La dieta

Corina Vanda Materazzi

 

Hoy es sábado pero arranco. Me importa un carajo  la prolijidad de comenzar la dieta un lunes. Nunca me dio resultado: ni lo de ser prolija ni lo de empezar.

Tengo  la boca llena de hambre, tengo ganas de masticar. Sueño con un estofado de osobuco, con los supermercados, las carnicerías y los chorizos (colgando sensualmente) a la altura de mis ojos.

Pero hoy es el día.

Cincuenta calorías, eso dice el envase que tiene cada salchicha. Si me como todo el paquete, habré consumido la totalidad de las calorías diarias permitidas.

Miro la hora y pienso que es temprano, que todavía falta para el mediodía, tres horas, ciento ochenta minutos, diez mil ochocientos segundos. Nunca tuve dificultades con los números pero sí con las cantidades.

Son las mismas calorías: las de una salchicha que las de una barrita de cereales, que según la dieta es lo que ahora debería estar comiendo.

El orden de los factores no altera el producto. Es una regla, que hoy no pienso cuestionar. Lo aprendí en la escuela, hace muchos años pero yo lo recuerdo todo y también lo retengo, como cada bocado que di desde que me crecieron los dientes. Nada se me escapa, tampoco los kilos acumulados en las tetas y en el culo y también en la cintura que hace veintitantos kilos que no existe.

Vuelvo a abrir la heladera y miro el paquete de salchichas, pero en la dieta dice barrita de cereales. No importa qué sino cuánto. Eso es lo único en que  estuvimos siempre de acuerdo con Horacio, mi ex marido. Él insistía en que no le preocupaba en qué gastaba con la tarjeta de crédito sino cuánto y yo le decía que no me importaba en qué se demoraba tanto tiempo en llegar todos los días a casa sino  la cantidad de horas  en que se borraba.

“Menos es más” dice el anotador con imán que me regalaron ayer en el grupo de Gordos Anónimos para pegar en la heladera. Me aconsejaron ser precisa y constante: anotar todo en ese confesionario, incluso cómo preparo cada comida, los condimentos utilizados y los aderezos. Mis compañeros decían que a ellos les da resultado; yo los miré y no llegué a comprender a qué tipo de resultado se referían. Estuve a punto de preguntarles: pero  hubiese sido como devorarlos.

Vuelvo a mirar la dieta que está ahí, en  la  puerta de la heladera, junto a una foto que me dijo Fabián, el coordinador del grupo, que debía poner para tener presente hacia dónde tenemos que ir, hasta dónde debemos llegar, porque agregó que esa es la recompensa del esfuerzo. Algunos  en el grupo (por no decir todos menos yo) piensan que el tiempo es la esencia de lo mágico, yo pienso que de lo trágico.

¿Cuánto tarda una imagen en distorsionarse?

Dijo que la foto tenía que ser una proporción exacta entre altura y peso y, como si eso fuera poco, además con una sonrisa. La única imagen, en mi caso, que guarda al menos dos de los tres parámetros, es de cuando todavía no había ingresado a primer grado: un metro de altura y pura sonrisa. Al año siguiente solo me quedaba la altura: la sonrisa se había ido con la bala que  le entró por la boca  a mi viejo.  Me dijeron que había sido un accidente. Con seis años  el único suceso que yo podía clasificar como accidente (en la boca)  era haber perdido los dientes de leche.

Años después, con los dientes definitivos y afilados le pregunté a mi vieja si lo del accidente había sido producto del gatillo o de que mi tío Julio, el hermano del viejo, estuviera en la   cama junto con ella cuando mi padre volvió antes del laburo, porque habían cerrado la fábrica donde él era soldador.

¿Qué sabor tendrá una bala? ¿Por qué le entró justo por ahí?  Ni idea. Tampoco supe si salió o quedó.

De pronto, nada. Silencio.  Eso es  lo peor, porque la pregunta empieza a tener cada vez más apetito y rebotando se convierte en una fiera.

Mi vieja  después dijo “Mejor no te cases”, hizo un silencio breve  y agregó: “nunca”.

Yo entendí mejor que ella la dimensión de sus palabras, y sobre todo ese silencio, pero decidí no hacerle caso, como un gesto de insolencia que pagaría con más kilos.

