PETER

William Faulkner

 

 

Era primavera en una calle asfaltada, entre muros, y allí estaba Peter, sentado en un poste, moviendo las piernas cortas dentro del pantalón corto de sarga, golpeando rítmicamente con los talones sobre el peldaño de madera. A su espalda, un callejón espacioso y arqueado, en el que uno se adentraba como quien se adentra en el sueño, retrocedía entre paredes de un inefable azul celeste y desembocaba otra vez en la luz y en un patio destartalado y sucio y algo verde e infernal contra un muro lejano.

—Hola -dice Peter con desenvoltura por encima del golpear de sus tacones, por encima de la estridencia sincopada de una gramola en la que han confinado los negros toda la desesperación atormentada de los negros. La cara de Peter es redonda como una taza de leche con una nube de café-. Mi hermano es blanco -observa Peter locuaz, con su traje de marinero-.
¿Vais a dibujar más? -nos pregunta, y un viejo amigo se para ante nosotros.

Es decir, un viejo amigo de Peter.

Su cara plana de mogol es tan amarilla como la de Peter, y dice:

—¿Qué tal, Peter? ¿te estás portando bien hoy? ¿Está mamá en casa?

—Sí. Está arriba hablando con un hombre.

—¿Y tu papá está?

—No -replica Peter-. No tengo padre, pero tengo un hermano. Es blanco. Como tú -añade dirigiéndose a Spratling. A Peter le gusta Spratling.

—Tú también eres bastante blanco. ¿No te parece que eres lo bastante blanco? -pregunto yo.

—No lo sé. Mi hermano es pequeño. Cuando sea tan grande como yo supongo que no será tan blanco.

—Peter -interrumpe el chino-. Tú mamá está hablando con un hombre. Vete y dile que ya ha hablado lo suficiente. ¿Se lo dirás? Eres un buen chico.

—Oh, vete a decírselo tú. A ella no le importa. Dice que puede quitárselos de encima en un abrir y cerrar de ojos. A veces dice que no les deja ni quitarse el sombrero. Me figuro que nunca sabe cuándo puede aparecer por casa Pico de Águila.

El chino, con semblante ávido de sexo, miró a través del callejón de inefable azul hacia donde el sol era como agua dorada entre paredes.

—¿Pico de Águila? -repetí yo.
—Sí, eso es. Es el que duerme con mamá. Trabaja en el muelle 5. Puede manejar más carga que nadie en el muelle 5.

—¿Te gusta Pico de Águila?

—Claro; está bien. Me trae dulces. El otro jamás me trajo dulces.

—¿Nunca?

—No. Nunca traía nada. Así que mamá lo largó.

El chino entró en el callejón. Vimos cómo su figura oscura alcanzaba un nimbo de sol y torcía y desaparecía.

—Pico de Águila está bien. Nos gusta Pico de Águila -añadió, y a nuestro lado pasó Hércules, de un bronce oscuro-. Hola, Baptis -dijo Peter.

—Hola, chicarrón -replicó el negro-. ¿Qué tal? -preguntó.

El brillo saltó brevemente, describió un arco hacia abajo y Peter se abalanzó sobre una moneda de cinco centavos. El hombre bajó por la calle y desapareció tras una esquina. La primavera, zaherida por madera y piedra, inundó el aire, llenó la atmósfera misma, insidiosa e inquietante, y Peter dijo:

—Es un buen tipo. Siempre hace lo mismo. Tienes que tratarles así, dice mamá. Y así lo hacemos.

Peter, con su cara redonda y amarilla como un centavo nuevo, reflexionó unos instantes. ¿Qué es lo que ve?, me pregunté, pensando en él como en una moneda fortuita acuñada entre las desesperaciones desligadas aunque semejantes de dos razas.

—Oye -dijo al fin-, ¿sabes hacer bailar una peonza? En esa casa vive un chico que la hace bailar y luego la coge con la cuerda.

—¿Tú no tienes peonza? -pregunté.

