SOLARIS

José Lorente Guillén

 

 

Todo perdido. La hora
en que las cosas perdidas despiertan
nos mira a la cara.
La hora torpe.
El gato viejo y quejumbroso
arrastra su sombra,
la noche de verano agita la cortina,
trae una fragancia nueva, ya sabes:
esas cosas que salen en los poemas.

Ella está en la habitación
como cada átomo de mi cuerpo es ella.
Yo quería escribir, decirle
que era una fuerza mística,
un ángel venido de otra realidad más extensa,
pero uno no hace del océano su musa
ni se enamora del planeta Solaris.

Estamos solos, siempre estamos solos.
Amamos la imagen imposible del amor,
el anhelo de contacto.
Escribí mil poemas que no podían significar nada.
Mi cerebro comenzó a vagar
como un astronauta a la deriva.

¿Son presencias los recuerdos amontonándose en este rincón?
¿Acaso nombrar es invocar?
No somos demiurgos; nuestra palabra no vale nada,
todo
se deshace a nuestro alrededor
y todo permanece en nuestra espalda.

Quizá ya estábamos desapareciendo
el uno junto al otro,
quizá nuestros años fueron
una fantasmagoría de cosas cotidianas.
Creíamos amar pero no estábamos
allí; trabajábamos, volvíamos a casa y estábamos
solos.
Como ahora, pero entonces
por qué este dolor,
por qué esta imagen absurda de un hombre
solo, hablando a nadie,
que ahora contemplo desde lejos,
cada vez más lejos…

 

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