El puesto de trabajo o No ganarás el pan con el sudor de tu frente

Bertolt Bretch

 

 

En los decenios que siguieron a la Guerra Mundial, el desempleo general y la opresión de las clases bajas fueron de mal en peor. Un incidente ocurrido en la ciudad de Maguncia ilustra mejor que todos los tratados de paz, libros de historia y datos estadísticos, el estado de barbarie al que se vieron reducidos los grandes países europeos por la incapacidad de mantener su economía a flote sin recurrir a la violencia y a la explotación. Un día de 1927, en Breslau, la familia Hausmann —una pareja y dos niños pequeños—, que vivía en condiciones muy precarias, recibió una carta de un ex compañero de trabajo de Hausmann en la que le ofrecía su puesto de trabajo, un puesto de confianza al cual quería renunciar por una pequeña herencia que iba a recibir en Brooklyn. La carta provocó una agitación febril en la familia, que después de tres años de paro se hallaba al borde de la desesperación. El hombre se levantó en seguida de su lecho de enfermo, donde estaba convaleciendo de una pleuresía, ordenó a su mujer que empacara lo indispensable en una maleta vieja y varias cajas, cogió a los niños de la mano, decidió en qué forma la mujer habría de desmontar su miserable casa, y, pese a su estado de debilidad, se dirigió a la estación. (Esperaba que, llevando consigo a los niños, su colega se vería ya ante un hecho consumado.) Instalado en su compartimiento con fiebre alta y una apatía total, se alegró de que una joven empleada doméstica recién despedida del trabajo, que viajaba a Berlín en el mismo tren y lo tomó por un viudo, se hiciera cargo de los niños y hasta les comprase unas cuantas fruslerías con dinero de su bolsillo. El estado del hombre se agravó tanto en Berlín que hubo que ingresarlo en un hospital casi inconsciente. Allí murió cinco horas más tarde. No habiendo previsto este incidente, la empleada doméstica, una tal Leidner, no abandonó a los niños, sino que se los llevó consigo a una pensión de mala muerte. Ya había tenido muchos gastos con ellos y el fallecido, pero aquel par de indefensos gusanillos le dieron lástima, de modo que, un tanto a la ligera —pues sin duda hubiera hecho mejor poniéndose en contacto con Frau Hausmann para pedirle que viniera— viajó esa misma noche de vuelta a Breslau con los niños. Frau Hausmann recibió la noticia con esa atroz insensibilidad propia, a veces, de quienes se han acostumbrado a que su vida no siga ya ningún cauce normal. Un día entero, el siguiente, dedicáronlo ambas mujeres a comprar a plazos unas modestas prendas de luto. Al mismo tiempo siguieron desmontando la casa, aunque esto hubiera perdido ya todo sentido. De pie en las habitaciones vacías, cargada con cajas y maletas, la mujer tuvo una terrible idea poco antes de su partida. El puesto de trabajo que perdiera al perder a su marido no había abandonado un solo instante su pobre cabeza. Era imprescindible salvarlo a cualquier precio: no cabía esperar semejante oferta del destino una segunda vez. El plan que, a último minuto, concibió para salvar aquel puesto era tan temerario como desesperada era su situación: consistía en sustituir a su esposo y ocupar, en la fábrica, el puesto de guardián, pues tal era la oferta, disfrazada de hombre. Sin darle más vueltas al asunto, se arrancó las ropas negras del cuerpo y, sacando de una de las maletas atadas con cordel el traje dominguero de su esposo, se lo puso torpemente ante la mirada de los niños y con la ayuda de su nueva amiga, que captó casi en seguida su idea. Y así, una nueva familia, integrada por no menos cabezas que antes, cogió el tren para Maguncia reanudando la ofensiva contra el prometido puesto de trabajo. De esa forma cubren los nuevos reclutas las bajas en los batallones diezmados por el fuego enemigo.

La fecha en que el titular del puesto debía embarcarse en Hamburgo no permitió a las mujeres bajarse en Berlín y asistir al entierro de Hausmann. Y mientras éste era sacado del hospital sin cortejo fúnebre para ser descendido a la fosa, su mujer, vestida con sus ropas y llevando su documentación en el bolsillo, se dirigía a la fábrica en compañía de su ex colega, con quien había llegado rápidamente a un acuerdo. En casa del colega se pasó otro día —como siempre, en presencia de los niños— ensayando infatigablemente la forma de andar, sentarse, comer y hablar de un hombre, bajo la mirada del colega y de su nueva amiga. Poco tiempo medió entre el instante en que la tumba acogió a Hausmann y aquel en que quedó ocupado el puesto que le fuera prometido.

Reintegradas a la vida —es decir, a la producción— por una combinación de fatalidad y de suerte, las dos mujeres llevaron su nueva vida con sus hijos de forma sumamente ordenada y circunspecta, como Herr y Frau Hausmann. El trabajo de guardián en una gran fábrica planteaba exigencias nada irrelevantes. Las rondas nocturnas a través de los patios, salas de máquinas y depósitos exigían fiabilidad y valor, atributos que desde siempre se han denominado viriles. El hecho de que la Hausmann reuniera esos requisitos —una vez obtuvo incluso un reconocimiento público de la dirección por haber capturado y neutralizado a un ladrón, un pobre diablo que intentó robar leña—, demuestra que el valor, la fuerza corporal y la presencia de ánimo pueden darse en cualquiera, hombre o mujer, que esté supeditado a adquirirlos. En pocos días la mujer se transformó en hombre, del mismo modo que el hombre se ha ido transformando en hombre a lo largo de milenios: mediante el proceso de producción.

