ANGUSTIA (I)

Stefan Zweig

 

 

Cuando Irene bajó la escalera del piso de su amante se sintió de pronto invadida por esa angustia inexplicable. Una peonza negra giró de repente ante sus ojos, las rodillas se le helaron con espantosa rigidez y precipitadamente tuvo que sujetarse a la barandilla para no caer bruscamente hacia adelante. No era la primera vez que se atrevía a hacer esta peligrosa visita, ni le resultaba desconocido este repentino vértigo; siempre, a pesar de todas las defensas internas, sufría en el momento de volver a casa estos extraños ataques de angustia insensata y ridícula. El camino a la cita era indudablemente más fácil. Solía hacer parar el coche en la esquina, corría apresuradamente y sin levantar la vista los pocos pasos hasta el portal y luego subía a toda prisa la escalera, consciente de que él la esperaba ya detrás de la puerta que se abría rápidamente, y esta primera angustia, en la que también ardía impaciencia, se disolvía caliente en el abrazo de bienvenida. Pero luego, cuando quería volver a casa, surgía como un escalofrío ese otro misterioso miedo, mezclado ahora con el espasmo de la culpa y esa fantasía estúpida de que toda mirada extraña en la calle podía descubrir en su rostro de dónde venía y responder con sonrisa insinuante a su turbación. Los últimos minutos en compañía de su amante ya estaban envenenados por la inquietud creciente de ese presentimiento; dispuesta a marcharse, sus manos temblaban de prisa nerviosa, distraída escuchaba sus palabras y rechazaba intranquila las últimas manifestaciones de su pasión; todo en ella deseaba escapar, de la casa de su amante, de la aventura, para refugiarse de nuevo en su sosegado mundo burgués. Apenas se atrevía a mirarse en el espejo, por miedo al recelo en la propia mirada, y sin embargo era necesario comprobar si algo en su vestido delataba por su desorden la pasión de la hora pasada. Entonces venían esas últimas palabras, inútilmente tranquilizadoras, que ella apenas oía debido a su agitación, y ese segundo al acecho detrás de la puerta protectora, para ver si alguien subía o bajaba por la escalera. Pero fuera ya estaba la angustia, impaciente por apoderarse de ella, y le alteraba tan imperiosamente el latido del corazón que descendía ya sin aliento los pocos peldaños hasta que sentía que le fallaban las fuerzas hasta ahora sostenidas por los nervios.

Durante un minuto permanecía así con los ojos cerrados y respiraba ávidamente la frescura tenue de la escalera. Entonces, en uno de los pisos de arriba se cerraba una puerta, atemorizada se sobreponía y bajaba apresuradamente los peldaños mientras que sus manos apretaban automáticamente el tupido velo alrededor del rostro. Ahora se enfrentaba a ese último y terrible momento, el pavor de salir a la calle del portal extraño y quizá topar con la pregunta directa de algún conocido de paso por allí, curioso por saber de dónde venía, y caer en la confusión y el peligro de una mentira. Irene agachó la cabeza como un saltador al tomar carrerilla y con decisión corrió hacia el portal entreabierto.

Entonces chocó violentamente con una mujer que entraba en ese momento.

—Perdón —dijo azarada e intentó pasar rápidamente delante de ella. Pero la mujer le cerró ostensiblemente el camino y la miró indignada y, al mismo tiempo, con sorna evidente.

—¡Vaya, la he pescado! —gritó tan tranquila con voz vulgar—. ¡Naturalmente una mujer decente, más o menos! De las que no se contentan con un hombre, su abundante dinero y todo lo demás, sino que encima le quitan a una pobre chica su novio…

—Por Dios… qué dice usted… se equivoca… —murmuró Irene e hizo un torpe intento para escapar, pero la mujer interpuso su cuerpo en la puerta y le espetó con voz estridente:

—No, no me equivoco… yo la conozco a usted… viene de casa de Eduard, mi novio… Por fin la he pillado, ahora sé por qué últimamente tiene tan poco tiempo para mí… ¡Es por usted… pelandusca!

—¡Por todos los santos! —la interrumpió Irene con voz apagada—. No chille usted así. —Y maquinalmente entró de nuevo en el portal. La mujer la contempló sarcástica. Ese miedo descontrolado, esa evidente indefensión parecían gustarle, porque con una sonrisa impertinente y burlona estudió ahora a su víctima. Su voz se distendió de puro bienestar grosero, se volvió casi confianzuda.

—Así son estas señoras casadas, tan distinguidas, tan elegantes, cuando salen a robarle a una los hombres. Con velo, claro, con velo, para después poder pasar por mujeres decentes…

—¿Qué… quiere usted de mí?… No la conozco en absoluto… Tengo que irme…

—Tiene que irse, claro… con el señor marido… al salón calentito, a jugar a la gran dama y a dejarse desvestir por la doncella… Pero lo que nos pueda suceder a nosotras, si nos morimos de hambre, no le interesa a una dama distinguida… A las que son como yo, estas mujeres decentes nos roban hasta lo último…

Irene reaccionó y, siguiendo un vago impulso, introdujo la mano en el monedero y sacó lo que encontró en billetes.

—Ahí tiene… pero ahora déjeme marchar… No volveré más… Se lo juro.

La mujer cogió el dinero con una mirada hostil.

—Golfa —murmuró.

Irene se estremeció al oír la palabra, pero vio que la otra dejaba libre la puerta y salió disparada a la calle, aturdida y sin aliento como un suicida que se tira desde una torre. Vio pasar rostros como máscaras desfiguradas mientras huía, y con la mirada ya nublada se abrió camino dificultosamente hasta un taxi que esperaba en la esquina. Se tiró como una masa sobre el asiento, luego todo se volvió rígido e inmóvil en su interior, y cuando el chófer por fin intrigado preguntó a su singular cliente adonde quería ir, ella le miró durante un momento con ojos vacuos, hasta que su mente aturdida comprendió por fin sus palabras.

—A la Estación del Sur —balbució apresuradamente y, asaltada repentinamente por la idea de que aquella mujer pudiera seguirla, añadió—: ¡Deprisa, vaya deprisa!

Durante el trayecto comprendió lo profundamente que la había afectado ese encuentro. Se frotó las manos, que, rígidas y frías como objetos muertos, colgaban a lo largo de su cuerpo, y de pronto empezó a temblar convulsivamente. En la garganta le subió algo amargo, sintió ganas de vomitar y también una ira irracional y sorda que como un espasmo amenazaba con arrancar y sacar a la luz lo más hondo de su pecho. Hubiera querido gritar o dar golpes con los puños, para liberarse del horror de ese recuerdo, clavado como un anzuelo en su cerebro, esa cara brutal con su risa sarcástica, ese vaho de ordinariez, que flotaba en el mal aliento de la plebeya, esa boca desvergonzada que llena de odio se había acercado a su rostro para escupirle las soeces palabras, y el puño alzado, enrojecido, con el que la había amenazado. La sensación de ansiedad se agudizó, ascendió en su garganta, y además, el coche que rodaba a toda velocidad daba bandazos a un lado y a otro; iba a decirle al chófer que fuera más despacio cuando se dio cuenta de que no tendría quizá suficiente dinero para pagar, ya que había dado a la chantajista todos los billetes que llevaba. Alocada, dio la señal de parar y para nueva sorpresa del conductor se bajó precipitadamente. Por fortuna, el resto del dinero que le quedaba era suficiente. Pero se encontró perdida en un barrio desconocido, en un ir y venir de gente con prisa, que le hacían físicamente daño con cada palabra, con cada mirada. Sus rodillas estaban como reblandecidas a causa del miedo y propulsaban con desgana sus pasos hacia adelante, pero tenía que volver a casa, y reuniendo todas sus energías fue haciéndose camino de calleja en calleja con un esfuerzo sobrehumano, como si estuviera andando por un lodazal o por nieve hasta las rodillas. Por fin llegó a su casa y con premura nerviosa, que reprimió inmediatamente para no llamar la atención con su agitación, subió la escalera.

