía tirando y tirando y el cuchillo estaba cada vez más cerca de mi garganta y su cara cada vez más cerca de mi cara. El instinto me previno de gritar.

De golpe, entre tanto forcejeo, el cuello de la polera se le deslizó hacia abajo. Entonces los dos nos quedamos inmóviles, mirándonos frente a frente. Él soltó la cartera como si le quemara, se echó para atrás y salió corriendo.

Desde el piso mojado lo vi alejarse, y recordé cierta voz, ciertas invitaciones, ciertos bigotes.

 

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