—Sí. Baptis me regaló una, pero no he tenido tiempo para aprender a manejarla.

—¿No has tenido tiempo?

—Bueno, verás. Tengo que estar aquí y decirle a la gente cuándo mamá está ocupada hablando con alguien. Y luego están las otras. Tengo que mirar también por ellas.

—¿A qué te refieres?

—No lo sé. A mirar por ellas, simplemente. Son muy buena gente. Baptis dice que tenemos las chicas más guapas de la ciudad. Pero oye, ¿no vas a dibujar hoy?

—Sí, voy a dibujar vuestra escalera. ¿Te apetece acompañarnos?

—¿Por qué no? -le dijo Peter a Spratling-. Podré verlas igual. Pero tú no vas a subir al cuarto de mamá, ¿verdad?

—No, no. Voy a dibujar el callejón. ¿Por qué lo preguntas?

—Bueno, ahora está ocupada hablando con ese chino que acaba de subir. No le gusta que la molesten mientras está hablando con alguien.

—Entonces no la molestaré. Dibujaré sólo la escalera.

—Bueno, creo que no habrá ningún problema.

Entramos: era como sumergirse en un mar dulce y azul.

—¿Puedo mirar? -preguntó Peter.

—Claro que puedes. A propósito, ¿te gustaría que te dibujara?

Peter: No lo sé. ¿Puedes dibujarme?

Spratling: Eso espero.

Peter: Pero, oye, no puedes ponerme en un cuadro, ¿o sí?

Una voz: Espera a que ese aire frío te coja en tu BVD.

Spratling: Por supuesto que puedo, si tú quieres.

La gramola inició de nuevo su son atormentado y sincopado. Oscuros árboles, estrellas sobre un agua ignota; todas las desesperanzas del tiempo y del aliento.

Una voz: ¡Nina!

Otra voz: Rompe los muelles, si es que puedes.

Peter: Ésa es Euphrosy; es la más sensata de todas estas chicas, según dice mamá.

Unas escaleras de color salmón que ascendían abombadas, tan placenteras como el vientre de una mujer. Negros que nos rozaban al pasar: negras y morenas y amarillas caras que se retorcían ante la inminencia de la satisfacción física. Nos dejaban atrás -Peter en la desazón de la timidez y Spratling extendiendo el papel y eligiendo un carboncillo-, y pasaban a nuestro lado otros negros que salían, despacio, con la satisfacción del apetito y (lo que es peor) la inminencia ineludible del trabajo, y todos tenían una palabra para Peter, que posaba crispado hasta el punto de ser una atormentada caricatura de sí mismo.

Una voz: ¡Abrázame, niña!

Una voz: Maldita puta, te voy a cortar el cuello.

Una voz: Y el corazón se te derrite por las penas que has padecido.

Estrepitosos pasos en las escaleras, ropa lavada ondeando al aire le-ve. Negros que llegaban, congestionados y taciturnos por el sexo; negros que partían, lánguidos y saciados.

Bajó el chino.

—¿Qué tal, Peter? Guapo chico -dijo, y se marchó. Pero Peter no reparó en él.

Spratling: Apóyate en la pared, Peter. ¡No te muevas tanto! Quédate quieto como si Dios te estuviera mirando.

Peter: ¿Así? -Su oscuro traje de marinero adoptó una forma imposible contra el azul de la pared tranquila.

Su cuerpo joven era imposible y terrible.

Spratling: Oh, diablos. De todos modos, no podrá quedarse así.

—Venga, dibuja -le aconsejé, pero se había puesto ya manos a la obra.

—Si quieres moverte, Peter -dijo-, adelante, muévete.

Pero para Peter era ya una cuestión de honor el no moverse. Spratling dibujaba, mirándoles con los ojos entrecerrados; y supe que Peter estaba a punto de llorar. La luz del sol era inmaculada como una virgen: las ropas tendidas eran planos de luz y una cuerda del tendedero recibió al dorado mediodía como a un danzarín sobre la cuerda floja.