Cuando la doncella le quitó el abrigo, e Irene oyó en el cuarto de al lado a su hijo pequeño jugar con su hermana menor y su mirada calmada se posó en cosas conocidas, propiedades y seguridad, recobró de nuevo una apariencia de confianza, mientras que la alteración aún le movía subterránea y dolorosamente el pecho acongojado. Se quitó el velo, compuso el rostro con la voluntad férrea de parecer candorosa y entró en el comedor donde su marido leía el periódico en la mesa ya puesta para la cena.

—Tarde, tarde llegas, querida Irene —la saludó con suave reproche, levantándose para besarla en la mejilla, lo que en ella automáticamente despertó una penosa sensación de vergüenza.

Se sentaron a la mesa y con voz indiferente, casi sin levantar los ojos del periódico, él preguntó:

—¿Dónde has estado tanto tiempo?

—Estuve… en casa de… de Amelia… tenía que hacer unos recados y… la acompañé —redondeó la frase, furiosa por la imprudencia de haber mentido tan mal. En general solía tener preparada una mentira bien pensada de antemano y resistente a todas las posibilidades de examen, pero hoy la angustia la había hecho olvidar sus precauciones y obligado a esta improvisación tan torpe. ¿Y si a su marido se le ocurría, pensó, como en la comedia que habían visto recientemente en el teatro, llamar por teléfono e indagar…?

—¿Qué te pasa? Pareces tan nerviosa… ¿Por qué no te quitas el sombrero? —preguntó su marido.

Irene se estremeció, sintiéndose de nuevo presa de su turbación, se levantó precipitadamente y fue a su habitación a quitarse el sombrero, en el espejo estuvo contemplando sus ojos inquietos hasta que su mirada le pareció otra vez segura y firme. Entonces volvió al comedor.

La doncella trajo la cena, y la velada se desarrolló como cualquier otra velada, quizá un poco más lacónica y menos jovial que otras veces, una velada con una conversación pobre, fatigada, y con frecuentes interrupciones. Los pensamientos de Irene rehacían constantemente el camino y se encogían espantados cada vez que llegaban a aquel minuto, a la horrible proximidad de la chantajista; entonces alzaba los ojos, para sentirse resguardada, rozaba tiernamente con la mirada cada objeto de su entorno familiar, cada uno ocupando en las habitaciones su lugar por recuerdo y significación, y una cierta calma volvía a confortarla. Y el reloj de pared, midiendo apaciblemente con su paso de acero el silencio, devolvía a su corazón algo de su ritmo regular y seguro en su despreocupación.

A la mañana siguiente, cuando su marido se marchó a su despacho y los niños salieron de paseo, y ella se quedó por fin a solas consigo misma, aquel encuentro contemplado y analizado a la luz clara de la mañana perdió mucho de su amenaza. Irene recordó que su velo era muy tupido y que por ello la mujer difícilmente podía haber captado con exactitud sus rasgos y reconocerlos. Con calma sopesó las medidas a tomar. En ningún caso volvería a visitar a su amante en su piso; y así quedaba sin duda eliminada la posibilidad más inmediata de un nuevo enfrentamiento. Quedaba pues únicamente el peligro de un encuentro fortuito con esa persona, peligro improbable, por otro lado, ya que al haber tomado ella un taxi no podía haberla seguido. Su nombre y su domicilio le eran desconocidos y no era de temer que la reconociera con seguridad dada la imagen imprecisa que de ella tenía. Pero también para ese extremo Irene tenía una solución. Llegado el caso, ella, ya liberada del miedo, mantendría simplemente la compostura, lo negaría todo, alegaría fríamente una equivocación, y como era imposible demostrar aquella visita, si no era en el lugar y el momento mismos, acusaría a la mujer de chantaje. No en vano Irene era la esposa de uno de los más prestigiosos abogados de la ciudad, sabía perfectamente por las conversaciones de su marido con los colegas de oficio que los chantajes sólo podían ser controlados con prontitud y la máxima presencia de ánimo, ya que cada dilación, cada amago de inquietud por parte del perseguido sólo acrecentaba la superioridad de su contrincante.

La primera medida fue una breve carta a su amante, comunicándole que al día siguiente no podía acudir a la hora acordada, ni tampoco en los días sucesivos. Al releer la misiva, en la que por primera vez disimuló su letra, le pareció un poco fría en su tono, y ya se disponía a sustituir las palabras poco cariñosas por otras más íntimas cuando el recuerdo del encuentro del día anterior le reveló de pronto un rencor subconsciente, culpable de la frialdad de sus líneas. Su orgullo estaba lacerado por aquel enojoso descubrimiento de haber sustituido en el favor de su amante a una predecesora tan baja e indigna, y examinando con un sentimiento menos complaciente las palabras, celebró vengativa la frialdad con la que en ellas situaba su hipotética aparición en la esfera de su capricho benévolo.

Había conocido a ese joven, un pianista de cierto renombre en un círculo aún restringido, durante una velada circunstancial y se había convertido pronto, sin quererlo realmente y casi sin saber cómo, en su amante. Nada en su sangre había clamado por la suya, nada sensual y aun menos algo espiritual había unido su cuerpo al suyo: se había entregado a él sin necesitarle o desearle verdaderamente, por una cierta pereza, de resistir a la voluntad de él, y por una cierta curiosidad intranquila. Nada en ella, ni su sangre completamente satisfecha por su dicha matrimonial, ni ese sentimiento tan frecuente en las mujeres que creen sus intereses espirituales en peligro de atrofiarse, habían convertido en una necesidad ese amante. Irene era completamente feliz en su confortable existencia, resguardada y sólidamente burguesa, al lado de un marido acomodado e intelectualmente superior, y de dos hijos. Pero hay una placidez de la atmósfera que provoca la sensualidad tanto como el bochorno o la tormenta, una templanza de la felicidad que es más excitante que la desgracia y para muchas mujeres, precisamente por su ausencia de deseo, tan perniciosa como la insatisfacción permanente debida a la falta de esperanza. La saciedad no excita menos que el hambre, y la protección, la seguridad de su vida despertaban su curiosidad de aventura. Su existencia carecía por completo de resistencias. A su alrededor todo era muelle, por doquier se extendía la previsión, la urbanidad, el amor templado y el respeto doméstico, y sin percatarse de que esta moderación de la existencia nunca depende de cosas externas sino que es siempre reflejo de una falta de relación interna, Irene sentía defraudadas por esta molicie sus expectativas de la vida real.

