CONFLUENCIA

María Staudenmann

 

 

Salimos de casa juntos. Caminamos en silencio rumbo a la avenida; él iba a la estación de trenes, yo a la parada del colectivo. Esa mañana otoñal aún tenía lagañas. El frío hablaba del invierno próximo y el sol estaba recién bostezado. Pero el barrio era un cuadro de Monet: las hojas desprendidas hacían volteretas en andas del viento y el cielo se ofrecía manso y celeste.

Caminamos despacio, remoloneando con los pies. Juan todavía rengueaba un poco. El accidente le había jorobado una pierna pero él se negaba a usar bastón. Yo lo entendía. Lo entendía perfectamente. Por eso no apretaba el paso para llegar a la parada antes de que la cola de gente que esperaba el colectivo se hiciera demasiado larga como para soñar con un asiento.

–Hoy ibas al médico, ¿no? –le pregunté cortando el silencio.

–Sí, a las diez tengo turno.

–Ah, sí.

Llegamos a la esquina; teníamos que despedirnos.

Nos miramos sin saber qué más decir y sin preocuparnos por eso. Diecisiete años de matrimonio, tres hijos, cuatro muertes, una separación y una reconciliación eran cifras y circunstancias que nos permitían evitar el tedio de la conversación forzada sin sentirnos culpables.

–Cuando vuelva voy a los chinos y veo qué hago esta noche –dije.

–Bueno, fijate si podés pasar por La Federal, las milanesas de pollo están en oferta.

–Bueno.

–Bueno…

–Nos vemos a la noche. –Saqué las manos de los bolsillos, le agarré la cara y lo besé en la boca. Nuestros anteojos chocaron.

Aún frente a frente, dimos dos pasos atrás en direcciones contrarias. Nos saludamos una última vez con la mano y nos dimos la espalda. Yo crucé al kiosco, él siguió derecho. Antes de entrar me di vuelta y lo vi alejarse con su Montgomery negro, su gorrito de lana azul y su leve renguera.

Cuando abandoné el calorcito del kiosco, el frío de junio me volvió a abofetear, despertándome del todo. Anduve las tres cuadras que me separaban de la parada con pasos sosegados y ojos bien abiertos. Siempre me gustó dejarme envolver por el entorno, sentirme parte de él, no perderme de nada. Y esa mañana fanfarroneaba; los árboles a medio vestir murmurando suavidades, las uñas invisibles del viento en las mejillas, las hojas cantando en las veredas, el sol blanco acariciando casas, calles y cosas.

La parada del colectivo queda al otro lado de la estación de trenes. No me gustaba ir por el túnel peatonal que cruza la estación por abajo, pero era el camino más corto. Me dirigí hacia la entrada del túnel bordeando el andén norte sobre una alfombra ocre; bajo las ramas desnudas, las hojas moribundas ya no hacían ruido y despedían un rancio aroma vegetal.

Estaba por internarme en la opacidad del túnel cuando me di cuenta de que Juan aún debía estar esperando el tren, guarecido del frío en algún rincón del andén sur. Casi pude verlo, su Montgomery, sus anteojos, sus ojos inteligentes. De pronto, el colectivo y su larga cola de gente y su largo trayecto al centro perdieron importancia. Una urgencia desbordante me aguijoneó la garganta. En vez de entrar al túnel, giré a la derecha, subí el breve tramo de escalones de piedra que conducían al andén norte y casi corrí escrutando la orilla opuesta, donde guantes, bufandas y gamulanes se amuchaban en una espera que siempre parece eterna. Juan, Juan, dónde estás.

Entonces, casi al final del andén de enfrente, solo y bañado de luz, encontré a Juan. Juan que no estaba guarecido de nada. Juan con la cara vuelta al cielo y los ojos cerrados, no lo vi pero lo supe. Juan con los brazos cruzados, apoyado sobre sus dos piernas, desafiando al viento sin tiritar, sin oscilar, sin ceder ni un centímetro.

Me paré justo frente a él esperando que me viera. Pero no lo hizo. Entonces lo llamé. Le tomó un par de segundos precisar de dónde venía mi voz. Pero supo que era mía, porque la buscó mirando de un lado a otro mientras comenzaba a sonreír. Como si me hubiera estado esperando.

Cuando por fin me vio, su sonrisa se hizo completa y su mirada salvó los rieles y durmientes que nos separaban de un salto milagroso. Cómo me gustaba verlo sonreír así, sonreírme así, con una calidez que se expandía en ondas y me rozaba junto con el sol.

Lo saludé con la mano como una jovencita; él me devolvió el saludo y nos aproximamos todo lo que nos era posible. Un pasito, dos pasitos, tres pasitos hasta que las puntas de los zapatos sobresalieron del borde del andén.

Y nos miramos sin hablar, bendecidos por la maravilla de habernos vuelto a encontrar. Las hojas del otoño flotaban en torno a la figura erguida de Juan en un remolino dorado, amarillo, rojo. Las hojas bailaban alrededor suyo sin tocarlo, realzando su porte digno, enalteciendo su alma de hombre bueno. El aire se entibió con esa ausencia de palabras que era ausencia de vacío, que era plena presencia. Y en el centro esa sonrisa franca tan suya, tan cercana, que me tendía la mano y me llevaba con ella al otro lado de la estación.

Y nos quedamos parados mirándonos, mientras el río de la vida seguía su curso, el médico llamaba a otro paciente y una nueva fila de gente a la espera del colectivo se empezaba a formar.

 

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