El encargo

Ricardo Vacca-Rodríguez

 

 

Lo encontró esa tarde en un solitario parque de Brooklyn. Tenía su habitual cigarrillo de marijuana entre los dedos, su gorra negra con las iniciales NY y la visera ubicada hacia el lado izquierdo.—Ha envejecido mucho en estos últimos tres meses—pensó. Vio cómo se llevaba el cigarrillo de yerba a la boca, aspiraba profundo elevando la mirada al cielo mientras pensaba, esto es vida, lo demás es angustia. Su pecho flaco se hinchó mientras contenía el humo por breves segundos y lo expulsaba luego dibujando una columna gris en el aire. Notó que le faltaba el dedo índice de la mano derecha, consecuencia de una apuesta que perdió en la cárcel creyendo que le podía ganar a los dados al Cojo Antonio, el Rey de los cinco ases. La barba sin afeitar, tres cadenas plateadas le colgaban del cuello, una tenía de ellas tenía una cruz dorada con brillantes. El pantalón caído más abajo de la cintura mostraba su ropa interior a cuadritos azul y verde, la camisa abierta hasta el ombligo era el típico vago de Brooklyn una mezcla de delincuente y drogadicto. Un puñado de imágenes se deslizaron en mi memoria como naipes. El era quien en la prisión Las Rocas, delataba a cambio de cigarrillos, licor barato y visita de mujeres a su celda, a los presos que robaban alimentos para aumentar sus miserables pobres raciones de comida; aquel maldito que informó del intento de fuga de los presos del Pabellón C aquella tarde en que los policías abalearon a cinco de nuestros compañeros de celda. Él era “Veneno Fausto”, el preso preferido del alguacil, protegido del Alcaide.

—¿Tu eres Fausto, me recuerdas?

—Claro como no recordarte, tu eres “El Bate Christian”, el mejor bateador del equipo de beisbol del Pabellón C de la cárcel Las Rocas. ¿Y cuándo saliste en libertad?

—Aun no he salido, estoy afuera por un corto tiempo para cumplir un encargo que deseo entregarte-

Se aproximó a “Veneno Fausto” sonriente, éste semi abrió los brazos, expectante.

—Guárdame esto por favor— susurró en voz baja, mientras le hundía en el centro del pecho la filuda navaja que escondía en la mano. Un chillido semejante a una lechuza que cruza el parque a medio vuelo; un cuerpo que caía sobre una banca de madera, un cigarrillo humeante que se desprende de los dedos dibujando extraños espirales que cae y queda encendido como un rubí entre la yerba. La cuchilla quedó clavada en el pecho como un juramento. “El Bate Christian” miró a ambos lados, se levantó el cuello de la camisa y se alejó mientras murmuraba, gracias a dios que entregué el encargo, se me acababa el tiempo. Un cuerpo se disolvió entre las sombras.

 

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