Sus latentes sueños adolescentes del gran amor y del éxtasis del sentimiento, adormilados por la afectuosa tranquilidad de los primeros años de matrimonio y el encanto lúdico de la maternidad joven, empezaron a despertar ahora cuando se aproximaba a la treintena, y como todas las mujeres se adjudicaba íntimamente la capacidad de una gran pasión, sin añadir a la voluntad de vivirla el valor, que paga la aventura con su verdadero precio: el peligro. Cuando en ese momento de una satisfacción que Irene misma era incapaz de incrementar se le acercó un joven con su deseo fuerte y directo y, rodeado del romanticismo del arte, entró en su mundo burgués, en el que normalmente los hombres celebraban respetuosamente con bromas inocuas y pequeñas coqueterías a la «dama hermosa» sin jamás desear seriamente a la mujer, ella se sintió provocada en lo más íntimo por primera vez desde sus días de adolescente. En la personalidad del joven quizá no le atrajo más que una cierta melancolía, que ensombrecía su rostro demasiado interesante de una manera artificiosa, y que, sin que ella llegara a comprenderlo, era tan aprendida como la técnica de su arte y aquella sombría introspección de la que extraía un impromptu (bien estudiado con antelación). En esa tristeza, ella, que se sentía rodeada de personas saciadas y burguesas, vio un indicio de ese mundo superior que multicolor le salía al encuentro en los libros y se animaba románticamente en las obras de teatro, y espontáneamente se asomó por encima del borde de sus sentimientos cotidianos para contemplarlo. Un cumplido expresado en el arrebato del momento quizá con más calor que el conveniente, obligó al músico a alzar los ojos desde el piano hacia la mujer, y ya esta primera mirada fue apropiadora. Ella se turbó y, al mismo tiempo, sintió la voluptuosidad del miedo: una conversación en la que todo parecía iluminado y abrasado por llamas subterráneas atrajo y sedujo tanto su curiosidad ya despierta que no eludió un reencuentro en un concierto público. Se vieron luego varias veces, y pronto ya no por casualidad. La satisfacción de saber que ella, que hasta ahora había tenido en poco su propia opinión musical y que, con razón, negaba a su sentimiento artístico cualquier valor, significaba para él, un verdadero artista, mucho como consejera comprensiva, como él le aseguró repetidamente, la llevó pocas semanas después a aceptar irreflexivamente su invitación, para tocar en su casa para ella, y solamente para ella, su obra más reciente; una proposición que en su intención quizá no era del todo sincera, pero que desembocó en besos y por fin en la entrega sorprendida de la mujer. Su primer sentimiento fue sobresalto ante este insospechado giro hacia lo sensual, el misterio que rodeaba esta relación quedó roto bruscamente, y el sentimiento de culpabilidad por este indeseado adulterio fue calmado sólo en parte por la exaltante vanidad de haber negado, por primera vez, el mundo burgués en el que vivía por una decisión propia, como ella creía. Así su vanidad transformó en orgullo violento el escalofrío ante la propia maldad, que la había atemorizado en los primeros días. Pero estas misteriosas emociones sólo tuvieron su plena tensión en los primeros momentos. El instinto de Irene se rebelaba subterráneamente contra este hombre, sobre todo contra lo que era nuevo en él, lo diferente que, en realidad, había atraído su curiosidad. La extravagancia de su vestimenta, la bohemia de su modo de vida, lo desordenado de su existencia económica, que oscilaba constantemente entre el dispendio y la escasez, resultaban antipáticas a su mentalidad burguesa; como la mayoría de las mujeres, deseaba al artista muy romántico desde lejos, pero muy comedido en el trato personal, una fiera rutilante, pero detrás de las rejas de la moral burguesa. La pasión que ella admiraba en sus interpretaciones musicales, la inquietaba cuando estaba físicamente cerca de él, en el fondo le disgustaban esos abrazos súbitos e imperiosos, cuya desconsideración voluntariosa comparaba, sin proponérselo, con el ardor de su marido, aún tímido y respetuoso después de tantos años. Pero ahora que había caído en la infidelidad acudía una y otra vez a visitar a su amante, sin sentirse ni colmada ni desilusionada, simplemente por un cierto sentido del deber y por la inercia de la costumbre. Irene era una de esas mujeres, que abundan entre las casquivanas e incluso entre las cocottes, cuya mentalidad burguesa es tan fuerte que introducen incluso en el adulterio un orden, en la licencia una cierta domesticidad, e intentan convertir con máscara paciente el sentimiento más extraordinario en una cosa cotidiana. Al cabo de unas pocas semanas ya había encajado metódicamente a este joven, su amante, en su vida; le asignó, como a sus suegros, un día a la semana, sin renunciar por esta nueva relación a nada de su antiguo orden de vida, sino más bien añadiéndole algo nuevo. Pronto el amante no influyó para nada en el cómodo mecanismo de su existencia, se convirtió en un incremento de felicidad moderada, como un tercer hijo o un automóvil, y pronto la aventura le pareció tan banal como el placer permitido.

La primera vez, pues, que se vio ante la perspectiva de pagar la aventura con su verdadero precio, el peligro, empezó a calcular mezquinamente su valor. Mimada por el destino, consentida por su familia, casi sin deseos gracias a su favorable situación económica, la primera incomodidad resultó ya excesiva a su sensibilidad. Se negó inmediatamente a dar algo de su despreocupación psicológica y decidió, sin pensarlo mucho, sacrificar al amante a su confortabilidad.

La respuesta de éste, una carta de desconcierto y nerviosos balbuceos, que un mensajero trajo la misma tarde, una carta que aturdida imploraba, se dolía y hacía reproches, la hizo flaquear en su decisión de terminar la relación, porque aquella ansia adulaba su vanidad y la fascinaba por su desesperación extática. Su amante le pedía con palabras urgentes que le concediera una última entrevista, para aclarar al menos su culpa, si es que de verdad la había ofendido involuntariamente con algo, y ahora a ella le atrajo el nuevo juego de hacerse la ofendida y aumentar así con la evasiva inmotivada su valor ante él. Se sentía ahora en el centro de un torbellino y, como a todas las personas frías, le producía placer estar rodeada de pasiones sin ella misma participar de ellas. Le citó en una confitería, en la que, como recordó de pronto, había tenido de adolescente una entrevista con un actor, una entrevista que en su respetabilidad e inocuidad ahora le parecía infantil. Era curioso, sonrió para sí misma, que en su vida floreciera ahora de nuevo el romanticismo, agostado durante todos esos años de su matrimonio. Y casi se alegró interiormente del encuentro brusco del día anterior con esa mujer, en el que había sentido por primera vez desde hacía tiempo una emoción verdadera con tanta fuerza y tanto estímulo, que sus nervios por lo general ligeramente apáticos aún temblaban subterráneamente.

Esta vez escogió un vestido oscuro, discreto, y otro sombrero, para en un hipotético encuentro confundir la memoria de aquella mujer. Ya tenía preparado un velo para pasar todavía más desapercibida, pero un impulso desafiante la indujo a no utilizarlo. Ella, una mujer considerada y respetada, ¿no iba a atreverse a salir a la calle por miedo a una mujerzuela a la que ni siquiera conocía? Y al miedo ante el peligro se unió un extraño y atractivo incentivo, un placer arriesgado y picante, parecido al que procura el acariciar con los dedos el filo de un puñal o asomarse a la boca de un revólver, en cuyo cañón oscuro está comprimida la muerte. En este escalofrío de la aventura había algo extraño a su vida protegida, hacia lo que se sentía atraída con espíritu juguetón, una sensación que tensaba ahora maravillosamente sus nervios y enviaba chispas eléctricas por su sangre.

