El resto de la historia

Marcelo Filzmoser

 

 

 

Ce n`est pas votre argent, dice el estribillo. Lo escucho ni bien salgo a fumar a la terraza del hotel y se me ocurre que a veces la realidad escribe mal. Antes de sentarme le pregunto al mozo si sabe quién es la que canta.

Se llama ZAZ. Algunos dicen que es la Piaf de nuestro cuarto de hora.

En fin. Hasta el mozo tiene ambiciones poéticas esta noche. Le agradezco y pido un Cubalibre para seguir con la estética planteada. Miro el cielo y sin tener más motivo que ese, hay algunas estrellas pero no se parecen a las del cuadro, me viene a la cabeza Van Gogh.

Escucho un rato más a la francesa que dice que no es mi dinero; es cursi pero suena bien. Y sin embargo es mentira. Una mentira tan poderosa que se me impone y no me deja creer en esa frase ni haciendo fuerza. ¿La habré creído alguna vez? Ojalá que sí, aunque ya no me acuerde. Ojalá fuese cierto, aunque eso signifique que ella no aparezca dentro de diez minutos para pedirme perdón.

Estoy un poco cansado. El mozo trae mi trago que viene sin nada para picar. Si bien no esperaba media tabla de fiambres, tampoco esta ausencia absoluta. Pienso en maní pero no lo pido. Le agradezco sin más y vuelvo a mirar la noche que está muy bien. Por lo menos el decorado funciona. Es una lástima que haya sido en este hotel. Por más que no traigan nada para picar me hubiese gustado volver. Pero ya está, ahora voy a tener que esperar por lo menos hasta el año que viene. La mitad del personal debe saber a esta altura que mi mujer se estuvo encamando con el masajista. Mañana se va a enterar la otra mitad, con el resto de la historia. El gordo entró justo. La mina estaba en cuatro arriba de la mesa ratona. Lo van a contar usando el nombre del masajista, diciendo fulano la venía atendiendo desde que llegaron, la mina no lo dejaba respirar. Como si fuese un servicio más, unos extras que los empleados están obligados a cumplir para dejar satisfechos a los clientes. ¿Y qué querés? Va a responder alguno que puede ser un mozo, una mucama, hasta el encargado de recepción o el mismo que me acaba de traer el Cubalibre. Van a inflar el pecho y a describirme con lujo de detalles, creyéndose mejores y hasta menos infelices que yo. La papada, el poco pelo, los treinta y cinco kilos de más que tengo, alguno discutirá si no son más, la cara de boludo, las manos blancas y chiquitas, hasta puede que me encuentren defectos que yo ya ni veo. Los otros se van a atropellar para hablar del culo de mi mujer, de las remeritas sin corpiño, las bikinis diminutas, las sandalias con plataforma, el tatuaje en el pubis, los veinte años que le llevo, las tangas desparramadas por la habitación desafiando incluso al más tímido. También van a exagerar un poco su desprecio y por supuesto, mi cuenta bancaria.

La francesa sigue sonando pero ahora canta otro tema. Ya no habla de lo poco que le importa el dinero, de lo mucho que vale el amor, jugar, el buen humor. De querer envejecer con la mano sobre el corazón. Todo pasa, también esa canción. Por lo menos ya no tengo que esforzarme por creer nada. Puedo fumar en paz sin desear otra cosa, sin pensar en Van Gogh. Miro el vaso transpirado, con los hielos en el fondo. Quisiera pedirme otro pero lo predecible de la situación me saca las ganas. Sin darme vuelta escucho el taconeo entrando en la terraza. En los pasos dudosos se nota que todavía le falta redondear alguna de las frases que me va a decir.

 

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