La flauta espinazo

Vladimir Maiakovski

 

 

Por todas
las que me gustaron o me gustan,
guardadas como iconos en la gruta del alma,
copa de vino en un brindis,
alzaré mi cráneo colmado de versos.

Pienso más y más
si no sería mejor poner
punto con bala a mi fin.
Hoy,
por si acaso,
doy un concierto de despedida.

¡Memoria!
Junta en la sala de la frente
los turnos incontables, mis amores.

De ojo a ojo la risa derrama,
la noche y sus sartas de pasadas bodas.
De cuerpo a cuerpo se derrame el gusto.
Nadie olvide esta noche:
hoy tocaré la flauta
en mi propio espinazo.

1
Estrujo apresurado verstas de calles.
¿Adónde ir, consumiendo este infierno?
¿Qué celeste Hoffmann
te inventó, maldita?
A la borrasca del gozo las calles son estrechas.
Del día festivo salen y salen, acicalados todos.

Yo pienso.
Pensamientos, coágulos,
malsanos, espesos, me escurren del cráneo.

Yo,
prodigioso de todo lo festivo,
yo no tengo con quien ir a celebrar.
Ahora mismo me caeré de espaldas,
me saltarán los sesos en las piedras del Nevski.
He blasfemado, sí,
voceado que no hay Dios;
pero Dios, de las honduras infernales sacó a una,
ante quien la montaña se echa a temblar, vacila;
ordenó:
¡Quiérela!

Dios está contento.
Bajo el cielo, en un candil,
un hombre agotado se hizo fiera, se apaga.
Dios se frota las manitas.
Piensa Dios:
-¡Espera, VIadímir!
A él, sí, a él,
para que no adivinase quién eras,
se le ocurrió darte marido de verdad
y en el piano poner humanas notas.
Si alguien se deslizara de pronto a la puerta de la alcoba,
si hiciera el signo de la cruz sobre la colcha y tú y él,
lo sé:
olería a lana quemada,
como azufre humearía la carne del diablo.

Pero en vez de eso, hasta que fue mañana,
de horror, que te llevaban a quererte,
anduve errante,
y gritos en líneas tallaba,
joyero loco a medias ya.
¡Jugar con los naipes!
¡Con vino
enjuagarte el gaznate al corazón devuelto en un suspiro!

¡No me haces falta!
¡No quiero!
Da igual;

que pronto me iré al carajo.

Si es verdad que existes tú,
Dios,
Dios mío;
si la alfombra de estrellas por ti fue tejida;
si este dolor
multiplicado cada día
es la tortura que mandas, Señor,
cuélgate la cadena de juez.
Espera mi visita.
Soy puntual,
no tardo nada.
¡Escucha,
supremo inquisidor!

Me sellaré la boca;
ni un grito escapará de mis labios deshechos con los dientes.
Átame a cometas como a colas caballunas,
y que me arrastren
desgarrándome en dientes de estrellas.

O sí no, esto:
cuando mi alma se vaya
y llegue al juicio tuyo,
frunciendo el entrecejo,

alza la Vía Láctea como una horca,
préndeme y cuélgame: delincuente.
Haz lo que quieras.
Si quieres, descuartízame.
Yo mismo a ti, justiciero, las manos te lavaré.
Pero
-¿me oyes?-
¡llévate a la maldita esa
que has hecho mi amada!

Estrujo apresurado verstas de calles.
¿Adónde ir, consumiendo este infierno?
¿Qué celeste Hoffmann
te inventó, maldita?

2
El cielo,
olvidando su azul entre los humos,
las nubes, prófugas en jirones,
amanecen en mi último amor,
animado como el carmín de un tísico.

Gustoso cubriré el rugido
de la multitud,
olvidados hogar y bienestar.
¡Escuchad!
¡Salid de las trincheras!
ya seguiréis luchando.

Aun si
revolcándose en sangre, como un Baco,
cunde la batalla ebria,
aun entonces no están gastadas las palabras del amor.
¡Queridos alemanes!
Yo sé
que está en vuestros labios
la Gretchen de Goethe.
El francés
sonriendo muere en la bayoneta,
el aviador también sonríe y se desploma
si recuerdan
en el beso la boca
tuya, Traviata.

Mas no estoy para esa pulpa de rosas
que siglos han mascado.
¡Hoy, caer a nuevos pies!
A ti te canto,
pintada,
pelirroja.

Tal vez de estos días,
dolorosos, filo de bayoneta,
cuando a los siglos les blanqueen las barbas,
sólo quedaremos

y yo,
lanzado tras de ti de ciudad en ciudad.
Entregada más allá del mar,
oculta en la madriguera de la noche,
entre las nieblas de Londres
te buscaré con labios lucientes de faroles.

En el ardor del desierto,
donde acechan leones extenderás caravanas
y tú,
bajo el polvo que levanta el viento
sentirás mi quemante mejilla de Sahara.