Un fugaz sentimiento de temor la rozó en el primer segundo al salir a la calle, un espasmo nervioso de frío hormigueante, como cuando introducimos tanteando la punta del pie en el agua antes de entregamos a las olas. Pero este frío la atravesó sólo un instante, luego la invadió de repente una rara alegría vital: el placer de caminar tan ligera, fuerte y elástica, con un paso tenso y alado que no era habitual en ella. Casi lamentó que la confitería estuviera tan cerca, pues una extraña voluntad la impelía rítmicamente en pos de la atracción misteriosa y magnética de la aventura. Pero el tiempo que había asignado a la entrevista era breve, y una agradable seguridad en la sangre le decía que su amante ya la esperaba. Allí estaba sentado en una esquina cuando ella entró, y se levantó con una agitación que ella registró con placer y, al mismo tiempo, disgusto. Tuvo que llamarle al orden para que bajara la voz. La recibió con un torbellino de preguntas y reproches, fruto de su alteración interior. Sin siquiera insinuar el verdadero motivo de sus ausencias, Irene jugó con alusiones que por su imprecisión atizaron aún más la pasión de su interlocutor. Esta vez permaneció inasequible a sus deseos e incluso fue reticente con promesas, porque notó cómo este misterioso e inesperado negar y retirar le excitaba… Y cuando después de media hora de conversación inflamada le dejó, sin haberle concedido la menor muestra de afecto y tampoco habérsela prometido, se sintió arder con un sentimiento muy curioso como sólo lo había conocido de adolescente. Era como si muy abajo, en el fondo, ardiera una llama diminuta y efervescente, a la espera de que el viento avivara el fuego para que éste la envolviera por completo. Irene recogió con alacridad cada mirada que le vino al encuentro en la calle al pasar, y el éxito inesperado de tantas de estas seducciones masculinas despertó su curiosidad por el propio rostro hasta el punto de inducirla a hacer un alto delante del espejo del escaparate de una tienda de flores para admirar en el marco de las rosas rojas y las violetas relucientes de rocío su propia belleza. Resplandeciente se contempló, ligera y joven. una boca entreabierta con sensualidad le sonrió su satisfacción desde el otro lado y alada sintió sus miembros al seguir su camino; un deseo de liberación física, de danza y desenfreno soltó el pausado ritmo acostumbrado de sus pasos y con disgusto escuchó desde la iglesia de San Miguel, ante la que pasó velozmente, la hora que la llamaba a casa, a su mundo estrecho y ordenado. Desde los días de la adolescencia no se había sentido tan etérea, tan animada en todos los sentidos; ni los primeros días de matrimonio ni los abrazos de su amante habían espoleado de este modo con chispas su cuerpo, y la idea de malgastar toda esta valiosa levedad, esta dulce obsesión de la sangre en horas ordenadas le pareció insoportable. Fatigada, siguió su camino. Delante de la casa hizo de nuevo una pausa, indecisa, para aspirar una vez más con pecho ensanchado el aire fogoso, la confusión del momento, para sentir hasta el fondo de su corazón esa ola en retirada de la aventura.

Entonces alguien tocó su hombro. Ella se volvió.

—¿Qué… qué quiere otra vez? —balbució mortalmente asustada cuando vio el rostro odiado, y se asustó todavía más al oírse pronunciar esas palabras fatales. ¿No se había propuesto no reconocer a esta mujer si la volvía a encontrar, y negarlo todo, y presentarle cara a la chantajista? Ahora era demasiado tarde.

—Hace media hora que la espero, señora Wagner.

Irene se estremeció al oír su nombre. La mujer conocía su nombre, su domicilio. Ahora todo estaba perdido, y ella irremisiblemente en manos de su enemiga. Irene tenía palabras entre los labios, palabras cuidadosamente preparadas y calculadas, pero su lengua estaba paralizada y sin fuerza para articular un tono.

—Hace media hora que la espero, señora Wagner. —La mujer repitió amenazadoramente, como un reproche, sus palabras.

—¿Qué quiere usted… qué quiere usted de mí?

—Ya lo sabe usted, señora Wagner. —Irene volvió a estremecerse al oír su nombre—. Sabe usted muy bien por qué estoy aquí.

—No he vuelto a verle… Déjeme ahora… nunca volveré a verle… nunca.

La mujer esperó, impasible, hasta que Irene no pudo continuar hablando debido a su agitación. Entonces dijo secamente como a un subalterno:

—¡No me mienta! La he seguido hasta la confitería. —Y cuando vio a Irene retroceder, añadió con sorna—: No tengo empleo. Me han echado de la tienda por falta de trabajo, como dicen, y por los malos tiempos. Hay que aprovecharlo para darse un paseíto… como hacen las damas decentes.

Lo dijo con una maldad fría que a Irene se le clavó en el corazón. Se sintió indefensa frente a la brutalidad desnuda de esta animosidad, y el temor de que la mujer empezara otra vez a gritar o pasara su marido y todo terminara mal se apoderó de ella como un remolino. Precipitadamente metió la mano en el manguito, abrió con violencia un bolso de plata y sacó todo el dinero que cayó entre sus dedos. Con repugnancia lo depositó en la mano que, segura del botín, se adelantaba lentamente con descaro.

Pero esta vez la mano desvergonzada no se cerró sumisamente nada más sentir el dinero, como la última vez, sino que quedó suspendida en el aire abierta como una garra.

—Ande, ¡déme también el bolso de plata, para que no pierda el dinero! —dijo la boca con mueca sarcástica y risa silenciosa y gutural.

Irene la miró a los ojos, pero sólo durante un segundo. Esa burla descarada y plebeya era insoportable. Como un dolor ardiente sintió la repugnancia traspasar todo su cuerpo. ¡Huir, huir, para no ver esa cara! Con la cabeza vuelta y un gesto rápido le entregó su valioso bolso, luego echó a correr escaleras arriba, perseguida por el pánico.

Su marido aún no estaba en casa y pudo tirarse sobre el sofá. Permaneció inmóvil, como si hubiera recibido un martillazo; por sus dedos corría un descontrolado temblor que sacudía el brazo hasta el hombro, pero nada en su cuerpo era capaz de defenderse contra esta fuerza invasora del terror desatado. Sólo cuando oyó fuera la voz de su marido recuperó con un esfuerzo extremo la compostura y se arrastró a la habitación contigua con movimientos automáticos y sentidos inanimados.

Ahora el horror estaba instalado en la casa y no se movía de las habitaciones. Durante las muchas horas vacías, que una y otra vez, oleada tras oleada, traían a su memoria las imágenes de aquel espantoso recuerdo, comprendió lo desesperado de su situación. La mujer conocía —no comprendía cómo podía haber ocurrido— su nombre, su domicilio y, como sus primeros intentos habían obtenido considerable éxito, no dejaría de emplear cualquier medio para utilizar sus conocimientos en un chantaje permanente. Durante años y años pesaría sobre su vida como una pesadilla, imposible de eludir por cualquier método, aun el más desesperado, porque aunque disfrutaba de una posición acomodada y era la esposa de un hombre rico, Irene no podía sin poner en antecedentes a su marido reunir una cantidad de dinero tan importante que la liberara para siempre de esa mujer. Además, los pactos y las promesas de personas tan ruines y tramposas carecían por completo de valor, como sabía por los relatos ocasionales de su marido y sus procesos. La catástrofe podría posponerse un mes, quizá dos, calculó, entonces el edificio artificial de su paz hogareña se vendría abajo, y la certeza de que arrastraría en su caída a la chantajista no ofrecía más que un escaso consuelo. Pues, qué significaban seis meses de prisión para aquella mujer desastrada y seguramente ya condenada otras veces, comparado con la existencia que ella misma perdería y que era para ella la única posible, como presentía espantada. Comenzar una nueva vida, deshonrada y manchada, le pareció a Irene —que hasta ahora siempre se había dejado mimar por la vida y nunca había participado en la construcción de su destino— inconcebible, y luego, sus hijos estaban allí, su marido, su hogar, todas esas cosas que ahora, que iba a perderlas, se revelaban como parte y esencia de su vida interior. Todo lo que hasta ahora sólo había rozado con el vestido, le pareció, de pronto, horriblemente necesario, y la idea de que una vagabunda desconocida, que la acechaba en cualquier lugar de la calle, tuviera el poder de hacer saltar con una sola palabra ese tejido cálido le parecía a veces increíble, incluso fantástico.

