CUANDO LA POESÍA ES MIERDA (Y LA MIERDA, POESÍA)

Lucas Berruezo

 

“Dios no creó al mundo; lo defecó.”
Fernando Morote, “Miasma” en Poesía metal-mecánica.

 

Me cuesta hacer reseñas de libros de poesía. Por esa razón, casi nunca las hago. Es muy difícil encontrar algo que decir ante un compendio de poemas que, en la mayoría de los casos, no dicen mucho o siempre dicen lo mismo. Pero cuando me encontré con Poesía metal-mecánica de Fernando Morote (Ediciones Erradícame, 2017) supe que no sólo quería escribir sobre él, sino que necesitaba hacerlo.

Heredero de las vanguardias de principios de siglo XX, que además de querer romper con los parámetros estables y aceptados del arte también se proponían llevarlo a la vida cotidiana (real), Morote arroja la poesía a esa maraña de sucesos y rutinas que es la existencia humana. Debido a esto, no hay nada relevante que quede afuera, desde la metafísica hasta la masturbación, pasando por la angustia, la mierda y la lavadora.

Tomemos como ejemplo el “amor”, alimento imperecedero de la poesía desde sus orígenes. Morote no lo deja de lado, pero lo aborda desde múltiples ángulos. En Poesía metal-mecánica vemos la banalización absoluta del amor (en poemas como “Homenaje a la mujer” o “Gimnasia rítmica”) y su más excelsa y terrena glorificación (“Papá y mamá” y “La paja en el ojo ajeno”). Eso sí, tanto dicha glorificación como su correlativa banalización se encuentran hermanadas en el humor corrosivo e irreverente de Morote, que se extiende por todo el libro.

Tampoco la metaliteratura podía estar ausente, y la vemos principalmente en la destrucción de los poetas y de la misma poesía. “Destruir es amar al prójimo” y “Cuatro versos” no dejan nada en pie, pero en ese destruir (como en todo destruir) hay una (re)construcción, una propuesta iconoclasta que nos devuelve a la realidad y, con eso, les otorga un verdadero valor a las cosas. Porque, justamente, esta banalización de la poesía no es sino su verdadera exaltación. Si la poesía (y el arte en general) debe hablar de lo significativo en la vida del hombre, cómo no hablar entonces de “la cocina, la lavadora y la refrigeradora” (“Tus grandes aliados”), muchos más importantes para cualquier hombre moderno que la metafísica y la teología. Se trataría, ni más ni menos, de cagarse en la poesía para hacer poesía en serio.

Mucho más podría decir sobre Poesía metal-mecánica de Fernando Morote, pero prefiero cerrar la reseña con unos versos del mismo autor:

La poesía es vida.
La vida, sin embargo,
no existe más sobre la Tierra.
Estamos asistiendo al velorio de la vida.
Estamos asistiendo al velorio de la poesía.

Por mi parte, ¿qué más podría agregar? Simplemente que lean el libro y que se dejen arrastrar por la poesía.

 

 

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