Compañía silenciosa

Rainer Maria Rilke

 

 

La madre está sentada a la ventana bordando. Ayer y hoy y mañana también, todos los días. Y el camino de mesa no está aún ni por la mitad y ya está muy ajado. Nada le apremia a terminarlo; no tiene ninguna fiesta a la vista, en ningún sitio. A menudo sus manos sueñan y ella las mira y piensa qué harán. Entonces la rubia mujer rebosa de esperanzas. Pero las manos, sencillamente, están cansadas y se detienen a medio hacer. De ese modo nunca sucede nada. A lo sumo, que vuelvan a seguir arrastrándose por el cañamazo amarillo. Son como caballos que, en una sirga, arrastran barcazas corriente arriba. Pero los barcos tendrían que navegar en libertad por el sinfín de ríos, en dirección al mar, a todos los mares.

En secreto, sin embargo, la señora Beate está muy contenta de tener la mirada ocupada. No le gusta contemplar la sala, aunque es rica y confortable y está caldeada por el sol de septiembre.

Tampoco levanta la vista cuando entra su hijo. Tiene dieciocho años, es rubio y pálido. Su boca vigorosa contradice a sus ojos, que suplican eternamente. Y parece absorto en esa disputa, sin tensión, casi habitual. En una ocasión le da la razón a la rabia, en otra al miedo. Y al hacerlo siempre está inseguro. ¿Quién podría ayudarlo?

El padre no tiene tiempo y la madre se siente como si a ella misma tuviera que venir a ayudarla alguien. Uno no puede encontrar refugio en ella, y la pasan de largo; no es demasiado gruesa y envejecerá como una niña.

Es decir, que no se puede hablar con ella.

Y el joven cruza la habitación hacia la puerta.

—Adiós —dice, tratando de parecer indiferente.

Entonces la madre se asusta y rápidamente extiende su alma, que es como un vestido de novia, un aroma del pasado. Pero ¿qué sabe de eso el joven de dieciocho años? Él pasa por allí con sus grandes zancadas de domingo por la tarde, y las tarimas bien alisadas crujen: «Soy libre, soy libre»… Y así se va. Luego se le oye en la escalera. Es como si sus pasos no se alejaran, sino que regresaran, sólo que más bajo, sin resistencia y con un montón de preguntas. Y la señora Beate se emociona y hace como si Miroslav verdaderamente estuviera de nuevo en la sala, sentado delante de ella, igual que hace mucho tiempo.

«Miro», dice entre sueños, esparciendo lentamente las demás palabras sobre el cañamazo, como si fuera a formar arabescos con ellas. «He estado contando, Miro. Hoy es el quinto domingo. ¿Y has observado su alma, o ella la tuya? Hoy va a ser como las cuatro veces anteriores: primero volveréis a recorrer las calles y seréis como niños, alegres y traviesos. Hasta que vuestros ojos se pregunten: ¿cuándo? Entonces los dos lo sabréis: aquí no, no entre todas estas personas. Tal vez haya una placita silenciosa en el jardín de un albergue. Y de buena gana y sin pensarlo empezaréis a buscarlo. Y, como uno se pierde fácilmente entre la multitud de mesas llenas, os habéis pegado el uno al otro para buscar. Hasta que en algún lugar oís una broma a vuestras espaldas. Entonces os soltáis y marcháis un buen rato el uno a distancia del otro, y, cuando os volvéis a encontrar, estáis en medio de una iglesia vacía, en la que el aroma a incienso se disipa, y os preguntáis: ¿cuándo?

»Y los dos sentís: aquí no, no donde hace frío y todo está triste. Ahora vienen las carreteras. En ellas tenéis el viento delante o detrás de vosotros, quitándole el brillo a vuestras palabras. Tenéis que seguir preguntándoos a coro: “¿Qué?” y: “¿Has dicho algo?”. Y la avenida no tiene fin. Dudáis en medio de ella, los dos casi llorando: ¿cuándo?

»Aquí no.

»Como dos que se odian, vais marchando el uno al lado del otro… rumbo a cualquier parte. Los dos tenéis un hogar y pensáis en él en silencio, como en algo muy lejano.

»Ahora ella ha empujado la puertecita de una verja y entra delante de ti en un pequeño jardín. Tú dudas. No quieres decirle nada: es un cementerio. Finalmente sí se lo dices, algo en tu interior te empuja a decírselo sin consideración: Es un cementerio. Ella sólo asiente. Hace mucho que lo sabe.

»Y, de repente, los dos encontráis de lo más natural que sea un cementerio. Pues no queréis nada más que poder sentaros tranquilamente en algún sitio, de puro cansancio.

»Pero se hace de noche rápidamente.

»Algo empieza a moverse entre las colinas, y pasa sin cesar por delante de vosotros. No hay que preguntar lo que es, porque seguro que sólo es el viento.

»Ninguno de los dos levanta la vista. Esperáis hasta que da la una en la ciudad, entonces deberéis iros a casa. Y no tendréis tiempo para nada más. En la oscura puerta de casa, quizá una vez más… sin aliento: ¿cuándo?

»No aquí. Y miedo y despedida.

»¿Es así, Miro?

»No, es mucho peor. Hay que añadir el temor a que alguien se haya percatado de vuestra presencia, y la prisa de no retrasarse por la noche. Y luego el peligro de que vosotros mismos no os distingáis ya con el cansancio y el esfuerzo. De que en alguna ocasión, desesperados, echéis mano del otro con manos poco delicadas, impacientes, sólo porque vuestras almas no pueden agarrarse a nada… y ése es el final.

»Lo sé todo, Miro, cuando te veo venir a casa. Y, con cuidado, desenrosco la bombilla.

»—Se ha tiznado —digo a papá.

»Y papá me regaña porque quiere leer el periódico. Hasta que no te vas a la cama no vuelvo a enroscar la bombilla. Y papá lee el periódico.

»Miro, si papá no estuviera… Un domingo llenaría esta sala de flores blancas y me marcharía. En lugar de dejaros ir a los merenderos y a las iglesias y a las carreteras con tanto viento. ¿A mí qué más me da? También puedo quedarme tranquilamente en el cementerio, porque no tengo miedo… no de eso. ¿Lo entiendes, Miro?».

Entonces la señora Beate empieza a cortar. Ha estropeado un buen trozo del bordado. Media hora después encuentra el fallo y empieza de nuevo… sin impaciencia.

Sólo sigue pensando en una cosa: «¿Y tú crees que ella podría quererme?».

Luego se inclina sobre el camino de mesa… un buen rato.

Hasta que su marido entra y dice:

—Te vas a estropear la vista.

Entonces ella piensa: «Son las ocho, porque papá es muy puntual».

Y, en verdad, tiene los ojos muy lastimados y está pálida y no puede comer nada de la fría cena de domingo.

Continuamente capta las impacientes miradas del marido cuando regresan del reloj, y ella las tranquiliza.

Gasta así todas sus fuerzas, toda su voluntad.

Finalmente, a las nueve y media ha terminado. Entonces el marido coge el periódico y entra:

—¿Dónde está el chico?

La señora Beate se incorpora levemente.

Espera en la escalera, un cuarto de hora, y otro más.

Luego, de repente, da a toda prisa un par de pasos lentos e inocentes hacia él.

Despacio, despacio, sube con Miro.

Él está demasiado triste y amedrentado para asombrarse. Y así, durante un rato, parece como si ambos hubieran estado fuera juntos.

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