La catástrofe era inevitable, ahora lo sentía con pavorosa certeza, imposible la escapatoria. Pero ¿qué… qué iba a suceder? De la mañana a la noche no hacía más que darle vueltas a la pregunta. Un día su marido recibiría una carta, ya le veía entrar en la habitación, pálido, con mirada sombría, cogerla del brazo, preguntar… ¿Y luego… qué pasaría? ¿Qué haría él? Aquí las imágenes se apagaban repentinamente en la oscuridad de una angustia confusa y cruel. El camino terminaba abruptamente y sus conjeturas caían vertiginosamente al vacío. En este cavilar obsesivo comprendió, sin embargo, una cosa: lo mal que conocía a su marido, lo poco que podía calcular de antemano sus decisiones. Se había casado con él siguiendo el consejo de sus padres, sin resistencia y con una agradable simpatía, no defraudada en los años siguientes, y había vivido a su lado ocho años de confortable y equilibrada felicidad, tenía hijos de él, un hogar e innumerables horas de compañía física, pero ahora que se preguntaba sobre su posible comportamiento comprendió lo ajeno y desconocido que seguía siendo para ella. Descubrió en retrospectivas febriles, con las que recorría los últimos años como con fantasmales focos, que nunca se había interesado por su verdadero ser y que tras tantos años ni siquiera sabía si era duro o blando, severo o cariñoso. Con un sentimiento de culpa fatalmente tardío, despertado por esta grave angustia vital, tenía que confesar que sólo conocía la capa superficial y social del ser de su marido, y que nunca había conocido su núcleo interior, del que en esa hora trágica, debía emanar la decisión. Sin querer empezó a buscar pequeños rasgos y matices, a recordar cómo él había opinado en una conversación sobre cuestiones parecidas, y para su sorpresa dolida descubrió que él casi nunca había hablado con ella de sus opiniones personales, y que ella, por otro lado, nunca se había dirigido a él con cuestiones de parecido contenido íntimo. Ahora empezó a medir toda la vida de su marido por rasgos sueltos, que pudieran aclararle su carácter. Su miedo golpeaba con tímido martillo en los recuerdos más insignificantes para que le abrieran la cámara secreta de ese corazón.

Ahora acechaba cualquiera de sus expresiones y esperaba impaciente su llegada. Su saludo apenas la afectaba pero sus gestos —en cómo le besaba la mano o acariciaba el pelo con los dedos— le parecían guardar una ternura que aunque rehuía discretamente las manifestaciones exageradas sugería una profunda devoción. Su marido siempre era comedido cuando hablaba con ella, nunca impaciente o irritado, y en todo su comportamiento de una amabilidad relajada, aunque, como su inquietud empezó a sospechar, no muy diferente de la que empleaba con los criados y casi igual a la que adoptaba con los niños, que se expresaba con formas vivaces, unas veces alegres, otras apasionadas. También ese día preguntó exhaustivamente por los asuntos de la casa, como para darle ocasión a ella para exponer ante él sus intereses, mientras él ocultaba los suyos, y por primera vez descubrió ahora que le observaba cuánto la protegía, con qué cuidado procuraba adaptarse a sus conversaciones cotidianas… cuya banalidad inocua descubrió con repentino espanto. De sí mismo no daba nada en palabras, y la curiosidad de Irene, ávida de ser calmada, quedó insatisfecha.

Como la palabra no le descubría, indagó en su rostro, ahora que estaba sentado en su sillón leyendo un libro y bien iluminado por la luz eléctrica. Se sumergió en el rostro de su marido como si fuera el de un extraño, intentando descifrar en los rasgos familiares y, de pronto, extraños el carácter que ocho años de convivencia habían ocultado a su indiferencia. La frente era despejada y noble, como formada por un esfuerzo interior, fuerte y espiritual; la boca, sin embargo, era severa y sin complacencia. Todo era tensión en los rasgos muy masculinos, energía y fuerza: asombrada de encontrar en ellos belleza, y con cierta admiración, contempló esa gravedad retenida, esa evidente austeridad de su ser, que ella hasta ahora, en su manera superficial, había sentido sencillamente como poco divertida y hubiera cambiado muy a gusto por una locuacidad amena. Los ojos, sin embargo, en los que debía de estar encerrado el verdadero misterio, estaban bajados hacia el libro y sustraídos a su escrutinio. Así ella tenía que limitarse a estudiar fija e inquisitivamente su perfil, como si esa línea bien definida significara una única palabra de absolución o de condena; ese perfil extraño, cuya dureza la asustaba, en cuya energía, sin embargo, reconoció por primera vez una inusitada belleza. De pronto sintió que le gustaba mirarle, con placer y orgullo. Algo difícil de precisar le desgarró dolorosamente el pecho con el despertar de este sentimiento, una sensación oscura de pesar por algo perdido, una tensión casi sensual, que no recordaba haber sentido nunca ante la personalidad física de su marido. Entonces él alzó los ojos del libro. Apresuradamente ella se retiró hacia la oscuridad, para no despertar su sospecha con la pregunta ardiente de sus miradas.

Llevaba tres días sin abandonar la casa. Y ya notaba con contrariedad que su presencia continuada llamaba la atención de los demás, porque en general era raro en ella que pasara muchas horas o días enteros en sus habitaciones. Poco doméstica, libre de las pequeñas preocupaciones de la casa gracias a su independencia económica, aburrida de sí misma, la casa no era para ella más que un lugar de reposo momentáneo, y la calle, el teatro, las reuniones sociales con sus variados encuentros y el constante flujo de cambios externos, su lugar preferido, porque en él disfrutar no exigía ningún esfuerzo interior y los sentidos recibían múltiples impulsos mientras que el sentimiento permanecía aletargado. Irene pertenecía con toda su manera de pensar a esa comunidad elegante de la burguesía vienesa cuyo orden del día parece consistir, según una convención tácita, en que todos los miembros de esta hermandad secreta se reúnen constantemente a las mismas horas con los mismos intereses, y convierten poco a poco esta observación, perpetuamente comparativa, en el sentido de su vida. Obligada a centrarse en sí misma y aislada, una vida acostumbrada, hasta este extremo, a una sociabilidad distendida pierde por completo el eje, los sentidos privados de su alimento familiar a base de sensaciones nimias, pero imprescindibles, se rebelan y la soledad degenera pronto en una autoflagelación nerviosa. Irene sentía que el tiempo le pesaba infinitamente, y las horas sin su habitual programación perdían todo sentido. Como encerrada entre las paredes de una prisión, paseaba de un lado a otro en sus habitaciones; la calle, el mundo, que eran su verdadera vida, le estaban vedados, allí estaba como el ángel armado de flamígera espada la chantajista con su amenaza.