Sonriendo
mirarás:
-¡Qué gran torero!
Y yo de pronto
alzaré mis celos hasta el palco
desde el ojo moribundo del toro.

Si te lleva al puente tu paso perdido
y piensas
que el río es hermoso,
yo,
Sena colmado debajo del puente,
llamaré
con una mueca de dientes cariados.

Yendo con otro encienden los caballos
la Strelka, el Sokol’niki:
yo, desde arriba,
como la luna impero, esperando y desnudo.

Soy fuerte;
me necesitan
para mandarme:
-¡Muere en la guerra!
Lo último será
tu nombre
cuajado en el labio deshecho por la bala.

¿Acabaré en un trono?
¿Santa Elena?
Montando las oleadas de la vida en tormenta
voy, igual aspirante
al dominio del mundo
y
al grillete.

Me tocará ser zar:
tu perfil
en el oro solar de las monedas
ordenaré a mi pueblo:
-¡Estampadlo!
Pero allá,
donde el mundo se disuelve en tundra,
donde con el viento norte trafica el río,
en la cadena rasguñaré un nombre: ¡Lilia!
para besarlo en la tiniebla del forzado.
¡Escuchen pues, los que olvidan que el cielo es azul,
erizados
como fieras!
Éste, acaso,
es el amor último del mundo,
amaneciendo como el carmín de un tísico.

3
Olvidaré año, día, fecha.
Me encerraré a solas con este papel.
¡Nace con sufrimiento de palabras lúcidas,
magia más que humana!

Hoy llegué de visita;
sentí
algo mal en la casa.
Y qué ocultabas en tu vestido de seda.
Olor a incienso en el aire.
-¿Contenta?
Tú, fría:
-Mucho.
El muro de la razón turbada se derrumba,
y yo, ardiendo en fiebre, acumulando angustia.

Escucha,
da igual:
no ocultarás un cadáver
-¡atroz palabra, lava en la cabeza!-
Da igual:
cada músculo tuyo
como por una bocina
lo clama:
¡muerta, muerta, muerta!
No;
contesta.
¡No mientas!
(¿Cómo irme así?)
los agujeros de dos tumbas
abren los ojos en tu rostro.

Las tumbas se ahondan.
No llega allí la luz.
Sin duda
caeré desde el andamio de los días.
He tendido mi alma como una soga sobre el precipicio,
con malabarismos de palabras me he columpiado en ella.

Lo sé,
a él lo ha gastado ya el amor.
Adivino tedio en tantos indicios.
Vuelve a ser joven en mi alma,
presenta el corazón a la fiesta del cuerpo.
Lo sé,
cada quien paga por mujer.
Qué importa
si mientras tanto,
en vez de la elegancia parisiense,
te vistiera con humo de tabaco.

El amor mío,
como un apóstol de aquellos tiempos,
lo llevaré por miles y miles de caminos.
Los siglos te conceden la corona
y en la corona mis palabras,
arco iris de espasmos.

Como los elefantes con juegos de quintales
remataron el triunfo de Pirro,
yo a paso de genio devasté tu cerebro.
Para nada.
A ti no te arranqué.

¡Alégrate,
alégrate!
¡Acabaste conmigo!
Ahora
tal tristeza.
Correría al canal
a meter en el agua la cabeza y su mueca.

Me diste los labios:
qué cruel con ellos.
Al tocarlos sentí frío
como si pusiera mi beso penitente
en un monasterio labrado en roca helada.

Sonaron
puertas.
Entró él,
calado de regocijo callejero.
Yo,
partido en dos por mi queja,
le grité:
-¡Está bien!
¡Me voy!
¡Está bien!
Tuya quedará.
Compónla con trapos,
tímidas alas entre sedas: que engorden.
Cuida, no se te vaya.
Piedra al cuello,
cuélgale a tu esposa un collar de perlas.

¡Oh, aquella
noche!
Apreté la desesperación, más y más.
Con los lamentos míos, con mi risa,
el hocico del cuarto en horror arrasado.
Y la visión surgía, imagen de ti arrebatada,
con los ojos la encendías en la alfombra,
cual si soñara algún nuevo Byalik
la radiante reina hebrea de Sión.

Torturado,
ante aquella a la que me rendí
caí de rodillas.
El rey Alberto,
todas sus ciudades
perdidas,
junto a mí está cargado de dones de cumpleaños.
¡Dórense al sol flores y hierbas!
¡Primavera en las vidas de tantos elementos!

Yo quiero un veneno
beber y beber versos.

Ladrona del corazón,
todo te lo llevaste,
atormentaste mi alma en delirio;
recibe este regalo, amiga,
tal vez nunca imaginaré más nada.

Pintad de fiesta la fecha de hoy.
¡Crea,
magia o crucifixión!
Miradme:
con clavos de palabras
clavado al papel estoy.

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