Transcurrieron cuatro años de relativa seguridad para la pequeña familia, durante los cuales crecieron los niños y la desocupación siguió aumentando alrededor. Hasta entonces, la vida doméstica de los Hausmann no había despertado sospecha alguna entre el vecindario. Pero un día hubo que resolver un incidente. El portero del inmueble solía ir por las tardes a casa de los Hausmann, donde los tres jugaban a las cartas. El «guardián» lo esperaba allí sentado, en mangas de camisa, con las piernas muy abiertas y un jarro de cerveza delante (escena que publicarían más tarde con grandes titulares los periódicos ilustrados). Luego se iba a su trabajo, dejando al portero sentado junto a su joven esposa. Imposible evitar ciertas intimidades. Pero ya sea porque en una de esas a la Leidner se le fue la lengua, ya sea porque el portero vio cambiarse de ropa al guardián por una rendija de la puerta, lo cierto es que, a partir de un momento dado, los Hausmann empezaron a tener dificultades con él y tuvieron que ayudar financieramente al bebedor, a quien su trabajo le daba muy poco aparte de la vivienda. Particularmente difícil se tornó la situación cuando las visitas de Haase —que así se llamaba el portero— a casa de los Hausmann empezaron a llamar la atención de los vecinos, quienes también comentaban el hecho de que «Frau Hausmann» llevara a menudo restos de comida y botellas de cerveza al piso del portero. Los rumores sobre la indiferencia del guardián frente a los infamantes sucesos que ocurrían en su casa llegaron hasta la fábrica y, por un tiempo, quebrantaron la confianza que allí le tenían.

Tal situación obligó a los tres a simular, de cara al exterior, una ruptura en su amistad. Pero claro está que la explotación a la que el portero sometía a ambas mujeres no sólo prosiguió, sino que asumió proporciones cada vez mayores. Un accidente ocurrido en la fábrica puso punto final a toda la historia y sacó a luz el indignante caso.

Al explotar una noche una de las calderas, el guardián resultó herido, no de gravedad, pero sí lo bastante como para ser evacuado tras perder la conciencia. Cuando la Hausmann volvió en sí, se encontró en un hospital de mujeres. Imposible describir su horror. Con heridas y vendajes en piernas y espalda, torturada por las náuseas, pero agobiada por un terror mucho más moral que el que podía provocarle una herida en los huesos, de pronóstico nada claro, se arrastró por un pabellón lleno de enfermas que aún dormían y llegó hasta el cuarto de la jefa de enfermeras. Antes de que ésta pudiera abrir la boca —aún se estaba vistiendo, y por grotesco que parezca, el falso guardián tuvo que superar un pudor adquirido antes de entrar en la habitación de una mujer a medio vestir, cosa sólo permitida a personas del mismo sexo—, la Hausmann la abrumó con toda suerte de súplicas para que no comunicara a la dirección de la fábrica el fatal descubrimiento. No sin compasión respondió la jefa a la desesperada paciente, que se desmayó dos veces pero insistió en continuar la conversación, que los papeles ya habían sido enviados a la fábrica. Le ocultó, en cambio, que la increíble historia se había esparcido por la ciudad como un reguero de pólvora.

La Hausmann abandonó el hospital vistiendo ropas masculinas. Llegó a su casa por la mañana, y a partir del mediodía empezó a agolparse el barrio entero en el zaguán de entrada de la casa y en la calle, esperando al falso hombre. Al atardecer, la policía se hizo cargo de la desdichada para poner fin a aquel escándalo. Aún iba vestida de hombre cuando subió al coche. No tenía otra ropa.

Aunque bajo custodia policial, siguió luchando por su puesto de trabajo, claro que sin éxito. Se lo dieron a uno de esos innumerables personajes que aguardan una vacante y tienen entre las piernas aquel órgano registrado en su partida de nacimiento. La Hausmann, que no podía reprocharse el haber dejado ningún resorte sin mover, trabajó luego un tiempo, según dicen, como camarera en un bar suburbano, entre fotos donde aparecía en mangas de camisa, jugando a las cartas y bebiendo cerveza en su papel de guardián (fotos hechas, en parte, después del desenmascaramiento), y era considerada como un monstruo por los jugadores de bolos. Luego desapareció definitivamente entre ese ejército de millones y millones de seres que, para ganarse un modesto pan cotidiano, se ven forzados a venderse total, parcial y, a veces, mutuamente; o a renunciar en pocos días a costumbres centenarias y que casi parecían eternas; o, como hemos visto, a cambiar incluso de sexo, y todo esto sin éxito alguno en la mayoría de los casos; se perdió entre toda esa gente, en suma, ya perdida, y, si se ha de prestar crédito a la opinión imperante, definitivamente perdida.

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