Los primeros en notar aquel cambio fueron sus hijos, Sobre todo el niño mayor, que expresó con dolorosa claridad su asombro por ver a su madre tanto tiempo en casa, mientras que los criados sólo cuchicheaban e intercambiaban impresiones con la institutriz. En vano se esforzó Irene en justificar su llamativa presencia con las más variadas, en parte muy ingeniosamente urdidas, necesidades, porque precisamente lo artificial de sus explicaciones le revelaba lo innecesaria que se había vuelto en su propio círculo de acción por su indiferencia durante tantos años. Siempre que intentaba intervenir chocaba con la resistencia de intereses ajenos, que rechazaban sus repentinos esfuerzos como una pretenciosa injerencia en derechos consuetudinarios. El espacio estaba ocupado; ella misma, gracias a su larga inactividad, no era más que un cuerpo extraño en el organismo de su propia casa. Lógicamente no sabía qué hacer consigo misma y con el tiempo a su disposición, incluso el acercamiento a los niños fue un fracaso, ya que éstos barruntaban en su interés repentinamente activo un control de nueva introducción, e Irene sintió cómo se ruborizaba avergonzada cuando en uno de esos intentos de supervisión el niño de siete años le preguntó descarado por qué no salía más a pasear. Siempre que quería echar una mano, interfería en un orden, y cuando demostraba interés, despertaba recelo. Le faltaba la habilidad para hacer menos visible lo constante de su presencia a través de una reserva prudente y quedándose tranquilamente en una habitación con un libro o una labor; la angustia interior, que como todo sentimiento más o menos fuerte se convertía en ella en nerviosismo, la empujaba de una habitación a otra. A cada llamada del teléfono, a cada timbrazo en la puerta, se sobrecogía, y más de una vez se sorprendió asomándose a la calle detrás de los visillos, hambrienta de gente o, al menos, de su vista, ansiosa de libertad y, sin embargo, llena de miedo de descubrir entre los rostros que pasaban mirando hacia arriba ese temido, que la perseguía hasta en sus sueños. Notaba cómo su existencia sosegada se disolvía de pronto y se esfumaba, y de esa inconsistencia deducía ya el presentimiento de toda una vida destruida. Esos tres días en la prisión de las habitaciones le parecieron más largos que los ocho años de matrimonio.

Pero para esa tercera noche había aceptado, ya hacía semanas, una invitación con su marido, que era imposible anular ahora de repente, sin motivos serios. Y además, los barrotes invisibles del horror, erigidos ahora alrededor de su vida, tenían que ser rotos alguna vez si no quería perecer. Ella necesitaba gente, unas pocas horas de descanso de sí misma, de esta soledad suicida de la angustia. Y por otro lado, ¿dónde estaba más protegida que en casa ajena, con amigos, dónde más segura de aquella persecución invisible que acechaba sus pasos? Se estremeció un solo segundo, el breve segundo de abandonar la casa y, por primera vez desde aquel encuentro, pisar la calle, donde podía espiarla desde cualquier esquina esa mujer. Automáticamente cogió el brazo de su marido, cerró los ojos y dio los pasos desde la acera al automóvil que los esperaba, pero entonces cuando se vio surcar velozmente resguardada al lado de su marido por las calles nocturnas y solitarias de la ciudad, la pesadez interna la abandonó, y cuando subió la escalera de la casa anfitriona se supo a buen recaudo. Durante unas horas podía ahora ser como había sido durante los largos años anteriores: despreocupada y alegre, con la alegría consciente y multiplicada del que sale de nuevo de los muros de la prisión a la luz del sol. Allí se alzaba un dique contra toda persecución, el odio no tenía acceso, sólo había seres que la querían, respetaban y admiraban; seres engalanados, desinteresados, iluminados por la llama rojiza de la frivolidad, un corro placentero que por fin la incluía a ella también. Porque nada más entrar sintió en las miradas de los demás que ella era bella, y su belleza aumentó por esa sensación consciente y largo tiempo echada de menos. ¡Qué bien le hacía después de tantos días de silencio, en los que había sentido el arado afilado de ese único pensamiento revolver estérilmente su cerebro, hasta que todo en ella era herida y dolor, qué placer oír de nuevo palabras lisonjeras, que entraban chispeantes como electricidad bajo la piel y reanimaban la sangre! Se quedó inmóvil con mirada fija, algo agitaba inquieto su pecho y quería salir a la superficie. De repente supo que era la risa enclaustrada que deseaba liberarse. Explotó como el corcho de una botella de champán, dio volteretas en pequeñas coloraturas arrulladoras, Irene reía, se avergonzaba de vez en cuando de su júbilo de bacante, pero en seguida volvía a reír. De sus nervios relajados brotaba electricidad, todos sus sentidos estaban fuertes, sanos y estimulados, por primera vez desde hacía días comió de nuevo con verdadera hambre y bebió como si hubiera estado a punto de morir de sed.

Su alma resecada, sedienta de seres humanos, extraía vida y placer de lo que la rodeaba. En el salón contiguo sonaba música que penetró profundamente bajo su piel ardiente. Comenzó el baile y sin saber cómo se encontró en pleno tumulto. Bailó como nunca había bailado en su vida. El torbellino que giraba la liberaba de todo peso, el ritmo penetraba en los miembros y alentaba el cuerpo con movimiento fogoso. Cuando la música paraba, Irene sentía el silencio como algo doloroso, la serpiente del desasosiego se enroscaba en sus miembros escalofriados, y como quien entra en un baño, en agua refrescante, calmante y sustentadora, se lanzaba de nuevo al torbellino. Hasta ese momento siempre había sido una bailarina mediocre, demasiado comedida, demasiado ponderada, demasiado dura y prudente en los movimientos, pero esta embriaguez del contento liberado eliminó todas las trabas físicas. Una cinta acerada de pudor y reserva, que solía retener sus pasiones más fuertes, se partió e Irene se sintió a la deriva, en una disolución total y gozosa. A su alrededor sentía brazos, manos, roce y retirada, aliento de palabras, risa cosquilleante, música, que picaba dentro en la sangre, todo su cuerpo estaba tenso, tanto que la ropa le quemaba y de buena gana se hubiera arrancado inconscientemente todas las prendas para desnuda absorber esta embriaguez hasta el fondo.

—Irene, ¿qué te pasa? —Ella se volvió, tambaleándose y con ojos risueños, aún acalorada del abrazo de su pareja. La mirada extrañada y fija de su marido entró fría y dura en su corazón. Se estremeció. ¿Había estado demasiado animada? Su exaltación ¿la había descubierto?

—¿A qué… te refieres, Fritz? —balbuceó, sorprendida por la dureza de su mirada que parecía penetrar más y más en ella y que ya creía sentir dentro muy cerca del corazón. Hubiera deseado gritar bajo la escrutadora determinación de esos ojos.

—Es muy raro —murmuró él por fin. Su voz tenía un tono amortiguado de desconcierto.

Ella no se atrevió a preguntar qué quería decir con esas palabras. Pero sintió correr un escalofrío por sus miembros cuando vio, ahora que él se volvía, sus hombros, anchos, duros y grandes, concentrados nervudamente en una nuca de hierro. Como los de un homicida le pasó por la cabeza, una idea alocada y ya ahuyentada. En ese momento, como si le viera por primera vez, a su propio marido, comprendió llena de espanto que era fuerte y peligroso.

La música comenzó de nuevo. Un caballero se acercó a ella, mecánicamente tomó su brazo. Pero ahora todo era pesado y la cálida melodía ya no era capaz de poner en movimiento sus piernas rígidas. Una pesadez sorda se extendía desde su corazón hasta los pies, cada paso le dolía.