El silencio engorda el  vacío.          Los vacios se llenan, siempre se llenan, aun con mierda, pero seguro que se llenan.

La nutricionista del grupo me cayó bien: dijo que no hay que aguantarse el hambre, que por eso hay que comer cada dos horas, como dice en la dieta, porque si no después una es propensa a darse atracones. Me gustó lo de cada dos horas, no tanto lo de despedirme de los atracones. La cagó cuando hizo hincapié en los alimentos insípidos y  principalmente en las dosis minúsculas.

Pensé entonces en un éxito (por primera vez) y que este tuviera que ver con la posibilidad del triunfo de esta dieta: yo en una cama, con una sonda nasogástrica que cada dos horas bombee  las calorías necesarias a mi cuerpo, con cinco Valium de tres miligramos encima, por supuesto.

Al final del encuentro me hicieron pasar a la psicóloga que  con un tono intimista, casi de  chusma de barrio, me preguntó si estaba decidida a perder. Hizo una pausa tan larga antes de decir peso que  no pude evitar pensar si eso que yo quería perder se medía en kilos.

Abro la heladera: soy una profesional en eso.

Una cuestión me atraganta: ¿devorar o ser devorada? Una duda que siempre espanta como una gallina sin cabeza.

Hoy es sábado pero acá en la dieta dice en el día domingo: “Prémiate con lo que más te apetezca”. Faltan catorce horas, ochocientos cuarenta minutos, cincuenta mil cuatrocientos segundos y todavía no empecé.

Pienso en el  premio y no sé por qué se me pega el recuerdo del whatsapp que descubrí ese día que Héctor se olvidó el celular en casa: el texto y sobre todo  el video que vi  sin interrupciones  hasta el final. En verdad lo miré varias veces: rebobiné y avancé, rebobiné y avancé,  así un millón de veces  hasta el empacho, con la  misma  hambre con la que abro y cierro la boca y la heladera todos los días. Cuando estuve bien empalagada y hastiada lo subí a youtube. En minutos se viralizó. Seguramente, por accidente, de prestigioso pediatra, Héctor, se habrá convertido en un pornostar.

Después, ni idea de él y tampoco de mí: perdí el conocimiento. Fue como dispararme con una ametralladora, los proyectiles me entraron por los ojos y una vez adentro, se convirtieron en una máquina municipal, de esas que usan para  cavar y luego percutir en cantidad la tierra. Luego la internación.

Sigo con la puerta de la heladera abierta y pienso en el frío, solo lo pienso, porque a mi contundencia el frío le es indiferente.

Cierro la puerta y de nuevo la dieta ahí pegada para que no me olvide.

Al final dice: “Frente a una tentación, recaída  o angustia, NO TE ALARMES, es un síntoma normal: respira hondo y a continuación toma, en sorbos breves y continuos, un vaso de agua  fría”.

Necesitaría un litro, quizás dos, tal vez mucho más, pero esto no es incendio es simplemente… ¿hambre?

Abro la puerta de la heladera, echo un vistazo: la botella con agua pero también la panceta ahumada, el queso brie, un pollo al romero, el dulce de leche y los chorizos de campo. En algún lugar de la dieta dice que es importante tener buen  humor y creatividad para elaborar los  platos, pero dice que al mediodía debo ingerir una salchicha con una ensalada del tamaño de  un  puño; ¿se puede  acaso ser creativa con el estómago vacío?

Miro la salchicha y es como masturbarse frente a  las vidrieras de María Cher, pensando que en ese modelo  divino que te gusta tanto y precisamente en ese talle, tu masa corpórea algún día  va a entrar.

La salchicha. La miro, pero también miro la foto: esa que está en la puerta de la heladera. Recorro con los ojos, como quien con una aspiradora quisiera limpiar lo que sobra o contamina: en el primer plano mi papá y yo; en el fondo el tío Julio y mi mamá.

Ya es el mediodía. Abro la heladera y saco al fin la salchicha. De nuevo la foto y las sonrisas, me detengo en la de mi papá: en sus labios, los dientes. Al final su lengua.

Empuño la salchicha y apunto a  mi boca.

-Ay, ay, ay papá… ¿tendrá el mismo sabor?

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