Motín de sonetos

Miguel Rubio Artiaga

 

 

El soneto estaba alborotado.
Los tercetos se empujaban,
al querer escapar los versos
dejando solos a los cuartetos
en medio de un motín de palabras.

Las letras se sentían presas,
las comas, encorsetadas,
las rimas pedían libertad,
usando los diptongos
para hacer las pancartas.

Cervantes les daba la razón,
Quevedo les abrió la jaula,
Garcilaso gritaba desde su tumba,
Boscán se volvió a morir,
lloraba el Marqués de Santillana.

Don Quijote rompió sus cadenas
con el filo mellado de su espada.
El de Romeo y Julieta los aplacó,
usando de mensajero a Otelo.
Se llegó a una tregua pactada.

Góngora no firmó el acuerdo,
Rubén Darío no decía nada,
Espronceda se fue en su bergantín,
mientras Lope de Vega
envidiaba a Calderón de la Barca.

Intervino el Sonetero Real,
su alteza el Rey Petrarca.
La monarquía de la poesía.
Bajo amenaza de exilio,
ordenó dejar los poemas como estaban.
Seguirá a través de los siglos,
la unión de tercetos y cuartetos,
como se plasmaron, sílaba por sílaba.

 

 

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