Y tuvo que pedirle a su pareja que la excusara. Involuntariamente se volvió al retirarse para ver si su marido estaba cerca. Y se sobrecogió. Estaba exactamente detrás de ella, como si la esperara, y nuevamente su mirada chocó frontalmente con la suya. ¿Qué quería de ella? ¿Cuánto sabía ya? Atemorizada recogió el vestido, como si debiera proteger su pecho desnudo de él. Su silencio era tan taciturno como su mirada.

—¿Quieres que nos vayamos? —preguntó temerosa.

—Sí.

Su voz sonó dura y poco amable. Sus pasos se dirigieron a la salida. De nuevo ella vio su nuca ancha y amenazadora. Le echaron encima de los hombros su abrigo de piel, pero sintió frío. En el coche fueron en silencio, el uno al lado del otro. Ella no se atrevió a pronunciar una palabra. Intuía que se avecinaba otro peligro. Ahora estaba asediada por los dos lados.

Esa noche tuvo un sueño inquietante. Sonaba una música extraña, desconocida; la sala era luminosa y de techos altos, ella entraba, muchos invitados y colores mezclaban sus colores; entonces un joven, al que creyó conocer sin reconocerle por completo, se acercó a ella, la cogió del brazo y ella bailó con él. Se sintió a gusto, mecida, una única ola de música la levantó hasta perder el contacto con el suelo, y así bailó a través de muchas salas, en las que, arriba del todo, las arañas doradas, como estrellas, contenían pequeñas llamas luminosas, y muchos espejos en las paredes le enviaban su propia sonrisa y la llevaban lejos en infinitos reflejos. La danza se fue acelerando, la música se hizo más fogosa. Ella notó cómo el joven la estrechaba más y más contra su cuerpo, hundía la mano en su brazo desnudo obligándola a gemir de doloroso placer, y cuando sumergió sus ojos en los suyos creyó reconocerle. Le pareció que era un actor, al que de joven había amado extáticamente; ya iba a pronunciar alborozada su nombre cuando él selló su grito ahogado con un beso fogoso. Y así, con los labios fundidos, un solo cuerpo ardientemente entrelazado, volaron como llevados por un viento de felicidad por las salas. Las paredes pasaron raudas, el techo se perdió en la altura y ella sintió el momento infinitamente leve y con los miembros desleídos. De pronto, alguien tocó su hombro. Hizo un alto y con ella paró la música, las luces se apagaron, las paredes se acercaron negras y su pareja había desaparecido.

—¡Suéltalo, ladrona! —gritó la horrible mujer, porque era ella, con una voz que retumbó contra las paredes, y rodeó su muñeca con dedos helados. Irene retrocedió y se oyó gritar, un alarido de terror histérico y estridente, y ambas lucharon, pero la mujer era más fuerte, le arrancó el collar de perlas y medio vestido, de modo que su pecho y sus brazos quedaron descubiertos bajo los jirones colgantes. De pronto se encontró rodeada de gente, de todas las salas acudían invitados con alboroto creciente y la miraban en su desnudez entre burlas, y la mujer chillaba estentóreamente:

—¡Ella me lo ha robado, la adúltera, la mujerzuela!

Irene no sabía dónde esconderse, adonde dirigir la mirada, porque los invitados se iban acercando, máscaras curiosas y jadeantes manosearon su desnudez y, cuando su mirada desfallecida buscaba ayuda, descubrió de repente en el marco oscuro de la puerta a su marido, inmóvil, la mano derecha escondida detrás de la espalda. Ella gritó y huyó ante él, corrió a través de muchas habitaciones, con la masa ávida pisándole los talones, notó cómo el vestido se le caía del cuerpo, apenas podía sujetarlo. Entonces se abrió delante de ella una puerta, angustiada se lanzó escaleras abajo para salvarse, pero abajo ya esperaba la horrible mujer con su falda de lana y sus manos como garras. Irene saltó hacia un lado y corrió como loca hacia lo desconocido, pero la otra salió en su persecución, y así ambas recorrieron en la noche largas calles silenciosas, mientras que las farolas se inclinaban burlonas hacia ellas. Irene oía a su espalda el estrépito de los zuecos de madera de la mujer, pero siempre que llegaba a una esquina la mujer aparecía nuevamente allí, y luego otra vez en la próxima, acechaba detrás de todos los edificios, a la derecha y a la izquierda. Siempre había llegado ya, espantosamente multiplicada, imposible de dejar atrás, siempre se adelantaba y extendía la mano para agarrar a su víctima que sentía ya flaquear sus rodillas. Por fin llegó a su casa, se lanzó sobre la puerta, pero cuando la abrió violentamente vio allí a su marido, que con un cuchillo en la mano la miraba con ojos escrutadores.

—¿Dónde has estado? —preguntó sombríamente.

—En ningún sitio —se oyó decir a sí misma, a su lado estalló una risotada destemplada.

—¡Yo lo he visto todo, yo lo he visto! —chilló con una mueca la mujer, que de nuevo estaba a su lado, riéndose estrepitosamente. Entonces su marido levantó el cuchillo.

—¡Socorro! —gritó Irene—. ¡Socorro!

Miró a su alrededor, y sus ojos asustados encontraron los de su marido. ¿Qué… qué era aquello? Se encontraba en su habitación, la luz brillaba tenuemente, estaba en casa, en su cama, sólo había soñado. Pero ¿por qué estaba allí su marido al borde de la cama observándola como a una enferma? ¿Quién había encendido la luz, por qué estaba tan serio, tan inmóvil? Sintió un espasmo de terror. Sin querer buscó sus manos: no, no sostenían un cuchillo. Poco a poco se desvaneció el aturdimiento del sueño y el relampagueo de sus imágenes. Debía de haber soñado y gritado en el sueño, y le había despertado. ¿Por qué, sin embargo, la miraba tan serio, tan intensa, tan implacablemente serio?

Intentó sonreír.

—¿Qué… qué ha pasado? ¿Por qué me miras así? Creo que he tenido una pesadilla.

—Sí, has gritado. Lo he oído desde la habitación contigua.

¿Qué he gritado, qué he revelado, pensó aterrada, qué sabe ya? Apenas se atrevió a mirarlo. Pero él la observaba muy serio con una extraña calma.

—¿Qué te sucede, Irene? Algo te pasa. Estás completamente cambiada desde hace unos días, como si tuvieras fiebre, estás nerviosa, distraída y pides auxilio en sueños.

Ella intentó de nuevo una sonrisa.

—No —insistió él—. No debes ocultarme nada. ¿Acaso tienes alguna preocupación, o te inquieta algo? Todos han notado en casa que has cambiado. Has de confiar en mí, Irene.

Imperceptiblemente se acercó a ella, y ella sintió cómo sus dedos acariciaban tranquilizadores su brazo desnudo, en sus ojos había una extraña luz. Tuvo de pronto el deseo de guarecerse en su cuerpo fuerte, de aferrarse a él y confesarle todo, y no dejarle hasta que la hubiera perdonado, en este instante mismo en el que la había visto sufrir.

Pero la lámpara brillaba tenuemente, iluminando su rostro y sintió vergüenza. Temía las palabras.

—No te preocupes, Fritz —dijo con un amago de sonrisa, mientras su cuerpo temblaba hasta los mismos dedos de los pies—. Estoy un poco nerviosa. Ya se me pasará.

La mano, que ya tenía entre las suyas, se retiró apresuradamente. Ella se estremeció al verle ahora, pálido en la luz vidriosa, y la frente oscurecida por las pesadas sombras de negros pensamientos. Lentamente se irguió.

—No sé, creí que tenías algo que decirme todos estos días. Algo que sólo nos afecta a ti y a mí. Ahora estamos solos, Irene.