Voz: Niña, calienta mi piel como un traje de presidiario dorado. Haz que redoblen los tambores. Redoblan los tambores por ti, niña.

Una voz: Gané trescientos anoche en una partida de dados.

Una voz: Venga, grandón, acaba. No puedo quedarme aquí echada todo el día.

Una voz: Todo lo que he hecho, lo he hecho por ti. Cuando estás triste, estoy triste; cuando te ríes, río.

Una voz: ¡Oh, Cristo, no lo hagas! ¡No quise decir eso! ¡No lo hagas!

Peter (llorando): Me duele el brazo.

Spratling: Bueno, muévete.

Peter: No puedo. No seguirías dibujándome.

Una voz: Maldita puta.

Peter (cambiando de postura, pensando que Spratling no se dará cuenta): Ése es Joe Lee. Siempre está zurrando a Imogene. Joe Lee es malo.

Yo: ¿Malo?

Peter: Claro. Ha matado a tres. Pero es demasiado listo para ellos. No logran cogerlo con las manos en la masa. Mamá siempre le pregunta a Imogene cómo es que sigue con él, pero Imogene no lo sabe. Así son las mujeres, dice mamá.

Pasos en la escalera; aparece la madre de Peter, lánguida como un pétalo de magnolia manoseado. Tiene la tez tan clara como la de Peter; una mujer dice al pasar:

—Ajá, sabía que tendrías líos. Te advertí que sería mejor para ti que tu madre no te pillara aquí.

—Muy bien. Espérate a que Imogene me sacuda como te sacudió a ti cuando te pilló con Joe Lee en tu cuarto la semana pasada. Entonces hablaremos. Te tiró de los pelos, claro que sí.

—Deberías darle duro, Mable -dijo la mujer, y pasó de largo.

—Peter -dijo su madre.

—Me está dibujando, mamá. Te dibujará a ti también, si te quedas quieta.

La mujer se acercó, lánguida como una azucena marchita, y miró el boceto.

—Bah -dijo-. Ven conmigo -le dijo a Peter.

Peter se echó a llorar.

—Pero si me está dibujando -dijo.

—¿No te advertí que no rondaras por aquí abajo?

—Pero es que me está dibujando…

Con el brazo doblado sobre la cara, desde algún caudal maduro de vanidad masculina, lloraba al ver su vida temporalmente perturbada por una mujer.

Pero ella le cogió por el brazo y le hizo subir por las escaleras color salmón. En el recodo de la escalera se detuvo como una lánguida y maltrecha azucena, y con sus ojos oscuros, llenos de la desesperanza de una raza sometida y una sangre diezmada y al cabo estéril, salvo en el conocimiento de las ancestrales pesadumbres de blancos y negros, lo mismo que un perro ve y oye cosas que nosotros no vemos ni oímos, nos miró por espacio de un instante. Luego desapareció, y pronto dejó de oírse el llanto de Peter.

Mientras Spratling finalizaba el boceto, vi cómo el mediodía se convertía en tarde, cómo la luz del sol cambiaba de plata a oro (si me quedara dormido y despertara al cabo de un rato, creo que sabría distinguir la tarde de la mañana por el color de la luz del sol), pese al arte y al vicio y a todo lo que da lugar a un mundo; y oía las frases truncadas de una raza que responde con presteza a las compulsiones de la carne y parte luego, liberada temporalmente del cuerpo, hacia el sudor y el trabajo y el cántico; abocada fatalmente a acudir de nuevo a la satisfacción temporal del apetito; satisfacción efímera, que no puede durar. El mundo: muerte y desesperación, hambre y sueño. Hambre que exigirá su tributo al cuerpo hasta que la vida se canse de tal servidumbre.

Spratling acabó el boceto, y a través del callejón de inefable azul, tan apacible como el sueño, salimos fuera.

Era primavera en una calle asfaltada, entre muros, y allí estaba Peter, en una ventana, sin acordarse ya de su congoja, diciendo:

—Cuando volváis, la próxima vez, apuesto a que sabré hacer bailar la peonza.

1979

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