Ella, tumbada, no se movió, como hipnotizada por esa mirada grave y velada.

Qué bien podría arreglarse ahora todo, bastaría con que ella pronunciara una palabra, una pequeña palabra: perdóname y él no preguntaría por qué. Pero ¿por qué estaba encendida la luz, esa luz brillante, descarada, atenta? A oscuras la hubiera podido pronunciar, estaba segura. La luz, sin embargo, le quitó la fuerza.

—Entonces ¿nada? ¿No tienes nada que decirme?

¡La tentación era terrible, y qué suave era su voz! Nunca le había oído hablar así. ¡Pero la luz, la lámpara, esa luz amarilla y ávida!

Intentó dominarse.

—¡Qué ideas se te ocurren! —Rió y se asustó del falsete de su propia voz—. ¿Porque no duermo bien, voy a tener secretos? ¿O quizá aventuras?

Le sobrecogió lo artificiales e hipócritas que sonaron sus palabras, le dio miedo de sí misma hasta el fondo de su ser, y sin poder evitarlo apartó la mirada.

—Bueno… que duermas bien.

Lo dijo con brevedad, casi cortante. Con una voz completamente diferente, como una amenaza o una broma malvada y peligrosa. Entonces apagó la luz. Ella vio desaparecer en la puerta su sombra blanca, silenciosa, pálida, un fantasma nocturno, y cuando la puerta se cerró sintió como si cayera la tapa de un ataúd. El mundo entero estaba muerto y hueco, sólo dentro, en su cuerpo rígido, latía su corazón, agitado y ruidoso contra su pecho, dolor y dolor cada latido.

Al día siguiente cuando estaban juntos en la mesa —los niños acababan de pelearse y habían sido obligados a callar con dificultad—, la doncella trajo una carta. Para la señora, el mensajero esperaba respuesta. Asombrada vio que era una letra desconocida y abrió rápidamente el sobre, para palidecer ya a la primera línea. Se levantó de un salto y se asustó todavía más cuando reconoció en la sorpresa general de los demás lo revelador e irreflexivo de su reacción.

La carta era breve. Tres líneas: «Por favor, entregue al portador de ésta cien coronas». Ni firma, ni fecha en la letra claramente desfigurada, ¡sólo esta orden horriblemente contundente! Irene corrió a su habitación para coger el dinero, pero no encontró la llave de su secreter, febrilmente tiró de todos los cajones hasta que por fin dio con ella. Temblando dobló los billetes, los metió en un sobre y se los entregó ella misma al mensajero que esperaba en la puerta. Hizo todo como una autómata, como bajo hipnosis, sin pensar en la posibilidad de recapacitar. Luego —apenas había estado fuera dos minutos— regresó al comedor.

Todos estaban callados. Irene se sentó con un gesto tímido de desagrado y ya quería buscar una disculpa cualquiera cuando descubrió con espanto —su mano se puso a temblar con tanta fuerza que tuvo que dejar en la mesa el vaso que sostenía— que, cegada por el rayo de la excitación, había dejado la carta abierta junto a su plato. Un pequeño movimiento y su marido la hubiera podido atraer hacia sí, una mirada seguramente hubiera bastado para leer las líneas de letras grandes y torpes. Se quedó muda. Con un gesto furtivo dobló el papel, pero ahora, al meterlo en el bolsillo captó, levantando los ojos, una mirada poderosa de su marido, una mirada insistente, severa y dolorosa, que nunca había visto en él. Desde hacía unos días le transmitía con esa mirada repentinos mensajes de desconfianza, que la conmocionaban en lo más íntimo y a los que no sabía responder. Con una mirada de ésas había cogido su brazo en el baile, era la misma que había relucido como un cuchillo la noche anterior en su sueño.

¿Era una certeza o un deseo de saber, lo que hacía esa mirada tan cortante, tan afilada, tan acerada, tan dolorosa?

Y mientras luchaba por encontrar una palabra, la asaltó un recuerdo olvidado hacía tiempo: su marido había contado una vez haberse encontrado como abogado frente a un juez instructor cuya estratagema consistía en releer durante el interrogatorio los documentos con mirada miope, para en las preguntas verdaderamente decisivas alzar la mirada fulminantemente y clavarla como un puñal en el sobresalto repentino del acusado, que bajo ese rayo cegador de atención concentrada perdía la calma y renunciaba desmoralizado a la mentira hasta ese momento sostenida con tenacidad. ¿Acaso su marido estaba ensayándose en este arte peligroso y ella era la víctima? Sintió un escalofrío, tanto más cuanto sabía cuán grande era la pasión psicológica, que más allá de las necesidades jurídicas, le ataba a su profesión. El investigar, explorar, descubrir un crimen le podía obsesionar como a otros los juegos de azar o el erotismo, y en esos días de persecución psicológica su ser estaba como abrasado interiormente. Un nerviosismo ardiente, que le obligaba a rebuscar por la noche en olvidados veredictos, se enmascaraba hacia fuera en impenetrabilidad férrea, comía y bebía poco, pero fumaba sin parar, guardando las palabras, por así decir, para la hora ante el tribunal. Ella le había visto allí una vez defendiendo una causa y no había repetido la experiencia, tan impresionada había quedado por la pasión sombría, por el fuego casi maléfico de su discurso y por el rictus taciturno y áspero de su rostro, que ahora creía reencontrar de pronto en la mirada fija bajo las cejas fruncidas amenazadoramente.

Todos estos recuerdos perdidos se acumularon en un segundo e impidieron las palabras que querían formarse sobre sus labios. Irene guardaba silencio, y cuanto más comprendía lo peligroso que era su silencio y que estaba perdiendo la última posibilidad verosímil de una explicación más se ofuscaba. No se atrevía ya a levantar los ojos, pero manteniéndolos bajos se asustó cuando vio las manos de su marido, tan sosegado y moderado, pasear como pequeños animales salvajes por la mesa. Afortunadamente la comida terminó pronto, los niños se levantaron y corrieron a la otra habitación con sus voces claras y alegres, cuya euforia la institutriz en vano intentaba atenuar. También su marido se levantó de la mesa y fue con pasos pesados y sin volver la vista atrás a la habitación contigua.

A solas, Irene sacó la funesta carta. Releyó las líneas: «Por favor, entregue al portador de ésta inmediatamente cien coronas». Entonces su furia la rompió en mil pedazos y ya se disponía a recoger los restos para tirarlos a la papelera cuando recapacitó, e inclinándose sobre la estufa tiró el papel sobre la brasa avivada. La llama blanca que con avidez repentina devoró la amenaza, la tranquilizó. En ese momento oyó en la puerta los pasos de su marido que volvía. Se enderezó a toda prisa, la cara enrojecida por el aliento del fuego y el verse sorprendida. La puerta de la estufa aún estaba significativamente abierta, con torpeza intentó taparla con el cuerpo. Su marido se acercó a la mesa, encendió una cerilla para su cigarro y ahora que la llama estaba cerca de su rostro, ella creyó ver vibrar un temblor alrededor de las aletas de su nariz, lo que en él siempre significaba irritación. Con calma miró hacia ella:

—Sólo quisiera informarte de que no estás obligada a enseñarme tus cartas. Si deseas tener secretos ante mí eres completamente libre de hacerlo.

Ella guardó silencio sin atreverse a mirarle. Él esperó un momento, luego expulsó el humo de su cigarro con vehemencia como si viniera del fondo de su pecho y abandonó la habitación con pasos cansados.

(Continuará…)

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s